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La casa es grande y alargada, tipo pasillo. No recuerdo haber estado antes aquí y aun así sé exactamente a dónde me dirijo. El trastero está al fondo. Apenas cabe una persona en él, pero si miras hacia arriba da vértigo comprobar lo alto que está el techo. Las paredes están cubiertas de baldas baratas, funcionales. O lo que es lo mismo, feas. No tienen que ser bonitas, sólo soportar peso. Y éstas lo hacen. Hay montones de cosas amontonadas en ellas. Cosas viejas que por algún motivo he ido guardando. Mire a donde mire, todo está en esas baldas. Y por encima de todas, se alza un metro lineal de conglomerado de pino dedicado, al parecer, a almacenar comida para pájaros. Bolsas de alpiste, de mijo, de mezcla con vitaminas de colores. El plástico de las bolsas está mate. El polvo generado por la propia comida y el tiempo que deben llevar allí sin que nadie las mueva se han encargado de que así sea. Y de repente algo me hace fijar la vista en una de ellas. Un sonido muy leve, como cuando hundes las manos muy lentamente en un bote de lentejas. El sonido de algo que se esconde entre las semillas. Si no fuera por lo descolorido de sus plumas y de su pico diría que se trata de un jilguero. Entonces reconozco al pájaro. Mi hermano tuvo uno igual hará unos 30 años. Uno igual, no. Tuvo a éste. Subida a un interminable escalera de aluminio cojo la bolsa con cuidado. No está cerrada, pero el pobre animal está atrapado en el alpiste. Apenas puede aletear. Espero a llegar al balcón para volcar el contenido y darle agua. Entonces el jilguero, que lleva 30 años atrapado en aquella bolsa, en aquella balda de la última habitación de la casa, sale volando en vertical, borracho de aire. Y yo sé que no lo conseguirá. En mis sueños los pájaros nunca salen bien parados.