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Oficialmente seguimos casados. Por un juez de paz en el salón de casa, pero casados a fin de cuentas. Ni separados siquiera. Mi nombre sigue estando en tu buzón. Y en tu declaración de hacienda. Con esos mimbres presenta tú a alguien sin faltar a la verdad. “Ésta es G., mi… bueno eso, la madre de mi hija”. Y claro, la gente acaba dando por hecho que si soy la madre de tu hija y estoy allí contigo es porque soy tu mujer. Y acaban invitándome a conocer su casa de Matalascañas la próxima vez que Paula y tú vayáis a echar el día. Y oficialmente lo soy. Tu mujer. Eso es así. Aunque lleve 6 años ya despertándome al lado de otro.

¿Y tú lo quieres???“, me pregunta Luisa, con esa vocecilla aguda que tiene, marcando mucho las interrogaciones. “¿A Nacho? Sí, claro que lo quiero“. “Nooooo -protesta como si fuera una obviedad a quién se está refiriendo-, a Chema¡¡¡“. “Muchísimo“. “¿Y por qué no vivís juntos???“. “Porque yo vivo con Nacho“. “Ah“, responde como si con eso hubiera aclarado todas sus preguntas para siempre jamás. Yo sé que no es así. Que volverá a interrogarme. Porque ésa es la especialidad de Luisa, disparar preguntas sin filtro alguno. Pero esta vez no lo hace. Esta vez afirma, con la mirada puesta en mi brazo alrededor del tuyo mientras volvemos caminando del cine: “Pues hacéis muy buena pareja“. Y no puedo mas que sonreír. Y seguir andando. Y pensar que Luisa, a sus 8 años, tiene razón. Que la hacemos. Ahora que no lo somos. Ahora que sólo sigo siendo tu mujer oficialmente. Lo justo pa’complicar las presentaciones.