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4.30 de la mañana. Enciendo la luz de mi mesita y echo cuentas, tocándome la yema del resto de los dedos con la del pulgar: una, dos… y así hasta seis horas. Suficiente, pienso. Con las manos hinchadas y doloridas, busco en el cajón de arriba hasta dar con un antinflamatorio. Luego envío un wasap a la cuenta que H. no usa, para así acordarme más tarde de qué me tomé y a qué hora y poder echar cuentas de nuevo.

Mientras, la mano de Nacho, que hasta hace un segundo descansaba sobre mi teta – la del lunar no, la otra- se ha retirado junto con el resto de su cuerpo, que ahora nos da la espalda a la luz y a mí, como recordándome que él mañana trabaja. Yo no. Yo en dos horas y media me levantaré, sí. Pero sólo porque las 7 de la mañana es la hora a la que me tomo la levotiroxina. Aunque no me la tome con agua, ni desayune media hora después, como dice el prospecto.

Y sé que de 7 a 9 estaré más o menos bien. Y por eso ésas son mis dos horas favoritas de la mañana. Porque están así, rodadas como a cámara lenta. Y las de hoy calculo yo que irán como sigue:

Tras tomarme la pastilla amarilla, la pequeña, me quedaré 10 minutos más ocupando toda la cama, con la piel aun templada y la sábana de arriba a los pies. Luego me pondré el pijama y me dejaré caer en el sofá confiando en que Nacho me traiga un café en uno de aquellos vasitos de cristal que compramos en Sintra. Y mientras él saca a Brow, iré a comprobar cómo va mi planta, que tras más de dos meses de muchísimo suspense, justo cuando empezaba yo a perder la esperanza, ha empezado por fin a echar raíces en agua. Por último me quedaré embobada contemplando los dos preciosos brotes que están saliendo de la otra mitad, del tronco que di por muerto. Que ahí siguen. Abriéndose paso. Tan verdes. Tan vivos.

Y entre unas cosas y otras serán casi las 8, que es la hora a la que llegan Paula y el Escocés. Y Brow los oirá mucho antes, desde que estén esperando el ascensor, e irá a recibirlos a la puerta, con las orejas agachadas y el rabo como un molinillo.

Y a las 8.20, cuando me haya quedado sola de nuevo, llamaré a mi padre. Y lo acompañaré al teléfono mientras recorre las callecitas estrechas de Cádiz hasta llegar a la Catedral. Y lo oiré hablar de mi madre y de que ha saltado el levante- lo oyes?- y de lo mal que está la cosa y de que hoy tiene prisa porque sus antiguos compañeros, con los que toma café cada mañana desde que se jubiló, tienen una rueda de reconocimiento a las 10.

Y cuando abran la iglesia nos despediremos. Y él entrará a rezarle al Cristo de Medinaceli, con su piel ennegrecida y sus manos atadas y su rostro famélico. Y en el silencio de la capilla, ese hombre de 74 años al que quiero más que a mi madre y a mi hermano juntos, se pondrá de rodillas y le hablará a su Cristo. Y lo hará sin mover los labios. Y se flagelará un rato por todas esas cosas que le envenenan la sangre sin que él pueda hacer nada por evitarlo. Luego le dará las gracias porque Nacho y Chema sigan teniendo trabajo, porque Paula sea tan feliz, porque los riñones de mi hermano sigan funcionando aunque sea con un trozo menos. Y le pedirá a su Cristo agitanao que deje de dolerme todo hoy y a cambio le prometerá sabe dios qué. Y luego se marchará de allí en silencio, un poco más pequeño cada vez, dejando atrás los cirios encendidos.

Para entonces yo llevaré ya media hora asomada al ventanal observando cómo el mundo se despereza ante mis ojos. Niños que arrastran los pies cabizbajos, mochila al hombro, como si la vida les pesara una tonelada. Mujeres con batas de flores y pinzas en el pelo que canturrean mientras limpian salones ajenos. Jubilados que salen al balcón a hablar con sus plantas. Y vencejos. Vencejos apurando las curvas. Chillándole al aire fresco de la mañana. Sombras negras sobre ladrillo visto. Y durante 5 segundos apoyaré la espalda en el marco de la ventana para que el vértigo de mirar hacia arriba me haga sentir un poco más viva. Porque yo el vértigo nunca lo he sentido al mirar hacia abajo.

Y antes de que me quiera dar cuenta habrán dado las 10 y para esa hora empezaré a sentirme cansada. Claro, me dirás, si no has dormido una mierda. Pero no es eso. No es el tipo de cansancio que se arregla con un par de valiums antes de irte a la cama para que el dolor no te despierte a las 4 de la madrugada. Es de ese otro, el de levantarte a las 7 sabiendo exactamente cómo va a ser el resto de tu día. Y ese cansancio, hasta donde yo sé, tiene mal arreglo.

(…)

Y pienso en lo que me decía un amigo el otro día. Me decía: estoy aprendiendo que uno de los secretos es rebajar el nivel de las expectativas. Y en cómo yo, en parte porque lo creo y en parte porque me encanta muchísimo llevarle la contraria por sistema a la gente, le contesté que a veces es bueno tener las expectativas altas y arriesgarte a que te decepcionen un poco. O incluso un mucho.

Claro que ese día yo estaba mejor. Y quería comerme el mundo a bocaos. Porque yo, como le decía a H, sólo como cuando tengo hambre. Pero cuando me pongo, ya sea un plato de pasta o el mundo, siempre como con ansia, como si me lo fueran a quitar. Con lo malo que es eso a veces…

(…)

Y estoy convencida de que una mañana de estas me levantaré y mi lobo habrá vuelto a largarse. Como hacen los gatos cuando se ponen en celo. Y ese día volverán a faltarme horas.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2014/01/smiths-the-asleep.mp3]