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A ratos agosto se me hace tan largo que pienso en pintarme las uñas sólo para ver lo que el tiempo hace con el esmalte. Y dejarlas crecer mientras la capa de color se desplaza, cada vez menos uniforme, hacia el borde. Luego recuerdo que soy de las que se las muerden. De las que siempre lo han hecho en realidad. Y acabo matando el tiempo en otros sitios. Como en las salas de urgencia.

Martes, finales de agosto.

10.30h. Mierda. Probablemente la última palabra que quieres escuchar de la cirujana que está extirpándote ese tumorcillo que no es nada y que te ha salido bajo la lengua.

11.30h. ‘…que no tiene porqué pasar. Te lo comento porque tengo obligación de decírtelo. Pero vamos, que todo ha ido muy bien. Casi no has sangrado y…’

13.30h. ‘Y qué le pasa?’ / ‘La operaron hace unas horas, aquí traigo el informe. Nos dijeron que era normal que se le hinchara un poco, pero es que no puede ni hablar, ni tragar…‘.

15.30. ‘Perdone, pero llevamos 2 horas esperando y mi mujer no para de echar sangre por la boca y se está mareando…‘.

15.45. ‘No quiero que te asustes, vale? Se te ha formado un hematoma en el suelo de la boca. Eso es lo que está empujando la lengua hacia arriba y por eso no puedes hablar. Lo que me preocupa es que si el hematoma no baja se te cierre la vía y no puedas respirar. Entonces tendríamos que considerar la anestesia general, intubarte y drenarte. Te han operado alguna vez? Tienes alguna enfermedad?…’

Mientras los médicos toman nota de lo que Nacho les dice, intento pensar. Empiezo por las pulseras. Una a una voy guardándolas en uno de mis bolsillos, comenzando por la más valiosa, mi pulsera verde que atrae a las mariposas. La experiencia, para bien o para mal, es un grado… Una vez que todas están a salvo, rompo a llorar. Y durante unos minutos dejo que sean otros lo que se hagan cargo de todo.

15.50. ‘Vamos a dejarte ingresada en urgencias y ya vamos viendo cómo evoluciona…’

La sala de observación de trauma resulta ser muy parecida a la de la UCI, salvo que aquí se me permite llevar una ridícula bata atada a la espalda e incluso dejarme las bragas debajo. Mis bragas de margaritas, que hoy estreno y que ya siempre serán las del día en que casi me ahogo con mi propia lengua.

La anestesista pasa sólo para hablar. Por si acaso, dice. La vía en el brazo, el pulsómetro en el dedo, los cables pegados a mi pecho y el tensiómetro listo para volver a hincharse a cada rato, no me dejan demasiado margen, pero saco el cuadernito y respondo a todas sus preguntas. Por si acaso también.

Pasan más médicos. Tantos que pierdo la cuenta. Todos me piden que abra la boca y alguno hace fotos. Comentan lo de mi tensión. Que con 228/116 podría montar una central eléctrica si quisiera. Al parecer es lo que más les preocupa. Que no pueda ni tragar saliva pasa a ser secundario.

Intento no llorar. No sólo porque no sirve de nada. Ni porque odio llorar en público, hasta cuando se trata de un público pequeño y poco involucrado. Lo intento por si lo de la tensión acaba siendo emocional, como aventura alguno de los internistas. Pero cuesta. Estoy asustada. Y sola. No entiendo por qué no dejan pasar a Nacho, cuando la mujer de la cama de al lado tiene a su hija, una enfermera fea y desagradable, pegada a la cama, hablando por el móvil. Y acabo llorando todo el suero que me entra directamente por la vena. Luego me doy 10 minutos y me siento echada hacia delante, espalda al aire, a esperar hasta que las visitas, las normales, pueden entrar. Y allí están: mi niña, que ya no lo es tanto, y mis dos chicos. Les toco, les cojo de la mano, les miro, les escribo ‘os quiero’ en mi cuadernito. Mi cuadernito de publicidad del libro ‘La absurda idea de no volver a verte’. Jajaja.

Cuando la hora de visita acaba, vuelve el silencio. Poco después cae la noche. Lo sé porque estoy en un semisótano y mi cama tiene una ventana a la espalda. Y mientras fuera oscurece y las luces de las farolas se encienden, visualizo otro martes. Y veo la callecita del Naima. Y el paso de cebra que cruzo para hartarme de pizza del Buoni. Y al Escocés al piano, ahora que no canta para mí. Y la barra donde pido cosas raras sólo para ver si las tienen. Y los chupitos de limoncello con que brindamos al final de cada concierto. Y a mí misma con vestido corto, porque hace tiempo que empezaron a importarme un carajo las bromitas sobre lo blanca que estoy.

Y pienso en los dos episodios de Breaking Bad, los últimos de la serie, que dejé aparcados la noche anterior porque así soy yo. Idiota. Y en el libro de Camilleri. Y en otras cosas que he dejado cerradas. Y también en las que no.

Y llega esa hora extraña en que te despiertan para ofrecerte yogur o zumo. But not for me, que diría la canción. Yo no puedo ni beber agua. En parte porque soy incapaz y en parte por si me operan. Dieta absoluta la llaman. Y desde mi rincón, el box 18, observo el ir y venir de batas blancas, verdes y azules. Fantasmas que pasan entre las camas sin hacer ruido. Ojos que ven pero no miran, inmunizados a los llantos y a las soledades ajenas. Como la de la mujer de la veintitantos, una anciana con Alzheimer que acaban de traer de una residencia y que no deja de gritar. ‘Niña’, dice. ‘Niño’. Pero cuando algún enfermero se acerca, calla. Y cuando se aleja, sigue. ‘Niña’. ‘Niño’. Hasta que llega un momento en que dejas de oírla.

23h. Mi médico, el que me atendió en urgencias, pasa a verme. ‘Eso te lo has pintado tú ahora o es un tatuaje? Te lo has pintado, no?’. Le digo que no con la cabeza. No puedo hablar ni sonreír. Lo de no hablar, mira, pero no sonreír… qué cosa tan jodidamente chunga es… Sonríe, él que puede. ‘Qué original’. Y me aprieta la mano antes de irse. Y aunque nadie pueda verlo, sonrío.

Y más medicación por vía. Y más anotaciones sobre mi tensión que nadie me devuelve. Y duérmete, anda, me dice uno de los enfermeros. Y cómo me duermo. Si me da miedo ahogarme. Cómo. Si yo no sé dormir sola. Si necesito un brazo por la cintura. O un perro a los pies. Algo. Y con la luz rojita del aparato que tengo conectado al dedo, abro el cuaderno y escribo. Escribo y tacho y lloro.

Y aunque nada de esto sea nuevo, en cierto modo lo es. Son tantas las cosas que quería hacer a partir de septiembre. Cosas pequeñas. Pero tantas. Y ha sido un verano bonito este. Para ser verano. Un verano de millones de pelis con Paula. Y no de Disney, de esas raras que me gustan a mí. Y de bocatas de tortilla y estrellas fugaces en el patio de la Diputación. Y de volver a casa sin prisa, cogiendo por arriba del puente de los bomberos, con sus farolas amarillas y sus árboles a los lados. Hasta cuando no podía con mi alma.

brow - ya tengo perroY me repito hasta creérmelo que son cosas que pasan. Si lo sabré yo. Que pasan. Y que saldré de ésta, porque al final siempre salgo. Y el martes que viene estaré otra vez en el Naima. Y comeré pizza de patata y de gorgonzola y caprese. Y disfrutaré con cada bocado, soy así de básica. Y brindaré con chupitos. Y llegaré a casa contenta y con hambre. Y me quitaré la ropa y me lavaré la cara y despertaré a Nacho. Por ese orden. Y un rato más tarde estaré dormida con un perro a los pies y un brazo sobre la cintura. Y mis pulseras volverán a sonar alrededor de mi brazo izquierdo.

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Martes, primeros de septiembre.

Y a través del ventanal escucho a Paula reír en el patio. Y el cielo, tan gris esta mañana, se cuela entre mis cortinas. Y a lo lejos, truenos. Sólo la lluvia podría mejorar esto.

Pero dos días atrincherada en mi cama no son suficientes. Necesito más tiempo en este cuarto sin un solo cuadro, ni una mala foto. Sin bombilla siquiera colgando del techo. Sólo me apetece estar. Aquí. Tirada. Rodeada de mis bichos. Y pensar sin prisa. Y comer con ansia. Y oler a sueño. Y a veces despertarme llorando. Y otras, si tengo suerte, recordando atardeceres raros que nunca existieron con personas a las que una vez quise muchísimo. Y no arrepentirme de nada. Y aprender a gustarme sin tener que mirarme en otros ojos. Y no salvarme.

Fuera comienza a llover.