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– Pues a mí me parece que te estás rindiendo.

– ¿Rindiendo? ¿Rindiendo a qué?

– A la vejez. Y no me gusta. Y lo peor es que tú te verás estupenda con ellas…

El Paracetamol es grande, blanco, con una hendidura al centro. Imagino que habrá quien sólo se tome medio, pero no es mi caso. También es amargo. No tanto como la Hidroxicloroquina, que hay que untar en mantequilla para que pase, pero bastante más que otras pastillas que tomo. Cuando el paracetamol no es suficiente, como esta noche, lo alterno con Nolotil. El Nolotil es más fuerte. O eso dicen. Yo no noto la diferencia. Igual es porque en el fondo no le tengo mucha fe. Y es que el Nolotil, tan granate él, a veces funciona y a veces no. Y eso es algo que no le pasa al Paracetamol. Mi pastilla-comodín. La niña de mis ojos. Antes lo era el Ibu. El Ibu es más pequeño. 600 mgr sólo. Y más bonito, las cosas como son. Con sus bordes redondeados y su recubrimiento brillante, podría pasar por un caramelo de menta. El Paracetamol es la amiga fea. Pero el Ibu, como todos los guapos, sube la tensión. Y yo de tensión estoy servida. Así fue como llegó el Amlodipino. El Amlodipino es el nuevo. También es blanco, pequeño, redondo, plano y con hendidura. Y esta vez soy yo la que sólo se toma medio. Al principio era uno. Pero entonces los tobillos no me cabían en las botas. Y no voy tan sobrada de botas, la verdad. Para compensar ese medio que no me tomo, están las cápsulas verdes. Mi última adquisición. Diuréticos para bajar la tensión. Casi siempre entran bien, pero cuando no lo hacen… Cuando no lo hacen la gelatina del recubrimiento se pega al paladar y te hace querer echar la cena del día anterior. Eso sí, qué bonitas son. Tan relucientes. Tan distintas a las demás. Casi tanto como el Montelukast Sódico, cuadrado, esquinas redondeadas, color salmón. Vaya pintas, no me digas. Pero si realmente me ayuda a respirar sin boquear como un pez en la orilla… Y por último están las amarillas. La Levotiroxina es la más antigua. Llevo tomándola desde el 95, cuando me diagnosticaron el hipotiroidismo, un mes después de morir Éboli. También es la más pequeña. Es plana, redonda y tiene dos hendiduras que forman una cruz. A mí lo mismo me da. Yo la tomo entera. Si no lo hiciera probablemente pesaría 100 kilos. La otra amarilla es A.A.S. Aspirina infantil. Es la última que me tomo, porque es la única que sabe bien. Así que la guardo para el final. Y dejo que se disuelva en mi boca. Como un premio. Y me pregunto por qué cojones los medicamentos dejan de estar buenos cuando creces.

Esos son mis básicos. Mi fondo de armario. Los que puedo tomarme a oscuras, guiándome sólo por el tacto, sin confundirlos. Sólo cuando la cosa se pone chunga, cuando llevo más de un par de meses con dolores diarios, y me cuesta tumbarme, y el pecho me da un pinchazo al estornudar, sólo entonces, llamo a la caballería. Los corticoides. Cortis hay de muchos tipos, pero todos suelen ser blancos, planos y relativamente pequeños. El mío es el deflazacort. 30 mgr. Blanco, plano, hendidura al centro. Sólo una. Una putada cuando tienes que ir bajando la dosis a 1/4. No digamos ya a 1/8.

Y cada noche, antes de irse a dormir, Nacho me prepara todas mis pastillas. Las saca de la caja de lata roja de galletas, donde guardamos los blísters de las pastillas frecuentes, y las va metiendo una a una – dos en el caso de las verdes- en la pequeña cajita, también de lata, de jabones Gal -ni aunque quisiera podría recordar cuántos años llevo usándola a diario para lo mismo. Luego guarda la cajita en el primer cajón de mi mesita para que, cuando me despierte a eso de las 7, pueda coger a tientas la pastilla más pequeña, la Levotiroxina, y tomármela media hora antes del desayuno. El resto me las tomaré en el salón, con un vaso de horchata o con un zumo, según me dé, ahora que he tenido que dejar el café. Lo del RedBull es ya otra historia.

Y cuando le toca viajar – una semana sí y una no, de lunes a viernes- me pone todas las pastillas juntas – 5 amarillas pequeñas, 5 más grandes, 10 verdes, 5 cuadradas color salmón y 5 mitades blancas- en una caja de lata un poco más grande, de chocolatinas. Y cada noche, antes de irme a dormir, sólo tengo que hacer el trasvase de las pastillas del día siguiente – 1 amarilla pequeña, 1 más grande, 2 verdes, 1 salmón cuadrada y media blanca- a la cajita de Gal.

De Paracetamol, Ibu – de emergencia-, y Nolotil siempre habrá blísters enteros en mi mesita. Cajas nuevas en el armarito de la cocina. Recetas firmadas y sin fecha en el recetario.

g.canasPodría haber hablado de otras cosas, lo sé. De que después de 4 años dejándome los codos, recogí el premio al mejor expediente de mi promoción el mes pasado. De que unos días más tarde Brow por poco se carga a Livia y ahora el pelo le crece más oscuro entre las orejas. De que en agosto, estando en el hospital, decidí que se acabó teñirme el pelo y ahora peino unas cuantas canas que me encantan. De que en 4 meses Paula y yo estaremos volando a Japón…

De todas esas cosas y de otras tantas que se escriben solas en mi cabeza. Sin importarles dónde, ni con quién esté. Sin tener que andar robando d’s mayúsculas y minúsculas y pegándolas aquí y allá para que no se note que a mi teclado le faltan letras.

Pero esta noche, mientras el Nolotil surte efecto -o eso espero-, sólo me apetecía hacerlo sobre colores y formas, sobre latas de metal antiguas y sobre esta especie de ritual que, a fuerza de repetirlo, casi llega a parecerme normal. Aunque aún no haya cumplido los 43. Aunque a ratos sienta como si mi mayor aspiración, la única importante, fuera llegar a ver cómo toda mi cabeza se viste de blanco algún día. Y que nadie venga a quitarme años de nuevo como si me hiciera un regalo. Que me he ganado cada uno de ellos. Y no siempre ha sido una pelea justa.

Pero sí, yo me veo estupenda.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2014/10/miguel-campello-si-te-vas.mp3]

Pd. Gracias de nuevo, amable desconocido de la eterna sonrisa, por esta preciosísima coplilla.