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¿Será posible que todavía vea fotos como ésa y sienta mariposas en el estómago? 

Si fuesen mariposas, la cosa sería distinta.

Te encantaría verlas ahí, pegadas a los cristales de los escaparates como niños curiosos.

Cubriendo las paredes de ladrillo como una moqueta viva.

Y te pondría tremendamente triste encontrarlas sobre las aceras, aleteando moribundas a 40 grados a la sombra.

Y odiarías a los gorriones por cazarlas en pleno vuelo.

Pero son polillas.

Sombras torpes que espantas distraída con la mano cuando revolotean demasiado cerca de tu cara.

Siluetas que baten sus alas alrededor de la luz hasta quemarlas.

A mí las polillas no me gustan.

Y algunas vuelan en vertical, siempre hacia arriba, y acaban estampándose contra las ventanas, para morir agotadas sobre algún alfeizar.

Me parecen tan tristes, tan oscuras.

Y a veces ocurre que, de entre todas esas que vuelan en vertical – venciendo al calor y a los gorriones y los manotazos de gente a la que, como a mí, no le gustan las polillas-, hay una que sobrevive.

Buscando alguna rendija abierta por la que colarse.

Pero nadie quiere sentir polillas en el estómago.

Así que me aseguro de cerrarlas todas a cal y canto

Si fuese una mariposa…