counter for wordpress

Junio, 2015.

Hoy comí helado. Antojo-cuchara-congelador, así fue la cosa. Y justo cuando me lo estaba llevando a la boca llegaron Paula y el Escocés de sus respectivos coles. Sólo entonces me di cuenta de la hora que era. Pero para entonces ya lo había probado. Y lo cierto es que me apetecía tanto como para haberme levantado a cogerlo. Que no es poco. Que hay veces que me aguanto y no me levanto ni a mear.

Así que le dije al Escocés que comieran ellos y mientras yo seguí hundiendo la cuchara en la tarrina. De chocolate, por si alguien se lo estuviera preguntando. Y ellos comieron comida-comida, en la mesa, con mantel. Y yo helado, en el sofá. Plato único. Y es que aunque en general me encanta sentarme con ellos, a veces me apetece comer sola. O algo distinto. O comer fuera. O no comer.

Porque ésa es una de las ventajas de ser adulta. Que nadie te viene a decir “aquí se come a las 2” o “hasta que no acabes, no te levantas” o “esta noche hay ternera en salsa“. Que lo que yo coma o deje de comer, dónde y con quién lo haga, es cosa mía. O debería serlo.

Y será la edad. O la luna. El caso es que hace unas semanas decidí plantarme. Le pedí consejo al Escocés, que es de lejos quien mejor me conoce, quizá porque es a quien más daño hice la primera vez que intenté salir de este armario tan estrecho que es la monogamia. Que de to’ se aprende si se atreve una a aprender.

Y lo hablé con Nacho, a quien taaaanto le gusta lo libre que soy y con el que tan bien me va (ahora). E investigamos un poco. Y compramos una especie de guía sobre cómo mantener relaciones abiertas con cierta ética. Y acordamos consensuar límites. Y redefinirlos si veíamos que no eran suficientes o que eran demasiados. Que una cosa es la teoría y otra el bicho que te crece en el estómago cuando sabes que tu pareja se está acostando con otro/a. Que a fin de cuentas es lo que nos han enseñado. Que el sexo y el amor tienen que ir de la mano. Que el buen amor es el que no se comparte. Que el amor de verdad es que se entrega para siempre jamás y sin guardarse nada.

Así que en eso ando. Tomándome mi tiempo. Leyendo, asimilando, tratando de analizar desde otro ángulo dónde la cagué en mi relación anterior. Que lo contrario de la monogamia no es Sodoma y Gomorra, como muchos creen. Y que estar convencida de que la monogamia no está hecha para mí no significa que vaya por ahí sin bragas, invitando a cualquiera a meterse en mi cama, aunque sea la lectura que algunos le den.

Y entre capítulo y capítulo, surgen otras cosas igualmente importantes. Como tumbarme a ver una serie con Nacho y echarle los pies por encima. O decidir qué haré el curso que viene para que no se me vuelva a caer encima la casa.

– De qué va ese libro, mamá?

O explicarle a Paula de qué va este libro, que no es poca tarea.

O comer helado en el sofá.