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‘Nos forma aquello que deseamos’ (J. Irving)

Paraíso, promete el azulejo pintado a mano que descansa sobre el dintel de la puerta.

Al cruzarla, una luz cálida e indirecta nos da la bienvenida a una estancia de techos redondeados y paredes encaladas. Paredes que me recuerdan al patio de casa de mi abuela, salvo porque aquél solía estar vestido de geranios y helechos, y éstas se encuentran completamente desnudas. Ni un espejo, ni un mal cuadro. Nada que distraiga la vista de la enorme cama con dosel que, blanca y radiante como una novia, preside la habitación. A sus pies, replegada sobre sí misma como si tratara de no llamar demasiado la atención, una colcha roja y ligera pone la única nota de color en el dormitorio.

Y no sé muy bien qué esperaba encontrar, pero lo cierto es que jamás imaginé que el paraíso pudiera ser tan frío.

Dos diminutas sillas de enea, más de adorno que otra cosa, custodian la boca muda de la chimenea que hay frente a la cama. En su interior descansa un único tronco negruzco con el que probablemente otros habrán intentado entrar en calor antes que nosotros. Pero no es eso lo que yo veo. Yo la veo encendida, proyectando sombras irregulares que chocan como olas contra las sábanas. Entonces, como si él también pudiera verlo, A. se me acerca y me libera con un único gesto de la mochila que aún llevo colgada al hombro y de todas estas dudas que he venido acumulando desde que me invitó a acompañarlo a Baza la semana pasada. Y de la urgencia. Y del frío.

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Y cuando quiero darme cuenta el tragaluz del techo se ha vuelto oscuro como boca de lobo.

Ven, dice A. Quiero enseñarte algo. Y tras vestirnos, salimos a una noche negra y fría sin contemplaciones. A lo lejos, las luces del pueblo me hablan de otras vidas posibles. De la pareja que, para no tener que hablar, ve la televisión mientras cena. Del grupo de amigos que se reúne cada tarde en el mismo bar para tomar algo después del trabajo. Del tipo que vuelve en coche a una casa donde nadie lo espera.

Pero no es a eso a lo que A. se refería.

Mira. Y sonríe mientras señala algo sobre nuestras cabezas. Y sin previo aviso el cielo más hermoso del mundo cae sobre mí. Tan sobrecogedor me resulta que no puedo ni hablar. Me quedo allí de pie, con la piel helada y la boca abierta, dejando que el frío de la sierra de Granada me envuelva, tratando de entender cómo es posible que quepan tantas estrellas en un espacio aparentemente finito. Y mientras yo no puedo apartar la vista de ellas, A. mantiene la suya clavada en mí. Me alegra que hayas venido, Gemita. 

Y todo se olvida.

Y todo vuelve a comenzar.