Ella era la mayor de 8 hermanas. La que estrenaba la ropa que heredarían las demás. La que intentó seguir los pasos de su padre hasta que descubrió que ella era más de letras y se dedicó a estudiar civilizaciones antiguas y guerras entre países que hacía tiempo que habían dejado de existir.

Él nació con un pan a deber, dos bocas por encima y dos por debajo, el verano en que acabó la guerra. No tardó en entender que el hambre era la recompensa de quienes habían luchado en el bando equivocado. Que la vocación estaba reservada para quienes se lo podían permitir. Y a sus 9 años cambió los libros por un trabajo de repartidor.

Y como Madrid son dos calles, un día acabaron por cruzarse. Él con su tupé engrasado y su sonrisa mil veces ensayada ante el espejo. Ella con su melena lisa y aquellos enormes ojos verdes.

Y se enamoraron perdidamente, como sólo pueden hacerlo quienes no tienen nada en común. La hija del fascista y el hijo del republicano. La profesora de historia y el policía nacional. Y decidieron dar el salto. Buscaron una iglesia donde hacerlo oficial. Compraron el piso, la vajilla, el coche. Tuvieron dos niños y un perro.  A ninguno le dio por leer la letra pequeña.

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Ella se levanta tarde y, café en mano, se sienta a ver la tele. Lo hace un día. Y otro. Y otro. Hace años que dejó de dar clases. Que los niños se fueron. Que el perro murió. A veces se le derrama un poco de café sobre el pecho y no se da cuenta. A veces se queda dormida viendo como otros viejos que se han quedado solos buscan pareja. Y a veces mira hacia atrás y acaba sumida en una tristeza de la que tarda semanas en salir. Sola.

Él se levanta temprano. Se ducha y sale de casa para tomar café con un par de antiguos compañeros. Se ducha y sale de casa para no estar con ella. Lo hace una mañana. Y otra. Y otra. Y a veces no consigue recordar quién es esa mujer de pelo cobrizo y raíces blancas que dormita en el sofá. La observa en silencio, con su camisón manchado de café y su mirada perdida, tratando de adivinar si se sentirá tan sola como él.

 Y atrapados en un marco de plata sobre la librería de un salón en el que ya nadie entra, una mujer morena y un hombre sonriente posan juntos en el día de su boda. Y son felices para siempre jamás.