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‘… tuvo el buen gusto de marcharse en el acto, sin darse la vuelta’ (A. Nothomb) 

Saco el móvil del bolsillo antes de atravesar el portón de entrada a la urbanización, vacía a esta hora de niños y vecinas chismosas. Respondo brevemente mientras cruzo el patio, dejando a mi derecha la garita de conserjería. Y mi voz, que normalmente no se hace oír, resuena cuando le doy las buenas noches al portero. Primer portal a la izquierda, cuarto piso. Brow, que debe llevar un buen rato dormido, no ladra. En vez de eso, levanta la cabeza y mueve el rabito al verme. Lo premio con su galletita de buenas noches y cierro tras de mí la puerta que lo mantiene alejado de los gatos desde que dejó tuerta a Livia. Me quito las botas, los vaqueros, el jersey. Abro el tercer cajón y saco una camiseta grande y vieja. Me recojo el pelo, me lavo la cara, los dientes, me doy la crema de noche. Pequeñas rutinas que me recuerdan que estoy en casa. Luego me deslizo bajo el edredón y dejo que Nacho me abrace con manos y piernas. Qué hora es, pregunta sin abrir los ojos, cómo te lo has pasado. La una, respondo obviando la segunda parte. No tengo ganas de hablar y de todos modos mañana no recordaría nada de lo que le cuente. Estás helada, dice. Y se pega un poco más a mí, hasta que su respiración acaba atrapada en el hueco de mi cuello. Miro el móvil una última vez antes de desconectar la wifi. Esta vez no contesto ningún mensaje. Apago la lámpara de mi mesita, ésa que Nacho deja encendida cuando sabe que volveré tarde para que no encuentre la casa a oscuras al llegar. Y dejo que mis ojos vayan acostumbrándose a la ausencia de luz. A la ausencia de sueño.