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Las manos de mi madre son diminutas. Manos de niña en las que apenas cabe un poco de nada. Tumbada en el sofá, fingiendo leer un suplemento de los que trae mi padre, la observo coser el dobladillo de mis cortinas en silencio. Y sus pequeños dedos, torcidos por la artritis y ajados por el sol, me recuerdan a las ramas de una parra desnuda. Poco a poco, a medida que dejan de ser necesarios, los alfileres pasan a quedar atrapados entre sus labios, fruncidos con fuerza para evitar que acaben desperdigados por el suelo. Labios rojos, (mal) pintados un millón de veces mientras se mira en ese espejito de mano que lleva siempre en el bolso, (mal) perfilados para parecer más grandes. Como la cría que toma prestadas las pinturas de su madre para jugar con ellas a escondidas. Labios que apenas sonríen, quizá porque hayan olvidado cómo hacerlo. Yo nunca seré como tú, pienso. Y miro a Paula. Y escondo mis manos. Mis manos blancas y diminutas.