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‘El veganismo es la extensión lógica de la filosofía de la no violencia’ Dexter Scott King.

– Y eso… pa qué, pregunta mientras me observa por encima de sus gafas con un gesto así como de estar oliendo a peo quemao.

– Pues…, balbuceo sin saber muy bien qué decir.

Noto cómo se me encienden las mejillas en cuestión de segundos, primero de vergüenza y luego de rabia por no saber qué contestar.

Mi médico de la hipertensión, un señor gordo de unos 60 años que respira con dificultad, me mira como si le acabara de confesar que puedo hablar con los animales. Luego extiende sus rechonchos dedos índices, agacha un poco la cabeza sobre el teclado del ordenador y escribe, leyéndolo en voz alta para asegurarse de que es correcto: vegana. Y añade un comentario despectivo sobre las modas y yo no sé qué más porque he decidido dejar de escucharlo.

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– Hermana, ya he reservado para mañana a las 3. Nacho y tú os apuntaréis, no? El sitio se llama (tal) y es de comida casera.

– Casera… ¿y tienen algo vegano en la carta?

– No lo sé, no he preguntado… pero no creo, es más de guisos y huevos fritos con chorizo y cosas así. Pero ensalada sí puedes comer, no?

Cuento hasta 9 para no mandarlo amablemente a la mierda. Para no explicarle que sí, que puedo comer ensalada, que de hecho, como poder, puedo comer lo que me salga del coño. Que no comer nada de origen animal no es una promesa a la virgen, que lo hago porque tras mucho informarme y mucho meditarlo, así lo he decidido. Y que en cualquier caso, no, no voy a ir a una comida supuestamente familiar para ver como todos se ponen hasta el culo mientras a mí me sirven una ensalada que tendré que pedir a la carta para asegurarme de que no lleve huevo, atún o algún aliño hecho con leche o miel. Que para eso, qué cojones, me quedo en mi casa y me hago yo algo que me guste.

– Mira, Edu, déjalo… ya quedamos otro día y vamos a Fargo o a La Bartola, que tienen platos veganos en la carta y podemos comer todos. 

Y hago como con el médico, desconecto y lo dejo hablar hasta que, al ver que no respondo, acaba por callarse. Que otra cosa no, pero con la edad he aprendido a distinguir a una legua cuándo alguien tampoco me está escuchando a mí.

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– Te he mandado un queso buenísimo que…

– Papá, que ya no como queso.

– ¿Tampoco comes queso?, me pregunta por enésima vez en los últimos 7 meses.

– No, papá, ni huevos, ni lácteos, ni miel. Nada que proceda de un animal.

– Y entonces, ¿la tortilla que te ha hecho tu madre no la vas a probar tampoco? A ver si te vas a poner mala, hija, que tú estás muy débil y…

A mi padre le tengo más paciencia. Será porque lo quiero mucho y porque sé que no lo hace por meter el dedo en el ojo, simplemente no le cabe en la cabeza que alguien renuncie a comer cosas que le gustan por una cuestión de ética personal. Tampoco lo entendía cuando, de chica, los acompañaba al mercado y me ponía a llorar al ver a los pollos colgados de un gancho o a los lechones, que a fin de cuentas no son mas que bebés, tumbados como si estuvieran dormidos. O cuando me obligaban a comer carne o pescado y me pasaba una hora sentada a la mesa, moviendo el tenedor sin llevármelo a la boca.

Así que vuelvo a explicárselo, aun sabiendo que es un pa’ná: que me he hecho vegana porque, a estas alturas, me he enterado de cómo funciona la industria láctea y me ha parecido una cosa tan terrible que yo, que antes podría alimentarme exclusivamente de queso, ahora ya no lo disfruto. Porque ahora que sé dónde van a parar los pollitos machos y qué hacen con las gallinas ponedoras cuando dejan de ser rentables, no puedo seguir comiendo huevos y dormir por las noches. Porque vi un documental sobre la producción de miel industrial y me niego a comprar un solo bote más de la Granja San Francisco y similares. Y que sí, que ya sé que van a seguir violando y explotando vacas, triturando pollitos, llevando terneros machos al matadero y estresando y envenenando abejas. Y por supuesto que él es muy libre de hacer lo que le dé la gana, no seré yo la que le diga lo que debe comer y lo que no (salvo cuando voy a su casa y me encuentro una lata de foei gras en la despensa, del de verdad, del que alimentan a la oca contra su voluntad con un tubo hasta que le revienta el hígado; en casos como ese, que claman al cielo, reconozco que me cuesta mucho callarme). Pero yo, que tengo la suerte de poder elegir, no pienso participar de ello.

TortillacaCuriosamente lo más difícil en este tránsito hacia el veganismo no ha sido desengancharme del queso (de hecho, después de ver vídeos como el que os dejo más abajo, dejarlo ha sido pan comido), ni empezar a cocinar a mi edad (no os quiero enamorar, pero me salen unas tortillacas veganas que están pa’ponerles una calle), ni siquiera renunciar a ir al Porta Rossa o a la Chaparrita (donde no hay, prácticamente, nada vegano). Lo más difícil está siendo aguantar a quienes, cuando se enteran de que me he hecho vegana, empiezan a dar por culo con sus “¿y a los mosquitos no los matas tampoco?” o “pues las plantas también sufren, está demostrado” o “eso es que no te lo han comido bi…” (uy, no, que ésos eran otros pesaos). Y llega un momento en que cansa, la verdad. Y ahí más vale tener a mano una buena coplilla que canturrear en tu interior mientras dices “que sí, que sí” con la cabeza. Eso, o soltar un porquemesaledelcoño, así todo seguido, acompañado de una enorme sonrisa conciliadora, y evitarte tantas explicaciones que no sé pa’qué piden si realmente no quieren entenderte (la mayoría, ojo, que también hay excepciones).

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Y todo esto a qué venía…? Ah, sí, a que me he hecho vegana. Y a que mi médico de la tensión es un gilipollas. Y a tu ‘hace mucho que no escribes nada…’. Ea, pues ya he escrito, princesa🙂. Y qué a gusto me he quedao, oye.

Otro día, mi opinión sobre los ebooks😉

[SPOILER: vídeo muy cortito pero muy ilustrativo; en las opciones tenéis los subtítulos en inglés. Para los que no sepáis inglés, os lo resumo yo: la industria láctea, MAL]