Mi cocina, para que os hagáis una idea, es como la de un piso de estudiantes. Electrodomésticos baratos, muebles blancos de melamina, encimera de conglomerado forrada de plastiquillo (imitación de granito), hornillo de gas. No es especialmente pequeña, pero sí mal distribuida, con lo que más de 3 personas o se organizan y se restriegan en condiciones, o se estorban. Tampoco es especialmente oscura, pero cuando se va el sol, las luces parece que estén puestas a mala idea para que te hagas sombra y te rebanes un dedo a poco que te descuides cortando cebolla.

El que caso es que antes todo eso me la pelaba bastante. Porque cuando lo único para lo que pisas la cocina es para cocer pasta, poner cosas al horno (qué horno más malo, pordiosbendito) y coger la publicidad que guardas en el segundo cajón para pedir comida a domicilio, que sea más o menos espaciosa, más o menos luminosa, no es algo que te quite el sueño.

Entonces me fui a Bolonia con Nacho. Y estando allí decidí que aquel era un lugar perfecto para despedirme del queso. Y de los helados. Así que me puse hasta el ojete de quesos. Y de helados. Y de limoncello, que no entraba en mis planes dejar, pero algo había que beber. Y aunque a nuestra vuelta a casa algún paso atrás di, especialmente en momentos de mucho estrés, hubo un día en el que supe que no iba a comer más lácteos (voluntariamente al menos) en mi vida. Ni más huevos. Lo que suponía renunciar no sólo al parmesano, pecorino, gorgonzola, gouda, ricota y mozzarella, también a las tortillas de patata de mi madre, que antes eran mi refuerzo positivo cada vez que venían a verme. Y a mojar la yema (porque yo nunca me he comido la clara) de los huevos fritos; fritos por mi padre, que es la persona que mejor fríe los huevos del mundo, con la yema líquida y la clara cuajadita, pa’que no se mezcle, y con los bordes como el volante de un traje de gitana.

Y empezó el después. Y me puse a bichear. A buscar recetas en blogs veganos. Y a comprar harinas raras y sales de colores y especias de las que no había oído hablar en mi vida. Y mis baldas empezaron a llenarse de botes de cristal con semillas, cereales y legumbres. Y el Escocés me regaló una tabla de mármol preciosísima y enorme que me encanta, porque es como tener una encimera buena, o un trocito de ella. Y me regaló también un molinillo de pimienta de los caros, de esos que tienen distintas posiciones y te duran toda la vida, como los matrimonios de antes. Y yo, que nunca voy sobrá de dinero, me fui comprando cosillas sueltas. Un juego de cucharillas para medir. Un molde para hamburguesas. Uno para hacer bizcochos. Sartenes. Ollas. Libros… libros maravillosos con fotos de esas que dan ganas de lamer la página. Y descubrí que aunque soy capaz de acumular 3 jerseys, 2 camisetas y unos vaqueros encima de la bici estática y verlos ahí dos semanas sin echarlos de más, en la cocina soy incapaz de ver los fuegos sucios o de tener cosas por medio. Y aunque aún no tengo mucho repertorio, y aunque tengo muchísimo que aprender y muchísimo en qué invertir (porque esto es como el amor, depende de lo que te quieras gastar), hay dos o tres cosillas que me salen bien. Lo suficientemente bien como para que yo lo diga, que en esto (también), soy hija de mi padre y cada vez que me dicen que algo está bueno voy yo y le busco una pega. Pero a la tortilla no. La tortilla me sale perfecta, aunque esté feo que yo lo diga. Y no sólo de pinta, que eso no es mérito mío, sino de la sartén doble que me regaló mi madre por mi cumple y que es a las tortillas lo que el wonderbra al escote. Pero que de pinta al final es lo de menos. Que lo importante es el interior, eso lo sabe todo el mundo. En las tortillas y en las personas, si las vas a invitar a desayunar a la mañana siguiente. Y el interior, en esta tortilla al menos, está que te mueres. Y ya si le echas Calabizo, que es un chorizo vegetal hecho a base de calabaza, sale pa’dejarle un lado de tu armario y hacerle una copia de las llaves de tu casa. No es broma.

Y como la receta no la puedo linkear, porque es una mezcla de muchas otras, como la plastilina marrón, y de mucho ensayo y error, eso también, he decidido que la voy a dejar por aquí. Ya otro día me paso y escribo sobre el Escocés, que en febrero por poco se me muere y en abril, después de 8 años de celibato -o similar- se me ha echado novia. Y sobre Paula, que con 13 años recién cumplidos se ha ido una semana a Italia; y yo con 12 aún creía en los reyes, lo que son las cosas…. Y sobre el capítulo de un libro de Trabajo Social que me han encargado escribir y que, de hecho he escrito, y que me tiene con el subidón. Y sobre otras cosillas menos importantes, como esos tíos que son como trailers buenos de una peli mala. O sobre por qué odio los ebooks y por qué, en cambio, me ponen tantísimo los hombres con barba que leen a Faulkner en papel y ya puedes tú estar en bragas delante de ellos que no levantan la vista del libro hasta que no acaban el capítulo. Esos hombres….

De momento, la receta de la tortilla.

Tortilla de patatas vegana (para 2 o 4 personas, depende del hambre y las ansias).

 

Ingredientes:

tortillaca

Tortilla de papas con cebolla

  • 5 ó 6 patatas medianas
  • 1 ó 2 cebollas medianas (si sois de “tortilla sin cebolla”, hacéoslo mirar)
  • aceite (yo para freír uso aceite de semillas, aunque si fuera rica usaría de girasol, de esos sin refinar)
  • sal normal (al gusto)
  • 1 cucharadita con copete de sal negra
  • 1/2 cucharadita de cúrcuma
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • 125 ml de leche de soja sin azucarar (yo compro la de marca Yosoy, que la venden en Mercadona)
  • tortilla calabizo

    Tortilla de papas con Calabizo

    125 ml de agua mineral

  • 50 gr de harina de garbanzo
  • 40 gr de harina de maíz
  • pimienta
  • perejil
  • Calabizo (opcional).

Preparación:

Primero cortas las patatas y las cebollas (yo lo hago en cuadraditos muy pequeños) y las fríes, por tandas, a fuego lento, que se cuezan literalmente en aceite (sí, de régimen no es).  Quedan empapuchás, que decimos en mi pueblo. Cuando las saques, salas y reservas.

Para hacer el “no huevo”, mezclas el resto de ingredientes (leche de soja, agua, vinagre de manzana, harinas de garbanzos y maíz, cúrcuma, sal negra, sal, pimienta y perejil). Yo recomiendo batir a mano con varilla para que no queden grumos. La sal negra es la que le da el sabor a huevo, el vinagre de manzana mata el sabor a garbanzos y la cúrcuma le da el color.

Luego mezclas el “no huevo” con las patatas y la cebolla que habías reservado, lo vuelcas todo en la sartén wonderbra (la mía es de 20 cm. de diámetro), previamente engrasada con una gotita de aceite por cada lado y caliente, y haces la tortilla como to la vida de dios.