Cosas que me gustan de trabajar en una cocina vegetariana (so far):

  1. No tengo que manipular carne ni pescado. Que yo recuerde la única carne fresca que he manipulado en mi vida eran los filetes de pollo que hacía en la plancha para Wilma y más tarde para la Susi. Y los filetes de ternera, para la Susi también. Y me daban muchísimo asquito. Sobre todo los de ternera, que soltaban sangre. Porque no es “juguito”, es sangre. De la ternera. Y Paula protestaba porque a ella no le preparaba carne y a la Susi sí. Y qué le iba a decir yo, si era verdad. (…) cómo echo de menos a la Susi, joe.
  2. Tengo que vestir de negro, mi color favorito para las camisetas porque no se nota (demasiado) que no uso sujetador. Si a eso le sumas que llevo delantal encima, ni te cuento. Un sueño.
  3. No tengo que ir arreglada. Puedo recogerme el pelo en una cola al llegar y ya (que es lo que hago). Tampoco tengo que ir maquillada (y me consta que en ciertos trabajos, si eres mujer, más te vale ir “mona”), lo que me viene perfecto porque en mi casa no ha habido nunca ni una barra de labios, ni un bote de maquillaje, ni na.
  4. Puedo comer de todo lo que se hace. En 4 días he probado: ensalada de quinua (me ha dicho una amiga que se dice así, y no con “o”, y yo le voy a hacer caso), guiso especiado de patatas, pakotas, hummus de berenjena, falafel casero, croquetas de setas, de manzana y de zanahorias, salmorejo de remolacha, ensalada de col con pasas y zumos varios. Y seguramente más cosas que ahora no recuerdo. Todo ecológico además, que esto se me había olvidado contarlo.
  5. Aprendo mucho. No sólo sobre cocina, también sobre por qué un plato puede tardar una eternidad en salir cuando estás sentado a la mesa y, media hora antes, has sido un/una maleducadx con la camarera. Consejillo: sed educadxs, siempre. No para que vuestro plato no tarde media hora en salir, simplemente porque sonreír, saludar al llegar y despedirse al salir, y decir “por favor” y “gracias” es gratis. Y porque se gana más lamiendo que mordiendo.
  6. Me río mucho, sobre todo escuchando a M. hablar solo, o maldecir en italiano y al segundo siguiente canturrear poniendo tonito.
  7. Dejarme caer en el sofá cuando llego a casa, después de 6 ó 7 horas de pie y sin parar un segundo, es droga dura.
  8. ¿He dicho ya que puedo ir sin sujetador? 🙂

naranjas

Y hoy en Sevilla es fiesta. Y hace un día espectacular (salvo que no te pueda dar el sol, como a mí, en cuyo caso hace un día de mierda). Y quienes no se hayan ido a la playa estarán, emperifollaos perdíos, en la Catedral, viendo bailar a unos niños vestidos de antiguo. Lo sé porque la gente en Sevilla es así. Yo no. Yo hoy no trabajo, así que estoy en camiseta y bragas. Porque ya hace calor, aunque no tanto como para ir en tetas.

Y en mi cocina, la tercera desde que vivo con Nacho, hay una fuente con triangulitos de tofu en salsa de naranja, miso blanco y 5 especias chinas macerando mientras escribo esto. Y hay también media naranja que olvidé guardar en el frigo hace una semana y que han colonizado las hormigas. Y cada vez que la veo me recuerda a nuestra primera cocina -que era, si cabe, más cutre que ésta- y a aquella piruleta con forma de corazón de la que sólo dejaron el palo. Y me quedo embobada mirando cómo se sumergen bajo la piel de la naranja. Que no sé a vosotrxs, pero a mí me parecen las hormigas más bonitas del mundo.

Y me paso el día con una sonrisa en la boca sin terminar de creerme que todo esto me esté pasando.