–  I’m stuck. Does it get easier?

– No.

 

Martes. 6.30. Apago el despertador, voy a la cocina y, sin abrir del todo los ojos, enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón acaricio a Brow mientras me tomo el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Ya con algo de cafeína en el cuerpo preparo los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Café con tres de azúcar y leche sin lactosa para Paula. No apago la cafetera por si Chema quiere uno cuando llegue. Solo, sin leche ni azúcar. Luego guardo la comida de Nacho en la bolsa verde: el tuper grande con la quinoa con verduritas que saqué del congelador la noche anterior , el tuper pequeño con los picos, las dos piezas de fruta y los cubiertos. Sólo entonces me voy a la ducha, pasando por el cuarto de Paula para verla dormir antes de que se despierte. Me enjabono con el gel de té verde, no con el de sales -ése lo reservo para las mañanas en que no tengo nada que hacer y me quedo en casa chumineando- y una vez seca me doy la protección solar 50 para que la piel me la vaya absorbiendo.

Nacho es el primero en irse. Diez minutos después lo harán Chema y Paula. Yo seré la última. Y lo haré dejando solos a un perro del pasillo pa’fuera y a dos gatos, una tuerta y otro gordo y asmático, del pasillo pa’dentro.

8.10. Me enchufo los cascos y echo a andar bajo los árboles del paraíso, por aceras llenas de frutos redondos y arrugados como diminutas manzanas asadas. A mi izquierda, al llegar al final del puente de los bomberos, saludo al hombre que vende Kleenex y rosarios. A mi derecha dejo atrás la pequeña tienda de comida para llevar en la que no he entrado nunca a pesar de pararme siempre ante el escaparate. En mis oídos suena Stars, de Simply Red. So many words are left unspoken, the silent voices are driving me crazy. Y aunque me hace mierda oírla, vuelvo a ponerla en cuanto acaba. As for all the pain you caused me, making up could never be your intention. Y una vez más. You’ll never know how much you hurt me… La última, me prometo, sentada en el banco de piedra de la parada del 21 con mi bolsa verde sobre las piernas.

8.30. Mi segundo café del día me lo tomo en un bar en cuyas paredes hay mares y desiertos y rostros de mujeres sonrientes con pañuelos cubriéndoles el cabello. ¿La entera con tomate? pregunta la chica que trae mi tostada, al chico que hay detrás de la barra. Para la muchacha, responde él señalándome con la barbilla. La muchacha, repito para mí. Y sonrío.

20160607_0909178.55. La persiana metálica del restaurante está cerrada cuando llego, 5 minutos antes de mi hora. Y aunque el sol no pica tanto como para despertar a mi lobo, cruzo la calle. Y mientras hago tiempo, espalda contra la pared y bolso al hombro, observando a dos gorriones que dibujan arabescos en el aire mientras persiguen a una libélula, el sol, oculto tras una farola, me observa a mí.

Miércoles. 6.45. Apago el despertador y, sin abrir del todo los ojos, voy a la cocina y enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón me tomo a solas el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Luego me pongo a preparar los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Zumo de plátano, manzana, pera y naranja para Paula. Hago un poco de más por si Chema quiere un vaso cuando llegue. Hoy no meto nada en la bolsa verde. En un rato Nacho estará cogiendo un avión y aprovechará su viaje para comer sabe Thor qué mierdas. Pero eso será en un rato.

7.15. ¿Estás bien?, pregunta sujetando mi cara entre sus manos. ,  miento sin pestañear siquiera. Y sonrío como si haber tenido que renunciar a un trabajo que me encantaba y se me daba genial no fuera importante. Como si no llevara desde ayer aguantándome para no llorar. ¿Sabes lo que más me ha jodido de todo?, exploto, que cuando llamé a mis padres para contárselo, los dos me recordaron lo dura que es la hostelería y que yo estoy enferma. “Bueno, ahora te quedas en casa y cocinas para tu niña”, remató mi madre. Me dio la sensación de que de algún modo les aliviaba que no pudiera aceptarlo. Y que, de algún modo también, no habían oído una palabra de la parte en la que les explicaba que si no me quedaba era porque parte del trabajo implicaba servir a mesas que estaban fuera y llevar comida a las oficinas de los alrededores que las encargasen, no porque no me hubieran ofrecido el puesto. Nacho me mira con una mezcla de pena y rabia. Tus padres siempre animando, responde justo antes de abrazarme. Lo siento tanto, amor… añade al oído.

8.40. Cuando todos se han ido enciendo un fuego y pongo a cocer los garbanzos que dejé anoche en remojo para hacer hummus. En otro caliento agua para escaldar los tomates y preparar gazpacho. Tengo la nevera a reventar de comida -tofu ahumado con verduritas, garbanzos con espinacas, lentejas- pero aunque no tengo nada de hambre, el cuerpo me pide cocinar.

Mañana será otro día, me digo. Pero hoy sigue siendo ayer. El martes en que el sol parecía estar contenido en una farola.

12.05. Me meto en la ducha. Abro el gel de sales.