Si viviéramos en un mundo justo donde todo el mundo se tratara bien, podríamos disfrutar del vértigo de tirarnos de espaldas donde quisiéramos, porque sabríamos que siempre habría una persona dispuesta a amortiguar nuestra caída. Pero ése no es el mundo en el que vivimos, al menos de momento“. (Contraelamor)

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No se trata de la huida desesperada de quien despierta una mañana echando en falta lo que no ha vivido. Y se dedica a vagar por los tejados y a caminar por las cornisas más estrechas que encuentra sin mirar hacia abajo.

No se trata de esos labios que no se cansan de buscar. Y lo único que consiguen es acabar más ajados, más sedientos.

No se trata de esa gente que aparece y, cuando se marchan, te preguntas de dónde mierda habrán salido y por qué cojones no se habrán quedado allí.

Ni de ese vacío tan hondo, tan oscuro, que no termina de llenarse ni con todo los cuerpos del mundo. Y acabar tan jodida que terminas mordiendo la única mano que todo lo que quiso fue acariciarte el lomo.

No se trata, esta vez, de aquella huida.

Aquélla ya fue.

Se trata de disfrutar del vértigo de dejarme caer.

Del ansia, del deseo de una piel que late bajo la mía.

De mi piel.

Que late.