‘Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. (…) A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto’. (Cortázar, Rayuela, capítulo 93)

Jueves 8 a.m.

Al otro lado de la ventana los vencejos planean, viran en las curvas, gritan desafiantes a una mañana que hoy ha amanecido gris y fresca. Sus siluetas negras enmarañan el cielo como quien garabatea la primera página de un cuaderno a estrenar.

Y me gustaría tanto poder unirme a ellos. No descansar hasta llegar a Málaga. Sobrevolar el cementerio de los ingleses y dejar tal vez una flor sobre aquella lápida medio rota en la que podía leerse: ‘ya no temerás más la luz del sol’. 

Y mañana a esta misma hora, de uno u otro modo, estaré camino de Portugal, con mi bolsa de Fisher & Sons, Funeral Home y mi ejemplar de Rayuela.

Porque aunque sé que lo prudente sería resguardarme de los rayos, de la lluvia, yo necesito salir a buscarlos. Que bastante tengo ya con pasarme la vida huyendo del sol como para andar evitando también la lluvia.

Y porque es lo que me cala hasta la médula lo que me hace sentirme viva.

Y que me parta un rayo me parece un riesgo asumible.