‘A veces deseo ser como mamá, que nunca tiene esa sensación de perderse algo, sensación que yo tengo tan a menudo y de forma tan dolorosa’ (A. Schorobsdorff, ‘Tú no eres como otras madres’)

La costa de Almería es azul, roja, verde. A veces también es blanca, como la playa de los Genoveses, y otras del color del trigo, o eso me han contado.

13680648_526884237510725_8450562148084086802_nY hay montañas que ocultan el mar para que pueda sorprenderte de repente, cuando coges una curva con un coche de juguete mientras suena White Buffalo. Y dunas que son trincheras. Y barcas viejas, comidas por la sal y por el olvido. Y matojos que parecen secos pero que resisten el viento y la ausencia de lluvia. Y cactus que sostienen como pueden a la única flor que darán en su vida. Y flores que se elevan desafiantes, como espadas contra el cielo. Y chumberas moribundas que se marchitan a ambos lados de la carretera sin que ni tú ni yo podamos hacer nada. Y camaleones que salvan su vida en las rotondas sólo para que yo los vea. Y casas cúbicas que cobran vida cuando tú hablas de ellas. Y palabras que evitan que uno se duerma al volante.

Y hay paseos marítimos llenos de gente que no puede vernos cogidos de la mano. Y puestos hippies donde venden cosas inútiles pero preciosas, en los que yo les compro algo a Nacho y a mi hija y tú a tu mujer. Y restaurantes con manteles de plástico que te llevan de vuelta a la infancia y en los que yo, que no he estado en ese pasado, como no estaré en ningún futuro tuyo, te escucho embobada desde este presente que no puede quitarme nadie. Porque si hay algo que me encanta muchísimo es oír historias bonitas de boca de personas a las que quiero.

Y hay pensiones cutres, con espejos en el techo y cabeceros naranjas y colchas que han amarilleado con el tiempo. Y colchones con sábanas de arriba que acaban a los pies de la cama. Y camas que acaban convirtiéndose en aguas internacionales.

13782258_527210604144755_3064625716341385018_nY desayunos en los que me entero de que eres de los que desechan la primera y la última rebanada del pan. Y flores fucsias que se arremolinan contra los bordillos de las aceras para recordarme que en menos de 3 horas estaré de vuelta en esa estación en la que tú me pondrás la mejilla cuando vaya a besarte.

Porque a mí esas cosas, que esto está mal y que nadie debe saberlo, siempre se me olvidan.

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Y qué te ha gustado más, me preguntas.

Y pienso en el atardecer desde tu cama, en tu ventana sin cortinas, en lo mala que era la peli, en ti tratando de comer con palillos, en tus dedos arrugados al salir de la bañera, en el ansia con que me besaste al cerrar la puerta.

, respondo.

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Y no aprendo.