Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.