“A nuestra edad sabemos que nada es para siempre. Nos enamoramos pero sabemos que no será para siempre. Por eso nos arriesgamos, por eso nos entregamos hasta quedar vacíos”

(Alejandra Pizarnik).

6.45 h. Te despiertas desubicada, coges el móvil para comprobar cuánto queda hasta que suene la alarma y, sin querer, abres la cámara frontal, que no entiende de horas ni de autoestima y te devuelve la cara que tienes en este momento. Los párpados hinchados, el cuello flácido desde aquella vez que se te llenó de sangre y casi te ahogas, las comisuras de los labios caídas. Por suerte, sin enfocar, los detalles se difuminan y, si no te fijas demasiado, parece que tienes las dos cejas iguales y que no les haría falta un repaso. Cierras la cámara y echas mano de las gafas para leer las notificaciones que se han acumulado durante la noche. Un día más ninguna es la que esperas. Y no has puesto aún un pie fuera de la cama y ya tienes ganas de llorar de nuevo. En vez de eso, haces tripas de corazón y te pones en marcha…

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Salgo de casa y echo a andar hacia la derecha, junto al carril bici, hasta llegar al semáforo. Ya no hace frío como para llevar chaquetón y el aire fresco de la mañana termina de despertarme antes de que el muñequito verde me invite a cruzar. Mientras espero, busco alguna coplilla en mi móvil y trato de convencerme de que estoy mejor que ayer, aunque lo cierto es que aún me cuesta no abrir el wasap esperando encontrar un buenos días, preciosa. O peor aún, abrirlo esperando no encontrarlo.

¿Qué hay que hacer? 

Ya en la acera de enfrente paso junto a la fábrica de artillería, dejando a mi izquierda los naranjos que hasta hace dos días estaban cargados de naranjas amargas y que hoy se ven desnudos, rodeados de fruta caída.

¿Qué hay que hacer ahora que todo está hablado?

Alcanzo la esquina que me separa del edificio del bar de Solas, protegido ahora por una malla negra de obra de la que cuelga un letrero que sugiere a los peatones continuar por la acera de enfrente. Como cada mañana, hago caso omiso y ralentizo el paso hasta detenerme frente al pequeño parterre de rosales blancos que se alinean a lo largo de toda la fachada y que parecen haber estallado durante la noche. E imagino, mientras me acerco a olerlas, a todo un ejército de naipes pintando de rojo las cientos de rosas blancas que tengo ante mí.

Y como salido de la nada, me atraviesa el recuerdo del rosal rojo que planté cuando aún vivía en aquella casa perfecta, con patio encalado y luz a raudales. Antes del lupus. Antes de A. Porque hay una vida antes del lupus y una después. Como hay una vida antes y otra después de A.

Es pronto para la amnesia y tarde para irnos intactos

Y mientras trato de evaluar cuántas vidas habré vivido desde aquel rosal, y si acabará habiendo un antes y un después de ti, fijo la mirada en la pared que hay tras esta barricada de rosas. En el ladrillo, expuesto a trozos allí donde no llegó el cemento, o donde la pintura se ha acabado agrietando y cayendo. En la ventana, cerrada a cal y canto gracias a  la contraventana verde y a la vieja reja de apenas 4 barrotes verticales, otro horizontal y 3 más añadidos a posteriori que dibujan 20 espacios desiguales.  Y junto a ella, como si hubiera conseguido escapar a tiempo, en la figura negra del ave con alas extendidas que parece que acabe de echar a volar en dirección al cielo, aunque no deje de estar atrapada en esa pared que cualquier mañana amanecerá enfoscada por completo y pintada de blanco. O de albero. O de vete tú a saber qué color.

Lo intenté, lo intenté. Hoy tu recuerdo es un pájaro…

Y sé que, cuando ese día llegue, me moriré de pena. Y dará comienzo una vida en la que pase junto a los rosales y busque al pájaro que consiguió escapar de la ventana sin encontrarlo. La vida después de.

… que bate sus alas detrás de mí y silba y enreda mis pasos

Y acabaré por acostumbrarme, eso también lo sé. Como acabaré por acostumbrarme a tu ausencia al otro lado del teléfono los lunes por la noche, o a no buscarte con cualquier excusa, ni a guardar chorradas sólo para mandártelas. Mañana será más fácil, me digo mientras cuento los días que hace que no sé de ti. Los mismos que llevo echándote de menos y convenciéndome a mí misma de que tú a mí no y bebiéndome hasta el agua de los charcos cada vez que salgo y subiendo fotillos donde parezca que estoy de puta madre y mordiéndome la lengua para no mandarte otro audio diciéndote cómo me siento y que vuelvas a clavarme un visto.

Mañana será más fácil, me digo.

Y echo a andar sin despedirme del pájaro. Como si tuviera alguna certeza de que seguirá estando ahí mañana.