Cuando te gusta alguien te entregas sin condiciones. Eso es peligroso. Debes protegerte y no lo haces en absoluto” (F.)

Estas últimas semanas, ni una vez ni dos, me he sorprendido a mí misma fantaseando con volver al Virgen del Rocío. Cierro los ojos y visualizo una habitación en planta. La cama estrecha y blanca, las sábanas frías, usadas y lavadas cien millones de veces, el sillón azul desgastado a su derecha, el baño compartido y ese olor mezcla de lejía y enfermedad flotando en el ambiente. Al fondo, un ventanal cerrado a cal y canto, no sea que a alguien se le ocurra tomar un atajo. Al frente, una puerta permanentemente abierta. Y el trasiego de batas y carritos entrando y saliendo a cualquier hora. A cogerte una vía. A traerte el desayuno. A dejarte el termómetro. A limpiar la habitación. A hacer la ronda. A cambiarte las sábanas. A bajarte a rayos. Tú sólo tienes que dejarte hacer. Estar tumbada y dejarte hacer. El tiempo congelado. Tu vida en pausa.

En vez de eso, diciembre sigue su curso dentro de esta habitación recién pintada, de esta cama vestida de algodón con flores azules y verdes que compramos este verano en Portugal, de mi cuerpo funcionando en modo automático. Un taxímetro en marcha en medio de un atasco en el que es imposible avanzar ni retroceder y del que ni siquiera alcanzas a ver dónde acaba. Días indistinguibles, que lo mismo podrían ser martes que viernes. Días en los que ducharse es una opción. Como comer. Como dormir.

Hay noches, cuando me desvelo y sé que no voy a poder volver a conciliar el sueño, que ni siquiera me molesto en intentarlo. Enciendo la luz de mi mesita, me pongo las gafas, cojo el móvil y abro Instagram, dejando que el algoritmo encargado de decidir qué publicaciones podrían interesarme, me sugiera cosas. Y lo hace. Recetas de platos veganos, fotogramas de películas, frases de autoayuda, citas literarias, memes de gatitos. Y de repente el vídeo: “Hope, la tortuga de agua albina nacida con una malformación en su caparazón”. Aunque tal vez malformación no sea la palabra. En este caso lo que hay es una no formación. Una ausencia. La ausencia de exoesqueleto en la parte del peto que debería proteger su corazón. Una ventana abierta a través de la cual su precioso y diminuto corazón de tortuga bombea sangre a ojos vista. Su puto precioso y diminuto corazón de tortuga latiendo desnudo. Como si una, por muy tortuga que sea, pudiera permitirse ir por la vida a corazón descubierto.

Saco el cuadernito que tengo en la mesilla y me pongo a escribir. “Razones”. Y lo subrayo. Dos veces. Necesito analizar todo esto. Necesito entender(me). Necesito encontrar el modo de ser menos yo. “Sé menos tú”, escribo. Y sigo escribiendo. Escribo sin filtro hasta que el despertador rompe el silencio, dando comienzo a este día que ya se me ha hecho bola sin saber siquiera cómo se llama.

Y mientras me tomo el café que Nacho me trae a la cama cada mañana desde que estoy así, recuerdo lo que me dijo Fer. Luego veo mi nueva colección de moratones y me pregunto qué habría pasado de no estar Nacho en casa cuando se me cerró el canapé de la cama sobre el brazo izquierdo. Probablemente se habría acabado cumpliendo mi fantasía. Me hago una foto que me sirva como recordatorio de lo que está siendo este mes de diciembre. “Ya me hiero yo, gracias”. Quito el “gracias” y la subo a Instagram.

Y pienso en la tortuga que, contra todo pronóstico, ha conseguido sobrevivir con su puto precioso y diminuto corazón expuesto.

Repaso el cuadernito: 38 razones.

Quizá la clave no esté en ser menos yo.