Cosas que Importan.


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‘El veganismo es la extensión lógica de la filosofía de la no violencia’ Dexter Scott King.

– Y eso… pa qué, pregunta mientras me observa por encima de sus gafas con un gesto así como de estar oliendo a peo quemao.

– Pues…, balbuceo sin saber muy bien qué decir.

Noto cómo se me encienden las mejillas en cuestión de segundos, primero de vergüenza y luego de rabia por no saber qué contestar.

Mi médico de la hipertensión, un señor gordo de unos 60 años que respira con dificultad, me mira como si le acabara de confesar que puedo hablar con los animales. Luego extiende sus rechonchos dedos índices, agacha un poco la cabeza sobre el teclado del ordenador y escribe, leyéndolo en voz alta para asegurarse de que es correcto: vegana. Y añade un comentario despectivo sobre las modas y yo no sé qué más porque he decidido dejar de escucharlo.

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– Hermana, ya he reservado para mañana a las 3. Nacho y tú os apuntaréis, no? El sitio se llama (tal) y es de comida casera.

– Casera… ¿y tienen algo vegano en la carta?

– No lo sé, no he preguntado… pero no creo, es más de guisos y huevos fritos con chorizo y cosas así. Pero ensalada sí puedes comer, no?

Cuento hasta 9 para no mandarlo amablemente a la mierda. Para no explicarle que sí, que puedo comer ensalada, que de hecho, como poder, puedo comer lo que me salga del coño. Que no comer nada de origen animal no es una promesa a la virgen, que lo hago porque tras mucho informarme y mucho meditarlo, así lo he decidido. Y que en cualquier caso, no, no voy a ir a una comida supuestamente familiar para ver como todos se ponen hasta el culo mientras a mí me sirven una ensalada que tendré que pedir a la carta para asegurarme de que no lleve huevo, atún o algún aliño hecho con leche o miel. Que para eso, qué cojones, me quedo en mi casa y me hago yo algo que me guste.

– Mira, Edu, déjalo… ya quedamos otro día y vamos a Fargo o a La Bartola, que tienen platos veganos en la carta y podemos comer todos. 

Y hago como con el médico, desconecto y lo dejo hablar hasta que, al ver que no respondo, acaba por callarse. Que otra cosa no, pero con la edad he aprendido a distinguir a una legua cuándo alguien tampoco me está escuchando a mí.

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– Te he mandado un queso buenísimo que…

– Papá, que ya no como queso.

– ¿Tampoco comes queso?, me pregunta por enésima vez en los últimos 7 meses.

– No, papá, ni huevos, ni lácteos, ni miel. Nada que proceda de un animal.

– Y entonces, ¿la tortilla que te ha hecho tu madre no la vas a probar tampoco? A ver si te vas a poner mala, hija, que tú estás muy débil y…

A mi padre le tengo más paciencia. Será porque lo quiero mucho y porque sé que no lo hace por meter el dedo en el ojo, simplemente no le cabe en la cabeza que alguien renuncie a comer cosas que le gustan por una cuestión de ética personal. Tampoco lo entendía cuando, de chica, los acompañaba al mercado y me ponía a llorar al ver a los pollos colgados de un gancho o a los lechones, que a fin de cuentas no son mas que bebés, tumbados como si estuvieran dormidos. O cuando me obligaban a comer carne o pescado y me pasaba una hora sentada a la mesa, moviendo el tenedor sin llevármelo a la boca.

Así que vuelvo a explicárselo, aun sabiendo que es un pa’ná: que me he hecho vegana porque, a estas alturas, me he enterado de cómo funciona la industria láctea y me ha parecido una cosa tan terrible que yo, que antes podría alimentarme exclusivamente de queso, ahora ya no lo disfruto. Porque ahora que sé dónde van a parar los pollitos machos y qué hacen con las gallinas ponedoras cuando dejan de ser rentables, no puedo seguir comiendo huevos y dormir por las noches. Porque vi un documental sobre la producción de miel industrial y me niego a comprar un solo bote más de la Granja San Francisco y similares. Y que sí, que ya sé que van a seguir violando y explotando vacas, triturando pollitos, llevando terneros machos al matadero y estresando y envenenando abejas. Y por supuesto que él es muy libre de hacer lo que le dé la gana, no seré yo la que le diga lo que debe comer y lo que no (salvo cuando voy a su casa y me encuentro una lata de foei gras en la despensa, del de verdad, del que alimentan a la oca contra su voluntad con un tubo hasta que le revienta el hígado; en casos como ese, que claman al cielo, reconozco que me cuesta mucho callarme). Pero yo, que tengo la suerte de poder elegir, no pienso participar de ello.

TortillacaCuriosamente lo más difícil en este tránsito hacia el veganismo no ha sido desengancharme del queso (de hecho, después de ver vídeos como el que os dejo más abajo, dejarlo ha sido pan comido), ni empezar a cocinar a mi edad (no os quiero enamorar, pero me salen unas tortillacas veganas que están pa’ponerles una calle), ni siquiera renunciar a ir al Porta Rossa o a la Chaparrita (donde no hay, prácticamente, nada vegano). Lo más difícil está siendo aguantar a quienes, cuando se enteran de que me he hecho vegana, empiezan a dar por culo con sus “¿y a los mosquitos no los matas tampoco?” o “pues las plantas también sufren, está demostrado” o “eso es que no te lo han comido bi…” (uy, no, que ésos eran otros pesaos). Y llega un momento en que cansa, la verdad. Y ahí más vale tener a mano una buena coplilla que canturrear en tu interior mientras dices “que sí, que sí” con la cabeza. Eso, o soltar un porquemesaledelcoño, así todo seguido, acompañado de una enorme sonrisa conciliadora, y evitarte tantas explicaciones que no sé pa’qué piden si realmente no quieren entenderte (la mayoría, ojo, que también hay excepciones).

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Y todo esto a qué venía…? Ah, sí, a que me he hecho vegana. Y a que mi médico de la tensión es un gilipollas. Y a tu ‘hace mucho que no escribes nada…’. Ea, pues ya he escrito, princesa :). Y qué a gusto me he quedao, oye.

Otro día, mi opinión sobre los ebooks 😉

[SPOILER: vídeo muy cortito pero muy ilustrativo; en las opciones tenéis los subtítulos en inglés. Para los que no sepáis inglés, os lo resumo yo: la industria láctea, MAL]

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Son tantas las pelis que me he metido entre pecho y espalda desde que acabé la carrera que si supiera escribir críticas cinematográficas éste se habría convertido hace tiempo en un blog monotemático. Por suerte o por desgracia, no es el caso. Así que me conformo con, de vez en cuando, colgar alguna comparativa de pelis fiesteras de esas de palomitas que veo yo. Yeah 😎

En esta ocasión, y al hilo del último post de mi amigo Raúl, las pelis que voy a recomendaros son pelis duras (unas más que otras), incómodas de ver a ratos y nada, nada comerciales (salvo que hablemos de cine gafapastil, que entonces sí). Y sí, todas ellas tienen un denominador común: los protas -y algunos extras- son personas con discapacidad (física, psíquica y cognitiva).

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En la primera y más amable del pack, ‘The station agent‘ (T. McCarthy, 2003), Finbar McBride, un hombre con acondroplasia (interpretado por un fantástico P. Dinklage), misántropo de manual y amante de los trenes, decide cerrar su negocio y enclaustarse en una vieja estación abandonada, en mitad de ninguna parte. Sin embargo, el tiro le sale por la culata cuando Joe, el dependiente de un puesto de comida ambulante, se empeña en entablar amistad con él.

the station agent

Especialmente interesante, o a mí me lo pareció, es la actitud de Fin, completamente tensa, a la defensiva, ante un Joe al que el hecho de que éste sea o no enano parece importarle una mierda.

– Alguna vez has estado enamorado, Fin?

– Sí.

– Qué pasó?

– Yo era joven y… estaba enfadado.

Y no voy a contaros más…  Yo la vi sin saber de qué iba y sin que nadie me la recomendara, o lo que es lo mismo, sin expectativas creadas, y me pareció una verdadera delicia. Os la recomiendo muchísimo.

Cualquier mañana de éstas me la fumo otra vez.

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La segunda es algo más durilla. Si ‘The station agent’ se la recomendaría a todo el mundo, con ‘Camille Claudel 1915‘ (B. Dumont, 2013) me lo pensaría dos veces. Y no porque no me gustara. ME ENCANTÓ. Y mira que no era yo muy fan de la Binoche… Pero, las cosas como son, en esta cinta está que se sale. Impresionante de verdad.

‘No sé por qué estoy aquí (…) Estoy encarcelada como una criminal. Peor. Sin ningún abogado’.

Camille_Claudel_1915-867207697-mainHermana del escritor Paul Claudel y examante del conocido escultor Rodin, Camile es ingresada por su familia, contra su voluntad, en un asilo para mujeres con discapacidad pśiquica y cognitiva (todo en el mismo saco) tras ser diagnosticada de manía persecutoria. Su particular lucha por mantener la cordura sin renunciar a todo aquello que la hace diferente, la consumirá a lo largo de 97 minutos.

‘Aquí es muy difícil vivir, sabes, Paul? Hay reglas, formas de adaptarse a vivir… es muy difícil cambiar estas cosas. Hay mucho ruido… No entiendo por qué no me sacas de aquí’.

Hablamos de una peli lenta. Mucho. Lo que se traducirá en larga para algunos. Aburrida incluso. Muchos planos de la Binoche enfrascada en sus pensamientos, con la cara lavá eso sí, en los que pasa de la risa al llanto. Pero pa’gustos, colores. A mí me pareció una buena invitación a reflexionar sobre cómo se construye eso que llamamos enfermedad mental.

Personalmente reconozco tener mis reservas sobre el modo en que psiquiatras y psicólogos juegan a etiquetar comportamientos ajenos, patologizándolos y enfrentándolos a un modelo cultural de normalidad en que el género y la aceptación (o no) de roles jugarán un papel fundamental, algo que queda bastante bien reflejado en esta cinta.

‘Ella era una gran artista –escribe su hermano Paul– y su orgullo y su desprecio por el futuro previsible eran sin límites’.

Respecto a si es éticamente correcto o no rodar en un manicomio real, rodeada de personas con discapacidad psíquica (y cognitiva en muchos casos)… supongo que es discutible. Como casi todo en esta vida. Yo, siempre y cuando las personas que hacen de extras lo hagan voluntariamente, no veo dónde está el problema. De hecho, el paternalismo de críticos como Boyero, que se rasgó las vestiduras en su día, cuando probablemente no lo habría hecho si los extras fueran personas con discapacidad sensorial o física, me resulta infinitamente más difícil de digerir que el hecho de  ver a una mujer babeando, haciendo aspavientos o gritando, y saber que no está actuando en absoluto.

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oasis-coverY de menos (incómoda, dura, dramática) a más, es como llegamos hasta la tercera de las pelis que quería recomendar en ese post.

Ésta sí que sí, sólo para los muyyy cafeteros: ‘Oasis‘ (Chang-dong Lee, 2002), una historia de amor entre un hombre con discapacidad, aparentemente psíquica y cognitiva, y una mujer con parálisis cerebral.

Difícil de ver, MUY difícil a ratos, esta cinta te clava los párpados para que no los cierres, para que te sea imposible mirar hacia otro lado. Escenas crudísimas compensadas por otras tremendamente tiernas. Y de fondo, el debate de la autodeterminación, de la dignidad y de la sexualidad de personas con diversidad funcional (aquí el tema género también juega un papel importante), todo ello en el contexto político-social de un país como Corea del Sur. Échale hilo a la cometa.

Como curiosidad, la -polémica para algun@s- escena del corto Cuerdas en que el niño con parálisis cerebral se visualiza a sí mismo bailando con la prota, es sospechosamente parecida a una escena de esta peli.

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Así que nada, si ya habéis visto ‘Ocho apellidos vascos’ y no sabéis qué ver este finde… Luego me contáis 🙂

‘Regular Sized Chick’ / Stephen Trask (B.S.O. ‘The Station Agent’)

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‘Si tenemos que morir, moriremos. Todos los hombres mueren. Pero antes vamos a vivir’ (George R. R. Martin).

Gastrimargia (*), lujuria y pereza. Cinco días y tres vicios (que no pecados), dos concupiscibles y uno irascible: comer hasta hartarnos, fumar hasta alucinar, follar hasta caer rendidos y dormir hasta la hora de comer. Y entre medias, dar paseos por los canales, hacer fotillos y comprar chuminás (marcapáginas, chapas e imanes chulos para la nevera).

Vuelo de vuelta. Asiento 20a. Estoy cansada, me duele la espalda y los pies no me caben en las botas… pero no me quejo. Han sido 5 días anárquicos, agotadores, pero sabe Paco la falta que me hacían.

Nacho pega la primera cabezada antes de despegar. Yo no puedo dormir en los aviones, lo que me deja tres horas por delante para mirar por la ventanilla y leer. En vez de eso, miro hacia los asientos del otro lado del pasillo y por un instante puedo verme allí sentada, sola. Los remordimientos, la insoportable necesidad de llorar, la azafata acercándose para ver si estaba bien… De aquello hace ya la friolera de 10 años. Y todo ha cambiado tanto, empezando por mí misma, que no caben las comparaciones. Por más que en mi cabeza sean inevitables.

Es noche cerrada cuando una voz nos informa -en inglés y en neerlandés- de que vamos a tomar tierra. Vista desde arriba e iluminada por infinitas luciérnagas, Sevilla tampoco parece la misma.

Aterrizar. Desembarcar. Esperar a que la cinta transportadora escupa nuestra maleta. Todo se me hace eterno. Lo único que quiero es salir de aquí. Abrazar a Paula y al Escocés. Llegar a casa y ver a mis bichos. Contar que están todos. Lo segundo único que quiero es quitarme las botas y los vaqueros y meterme en la cama. Así, sin ducharme ni cenar ni deshacer nada. Y despertarme mañana sabiendo que tendré la casa para mí sola durante 4 días.

Y mientras veo salir por fin nuestra maleta y a Nacho cogerla en peso, caigo en que mañana se acaba el 13 y yo  aún no he decidido cuáles serán mis propósitos de año nuevo… Y me doy cuenta de que de la lista del año pasado apenas cumplí 2 de 7… y aún así me atrevería a decir que no me ha ido tan mal.

Saco el móvil del bolsillo y cambio mi estado de wasap de los últimos 5 días por ese otro que me suele acompañar últimamente. El mismo que, sobre la marcha, acaba de convertirse en mi único y precioso propósito de año nuevo.

(…)

Para l@s que aún seguís pasando por aquí, muy feliz 14¡¡¡ 😀

(*) Al parecer la primera lista de pecados capitales contenía ocho (en lugar de siete) vicios malvados: cuatro vicios concupiscibles o deseos de posesión y cuatro vicios irascibles, que ―al contrario que los concupiscibles―, no son deseos sino carencias, privaciones, frustraciones. El caso es que, dentro de los primeros, había uno que en una lista posterior no tradujeron del griego por no encontrar una palabra equivalente, la gastrimargia (gula y ebriedad), y que finalmente acabó únicamente como gula (wikifuente).

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‘El Alzheimer borra la memoria, no los sentimientos’ (Pasqual Maragall).

La habitación no es muy grande, tampoco pequeña. A la derecha, una cama individual  perfectamente vestida y una mesita de noche. A la izquierda un armario hasta el techo y un pequeño escritorio color miel bajo el que se oculta un discreto cajón de arena. En el centro, una puerta de cristal cubierta por una cortina anaranjada da paso a una terracita individual a la que asomarse ahora que viene el buen tiempo.

Por lo demás, salvo un par de zapatos y una camita de espuma, no hay objetos personales a la vista. Ni fotos, ni cuadros, ni libros. Lo que no deja de tener sentido cuando estás convencida de que no has venido aquí para quedarte.

El 27 vuelvo a mi casa, ¿sabes?

Aun sintiéndome  como una mierda por estar ahí, sosteniéndole la mirada mientras la oigo describir la que sin duda fue una casa preciosa a la que me consta que no volverá, aprovecho un silencio que queda suelto para redirigir la conversación. Sonriendo, le pregunto por la preciosa gata que me ha hecho recorrer más de 900 kilómetros y perderme este soleado martes de feria 😎

Liuma se viene conmigo, por supuesto.

Su respuesta no guarda relación alguna con mi pregunta, pero vuelvo a asentir mientras ella se gira para coger a la gata que, curiosa, se ha subido a la cama e inspecciona mi mochila con su chata nariz.

¿Le importa si les hago una foto a las dos juntas?

Liuma.Con una mezcla de tristeza y ternura la observo a través del visor. Su sonrisa mientras la besa contrasta con la cara de enfado de Liuma. Normal. Tampoco yo estaría dando botes si fueran a inmortalizarme así, pelada como un caniche, cuando hasta hace una semana había sido una elegante gata persa color crema.

Liuma significa hoy. 

Tras los cristales de sus gafas, sus ojos me recuerdan a los de mi abuelo. El mismo tono azul-acuoso. La misma necesidad de ser mirados.

– El Barah, ayer.

Me quedo un rato más. El suficiente para escuchar hasta tres veces la historia de los muchos años que vivió en Marruecos, de sus viajes en coche de Algeciras a Barcelona, de cómo Liuma llegó a su vida.

Liuma, hoy. El Barah, ayer – repite orgullosa, sosteniendo entre sus manos el presente en forma de gata.

Y mientras trato de mostrar el mismo interés en mis gestos que la primera vez que lo escuché hace apenas media hora, noto cómo mis prejuicios a la hora de juzgar a las personas en función de cómo tratan a los animales cobran fuerza irremediablemente…

(…)

Cuando nos propusieron elegir tema para el trabajo fin de grado, reconozco que el de maltrato a personas mayores no estaba entre mis finalistas. Por otro lado, y eso sí lo tenía claro, quien quiera que fuera a tutorizar mi trabajo debía ser alguien capaz de darme la suficiente correa como para ir a mi aire; y el profe que ofrecía el trabajo sobre maltrato a mayores lo parecía.

Finalmente decidí priorizar el tutor sobre el tema y empecé a recopilar información sobre el maltrato en la tercera edad, sintiendo que me adentraba en un mundo paralelo y espeluznante que jamás imaginé que pudiera existir…

Afortunadamente la correa que me ha dado ha sido más que suficiente y he podido, sin perder de vista a la tercera edad, cambiar el tema del maltrato por uno bastante más bonito:  la importancia que tiene para una persona mayor, a la hora de ingresar en una residencia, el poder llevar a su mascota consigo.

De momento he encontrado una residencia privada en Barcelona, sólo una, en la que entienden algo tan obvio, al menos para quienes no concebimos la vida sin un bicho al lado, como que alguien que haya compartido los últimos años de su vida con un animal se resista a desprenderse de él.

Una residencia donde una señora de pelo gris y ojos azul-acuoso, que comparte una habitación color miel con su gata color crema, no sólo me regaló parte de su mañana, sino que me reveló algo que de no ser por ella ahora no sabría. Que Liuma significa hoy.  

– ¿Por qué no dijiste que eras mecánico?
– Porque nadie me lo preguntó.

Parece que no, pero a lo tonto, a lo tonto, hace ya casi un año que no tiro del blog pa’recomendaros alguna peli de esas fiesteras que me gustan a mí 😎 …

Por suerte pa’ vosotros, este curso he cogido la optativa Trabajo Social y PERSONAS con discapacidad y me está encantando tantísimo tantísimo, que he decidido aprovechar este sitio para subir recomendaciones de todas las pelis que vaya viendo (y me gusten, se entiende) y guarden relación con el tema.

[Antes de seguir, aclarar que aunque use el término discapacidad lo hago únicamente por hacerme entender, porque gustarme me gusta casi tan poco como minusvalía… y como presiento que con este tema os voy a dar bastante la brasa, mejor lo voy a dejar aquí por hoy y voy directa a las pelis…]

He escogido estas dos para empezar porque yendo básicamente de lo mismo (personas con discapacidad mental), lo hacen desde contextos y enfoques muy diferentes.

Así, mientras que la primera, ‘Elling’ ( Petter Naess, 2001), tiene lugar en Noruega – estado del bienestar altamente proteccionista, con políticas sociales inclusivas- , la segunda, ‘La isla interior’ (Félix Sabroso y Dunia Ayaso, 2009), tiene lugar en nuestro país – estado del bienestar mediterráneo por excelencia, con políticas sociales asistencialistas y sectoriales, y la familia como comodín de éstas.

Algo que, como podréis comprobar si las veis, viene a traducirse en la consideración de la discapacidad como una parte más de la persona, el derecho de ésta a recuperar el protagonismo de su propia vida, o la importancia de sentirse  parte activa de la sociedad (‘Elling’), frente a la identificación de la persona con su discapacidad mental, la asunción de que se trata de un problema familiar y, como tal, es dentro de la familia donde debe resolverse, o el aislamiento (auto) impuesto y el ambiente opresivo y castrante de ‘La isla interior’.

En definitiva, dos historias que muestran a las claras cómo por muchas clasificaciones pretendidamente universales que utilicemos para etiquetar las discapacidades (y con ellas a las personas), aquéllas acaban redefiniéndose en función de la sociedad en que se encuentren éstas.

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Sociología II. Práctica # 5: posicionamiento a favor o en contra de la prohibición del hiyab en los colegios. Mayo, 2010.

Así lo veo yo.

Me encantan las pelícuas de Miguel Albaladejo, al menos las que he visto hasta ahora. Me gusta que salgan sus amigos (Elvira Lindo) y familiares (Geli Albaladejo) haciendo pequeños cameos. Y me gusta pensar que el cine español existe más allá de los taquillazos de Torrente.

Esta película, ‘Cachorro’, no rompió taquillas, a pesar de meter el dedo en la llaga en un tema que, en el siglo y en el país que estamos, sigue creando polémica social: el de las adopciones/acogidas de menores por parte de personas homosexuales.

Es cierto que relacionar el hecho de ser unos buenos padres (biológicos, adoptivos o de acogida) con la opción sexual de cada cual puede parecer tan absurdo (lo es, de hecho) como aventurar si un niño va a ser buen o mal estudiante basándose en que prefiera los perros a los gatos. O en que no le gusten los bichos.

Sin embargo, por estúpido que parezca, hay gente que bajo ningún concepto acepta la adopción u acogida por parte de personas homosexuales, aduciendo que éstos son un mal referente para los niños. ¿Porque son peores personas? Qué va, es mucho más simple…! porque su opción sexual no es la normal…  y ya se sabe, los niños imitan lo que ven.

Hay quien se siente un poco más abierto y acepta este tipo de adopciones. Eso sí, como el que elige el menor de los males (“si hay niños que van a morirse o a quedarse en los orfanatos…”), en ningún caso porque lo vean equiparable a una adopción por parte de padres heteros.

Por último están los tolerantes de boquilla (mis favoritos), que no tienen ningún problema con los homosexuales, de hecho, incluso tienen amigos gays!  :D, y si se oponen a este tipo de acogidas es sólo por el bien del niño… (qué arte!)

Y es que ya se sabe lo hijos de puta que son el resto de los niños en el cole… ¿qué va a pasar cuando se metan con él por tener dos papás /mamás? ¿cómo lo va a explicar? No, si visto así… lo mejor es evitarle ese mal trago, claaaaro…

Lo que yo me pregunto es si será eso muy diferente a tener que explicar que tu papá/mamá se ha quedado sin trabajo y por eso llevas la misma mochila del año pasado. O a explicar que tu papá y tu mamá ya no viven juntos. O por qué tus papás no son chinos y tú sí lo eres. O por qué no comes jamón, con lo bueno que está.

Yo, así, sin ser psicóloga ni na’, diría que no. Es más, creo que cualquier cosa, por nimia que sea, que se salga de lo habitual (que no de lo normal) puede convertir a un niño en protagonista involuntario de su entorno. Y para eso están los profesores y los padres, para evitar que estas anormalidades pasen de ser algo anecdótico a convertirse en algo discriminatorio.

Quizá por eso esta última actitud me parece la peor de todas, porque con este tipo de argumentos no sólo pretenden estar salvando a los niños de esa discriminación a la que supuestamente se verían sometidos, sino que se consigue afianzar los prejuicios (que evidentemente no reconocen tener) basándolos en un “a mí tampoco me gusta, pero la sociedad es así…“. Como si la sociedad no pudiera evolucionar.  Como si no fuera responsabilidad de todos luchar para que lo haga.

Yo debo ser muy obtusa, pero sigo sin ver la relación que puede haber entre ser un buen padre (o madre) y la opción sexual personal. En mi caso, que he pasado por un proceso de adopción para tener a mi hija, la psicóloga no me hizo preguntas especialmente explícitas en lo tocante al sexo. Imagino que porque lo que me guste a mí hacer o dejar de hacer en la cama, y la educación que vaya a darle a mi hija no tienen nada que ver. Si lo tuviera, qué pasaría si, aún siendo heterosexual practicara el sexo anal con mi pareja (o con quien me diera la real gana)? O el sexo oral? Afectaría eso a mi calidad como madre? Y si mañana me enamorase de una mujer? O Chema de un hombre? Cambiaría eso en algo lo que sentimos por nuestra hija? Necesitaríamos examinarnos de nuevo como quien pasa la ITV? Deberían en ese caso los servicios sociales retirarnos la custodia por su bien?

Respecto a los que defienden que un niño/a necesita un padre y una madre porque cada uno le aporta algo distinto según su género y sin uno de los dos su desarrollo emocional se queda cojo, en mi opinión, que en una sociedad que lucha tanto (al menos de boquilla) por la igualdad entre hombres y mujeres sigan existiendo estos roles, este concepto de la complementariedad basado en algo socialmente construido como es el género, es un sinsentido. No se trata de que uno de los padres “haga de” madre. Se trata de aportar lo mejor de cada cual. Hay familias monoparentales, padres separados / madres solteras, que crían hijos perfectamente sanos emocionalmente. No veo porqué tendría que ser un problema que todo ese amor, cariño, cuidados y educación venga de dos fuentes, independientemente de su sexo. Al final, estamos hablando de PERSONAS.

Así es como yo lo veo. Cada uno tendrá su opinión, por supuesto. Todos los cambios sociales llevan su tiempo, pero yo confío en que nuestra sociedad vaya poco a poco asimilando esta lucha de igualdad de derechos. Sin perder en ningún momento de vista que por encima de todo, está nuestro deber como sociedad de proporcionarle al niño la mejor familia posible, sea ésta homo, hetero o monoparental.

Ser padre no es ninguna obligación (o no debería). Es una responsabilidad elegida que cada cual asume según sus valores. Y los valores no dependen de si llenas el carrito con carne o con pescado. Dependen de la educación, de la sensibilidad, de la experiencia, de la tolerancia hacia lo que no entendemos (con lo que entendemos no es tolerancia, es otra cosa; yo por lo menos me siento tolerante con los votantes de derechas, no con los homosexuales, jeje).

Es cierto que durante los últimos años hemos conseguido que las cosas avancen, mal que les pese a algunos, pero no podemos quedarnos ahí. No mientras en este país aún haya personas que deban demostrar lo que a otros se nos da por supuesto a causa de su opción sexual. Eso no sólo es injusto. Es anticonstitucional.

Éste es el trailer de la película. Si podéis, vedla.

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Leí este texto hace más de 10 años, y me impresionó muchísimo. Lo he recuperado y traducido lo mejor que sé. He dejado el texto original más abajo, por si queréis contrastar algo.

LO QUE LE HICIMOS A RODNEY (La historia real de un perro vendido a un laboratorio)

Le pusimos Rodney. Era un cruce de perro pastor. Con una oreja levantada y la otra caída y rebotándole sobre la cabeza cuando llegó. Su cabeza y sus pies eran demasiado grandes para su cuerpo delgado y musculoso. Un olor a humedad se desprendía de su piel infectada de pulgas y de sus orejas descuidadas. En conjunto, no era gran cosa. Uno de los miles de perros que se enfrentan al mundo sin el lujo de tener un dueño.

Yo estaba en tercero de veterinaria y él venía de la perrera municipal. Durante el siguiente cuatrimestre cuatro de nosotros (estudiantes) practicamos técnicas de cirugía en él. La primera de nuestras prácticas de cirugía en pequeños animales.

Él siempre se alegraba de vernos- golpeando la cola con fuerza en las paredes de su pequeña jaula de acero- . Rodney no había vivido mucho, así que una pequeña palmadita en el lomo y un pequeño paseo por el campus le alegraban el día.

Lo primero que le hicimos fue castrarlo, un trabajo aparentemente poco invasivo, si no fuera porque nos llevó una hora realizar un procedimiento que generalmente dura 20 minutos y una sobredosis de anestesia lo dejó K.O durante 36 horas. Dos semanas después le hicimos una exploración abdominal, abriéndole el abdomen, haciendo inventario de sus órganos y cerrándolo después.

Ésta fue la primera cirugía mayor para todos nosotros, y sin la supervisión adecuada no lo cerramos bien. A la mañana siguiente, la incisión se había abierto y estaba sentado sobre su intestino delgado. A toda prisa le cosimos de nuevo, y sobrevivió. Pero pasó una semana o más antes de que pudiera reanudar los paseos que esperaba ansiosamente. Todavía movía la cola cuando llegábamos y nos saludaba con tanto entusiasmo como podía.

La siguiente semana, de nuevo estando anestesiado, le rompimos la pata y se la arreglamos con un clavo de acero. Después de esto, Rodney parecía sufrir constantemente, le subió la fiebre y ya no se movía tanto como antes.

Sus fuerzas se extinguieron, a pesar del tratamiento con antibióticos nunca se recuperó por completo. Ya no podía salir a pasear y nuestras visitas generaban sólo un débil meneo de cola. Se le fue el brillo de sus ojos castaños. Su pata operada seguía entumecida e hinchada.

El cuatrimestre se estaba acabando, y los días de Rodney estaban contados. Una tarde lo pusimos a dormir.

Mientras la vida se escurría de su cuerpo y sus ojos se desenfocaban, mi actitud hacia la investigación con animales comenzó a cambiar.

Soy un científico que ha sido educado en el método científico… Pero tras 15 años de práctica veterinaria creo que existen consideraciones morales y éticas que superan a los beneficios. Porque por el hecho de ser la especie más poderosa sobre la Tierra, los humanos tenemos el poder -pero no el derecho- de abusar de los llamados ‘animales inferiores’.

El fín no justifica los medios.


We called him Rodney. He was a tall, gangly shepherd mix. One ear stood up, and the other flopped over and bounced against his head when he ran. His head and feet were too big for his thin but muscular body. A musty odor accompanied him from flea-infested skin and neglected ears. Altogether, he wasn’t much to look at—one of thousands of dogs facing the world without the luxury of a guardian.

I was in my third year of veterinary school, and he came from the local dog pound. For the next quarter, four of us students practiced surgery techniques on him—the first of our small-animal surgery training. He was always happy to see us—tail thumping wildly against the walls of his small steel cage. Rodney hadn’t much of a life, so a pat on the butt and a little walk around the college complex made his day.

The first thing we did was neuter him, a seemingly benign project, except it took us an hour to complete the usual 20-minute procedure, and an anesthetic overdose kept him out for 36 hours.

Two weeks later, we did an abdominal exploratory, opening his abdomen, checking his organ inventory, and closing him again. This was the first major surgery for any of us, and with inadequate supervision, we did not close him properly. By the next morning, his incision had opened and he was sitting on his small intestine.

Hastily, we sewed him up again, and he survived. But it was a week or more before he could resume the walks he had come to eagerly anticipate. He would still wag his tail when we arrived and greet us with as much enthusiasm as he could muster.

The following week, again when he was under anesthesia, we broke his leg and repaired it with a steel pin. After this, Rodney seemed in almost constant pain, his temperature rose, and he didn’t rebound as he had in the past. His resiliency gone, despite antibiotic treatment, he never recovered completely. He could no longer manage his walks, and our visits generated only a weak thump of his tail. The shine was gone from his brown eyes. His operated leg remained stiff and swollen.

The quarter was ending, and Rodney’s days were numbered. One afternoon we put him to sleep. As the life drained from his body and his eyes lost their focus, my attitude toward animal research began to change.

I am a scientist weaned on the scientific method….But after 15 years in the veterinary profession, I now believe there are moral and ethical considerations that outweigh benefits. Because we happen to be the most powerful species on Earth, humans have the ability—but not the right—to abuse the so-called “lower” animals. The ends do not justify the means.
Peter M. Henricksen.