El Turista Accidental.


– Oye, que voy para casa, que al final no me quedo aquí a dormir.
– ¿Y eso?
– Porque se ha parado la otra máquina y no puedo arreglar la nuestra…
– … porque no se pueden quedar sin ninguna, claro.
– Eso es. Así que esta noche podemos salir a tomarnos la cervecita.
– Vale. ¿Recoges tú a D. del tenis?
– Yo no sé si voy a llegar para cuando él salga.
– Bueno, pues que se venga con J. como esta previsto.
– Venga, niña, en un par de horas estoy por allí, adiós.

Cosas que me gustan cuando viajo en coche:

1. Salir cuando aún es de noche y ver amanecer en carretera.
2. Las balas de heno diseminadas a lo largo de los campos recién segados.
3. Que me cuenten historias mientras conducen.
4. El amarillo vivo de las flores de colza, el intenso de los girasoles, el pálido del trigo maduro.
5. Los carteles que indican desvíos a pueblos con nombres raros.
6. Que haga frío fuera y el sol caliente el interior del coche.
7. Ese instante en que la lluvia enmudece al pasar bajo un puente, para volver a repiquetear sobre el parabrisas un segundo después.
8. Parar a tomar algo en un bar de carretera y curiosear los expositores buscando nombres de gente a la que quiero en llaveros y pulseras.
9. Descalzarme, estirar las piernas y apoyar los pies sobre la guantera (aun sabiendo que no debo hacerlo).
10. Toquetear el pelo del conductor.
11. Ver cómo cambia de color la tierra cuando el cielo se nubla de repente.
12. No llevar coches delante, mirar por el espejo retrovisor y que tampoco venga nadie detrás.
13. Esas amapolas que brotan aquí y allá casi a pie de carretera.
14. Pegar el móvil a la ventanilla y hacer fotos en movimiento.
15. Ver cómo asoma el mar a lo lejos cuando vas por carreteras de costa.
16. Comer mierdas por el camino (salvo chicles).
17. Las declaraciones de amor pintadas con spray en los bajos de los puentes.
18. Atravesar túneles de montaña, especialmente cuando no hay más coches a la vista.
19. Entrar en Cádiz por el puente Carranza, bajar la ventanilla y dejar que el olor a salitre inunde el coche.

Cosas que no me gustan, me ponen triste o me dan miedo cuando viajo en coche:

1. Ver animales muertos en el arcén.
2. Ver animales en el arcén y pensar que igual no están muertos.
3. Adelantar camiones.
4. Los ramos de flores, frescas o marchitas, atados a señales de tráfico y a cortamiedos.
5. El asfalto mojado.
6. No poder ir en el asiento del copiloto.
7. Llevar puesta la radio. La radio sólo la soporto, y porque no me queda otra, en los taxis.
8. Que los gorriones se queden parados en mitad de la autovía y parezca que los vamos a atropellar.
9. Las carreteras de montaña con curvas cerradas.
10. Cruzarme con camiones que transportan animales vivos.
11. Ver caballos pastando en los campos y darme cuenta de que están sujetos por una cuerda.
12. Guardar silencio cuando entra una llamada en el manos libres, recordándome que yo no debería estar ahí.
13. Las chumberas enfermas y las flores de pita.
14. Llevar puesto el GPS con sonido.
15. Cruzar el puente Carranza de vuelta a Sevilla.

‘A veces deseo ser como mamá, que nunca tiene esa sensación de perderse algo, sensación que yo tengo tan a menudo y de forma tan dolorosa’ (A. Schorobsdorff, ‘Tú no eres como otras madres’)

La costa de Almería es azul, roja, verde. A veces también es blanca, como la playa de los Genoveses, y otras del color del trigo, o eso me han contado.

13680648_526884237510725_8450562148084086802_nY hay montañas que ocultan el mar para que pueda sorprenderte de repente, cuando coges una curva con un coche de juguete mientras suena White Buffalo. Y dunas que son trincheras. Y barcas viejas, comidas por la sal y por el olvido. Y matojos que parecen secos pero que resisten el viento y la ausencia de lluvia. Y cactus que sostienen como pueden a la única flor que darán en su vida. Y flores que se elevan desafiantes, como espadas contra el cielo. Y chumberas moribundas que se marchitan a ambos lados de la carretera sin que ni tú ni yo podamos hacer nada. Y camaleones que salvan su vida en las rotondas sólo para que yo los vea. Y casas cúbicas que cobran vida cuando tú hablas de ellas. Y palabras que evitan que uno se duerma al volante.

Y hay paseos marítimos llenos de gente que no puede vernos cogidos de la mano. Y puestos hippies donde venden cosas inútiles pero preciosas, en los que yo les compro algo a Nacho y a mi hija y tú a tu mujer. Y restaurantes con manteles de plástico que te llevan de vuelta a la infancia y en los que yo, que no he estado en ese pasado, como no estaré en ningún futuro tuyo, te escucho embobada desde este presente que no puede quitarme nadie. Porque si hay algo que me encanta muchísimo es oír historias bonitas de boca de personas a las que quiero.

Y hay pensiones cutres, con espejos en el techo y cabeceros naranjas y colchas que han amarilleado con el tiempo. Y colchones con sábanas de arriba que acaban a los pies de la cama. Y camas que acaban convirtiéndose en aguas internacionales.

13782258_527210604144755_3064625716341385018_nY desayunos en los que me entero de que eres de los que desechan la primera y la última rebanada del pan. Y flores fucsias que se arremolinan contra los bordillos de las aceras para recordarme que en menos de 3 horas estaré de vuelta en esa estación en la que tú me pondrás la mejilla cuando vaya a besarte.

Porque a mí esas cosas, que esto está mal y que nadie debe saberlo, siempre se me olvidan.

.

Y qué te ha gustado más, me preguntas.

Y pienso en el atardecer desde tu cama, en tu ventana sin cortinas, en lo mala que era la peli, en ti tratando de comer con palillos, en tus dedos arrugados al salir de la bañera, en el ansia con que me besaste al cerrar la puerta.

, respondo.

13697030_526510960881386_8269437986243585703_n

Y no aprendo.

counter for wordpress

El otro día por la calle olía a Japón (Paula)

japónbudaLa habitación de Tokyo es diminuta pero funcional. Un baño donde todo encaja como en un tetris y una cama doble bajo un ventanal desde el que todos los amaneceres son grises y fríos. Aun así lo primero que hago nada más despertarme es levantar el estore, pegar la nariz al cristal y comprobar que es real, que estoy aquí. A mi derecha Paula frunce el ceño sin abrir los ojos a la vez que se encoge bajo las sábanas.  A despertarse, le digo. Pero dejo que se acurruque un ratito más, porque aunque fuera de estas paredes nos espere nada menos que Japón, hay pocas cosas tan bonitas en el mundo como verla dormir.

En Japón los trenes salen y llegan a su hora, y todo el mundo hace cola en los andenes y deja salir antes de entrar, sin empujones ni malas caras. Casi nadie sabe inglés pero todo el mundo es amable y te echa una mano si ven que andas perdido. Lo sé porque otra cosa no, pero perdernos… No hay papeles en el suelo, ni cáscaras de pipas, ni colillas de cigarrillos, ni cacas de perro, ni nada, a pesar de que, desde los atentados con gas sarín en el metro de Tokyo, las papeleras brillan por su ausencia. Tampoco te cruzas con nadie pidiendo una moneda en una esquina, ni con animales vagando por las calles.

japónbosquesEn Nagano dormimos en un ryokan, una posada tradicional japonesa con futones en el suelo y puertas corredizas de madera y papel de arroz, sin wifi ni baño en la habitación. En unas horas tenemos la cena del grupo con el que viajamos pero a mí, que estoy de un humor de perros desde que llegamos,  lo único que me apetece es quedarme aquí tirada y no hablar con nadie. Entonces Paula, que me ha hecho girarme mientras se cambia, me dice “ya puedes mirar“. Y me doy la vuelta y la veo ahí de pie, con ese pelazo negro que le llega por la cintura, envuelta en el yukata que nos han prestado, sonriéndome. Y en ese preciso instante me doy cuenta de un montón de cosas a la vez. De que es nuestro primer viaje sin Nacho ni Chema y no tenemos ni una sola foto juntas. De que mientras que yo no he parado de protestar desde hace 4 días, ella no se ha quejado ni una sola vez, por nada. De que estamos en Japón y parece que me haya propuesto no disfrutar de ello. Así que cambio el chip. Voy contigo, le digo. Y me enfundo en mi yukata, que no me queda ni la mitad de bien que a ella, aunque qué más da…

16948422417_15f0b03318_mEn Japón los baños públicos están siempre limpios, da igual que estés en un McDonald o en un restaurante de verdad. Estés donde estés, la gente habla bajito, como si anduviesen siempre contándose secretos, y si ven que vas a subir, te esperan con el ascensor abierto. Hay máquinas expendedoras cada 100 metros – refrescos, chocolatinas, sandwiches, tés de todos los sabores… – y todo el mundo viste como le da la gana, hasta el punto de que en un mismo vagón puedes coincidir con un señor enchaquetado, un grupo de amigas en kimono y un chico con pelo azul, aunque sólo a los guiris parece llamarnos la atención.

En Kyoto dormimos en una habitación preciosa: techos altos y abuhardillados, suelo de madera y una ventana que da a un patio privado. El desayuno no está incluido así que hacemos pereza y amanecemos cuando nos viene en gana, para desesperación de R., con el que compartimos casa y que ha planificado 500 excursiones para las que tendríamos que estar en marcha a las 8. Pero Kyoto pide a gritos otro ritmo, otros ojos. Invitamos a R. a que siga con sus planes sin contar con nosotras y, por fin solas, visitamos el castillo de Nijo, nos perdemos por los jardines de Nara y nos pateamos el centro buscando pendientes que no necesiten agujeros para ella y un par de camisetas de dinosaurios con bolsillos para mí. Y es así, a mitad de viaje, como me reconcilio conmigo misma y con Japón.

japóndeseosEn Japón los cables atraviesan las calles, porque el cableado aquí no va por dentro de las casas. A ratos da la sensación de que son los cables los que sujetan las fachadas y que cortando uno todas irán cayendo como fichas de dominó. También hay cuervos en vez de palomas y cerezos en flor en vez de naranjos. Y hay templos, templos impresionantes y otros más modestos, con jardines y budas y platillos de bronce donde dejar los donativos y ciervos que hacen una reverencia a cambio de una galleta y campanas y dragones y plegarias escritas en tablillas de madera o en papel, doblados sobre sí mismos y tendidos al sol.

De vuelta a Ikebukuro, sus calles abarrotadas y todos esos luminosos que laten en la oscuridad consiguen que echemos de menos Kyoto. Y en un par de días estaremos cogiendo aviones de nuevo. Y yo, que jamás fui con mi madre ni al cine, me doy cuenta de que lo que más me ha gustado de Japón venía conmigo de casa.

 

 

 

counter for wordpress

‘Si tenemos que morir, moriremos. Todos los hombres mueren. Pero antes vamos a vivir’ (George R. R. Martin).

Gastrimargia (*), lujuria y pereza. Cinco días y tres vicios (que no pecados), dos concupiscibles y uno irascible: comer hasta hartarnos, fumar hasta alucinar, follar hasta caer rendidos y dormir hasta la hora de comer. Y entre medias, dar paseos por los canales, hacer fotillos y comprar chuminás (marcapáginas, chapas e imanes chulos para la nevera).

Vuelo de vuelta. Asiento 20a. Estoy cansada, me duele la espalda y los pies no me caben en las botas… pero no me quejo. Han sido 5 días anárquicos, agotadores, pero sabe Paco la falta que me hacían.

Nacho pega la primera cabezada antes de despegar. Yo no puedo dormir en los aviones, lo que me deja tres horas por delante para mirar por la ventanilla y leer. En vez de eso, miro hacia los asientos del otro lado del pasillo y por un instante puedo verme allí sentada, sola. Los remordimientos, la insoportable necesidad de llorar, la azafata acercándose para ver si estaba bien… De aquello hace ya la friolera de 10 años. Y todo ha cambiado tanto, empezando por mí misma, que no caben las comparaciones. Por más que en mi cabeza sean inevitables.

Es noche cerrada cuando una voz nos informa -en inglés y en neerlandés- de que vamos a tomar tierra. Vista desde arriba e iluminada por infinitas luciérnagas, Sevilla tampoco parece la misma.

Aterrizar. Desembarcar. Esperar a que la cinta transportadora escupa nuestra maleta. Todo se me hace eterno. Lo único que quiero es salir de aquí. Abrazar a Paula y al Escocés. Llegar a casa y ver a mis bichos. Contar que están todos. Lo segundo único que quiero es quitarme las botas y los vaqueros y meterme en la cama. Así, sin ducharme ni cenar ni deshacer nada. Y despertarme mañana sabiendo que tendré la casa para mí sola durante 4 días.

Y mientras veo salir por fin nuestra maleta y a Nacho cogerla en peso, caigo en que mañana se acaba el 13 y yo  aún no he decidido cuáles serán mis propósitos de año nuevo… Y me doy cuenta de que de la lista del año pasado apenas cumplí 2 de 7… y aún así me atrevería a decir que no me ha ido tan mal.

Saco el móvil del bolsillo y cambio mi estado de wasap de los últimos 5 días por ese otro que me suele acompañar últimamente. El mismo que, sobre la marcha, acaba de convertirse en mi único y precioso propósito de año nuevo.

(…)

Para l@s que aún seguís pasando por aquí, muy feliz 14¡¡¡ 😀

(*) Al parecer la primera lista de pecados capitales contenía ocho (en lugar de siete) vicios malvados: cuatro vicios concupiscibles o deseos de posesión y cuatro vicios irascibles, que ―al contrario que los concupiscibles―, no son deseos sino carencias, privaciones, frustraciones. El caso es que, dentro de los primeros, había uno que en una lista posterior no tradujeron del griego por no encontrar una palabra equivalente, la gastrimargia (gula y ebriedad), y que finalmente acabó únicamente como gula (wikifuente).

counter for wordpress

Dejando a un lado que no me ha parecido una tierra especialmente acogedora -preciosa, sí, pero demasiado fría para alguien del sur como yo- los días que hemos pasado en Bilbao y alrededores han sido casi perfectos.

Un aviso de ‘no molestar’ colgado de la puerta, noches con más copas que cenas, peli muda en pantalla grande y maratón de Deadwood en la cama,  Vitoria a cambio de un pincho de queso de cabra y cebolla caramelizada en Puerto Viejo -con Candy sonando de fondo en el hilo musical, como alguien me hizo notar-, y el mar esperándonos a la vuelta de cada montaña…

De hecho, salvo por la alarma de incendios con que nos despertamos en la madrugada del miércoles al jueves – porque unos anormales habían tenido a bien prenderle fuego a los 4 contenedores que había junto al hotel-, me atrevería a decir que todo fue sobre ruedas. A ratos, literalmente.

Y tras 3 días de sol,  el  jueves amaneció nublado. Y Bizkaia le cedió el testigo a Gipuzkoa.

A Zarautz, con aquella marea baja y esos dibujos en la arena. A Getaria, con sus calles estrechas y aquel olor a sardinas asadas en cada rincón. A Donosti, nuestra última parada, con aquel tiovivo antiguo -al que no sé muy bien por qué no me subí- y ese viento furioso que te enmaraña el pelo y te roba el paraguas a poco que te descuides y todas aquellas farolas blancas que le daban un aspecto tan armonioso a la ciudad… excepto por aquella placita sembrada de Lampelunas.

Creo que no fue hasta verme sentada en el avión de vuelta, cuando me di cuenta de hasta qué punto necesitábamos esos 5 días y 4 noches que acabábamos de pasar los dos solos: sin niña, sin bichos, sin correo, sin apuntes, sin despertador…  y a la vez, cuánto había echado de menos a Paula, al Escocés, a Salvo y a Wilma.

Igual por eso, nada más aterrizar decidí aguantar un poco más: cambiarme de ropa en el coche, despedirme de Nacho -que estaba muerto y no se apuntó-, y tirar pa’Espartinas, acompañada del Escocés, de Paula y del tito Kike. La excusa oficial, cena por la patilla con jazz de fondo.

Y allí estaba, enseñándole a Kike las fotillos que habíamos traído de nuestro viaje mientras esperábamos a que nos dieran de comer, cuando P., la cantante del grupo del Escocés, se acercó a preguntarnos si por casualidad no conoceríamos la letra de ‘Autumn leaves‘ … más concretamente si no sabríamos qué palabra faltaba en ‘I miss you most of all, my darling, when autumn leaves (…) to fall’.

start– le dije.

Y mientras ella me daba las gracias y apuntaba la palabra perdida en su chuleta, a mi me asaltaron aquellas hojas secas cubiertas de escarcha que me paré a fotografiar camino de Gorbeia…

Y me puse a calcular, así por encima, las probabilidades que había de que P. necesitara ayuda con esa coplilla en concreto y con ese verso en particular, precisamente hoy, a un día de fin de año.

Y llegué a la conclusión de que debían ser las mismas que de encontrar Lampelunas en Donosti. 

Debe ser bonito creer en las casualidades…

(…)

‘Autumn leaves’ / Chet Baker & Paul Desmond.

(*) Si queréis saber de qué va esta coplilla y/o descargárosla, pinchad aquí.

(**) Si queréis ver algunas de las fotillos que me he traído de estos 5 días por Euskadi, pinchad aquí.

(***) Gracias por esta versión, Abu.

counter for wordpress
Que Bruselas, salvo la Gran Plaza, no tenía nada de particular ya lo habíamos leído por ahí. Pero a pesar de que con las ciudades, normalmente, pasa como con las pelis – que cuando todo el mundo te habla bien de ellas acaban decepcionándote un poco, y cuando te avisan de que son una mierda, sales de allí pensando ‘pues no ha estado tan mal…’– con Bruselas no fue así.

Igual, si me interesaran lo más mínimo los edificios, la Gran Plaza, con sus fachadas recargadas y sus dorados, me habría impresionado, aunque fuera un poquito. No era el caso. Pero allí estábamos y había que hacer tiempo de alguna manera; y ya que la opción A no estaba disponible, decidí sentarme en el bordillo de la acera, paquete de chocolatinas en mano, y hacer lo segundo que más me gusta: observar a la gente…

Supongo que lo mejor de viajar con pareja (incluso si fuera una a tiempo parcial), es que la ciudad en sí pasa a ocupar un discreto segundo plano, por lo que si al final llueve o resulta que no hay nada que ver fuera del hotel (y toca quedarse), no suelen escucharse demasiadas quejas… Sin embargo éste no era uno de esos viajes. En éste, por si llovía -Paco no lo quisiera- traíamos un parchís y una oca.

Afortunadamente no hizo falta sacarlos. Durante los dos días que pasamos en Brujas, todo lo que podía salir bien, salió mejor.

Un tiempo (atmosférico) perfecto – 20 grados, cielos encapotados y un IUV de 3 – me permitió unirme a casi todo: al paseo en coche de caballos por las calles adoquinadas del centro, en el que, entre otras cosas, nos explicaron la finalidad de aquellas caras en las fachadas de las casas (ahuyentar a los malos espíritus); al paseo en barco por los canales (en el que no nos enteramos de nada, pero nos hartamos de reír); a los paseos a pie, cámara en mano, en que lo mismo nos parábamos a comprar chocolate, que nos sentábamos a comer patatas fritas en cualquier plaza, o atravesábamos los frondosos parques llenos de cisnes en pleno centro de la ciudad…

Y al caer la noche, más paseos, más puentes, más fotos. Y es que, sin el apogeo de los caballos, las barcas y las tiendas, Brujas parecía otra ciudad, una que se miraba silenciosa en las aguas oscuras de sus canales tratando de reconocerse. Probablemente el sitio más bonito en el que yo haya estado.

Pero aunque aquello era difícilmente mejorable, aún no lo habíamos visto todo…

Apenas un mes antes, cuando decidimos preguntarle a Paula si quería acompañarnos, me puse a buscar cosas que hacer en Brujas yendo con niños. Y buscando, buscando, encontré un pueblecito, Knokke, un poco más hacia el norte, donde anunciaban una reserva de mariposas.

Según pude entender (porque la información era escasa y estaba, en su mayoría, en flamenco) se trataba de un recinto cerrado donde las mariposas volaban a sus anchas mientras tú paseabas entre ellas. El problema estaba en que las indicaciones para llegar hasta allí eran poco menos que inexistentes, así que acabamos por descartarlo.

Sin embargo, el último día, cuando nuestros planes de ir a Gante se chafaron, a Nacho se le ocurrió preguntar… y a pesar de que el sitio en cuestión no aparecía en ninguna de las guías, en el hotel nos aseguraron que estaba a tan solo 20 minutos en tren. Y pa’llá que nos fuimos, no muy convencidos de encontrarla, en busca de la reserva de mariposas. Y efectivamente, allí estaba…

Ni aunque escribiera mil posts tan largos como éste, sabría describir lo que sentí al entrar en aquella especie de invernadero y ver tantas mariposas, de tantos tamaños y colores (amarillas, anaranjadas, verdes, azules, negras, blancas, transparentes…), pasando por mi lado como si nada…

Durante un buen rato me quedé allí de pie, sin poder hacer nada salvo mirar. Luego, cuando por fin conseguí cerrar la boca y ponerme en marcha, mi cámara miró por mí. Por su parte, las mariposas no sólo se dejaban hacer, sino que incluso se posaban encima tuya a poco que te quedaras quieta (a ésta debieron atraerle los colores de la pulsera que me hizo Paula para darme suerte en los primeros exámenes).

La verdad es que todas eran bonitas, pero había unas en particular, grandes y azules, a las que no conseguía pillar con la cámara. Pasaban por mi lado continuamente, rozándome, pero nunca las veía posarse y parecía imposible pillarlas en movimiento…

Me llevó un rato darme cuenta de que aquellas preciosas mariposas azules eran las mismas que, con las alas cerradas, llevaba viendo posadas por todas partes desde que entré. Y es que, si al volar eran increíblemente hermosas, al cerrar las alas, salvo por el tamaño, pasaban completamente desapercibidas entre tanto derroche de color a su alrededor.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí; más de dos horas, seguro. Sólo después de unos cuantos ‘un ratito más y ya está, de verdad… ‘, Nacho consiguió sacarnos a Paula y a mí a rastras de allí, y entre taxis y trenes volvimos a Brujas primero (a recoger las maletas) y a Bruselas un poco más tarde.

Allí seguía la Gran Plaza, igual de grande, igual de ostentosa, igual de protagonista, llena de turistas, como nosotros, que la fotografiaban desde todos los ángulos posibles y que bebían cerveza en sus terrazas.

Lo que no había era mariposas…

Y de repente, la opción de regresar al hotel y perder al parchís no me pareció tan mala.

‘Bolerish’ / Ryuichi Sakamoto.

(*) Más coplillas pinchando aquí.

(**) Más canales, mariposas y otras cosas por el estilo, en mi otro blog

Escrito por: Bloody el 14 Ago 2009 –

‘El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte, treinta o cuarenta y cinco años’ (Balzac).

Cuando te das cuenta de que nada está saliendo como esperabas, lo mejor es dejarse llevar.
Por eso, aunque hacía más de un año que sabía exactamente a qué playa quería ir, no tuvimos ningún problema en cambiar de planes sobre la marcha cuando nos enteramos de que estaba a media hora en coche, más otros veinte minutos andando por un terreno bastante irregular. En su lugar, aceptamos la sugerencia de Juan, el dueño del Cobijo, cogimos la mochila y atravesamos a contracorriente los 12 kilómetros que nos separaban de la playa del Palmar, dejando a nuestra izquierda la larga hilera de coches que a esa hora regresaban a sus casas.

Pisar la arena de las playas de Cádiz con los pies descalzos es como volver a casa. Quizá por eso no me importó que se hubiera levantado el poniente, o que no pudiésemos bañarnos porque inexplicablemente, habíamos olvidado ponernos los bañadores… Extendimos nuestra toalla y nos sentamos en ella.

Y vimos a perros paseando a sus dueños…

bailarinas moviéndose a contraluz

y un par de cañas solitarias esperando pacientes…

a que picase aquel extraño reflejo en el agua…

Y en un abrir y cerrar de ojos, el sol se escondió tras el mar y el poniente comenzó a meterse bajo nuestras camisetas. Recogimos el trípode, guardamos la cámara, y regresamos al hotel con la sensación de estar dejando demasiadas cosas pendientes… Claro que aún nos quedaba una noche..

(…).

Veinticuatro horas después volvíamos a recorrer el mismo camino. Sólo que esta vez el viento había cambiado. Literalmente. Esa tarde no hacía poniente, o al menos, ya no hacía ningún frío. Era domingo, y muchas familias que habrían ido también a pasar el fin de semana, regresaban cruzándose de nuevo con nosotros.

Y aunque la playa en la que habíamos estado el día anterior era bonita, tenía una pequeña pega, tan pequeña como quisieras… Y es que aunque nadie puede decirte qué tipo de bañador llevar, algo había que ponerse.

Así que, como preguntando se llega a Roma, en esta ocasion, en vez a la derecha, giramos hacia la izquierda, seguimos con el coche por un sendero lleno de baches y llegamos a la playa nudista del Palmar. O eso nos dijeron…

La zona era más salvaje, eso había que reconocerlo. Había más dunas y no había chiringuitos, puestos hippies ni pizzerías a pie de playa. Pero había aún bastante gente, y a primera vista, todos iban en bañador. Anduvimos un rato por la arena mojada, decidiendo qué hacer, y entonces vimos a un par de hombres desnudos, uno que iba solo y estaba haciendo meditación en su toalla, y otro que estaba tumbado de espaldas, bajo una sombrilla, acompañado de una chica que llevaba bikini.

Una vez confirmado que la playa era, efectivamente, nudista (eso sí, con un porcentaje en gente desnuda, equivalente al contenido en zumo de naranja de una Fanta), dejamos nuestras cosas sobre la arena, extendimos la toalla, y nos quitamos la ropa.

Para Nacho eso de quedarse en pelotas en público era algo nuevo. Conociéndolo, pensé que iba a morirse de vergüenza, porque aunque para hacer el tonto poniéndose sombreros ajenos no es nada pudoroso, para otras cosas sí que lo es…. Sin embargo, no sé si porque lo convencí cuando le dije ‘cielo, piensa que aquí no nos van a volver a ver’, o porque to’lo malo se pega, la verdad es que lo noté la mar de cómodo con la situación…

Yo por mi parte estaba mejor que quería… El sol aún no se había puesto, aunque estaba ya muy cerca de la linea del horizonte. Desnuda en el mar, notaba su luz por todo mi cuerpo, una luz que sabía que no me haría daño. El agua estaba perfecta, no había algas, ni muchas olas, y salvo nosotros dos, nadie más se estaba bañando. Luego Nacho se salió y yo me volví a meter…

Podría haberme quedado dentro toda la noche. Sin embargo, el sol hacía un rato que se había puesto y la luna seguía sin aparecer. Además, aún quedaban familias al completo, parejas que parecían tener la misma prisa por marcharse que nosotros, cañas de pescar clavadas en la orilla, gente bajando a caballo por las dunas…

Definitivamente, aquélla no era la playa adecuada para saldar cuentas, pero con to’y con’eso, la escapada había merecido la pena.

Volvimos al hotel cansados y hambrientos, dejamos los trastos en la habitación, y bajamos a cenar a una placita donde ya habíamos estado la noche antes. Allí nos encontramos con los dueños de la casa rural, los mismos que nos habían hablado de esa parte de la playa.

Lo cierto es que el mismo día que llegamos decidimos contarles por encima por qué no nos íban a ver salir de allí de día, pero sí que nos verían salir hacia la playa cuando todo el mundo estuviese regresando. Y ellos, como casi todo el mundo, habían puesto esa mirada de lástima que tengo ya tan asumida…

Sin embargo, esa noche, cuando nos vieron aparecer, me miraron de otro modo. ‘Te has bañado!’, me dijeron, tocándome el pelo que aún estaba mojado. ‘Sí’, fue lo único que acerté a decir yo, con una sonrisa de oreja a oreja. ‘Se te nota en la cara. Se te ve distinta’. Ahora ellos también sonreían.

Y yo pensé que si tanta gente, incluso personas que me han visto cuatro veces en mi vida, coincidía en que las cosas se me notan en la cara, debía ser cierto. Y que si, horas después, era capaz de conservar la sal, la luz, la arena, el agua y los abrazos de Nacho en la cara, qué más daria en qué momento los hubiera tomado prestados…

Y mientras le daba vueltas a eso frente a un provolone al horno, me di cuenta de que justo en la mesa de la derecha teníamos sentada a una de las familias que estaban a nuestro lado en la playa: madre, padre, otro señor que imagino que sería un tio, y los dos hijos adolescentes.

Durante unos segundos pensé callarme y seguir comiendo… pero al final no pude evitarlo.

‘Cielo, recuerdas aquello que te dije en la playa? Lo de que a esa gente no la íbamos a volver a ver…’.

Página siguiente »