El Turista Accidental.


Escrito por: Bloody el 11 Ago 2009

Desde fuera, el plan parecía sencillo. Básicamente, se trataba de aprovechar la luna llena de Agosto para pasar un fin de semana a la orillita del mar y poder tachar así de mi lista el último de los I’ve never que tenía pendiente desde hace un par de años…

Pero hasta los planes más elaborados pueden acabar torciéndose por algún detalle sin importancia… como, qué sé yo… haber olvidado buscar un hotel para ese par de noches de Agosto en plena Costa de la Luz.

Por suerte, cinco dias antes del fin de semana, y más de cien llamadas de teléfono después, encontramos una habitación doble en una casita rural de la sierra de Cádiz.

Vale que no estuviera en la costa, sino a 15 minutos de la playa (según los dueños del sitio en cuestión). Vale que la reserva no fuera exactamente para los días en los queríamos irnos… Pero era lo mejor que teníamos. De hecho, era lo único que teníamos.

Así que en vez perder el fin de semana lamentándonos por lo que hubiéramos podido encontrar si hubiésemos sido un pelín más previsores, a mí se me ocurrió un plan alternativo:

Ya que íbamos a perdernos la primera noche de luna casi-llena, quizá podíamos salir tempranito, llegar a Los Caños (que nos pillaba de camino) antes de que saliera el sol, quitarnos la ropa, darnos nuestro primer baño juntos en pelota picá mientras veíamos amanecer, y luego sin prisas, ir a desayunar algo hasta que fuera la hora de hacer el check-in en el hotel.

Como Plan B no estaba nada mal (aunque esté feo que sea yo quien lo diga)…

Quién iba a imaginar que justo esa mañana el despertador se quedaría dormido… O que cuando por fin llegásemos a Los Caños (una hora más tarde de lo que pensábamos) nos encontraríamos con una playa llena de botellas y de vasos, y de borrachos que aún no se habían ido a dormir, oyendo música (por decir algo) a toda hostia apoyados en sus coches…. Y ya puestos, quién iba a imaginar que yo metería el pie en un agujero que había camino de la playa, torciéndome el tobillo izquierdo y aterrizando con la rodilla derecha en la grava (vale, esto último igual no era tan inesperado, sobre todo conociendo mis antecedentes y esta singular costumbre mía de caminar siempre mirando al cielo…).


El caso es que después de semejante aterrizaje, mi plan B no tenía ya mucha razón de ser. Así que me limité a hacer unas fotillos del amanecer y de la luna sobre el faro, intentando (con escaso éxito) que aquello no afectara a mi humor… aunque en el fondo no dejara de pensar que el viaje no había comenzado con buen pie (hay que ver qué chispa tengo…!).

Por no tener, ni siquiera tenía prisa por llegar a la casa rural donde habíamos hecho la reserva por teléfono cinco días antes. Supongo que porque, a juzgar por cómo estaban saliendo las cosas, daba por hecho que acabaríamos pasando dos románticas noches en un cutre-hostal, perdido donde Cristo dio las tres voces, y a una hora y media de la playa más cercana…

Y aunque no se trataba de algo voluntario, en el fondo nos vino bien no tener prisa. Más que nada porque justo al llegar al coche caímos en la cuenta de que ninguno de los dos había apuntado la dirección ni el teléfono del sitio al que íbamos… (Sorpresa, sorpresa!)

Sin embargo no estaba todo perdido… Por suerte recordábamos el nombre del hotel. Asi que, tras un par de llamadas al Escocés (que, por suerte para nosotros, tiene la absurda costumbre de madrugar incluso estando de vacaciones) y de unas cuantas vueltas por el pueblo, llegamos por fin a nuestro destino.

Sólo entonces, y por primera vez en lo que llevábamos de viaje, las cosas parecieron tomar otro cariz…

Y es que El Cobijo de Vejer , resultó ser una preciosa casita blanca, con su patio andaluz lleno de flores, una tupida parra bajo la que echarse unas cartas por la tarde (y ganar, jeje), sus acogedoras habitaciones (con cocina y baño), y un magnífico desayuno (con bizcochos y mermeladas caseras, cinco tipos de panes, melón con jamón, y un montón de cosas más) todo ello incluído en el precio…

Y por si eso fuera poco, estábamos en pleno centro del pueblo, en el que por cierto hicimos un par de breves incursiones para comer… Por supuesto, cogiendo siempre por la sombrita, convenientemente embadurnada de crema de factor 50 y protegida por un sombrero naranja (a juego con el abanico de Kukuxumuxu, regalo de mi viajero favorito) que nos hacía pasar desapercibidos allí donde entráramos…

No digamos ya cuando a mi Bombón le daba por quitármelo para ponérselo y posar para mí, jejeje…. .

Pero lo mejor de todo, y de eso pudimos dar fe esa misma noche, es que estábamos realmente a 15 minutos de la playa…

(To be continued)

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Escrito por: Bloody el 22 Mar 2009 – URL Permanente

Mira que hacía tiempo que tenía ganas de ir a Grecia. Pero aunque pueda parecer extraño, Atenas no entraba en mis planes.

La Grecia que yo tenía en mente era más bien un puñado de pueblos blancos y abuelos a la puerta de sus casas esperando que llegara yo con mi cámara para inmortalizarlos.

Pero como era Atenas o nada, me dije a mí misma que algo tendría el vino cuando lo bendicen, y pa’llá que nos fuimos…

El martes amaneció nublado, y yo, que sigo creyendo en las señales, decidí tirar para el centro, a ver qué me encontraba… Contra todo pronóstico, llegué a la estación de Omonia sin perderme, dispuesta a hacer mi primer viaje en metro yendo sola y repitiéndome a mí misma que lo importante era participar…

Sé que, visto desde fuera, no parece un gran reto, pero para alguien como yo, con el sentido de la orientación en el culo, coger el metro sola, en una ciudad desconocida, donde los nombres de las calles son ilegibles, era toda una aventura…

Y se ve que era mi día, porque aunque entré en aquel vagón viejo y lleno de atenienses, convencida de que acabaría bajándome donde no era y teniendo que coger un taxi donde Cristo dio las 3 voces, llegué a Monastiraki sana y salva. Con dos güevos…

De hecho, estaba tan contenta por haber llegado, que no me di cuenta hasta entonces de que no había pensado qué hacer una vez allí… Y comencé a pasear, cámara en mano, tratando de esquivar a los vendedores que se disputaban la atención de los guiris como yo.

Y fue así, sin buscarlo, como me encontré con el poeta vendedor de sandalias que, sentado en una banqueta a la puerta de su pequeña tienda, se fumaba un cigarro sin meterse con nadie… con el mercado de las pulgas, donde los juguetes de lata me recordaron que tenía que comprar una postal para un amigo… y por fin, casi sin darme cuenta, con las calles serpenteantes de Plaka, donde un gato callejero me guió hasta la taberna O Geros Toy Moria, a menos de 10 minutos de la Acrópolis.

Sólo al sentarme fui consciente del hambre que tenía y de lo cansada que estaba. Y mientras esperaba que me trajeran la comida (calabacines fritos y croquetas de queso, todo muy ligerito…), me dediqué a pegar la hebra con un joven de unos 30 años, que parecía el encargado. Que fuera rubio, de ojos claros, con barbita de las que me gustan y que estuviera cuadrao (un descendiente directo de los griegos antiguos, según él), no tuvo absolutamente nada que ver… Lo importante es que entendía mi inglés inventao y que su interés en saber para qué había ido a Grecia, si me estaba gustando lo que veía (jeje) y si iba sola, me pareció de lo más sincero .

Por desgracia, lo llamaron por teléfono y tuvo que irse, sin darme tiempo a preguntarle su teléf…. su nombre…

Y ahí fue donde Taki (a la izquierda en la foto) tomó el relevo. Me hizo las mismas preguntas que el encargado, mientras movía en la mano uno de esos collares que venden en todas las tiendas de souvenirs. Me contó que era profesor de baile y que estaba divorciado de una española, catalana, para más señas. Me habló de España, de los sitios donde había estado (‘Sitges es como Mikonos, mucho maricona’) y de los bailes que había aprendido en cada uno de ellos. Me habló de la taberna y de sus dueños (uno de ellos a su derecha en la foto). Y por último, cuando vio que yo ya había acabado, le pidió al camarero que vigilara mis cosas y me enseñó el interior del restaurante, donde bailaba por la noche para los turistas, diciéndome que podía ir a verlo cualquiera de las noches que estuviera en Atenas. Sola o acompañada.

Cuando volví dos días después acompañada de Nacho, todos -el camarero, el dueño y el encargado rubito- vinieron a saludarme, a pesar de que ese día la taberna estaba hasta arriba. Me dio penilla que no estuviera Taki, porque me hubiera gustado que Nacho lo conociera…

Aunque ahora que lo pienso, no sé si lo habría visto, porque desde que el rubito se acercara a darme la mano y luego se la diera a él diciendo “ah, éste debe ser tu amigo…”, se quedó como pillao… jeje. Pero bueno, lo importante es que nos pusimos moraos, y que todo estaba buenísimo, verdad, Bombón? Incluído el rubito, que nos hizo esta foto… más majo, el tío! 

Y por si fuera poco, cuando íbamos a pedir la cuenta, nos invitaron a un delicioso postre de hojaldre, higos y miel que no habíamos pedido (seguramente porque mi Bombón les debió caer especialmente bien, jeje).

Así que al final, aunque no haya visto la Acrópolis, ni el museo arqueológico, ni haya bajado a pasear por el Ágora… aunque no haya probado el feta, ni la musaka… aunque el hotel fuera una mierda, y nos haya llovido (a manta) dos de las tres tardes, y al final (esto ya lo sabía yo) ni siquiera haya habido playa (ni falta que ha hecho, jeje)… el viaje no ha estado mal…

Por supuesto, hubo más cosas (igual de interesantes que éstas)… pero las dejaré para otro post, que por hoy ya os he aburrido bastante…


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Escrito por: Bloody el 13 Abr 2008.

Ya que el robo de los vasos de plástico nos había convertido en fugitivos de la justicia, huímos de Siena en nuestro pequeño Peugot azul, y tomamos el desvío oportuno que nos llevaría hasta nuestra penúltima parada.

La carretera hasta San Giminiano resultó ser preciosa: estrecha, sinuosa, flanqueada por árboles a ambos lados del (inexistente) arcén…

Vamos, lo que se dice perfecta para recorrerla después de una noche de mucho alcohol (no es broma, jeje, como podéis comprobar nos bebimos hasta el agua de las macetas en este viaje) y muy poquitas horas de sueño!

Aún así, llegamos sanos y salvos, escuchando a Bernstein (Camela pedía un descanso a gritos) mientras divagábamos sobre la cantidad de casualidades que se habían tenido que dar para juntar a 3 personas que en principio jamás se habrían conocido, en un viaje tan chulo como el que estábamos compartiendo.

Tras aparcar el coche en una explanada a la entrada del pueblo, nos dejamos invadir por el encanto que envolvía aquel laberinto de piedra que brotaba silencioso en medio de ninguna parte.

Yo, que soy más de ciudad que los rascacielos, no podía dejar de imaginar mientras recorría sus calles desiertas de puertas altas y aldabas de hierro forjado, cómo debía ser vivir en un sitio como aquél, sin cines, sin pubs, sin centros comerciales.

Un lugar donde nuestras risas parecían atravesar el pueblo como las bolas de rastrojos atraviesan las calles vacías en los westers justo antes del duelo final (mierda! parece que el famoso vídeo de Camela ha hecho estragos en mi subconsciente… )

Pero claro, a mi Bombón con imaginárselo no le bastaba y me pidió que le hiciera una foto abriendo la puerta de su casa… tss… si es que…

En ese preciso instante caímos en la cuenta de que, hasta donde habíamos podido comprobar, éramos los únicos turistas recorriendo el pueblo. Pero antes incluso de que pudiéramos hacer nuestras conjeturas al repecto, todo quedó claro como el agua clara al descubrir, casi sin querer, a este par de vecinas que SE LOS HABÍAN COMIDO A TODOS… Glubssss…

Y ya que ambas parecían enfrascadas en algún tipo de conversación (probablemente culinaria), decidí echarle un par de güevos y pararme a sacar esta foto (que, puedo prometer y prometo, no está trucada) como advertencia para todos aquellos que estéis pensando visitar San Giminiano… La que avisa…

Vigilando nuestras espaldas (nunca se sabe), buscamos en vano un sitio abierto donde tomar algo. Atrás quedaban la pizza y el capuccino del desayuno, nuestras tripas pedían que repostáramos, a ser posible más pronto que tarde. Parecía que había llegado la hora de levantar el campamento…

Y por si quisiéramos más señales, el sol que asomaba entre las nubes cuando llegamos, ahora se escondía entre ellas. Y aún quedaba por desandar el camino hacia el coche…

Sin dejar de hacer fotos (unas) ni de hacer el tonto (otro, jeje), y cruzando los dedos para que nos diera tiempo a llegar al coche sin abrir los paraguas, nos despedimos de San Giminiano sabiendo que la próxima parada, Roma, sería la última del viaje.

Y de repente, como si en ese preciso instante me diera perfecta cuenta de que nuestro viaje tocaba a su fin, yo también me nublé, como el día.

Me sentía como cuando te mandan entregar un examen sin darte tiempo para repasarlo y te queda la extraña sensación de que has olvidado poner algo importante, pero no eres capaz de concretar qué…

Y es que, por mucho que echara de menos a mi chinorri y a Chema, lo cierto es que aquellos 5 días se me habían hecho muy muy cortos… Sólo quedaba una noche y apenas había sido capaz de ordenar todo lo que había traído conmigo. Quizá si hubiera tenido un par de días más…

Así, mientras yo me esforzaba en disimular mi repentina tristeza (era lo que me faltaba, ponerme a llorar en el coche…), y Mariajo ayudaba a Benno a buscar las indicaciones que nos llevaran de vuelta a la ciudad eterna (a ser posible sin tardar 3 horas esta vez), un trueno retumbó sobre nosotros para dar paso a una lluvia furiosa. Una lluvia que minutos más tarde se estrellaría impotente contra el parabrisas, empeñada en desvelarnos un secreto que ninguno de nosotros quería saber… Que nada es eterno. Ni siquiera Roma.

(…)

Reconozco que la idea de mi Bombón de alquilar un coche para movernos por la bota fue todo un acierto. Durante 6 días fuimos a nuestro aire, sin prisas de ningún tipo, sin horarios, parando donde nos salía de los coj… ejem, donde nos lo pedía el cuerpo. Por ejemplo, en el área de servicio donde hice esta bonita, a la par que sensual, foto de recuerdo de nuestra macchina…

…y donde compramos nubes de algodón y una botella de Chianti para la última noche. Botella con la que brindamos, una vez de vuelta en el hotel Castelfidardo, principio y fin de esta inolvidable (al menos para mí) aventura italiana.

(…)

Y aunque aún queda la última noche en Roma (que os contará Benno) y el vuelo de vuelta (que os aseguro que fue a-lu-ci-nan-te), no puedo (ni quiero) dejar pasar la ocasión de darle las gracias a Nacho y Mariajo desde éste, mi último post sobre Italia.

Mariajo, gracias por cantar en la ducha, por hacerme fotos a traición (que ahora me alegra tener), por escucharme y por comprenderme…

Bombón, gracias por hacerme reír, por tener tanto aguante/ paciencia conmigo ;), por deshacerte de la pulsera por mí, y sobre todo, gracias por los abrazos…

Como diría el Doraemon porrero: “yo… esto… yo es que… yo os quiero muchísimo… vosotros sois unas bellísimas personas… y yo… os amo con locura… sois lo… mejor del mundo que m’a pasao… la la … esto está buenísimo!!! y sois… sois mu’grandes!”. Juas juas juas.

(…)

Ahora en serio, el otro día, después de enseñarle las fotos del viaje a mi tía, me preguntó:

– Y qué es lo que más te ha gustado de Italia?

No lo dudé ni un segundo:

– La compañía.



(…)

Pues eso, que parafraseando a Hannibal Smith, me encanta que los planes salgan bien

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Escrito por: Bloody el 03 Abr 2008 –

Pues sí, amigos, entramos en Florencia pidiendo a gritos que nos echaran…

No puede ser, ¿y ahora qué hago yo? /Tú corazón es mi corazón, / no sé vivir sin tener tu amor.
Dime, mi vida, ¿qué te he hecho yo? / ¿Por qué con él y conmigo no? / Me quedo solo y él con tu amor.

Ya sé que mis amigos me han puesto a caer de un burro: que si soy floja (es cierto), que si no me oriento (también lo es), que si… bla, bla, bla. Pero yo al menos NUNCA HE ESTADO EN UN CONCIERTO DE CAMELA (Tooooooooomaaaaa!!!).

Ah, y una cosita más, NO ME SÉ LAS LETRAS DE LAS CANCIONES… simplemente son muy previsibles. (Mariajo, igual tienes noticias de mi abogado… seguro que la próxima vez te lo piensas mejor antes de lanzar tus calumnias, jajaja)

El caso es que como a mí a detallista no hay quien me gane, cuando me enteré de que el coche que habíamos alquilado tenía reproductor de CDs, le pedí a Kike que me bajara al menos 2 de sus discos (cualquiera me valía, al fin y al cabo, todo eran grandes éxitos). Si además a ellos les traía bonitos recuerdos, mejor que mejor, jejeje.

Y creo que esto explica perfectamente porqué aterrizamos en Florencia con música de Camela a todo volumen, la noche del Domingo 23…

(…)

Como venía siendo costumbre, tardamos apenas una hora en encontrar el hotel donde esa misma tarde habíamos hecho la reserva por teléfono. Un hotel que no venía en nuestra guía, del que no teníamos referencias, pero que era el único en el que encontramos una triple sobre la marcha. Así que cruzamos los dedos, esperando no encontrar un antro sucio y desvencijado, y llamamos al timbre…

El sitio en cuestión resultó ser absolutamente precioso, de techos altos y pasillos amplios y laberínticos adornados con cuadros modernos. Un par de italianos muy amables (uno de los cuales tenía un cuerpo im-presionante, sonrisa de anuncio y pelo negro recogido en una coleta) eran quienes lo llevaban. Pero fue el otro, el tirillas, calvo, feo y simpático quien no acompañó hasta nuestra habitación, sin duda la más bonita en la que habíamos estado, espaciosa y muy acogedora. Así, tras dejar las cosas y hacer unas fotillos para colgarlas en el tripadvisor (otra de mis manías) salimos a conocer la ciudad…

A los que hayáis estado en Florencia no os vamos a descubrir nada nuevo: es una maravilla, incluso de noche. A diferencia de Pisa, Florencia está absolutamente viva, sus calles están llenas de locales, restaurantes y sobre todo de gente. Tanto que apenas nos sorprendió encontrar en el Duomo a aquella joven delgada, de pelo largo y suelto, que con apenas un vestido de gasa por abrigo y su preciosa voz, desafiaba al frío (y hacía, eh!!!) desde las escaleras de la Catedral, mientras un grupo de personas, arremolinado a su alrededor le hacía fotos o echaban monedas en el sombrero de su compañero…

Con lo que ninguno de los tres contaba era con encontrar este tíovivo en una plaza a 10 minutos del hotel…

Y bueno… allí no nos iban a ver más, asi que no nos quedó más remedio que montarnos, jejeje… Eso sí…

…cada uno en su propio caballito…

…y con su propia cámara.


Con las pilas puestas nos dispusimos a buscar un sitio donde tomar algo ligerito, y aunque había trattorias, ristorantes, y pizzerias en cada esquina, acabamos en un establecimiento de esos que nunca cierran, en plan badulaque de Apu, donde Nacho y yo compartimos una birra y una focaccia de espinacas. Y claro, no nos quedó más remedio que ponernos a cantar la canción de los pa’luegos. jeje, mientras Mariajo, que no tenía hambre, nos miraba como pensando : “Y luego os extrañará que la gente os llame frikis…tsss”

Con algo sólido (pan con espinacas) en el estómago y algún pa’luego entre los dientes, volvimos callejeando al hotel. Estábamos muy cansados, y nos íbamos a quedar otro día en Florencia, asi que no había prisa… al menos para nosotros…

La señora que se saltó el ceda el paso y se llevó al tío de la moto por delante en nuestras narices, sí que parecía tenerla… Tanto, que apenas paró para asegurarse -lo normal en estos casos- de que el conductor de la moto, un italiano de unos 20 o 25 años, estaba en pie (y por lo tanto vivo)… Y lo estaba (vaya si lo estaba!), dándole patadas al aire y jurando en arameo…

Sin embargo, mientras él recogía del suelo su moto (o lo que quedaba de ella) la señora aprovechó para bajar y comprobar lo que realmente le importaba: los daños que había sufrido la chapa de su pequeño coche. Y tras hacerlo, ni corta ni perezosa, se metió de nuevo en él dispuesta a salir de allí sin dar parte…

Por supuesto, cuando el italiano vio a la señora esperando a que el semáforo se pusiera en verde para largarse de allí cantando bajito, tiró la moto al suelo y salió corriendo hacia el coche, justo a tiempo para darle unas cuantas palmadas en el capó y media docena de patadas…

A todo esto, nosotros, que no teníamos nada mejor que hacer aquella noche, nos quedamos a ver cómo acababa todo aquello desde una prudencial distancia.

Es curioso cómo, se trate del idioma que se trate, los insultos siempre se intuyen… Y en este caso no iba a ser menos.

En cuestión de minutos un grupo de curiosos rodeaban la escena, posicionándose del lado de uno u otro, mientras la señora, harta de tanto insulto, bajaba del coche paraguas en mano, dispuesta a metérselo a aquel stronzo di merda por el culo.

Por desgracia, cuando la cosa estaba poniéndose más emocionante, llegaron dos coches de carabinieri para poner orden en todo aquello y joder la diversión . Así que, ya que al parecer no iba a haber sangre, nos volvimos al hotel cargaditos de sueño hasta las cejas…

Claro, que ni todo el sueño del mundo es suficiente cuando tu preciosa y barata (ahora sabíamos por qué) habitación da a una zona de movida… Al final el sueño ganó la partida y pudimos dormir al menos a ratos.

(…)

A la mañana siguiente, habiéndonos levantado tarde y duchado más tarde aún -y por turnos, antes de que el Sr. K lo pregunte- se nos pasó la hora del desayuno…

… Sin embargo, los dueños nos avisaron de que teníamos la mesa preparada por si aún queríamos tomarnos un café.

Limpitos y desayunados, cámara en mano y con calzado cómodo, fuimos a patearnos la ciudad. Pensábamos entrar en la galería de los Ufizzi, sin embargo la cola llegaba hasta China, y no estábamos dispuestos a perder una hora y media esperando…

En vez de eso, nos paramos ante los puestos ambulantes de caricaturas, litografías y acuarelas – y aqui tengo que decir que mi Bombón me regaló dos realmente bonitas- y en los de souvenirs, a comprar imanes, postales y marcadores de páginas… como buenos turistas. Y así, callejeando, llegamos al puente Vecchio.

Entramos en tiendas maravillosas, donde la vista se iba a casi cualquier objeto de los expositores, y mientras Mariajo no podía apartar los ojos de plumas, tinteros y demás accesorios, Nacho dudaba si llevarse o no un puzzle de miles de piezas (su principal afición en las largas tardes de invierno, jeje)…

Y así, de tanto callejear -aunque supongo que el hecho de haber cenado poco o nada también influyó- nos entró el hambre. Buscamos esta vez una trattoria en condiciones, donde comimos de lujo por relativamente poco dinero y donde nos bebimos una botella de Chianti entre los 3.

Pero la mayor sorpresa de la tarde estaba aún por llegar…

Es cierto que el día había ido oscureciendo por momentos, y que mientras comíamos escuchamos cómo comenzaba a llover. Lo que nadie (o al menos lo que yo) podía imaginar era que al salir nuestros paraguas se cubrirían de nieve…

Los habituales quizá recordéis que yo nunca había visto la nieve… asi que aquello me pareció increíble, precioso,… muy en la línea del resto del viaje… Por fin podía tachar otro I’ve never de mi lista !!!

Resumiendo, ya había tomado vino y visto la nieve en este viaje… sólo quedaba encontrar una playita, jejeje…

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Escrito por: Bloody el 31 Mar 2008 –

…pero ninguno pasa por el hotel Castelfidardo.

Pues nada, aqui estoy de nuevo, resacosa, cansada (muy cansada) y feliz como una perdiz después de un viaje en el que lo hemos pasado de putísima madre.

Los que estéis dispuestos a leer la crónica de estos días, que nos repartiremos entre los tres –Mariajo, Benno y yo misma- en plan tú-la-llevas, veréis que hemos ido a Italia como podíamos haber ido a Benidorm, porque lo que es museos hemos visto poquitos… pero aunque esta historia podría empezar sin perder ni un ápice de interés por el final, intentaré respetar lo acordado y comenzaré por Roma.

Para leer la continuación, pinchad en el link que os dejo al final. Os llevará al blog de uno de mis compañeros de viaje… y si veis que tardan, dadles caña.

(…)

Tengo que empezar confesando que si creyese en las señales, habría pensado que aquél iba a ser el peor viaje de mi vida, sin duda. Para empezar, por un fallo técnico (mirar mal la hora de salida) estuve a punto de perder el AVE que me llevaba a Madrid, pero a punto de verdad. En mi vida pensé que se podía correr así cargando con una maleta y 3 bolsas, y con tacones de los de ir a la playa. Pero lo conseguí. Y una vez en Madrid dos personas y un bombón, con los que quedé para comer, me llamaron Sevillana, y el camarero, a petición de mis supuestos amigos, me llamó mi arma. Y a mi eso no me lo llama nadie… Ahí fue donde empecé a preguntarme si realmente no estaba de Paco que yo perdiera ese tren…

El caso es que cuando llegué al aeropuerto iba yo pensando: “Qué haces loca? Te vas a ir a Italia con un tío que se pone la gorra pa’trás y las gafas de sol para cantar “El barquito de cáscara de nuez”, y que es el único que se fijó en la foto del Dvd “Jesucristo, el cazador de vampiros” que pusiste en un post? Que hay que ser muy friki para fijarse en eso…”

Aunque por supuesto lo que salía de mi boca era algo asi como : “Jo, qué ilusión, no puedo creerme que en unas horitas estemos en Roma, Bombón!!!” -acompañado de una sonrisa de oreja a oreja… 😀

Pero bueno, ya tenía los billetes y una vez en Italia sólo tendría que darle conversación el primer día. Afortunadamente, en Pisa se uniría Mariajo y podría hablar con una persona normal, como yo, jeje.

Sin embargo, debo reconocer que el vuelo no estuvo mal del todo. Hasta podría decirse que se me hizo corto. Fuimos escuchando música a medias y hablando de esto y aquello -más de aquello que de esto- y antes de darnos cuenta estábamos tomando tierra en el aeropuerto de Campino.

Roma de noche, con lluvia racheada y frío, resultó ser como cuando esperas a alguien en la estación y cuando por fin se baja del tren, te da dos besos sin mirarte a los ojos y te dice “tenemos que hablar”.

La oficina de alquiler de coches estaba a tomar por culo del aeropuerto (y es que al final lo barato sale caro), asi que llegamos mojados (pero contentos), pensando -ilusos- que en un ratito estaríamos en el hotel, descansando.

Nada más lejos de la realidad…

Conducir por Roma a esas horas, lloviendo a mares, sin tener ni puta idea de en qué dirección vas, en un coche con el embrague demasiado corto que hacía que se calase cada 100 metros, es sin duda una experiencia enriquecedora… en dinero del Monopoli, claro.

Aunque lo más dificilillo, sin duda, fue acostumbrarnos al claxon, que al parecer estaba en un sitio poco frecuente y que nos hacía ir dando bocinazos a diestro y siniestro, hasta el punto de preguntarnos “quién coño nos pita así y por qué???”, para darnos cuenta, acto seguido, de que el tal quién éramos nosotros, jeje…

Así, tras aproximadamente una hora de estar dando vueltas sin rumbo por la ciudad eterna (ahora sé por qué la llaman asi), encontramos por fin el hotel Castelfidardo. O más bien, él nos encontró a nosotros.

Podría decir que era un hotelito encantador, con habitaciones acogedoras y detalles de buen gusto… pero mentiría.

La habitación era simple como el mecanismo de un chupete, con una cama, un armario y una tele. Y ante esto debo decir que mi Bombón lo tuvo claro:

“Tenemos tele! A ver si mañana me despierto tempranito y puedo ver la fórmula uno” – (se refería a la calificación, por si alguno estaba pensando que hablaba de la carrera).

Supongo que a esa hora, y estando en Roma, lo suyo hubiera sido ir a una trattoria y meternos una pizza entre pecho y espalda, pero ninguno de los dos teníamos demasiada hambre. Así que nuestra primera incursión en la cocina italiana fueron una ensalada de pera y pecorino y unos champiñones por lo que nos clavaron 40 euros. Creo recordar que ésa fue la única noche en la que no hubo alcohol, a pesar de que habíamos elegido precisamente ese restaurante -y no otro- porque en la carta había Margaritas y la niña tenía antojo…

Llegamos al hotel sobrios perdidos y con el firme propósito de descansar. Pero claro, los buenos propósitos se los lleva el viento cuando duermes con alguien como yo, que siempre tiene que decir la última palabra. Y la siguiente también. Por si acaso…

Al final no sólo no nos levantamos tempranito, no, sino que lo hicimos una hora y media más tarde de la que había que dejar la habitación, y porque nos llamaron por teléfono desde recepción. Así que arriamos velas y nos fuimos de allí en plan digno, jeje. Caminito de Pisa.

Si es que conseguíamos salir de la Ciudad Eterna

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Escrito por: Bloody el 20 Nov 2007 –

La primera vez que escuché esta expresión fue, como no podía ser de otra manera, en una canción. Decía: “I’ll pick up the pieces and mend my heart”. Algo así como “Reharé mi vida y arreglaré mi corazón”.

Y fue esa canción la que se me vino a la cabeza cuando pasamos por aquel callejón estrecho y oscuro y ví el nombre de ese coffeeshop, Pick up the pieces. Debería haberle hecho una foto, pero era nuestra última mañana y andábamos con prisa buscando un buzón en el que meter unos cuantos sobres llenos de maría, confiando en que alguno llegara a su destino…

Me encantan los coffeeshops, con sus portavelas rojos, sus suelos y mesas de madera, sus carteles de “prohibido los móviles” (aleluya!), sus luces tenues y su ambiente relajado.

Y Amsterdam, al menos el centro, está lleno de ellos. Puedes pasarte allí dos semanas y no repetir. A menos que quieras hacerlo, claro. Nosotros lo hicimos, aunque de éste no recuerdo su nombre. Se ve que no era el verso de ninguna canción…

La primera vez que entramos fue la mañana del jueves. Nos sentamos en una de las mesitas de la planta de arriba. No había mucha gente, porque suelen ser sitios no muy grandes. Dos o tres parejas fumando, y una comiéndose la boca como si quisieran arrancarse los labios. Eran italianos, creo. Ella era guapa, alta, morena, pelo largo, buen tipo. Él parecía hecho a su medida. Iban cargados de maletas. Y cargados en general. De repente, ella se tumbó sobre sus piernas y él sobre su cuerpo, y se quedaron así, como dos piezas de tetris, durante un buen rato. Luego él se fue y ella se quedó dormida, acurrucada en el sofá.

Cuando la camarera subió y la vio allí tirada intentó despertarla, aunque sin demasiado éxito. Así que bajó y al minuto estaba de vuelta con un hombre que zarandeó a la italiana al grito de “Wake up! Wake up!” (Despierta! Despierta!). Aquello empezaba a parecerse a la canción de “un elefante se balanceaba…”. Y el primer elefante, al ver que no se caía, llamó a otro, y así acabó rodeada de 4 personas, todas intentando echarla de allí. En vano… y es que la llevaba tan grande que ni se enteraba de lo que le decían, y en cuanto la soltaban se dejaba caer sobre el sofá de nuevo.

Entonces apareció el italiano hablando con gestos y un inglés rudimentario. Se sentó a su lado e ignorando al corro que se había formado, comenzó a susurrarle cosas al oído, acariciarle el pelo y besarle la cara. “Two minutes”, pedía. Sólo dos minutos. Y justo cuando el personal empezaba a impacientarse ella decidió que era el sitio y el momento para vomitar. No sé cuanto tiempo pasó hasta que consiguieron sacarlos de allí y limpiar todo aquello.

Cuando se los llevaron se acabó el espectáculo y casi todo el mundo aprovechó para irse. Digo casi, porque alguien se quedó.

Había entrado justo detrás de nosotros. Alto, delgado, cabeza rapada, morros a lo Mick Jager. Dejó allí sus maletas y macutos, se quitó toda la ropa que llevaba de cintura para arriba, sacó un chaleco (uno de verdad, no lo que los sevillanos entienden por chaleco), y se lo puso sobre el pecho desnudo. Eso, unos tirantes, una gorra con una pequeña visera, y una especie de falda-pantalón sobre los vaqueros distrajeron nuestra atención de los italianos.

Entonces se puso a liarse un porro ignorando completamente al resto del mundo, como si allí no hubiera nada que ver. A continuación comenzó a bailar sentado, moviendo la cabeza y los hombros, sonriéndole a sus propios músculos mientras sujetaba en su mano izquierda una enorme copa de algo que parecía zumo.

En la mayoría de los coffeeshop no dejan beber alcohol, y me parece lo más prudente. Pero la verdad es que a este tío no parecía hacerle falta.

Kike no podía apartar la vista de él, mientras repetía “ese nota es la polla!”. Y por supuesto, a partir de entonces, cada vez que fuma porros sonríe mirando hacia los lados y pone morritos mientras mueve la cabeza.

Fue él quien me pidió que contara todo esto en mi blog, aunque a nadie más le importe. Por eso lo he hecho.

(…)

Ahora pienso en aquello y me parece haber estado fuera un mes, no 4 días.

A veces el tiempo es muy relativo. A veces las cosas no salen como esperabas. A veces el silencio duele más que aquello que lo causa. A veces hasta los mejores amigos necesitan tomarse un descanso para asimilar los cambios. Y no siempre es fácil estar a la altura de lo que los demás esperan.

Yo sigo en ello.

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Escrito por: Bloody el 20 Nov 2007 –

Me encantan los aeropuertos, observar a la gente que espera para embarcar, pensar a qué van o si vuelven, si tienen a alguien esperándolos o si tal vez dejan a alguien allí…

Desde luego, cualquiera que nos viera a nosotros el miércoles pasado en la sala de embarque no tendría que hacer muchos esfuerzos para averiguar a qué íbamos a Amsterdam.

Exacto. A visitar museos.

La ciudad de los canales en pleno noviembre puede hacerte sentir frío sólo de imaginarla. Pero la realidad es que entre el olor a comida que te envuelve en cada esquina, las luces que las farolas derraman sobre las fachadas inclinadas y los graznidos de los cisnes rompiendo el silencio de la noche, al final hasta el frío se toma un respiro, sobre todo cuando te acercas a los pequeños comercios del casco antiguo, abiertos hasta bastante tarde.

El hotel en el que reservamos una habitación triple, la número 53, estaba en pleno centro, en Damstraat, a unos metros de la plaza del Dam. El baño era pequeño y la ducha no tenía ni siquiera plato, pero las camas eran cómodas, el sitio limpio (si no te fijabas demasiado), y te traían el desayuno a la habitación. Y lo más importante, estaba permitido fumar. Qué más queríamos…

Lo primero que hicimos tras dejar las maletas fue buscar un coffeeshop donde comprar María. Lo siguiente, volver a la habitación para fumar. A mí fumar no me gusta; además, con todos los problemas pulmonares que tuve hace un año, no estoy yo para llenarme de humo los huecos que aún funcionan. Así que podría decirse que en general me he conformado con ser fumadora pasiva, dejándole los porros a kike y Juanjo. Que no han sido pocos, unos 8 al día…

Beber sí he bebido. La verdad es que no suelo hacerlo porque el alcohol me sube muy rápido. Con una Heineken me harto de reir, con dos me quedo mirando al vacío, y con tres me pongo a llorar. Y eso he hecho, he reído, he mirado la pared y he llorado como para no tener que mear en 4 días.

Así, con muchas latas de cerveza vacías llenando la papelera por la mañana, muchas colillas, no siempre dentro del cenicero, humo hasta en el vaho de los cristales, algo de comer (frutos secos, bocatas y un toblerone gigante), y mucha música, aunque no demasiado buena (la mía la censuraron rápido por deprimente… tss) han pasado 4 días con sus 4 noches.

Pero no creáis que han sido todo porros y birras en la habitación, noooo… los hemos combinado con paseos matutinos – Amsterdam Cultural- recorriendo los coffeeshop de los alrededores, donde seguir fumando Alegría, AK7, Bubble Gum, o Laughing Buda, acompañadas de un buen batido de chocolate.

Incluso el viernes por la mañana sentimos la obligación moral de hacer algo un poco más constructivo y decidimos ir al museo Van Gogh. Lamentablemente, para mí, al llegar a la puerta y ver que la entrada costaba 10 euros/each, los niños cambiaron de opinión y decidieron invertir su dinero en algo mejor… (seguro que adivináis en qué) y a mí entrar sola no me apetecía, así que….

Al menos en el camino de vuelta pudimos visitar (gratis) el mercado de las flores, aunque con la nariz taponada por el resfriado no pude olerlas. Y tras recorrer una fila de puestos que rompían absolutamente con el cielo mate de la mañana, pusimos rumbo al hotel para descansar un poco.

En cuanto a mí, he ido a mi bola a ratos, porque no siempre tenía sueño a la hora de la siesta, o y no siempre me apetecía ver a estos dos de María hasta las cejas, riéndose de las mismas cosas que yo no encontraba graciosas la primera vez… Pero sobre todo porque no todos los porros sientan igual y no todas las cervezas dejan risas al fondo de la botella.

He paseado de noche sola por el Dam, he comido poco -quizá demasiado poco-, he dormido a destiempo (con respecto a ellos), y he pensado en muchas cosas mientras dejaba que el viento me helara la cara…

Ha sido un viaje raro, agridulce, y completamente diferente a los otros dos que hice.

Claro que tampoco yo soy la misma de hace 3 años.

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