Ficción.


Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.

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Era una historia como tantas otras. De mensajes enviados desde el baño y fotos abiertas a escondidas. De calendarios sin aniversarios y habitaciones con número en la puerta. Una historia, como tantas otras, con obsolescencia programada.

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Despertó y aquella mano que asomaba entre sus muslos se ofreció a recordarle dónde continuar con la lectura de la noche anterior.

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– Mamá, a mí esto no me sale. No se me ocurre nada. Y además es muy difícil y tiene que ser MUY corto y yo no tengo imaginación y a mí las historias que se me ocurren son MUY largas y la prota siempre muere y…

– A ver. Para el carro. Imaginación tienes de sobra y tú lo sabes, y escribir se te da genial. Sí, no pongas esa cara. Lo que pasa es que eres muy floja y quieres que te salga a la primera. Y ahí es donde te equivocas porque escribir en realidad es rescribir y eso lleva su tiempo. Venga, a ver qué se te ocurre…

La vuelta a los días indistinguibles ha resultado ser más sencilla de lo que pensaba. Y es que si el trabajo dignifica, yo debo ser la persona más indigna del mundo: todo el santo día en pijama leyendo novelillas suecas, comiendo porquerías a deshoras o fumándome las series doblás… los que abrazamos el dudeismo es lo que tenemos 😎

Pero lo mejor de haber recuperado la vida contemplativa que tanto echaba de menos mientras estudiaba, es que, por primera vez en muchos años, tengo tiempo para Paula. Y, lo que es más importante aún, ganas para dedicárselo. Tiempo para sentarme con ella a preparar el examen de cono. Tiempo para acompañarla a comprarse su primer sujetador. Tiempo para llevármela a comer al salir del cole. Tiempo para ser yo quien le haga la tortilla por la noche, para secarle el pelo o para escuchar sus batallitas antes de irse a dormir. Tiempo, como esta vez, para ir dándole mi opinión mientras hilvanaba el siguiente relato corto:

Hace mucho, mucho tiempo, los malos de los cuentos populares se reunieron y decidieron dejar de hacer su trabajo, ya que estaban hartos de que los buenos les aguaran la fiesta. El lobo de los tres cerditos buscó empleo en la construcción, la madrastra de Blancanieves abrió una frutería ecológica, la bruja de la Sirenita se hizo pescadera y el ogro de Pulgarcito puso en marcha una cadena de zapaterías.

Desde entonces los cuentos se volvieron aburridos, porque los buenos hacían el bien y sus vidas eran normales y la gente dejó de leer. Aquella generación dejó de tener miedo y de tomar precauciones. Y así conquistamos el planeta Tierra, hijo mío. Y ahora cierra tus 9 ojos y deja de jugar con tus antenitas y duérmete – dijo el extraterrestre con dulzura a su hijo.

Que no sé qué os parecerá a vosotros, pero para tener 11 años recién cumplidos yo diría que no está nada mal… 😉 .

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Nunca había negado la existencia de que aquel vacío entre ellos. Mind the gap, repetía aquella voz en su cabeza. Pero una vez aprendió a sortearlo, dejó de oírla. Un único traspiés bastó para comprobar lo profundo, lo insalvable que era.

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Cogió la última galleta de la caja surtida y se la llevó a la boca como si fuese la más deliciosa del mundo, en vez de la que todos los demás habían desechado.

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¿Sabes esas bolas de cristal con casita de cuento y falsa nieve en el suelo? Su vida transcurría perfecta en el interior de una de esas bolas. Cómo no ponerla bocabajo.

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