La verdad sobre perros y gatos.


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Cuando yo era chica quería tres cosas por encima de todas las demás: ser Félix Rodríguez de la Fuente, sin el “como”, tener el pelo como la Nancy negra, y un perro.

Ya por aquel entonces, en mi mente infantil en la que aún todo parecía posible, tener un perro era un sueño equiparable a poder cambiar mi pelo lacio y aburrido por un pelucón afro de puta madre o a convertirme en la persona a la que más admiraba en el mundo.

[Aclaro esto por si quien no sea capaz de entenderlo quiere ahorrarse el resto de la entrada]

2015-07-16 09.45.02Susi llegó en diciembre, poco antes de Navidad, un domingo que lloviscaba un poco y hacía tirando a fresco. Llegó con sus 16 primaveras y esa tristeza de quien ha perdido todo. Su familia, su hogar, su lugar en el mundo. Llegó además la misma mañana en que a Brow se le fue la pinza y, sin mediar gruñido, atacó a Livia y me la dejó tuerta para siempre. Así de oportuna fue la Susi. Entrando ella en Sevilla y yo en el veterinario de urgencias, en la otra punta de la ciudad, a las 9 de la mañana.

Era más bonita la Susi. Con su crin de little pony y su cresta punk y esos enormes ojos negros nublados por los años y ese rabito que no paraba de mover cuando notaba que la mirabas y sus 5 dientes y medio y su lengua kilométrica. Y más buena…

Su anterior dueña, una señora mayor con demencia, había muerto hacía poco en un pueblecito de Ciudad Real, y yo, que por aquel entonces veía a Wilma en cada perro viejo con el que me cruzaba, me enamoré de ella al instante cuando vi su carita en una publicación en Internet. Más tarde supe que quien originariamente la adoptó fue el hijo de esta señora, unos 15 años atrás, aquí en Sevilla. Luego se casó, se separó, y la perra, como ocurre a veces con las cosas que ya no necesitamos pero no queremos tirar, acabó yendo a parar a casa de su madre. Al menos hasta que ella murió y él se desentendió de la que había sido la sombra de su madre durante los últimos años de su vida. Y así fue como Susi llegó hasta mí.

2015-04-29 20.17.48Y la lluvia acumulada durante la noche anterior trepaba por los bajos de mis vaqueros mientras iba a recogerla, con mi cabeza puesta en Livia y en Brow y en cómo me acabo complicando la vida siempre.

A Susi le encantaba meterse en los parterres, especialmente en aquellos en los que había hojarasca o flores secas. Olía, marcaba, enterraba con las patas traseras y hasta el siguiente árbol. También le gustaban los filetes de ternera recién hechos, croquetear en la cama de Brow, chuparme las piernas cuando me salía de la ducha y ocupar el lado de Nacho cuando dormía fuera de casa.

A mí me gustaba verla dormir. Acariciarla mientras pensaba la suerte que había tenido de que me hubieran elegido para adoptarla. Oírla roncar, porque aunque no llegara a los 5 kilos, la Susi roncaba como un marinero borracho. Me encantaba cuando me veía asomar un pie fuera de la cama por las mañanas y se ponía a dar vueltas como una loca y a moverme el rabito para que la sacara. O cuando jugaba con la pelota de Livia y me la traía para que se la tirara. Y me encantaba muchísimo cuando Brow y ella se ponían a lamer la boca del otro como si no hubiera mañana.

Y cuando quise darme cuenta, Susi había llenado casi por completo el hueco que había dejado Wilma. Y sí, me sentía un poco culpable por ello, como me pasó cuando Bleda llenó el que había dejado Éboli, pero no podía evitarlo.

Fue a Susi a quien más eché de menos, de largo, cuando me fui con Paula a Japón en semana santa. Más que a Nacho y al Escocés juntos. Más que a Livia, Salvú y Brow. Nunca me ha costado tanto coger un avión como aquel que iba a separarme de ella durante 10 largos días.

2015-07-16 09.45.53Y por más que supiera desde el momento en que la adopté que no tardaría en marcharse, despedirme de ella cuando lo hizo, 7 meses después de llegar, ha sido lo más difícil y doloroso por lo que he tenido que pasar en mucho mucho tiempo. Quizá por eso me ha costado más de dos meses volver al parque sin ella. Y esparcir sus cenizas sobre el césped de las florecitas que tanto le gustaba. Y reservar un poquito aún para mezclarlas con la tierra de uno de mis troncos de Brasil y consolarme pensando que, de algún modo, sigue aquí conmigo.

Y es cierto que aún tengo a Brow. Y a Salvú. Y a Livia, aunque sea con un ojo menos. Pero a Susi no hay día que no la recuerde. Que no la eche de menos. Con su cresta punk y sus ojos nublados. Con su rabito y sus ronquidos de marinero borracho. Y el vacío que ha dejado, tan desproporcionado para alguien que abultaba poco más que un hámster, sigue ahí.

Y diciembre ya nunca será lo mismo.

 

 

 

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(Visto el éxito que tuve cuando traté de endiñaros a Brow, no sé ni para qué lo intento… peeeeeero…)

gatitos“Hola, te envío unas fotos a ver qué hacemos. Una gata callejera los ha parido en mi jardín. Pero la madre no da señales de vida. Los vi ayer. Cuándo te los llevo?”

Mi primera reacción fue reírme “jajaja”. Pero hasta por wasap se notaba que era una risa nerviosa. Y A. lo sabía.

Qué malo es conocerse…

Como veis, son 3 gatitos, de dos semanas (quizá tres), PRECIOSOS, a cuya madre debe haber atropellado un coche o algo similar (de lo contrario habría vuelto).

Yo no tengo sitio para más bichos. Vivo de alquiler en una caja de cerillas y con 2 gatos y 1 perro-caballo ya estoy servía… Pero A. no para en su casa y si alguien no se hace cargo de ellos pronto, van a tener un final muy triste.

gatitos2Como yo no sé mirar pa’otro lado, me he ofrecido a hacerme cargo de ellos hasta que coman solos. Pero definitivamente no me los puedo quedar, así que he decidido tirar de blog para buscarles una familia. No me vale cualquiera, lo digo desde ya. La idea no es quitármelos de encima, es encontrarles una casa donde vayan a cuidarlos de manera responsable.

Si alguien quiere alguno de ellos (o sabe de alguien que los pueda querer), que me avise vía comentario o vía mail (pormeuncocacola@gmail.com) y lo hablamos. De momento están en Sevilla, pero si hace falta llevarlos a alguna parte, también podemos hablarlo. Yo puedo orientaros, en caso de que sea vuestro primer gato, y echaros un cable en lo que haga falta, pero primero echadme un cable vosotros a mí, por lo que más queráis…

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Aunque se deja acariciar, Roma mantiene sus enormes ojos amarillos bien abiertos mientras mis dedos se mueven lentamente por su cuello. Pero que se deje acariciar ya es un avance.

Roma

El jueves se pasó el día atrincherada bajo la cama, como solía hacer cuando el hijo de su anterior dueña la buscaba para pegarle. Yo había preparado el cuarto de Paula para ella. Había recogido los trastos, le había puesto un bol con agua y otro con comida jugosa, nada de pienso seco, y había encendido el radiador al máximo una hora antes de que llegara, aunque luego lo dejé al mínimo para que mantuviera el sitio caldeado pero sin asfixiarnos. También extendí una manta polar sobre la colcha, porque a mis gatos les gusta acurrucarse en ellas. Pero ya se sabe…gato escaldado de agua fría huye. Y Roma, por si las moscas, prefiere tumbarse sobre la caja de plástico duro que hay bajo el somier, la misma que antes estaba llena de barbies desnudas y despelucadas – como las prefería Paula cuando aun jugaba con ellas. No intento hacerla salir. La dejo estar. No ha tenido precisamente una vida fácil hasta ahora y sólo tiene 5 meses. Nadie podría culparla por huir del agua, por muy fría que ésta esté. Y de repente, como si acabara de decidir que no tiene nada que temer, se sube a la cama y se hace un ovillo a mi lado. Y nos dormimos las dos.

Es viernes. Tumbada panza arriba sobre mi sudadera, el ronroneo de Roma me cuenta que necesita volver a confiar. Vivir con miedo un día sí y otro también debe resultar agotador. Me acerco a su oído y le hablo muy flojito. Le cuento lo preciosa que es, como si no lo supiera ya. Le explico que Brow sólo quiere conocerla y por eso ladra y rasca y resopla por la rendija de abajo cuando entro a verla a ella. Cuando se canse, se quedará tumbado cuan largo es, apostado al otro lado de la puerta, suspirando y esperando a que abra para meter el hocico y olfatearla, aunque sea de lejos.

(…)

La historia de Roma es complicada. En su día estuve a punto de escribir un post para buscarle dueño, pero no sabía cómo enfocarlo. Su adopción corría prisa, sí, pero no había manera de explicar por qué sin meterme en camisa de once varas. Porque el hombre que la maltrataba no era un maltratador propiamente dicho, ya que no era dueño de sus actos cuando lo hacía. Pero ese matiz a la mayoría de la gente le habría dado igual. La mayoría habría concluido que si su madre tuvo que amenazarlo con un cuchillo para que no estrangulara a su gata, igual es porque era una hijo de la gran puta. Aclarar que tenía esquizofrenia sólo habría servido para afianzar aún más el estigma sobre las personas con trastorno mental, como si no tuvieran bastantes piedras ya sobre sus tejados.

DSC_0844-002En mis dos años de prácticas trabajando con personas con trastorno mental grave he visto muchas cosas y he conocido a mucha gente. Enfermos con distintas patologías y sus familiares. Madres sobre todo. Las he visto llorar, las he oído desahogarse, he sido espectadora de su rabia, de su impotencia. Y eso sólo es la superficie. Y es que si cualquier otra discapacidad mueve a la empatía, la enfermedad mental provoca miedo y rechazo. Mejor dicho, el desconocimiento sobre la enfermedad mental, esa etiqueta tan amplia, más cada vez, lo provoca.

Estos días junto a Roma pienso mucho en su antigua dueña. Mi veterinaria me cuenta que la llama a menudo para ver cómo está. Y aunque ambas coincidimos en que ha hecho lo mejor, a mí me parte el alma imaginar el vacío que debe sentir en su interior. Su gata era su única compañía. Renunciar a ella y exponer a su hijo al juicio silencioso de unos desconocidos ha debido ser cualquier cosa menos fácil. La imagino echándola de menos desde que se levanta hasta que se acuesta. La imagino preguntándose por qué a ella y acto seguido la imagino sintiéndose culpable por pensarlo. Es su hijo. Que no pueda llegar hasta él, que no logre entender por qué hace lo que hace, no cambia ese hecho. Pero esto… ¿a quién le hablará ahora? ¿a quién acariciará cuando se sienta sola?

(…)

DSC_0872-001Es domingo por la mañana. Un domingo de un azul perfecto que me recuerda que la primavera está ya a la vuelta de la esquina. Pero hoy ni siquiera eso podría estropearlo. En la habitación de Paula, Roma vuelve a ser gata. Escondo mi mano bajo la sudadera y ella la ataca. Maúlla exigiendo mimos. Juega con el cordón de mi pijama. Se enfada cuando decido cortarle las uñas. Tolera la presencia de mis gatos en la habitación, aunque marcando las distancias. Salvo, más confiado, se tumba a su lado y la olfatea. Se lleva un cate rápido y seco. La siguiente vez que se sube a la cama, lo hace dejando medio metro entre ellos. Que corra el aire. Roma lo mira. Con el tiempo, si lo hubieran tenido, se habrían vuelto inseparables. Se habrían lavado mutuamente durante horas y se habrían quedado fritos acurrucados el uno junto al otro.

Ni que decir tiene, ahora me arrepiento de no habérmela quedado cuando podía. Ahora, que está to’l pescao vendío… Ser familia de acogida es muy duro. Ahora lo sé. Aún así, saber que la semana que viene estará en casa de su nueva familia y no necesitará volver a esconderse bajo ninguna cama no parece el peor de los finales posibles. De hecho, parece el mejor los principios.

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A veces era fácil olvidarlo.

Sol, frío y un montón de tenderetes a medio montar. A lo lejos un par de perros, desconocidos para mí, pasean junto a sus dueños. Imagino que si viniera más a menudo me sonaría alguna cara. Pero hace demasiado que no es así.

Cuando Brow era cachorro era diferente. Aún cuando no me sobraba el tiempo, me gustaba llevarlo al parque, verlo corretear y jugar con otros perros. De pararme a hablar con cualquiera que se acercara, acabé por conocer los nombres de todos los habituales, chuchos y dueños, y las historias de cada uno. Luego Brow creció y creció y los dueños de perros pequeños empezaron a evitarlo. Y nosotros a ellos.

parque diciembre-001Así fue como acabamos pasándonos el parque de los perros, que pese al nombre no es más que un parque normal con una esquina vallada y arena en el suelo, para que los perros puedan levantar nubes de polvo cuando corren. Lo mejor, obviamente, está fuera. Fuera sí hay zonas con césped, setos, árboles y hasta columpios para los niños. También hay algunas fuentes en las que los perros chapotean en verano, cuando el calor es asfixiante, aunque ahora suelen estar limpias e, imagino, heladas.

A lo lejos veo a I., la única persona del primer parque con la que mantengo contacto, aunque sea a través de Nacho. Siempre que lo ve le pregunta por mí y le dice que a ver si la llamo y quedamos a tomar un té. Ella es viuda, yo la mujer del marinero. Imagino que por eso nos entendemos.

La saludo con la mano aunque es Luna, su galga, la que nos ve primero. Más tarde, mientras Brow y ella se pegan unas carreras a nuestro alrededor, I. y yo nos ponemos al día. Como de costumbre hablamos de dolencias varias, que se note la edad, de lo que haremos estas vacaciones, de nuestros respectivos bichos. Luego nos despedimos y prometemos hacer por quedar antes de que acabe el año, aunque eso mismo dijimos cuando terminé la carrera y mira.

Sola de nuevo, con Brow ya atado, me acerco a echar un vistazo a las obras expuestas. No hay nada que me llame especialmente la atención y hace un rato que no siento los pies bajo las botas, pero la idea de meterme en casa me echa para atrás…

De pie frente a un puñado de oleos de paisajes y desnudos de mujeres, acaricio a Brow y pienso en lo que le he dicho a I. hace un momento. Que no termino de hacerme a él. Que aunque lo quiero mucho, no lo siento mío. Que mi perra era Wilma y que él es el perro de Nacho. Su perro, su piso, su coche. A veces hablar ayuda. Otras, como en esta ocasión, sólo te hacen sentir peor.

Mientras espero junto al semáforo me doy cuenta de que de las farolas cuelgan apagadas las luces de navidad. Más tarde o más temprano diciembre tenía que llegar…

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Wilma, 20 agosto 97 / 21 junio 13Como le decía hoy a mi profe, no importa cuántas veces haya pasado por esto. Como no importa la certeza de estar haciendo lo que es mejor para ti.

Llevarte en brazos a la clínica veterinaria por última vez sabiendo que cuando vuelva a casa lo haré sin ti va a ser mi esquina doblada de este año.

Aun así intentaré no recordarte como estas últimas semanas, dando vueltas sin rumbo por el salón con la cabeza gacha y la lengua fuera, como los toros antes de que los terminen de torturar.

Te recordaré en el césped de nuestra casa de Gelves, con todos aquellos pensamientos al fondo; o esperándome en la alfombrilla al salir de la ducha cuando aún podías seguirme a todas partes sin caerte; o pegando carreras como una loca el día que te sacamos de la perrera.

Te voy a echar tanto, tanto de menos, mi niña… Te he querido tanto.

Gracias por estos 16 años siendo mi sombra.

counter for wordpressGatos…

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Asoman la naricilla, te lanzan un maullidito y…

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Zas¡ estás perdido…

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… ya se han convertido en tus amos 😀 😀 😀 .

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Qué puedo decir…

Cinco años deberían haber sido un buen entrenamiento y aún así…

Echaré de menos sentirme culpable por no ir a verte. Echaré de menos echarte de menos, pantera.

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