– Oye, que voy para casa, que al final no me quedo aquí a dormir.
– ¿Y eso?
– Porque se ha parado la otra máquina y no puedo arreglar la nuestra…
– … porque no se pueden quedar sin ninguna, claro.
– Eso es. Así que esta noche podemos salir a tomarnos la cervecita.
– Vale. ¿Recoges tú a D. del tenis?
– Yo no sé si voy a llegar para cuando él salga.
– Bueno, pues que se venga con J. como esta previsto.
– Venga, niña, en un par de horas estoy por allí, adiós.

Cosas que me gustan cuando viajo en coche:

1. Salir cuando aún es de noche y ver amanecer en carretera.
2. Las balas de heno diseminadas a lo largo de los campos recién segados.
3. Que me cuenten historias mientras conducen.
4. El amarillo vivo de las flores de colza, el intenso de los girasoles, el pálido del trigo maduro.
5. Los carteles que indican desvíos a pueblos con nombres raros.
6. Que haga frío fuera y el sol caliente el interior del coche.
7. Ese instante en que la lluvia enmudece al pasar bajo un puente, para volver a repiquetear sobre el parabrisas un segundo después.
8. Parar a tomar algo en un bar de carretera y curiosear los expositores buscando nombres de gente a la que quiero en llaveros y pulseras.
9. Descalzarme, estirar las piernas y apoyar los pies sobre la guantera (aun sabiendo que no debo hacerlo).
10. Toquetear el pelo del conductor.
11. Ver cómo cambia de color la tierra cuando el cielo se nubla de repente.
12. No llevar coches delante, mirar por el espejo retrovisor y que tampoco venga nadie detrás.
13. Esas amapolas que brotan aquí y allá casi a pie de carretera.
14. Pegar el móvil a la ventanilla y hacer fotos en movimiento.
15. Ver cómo asoma el mar a lo lejos cuando vas por carreteras de costa.
16. Comer mierdas por el camino (salvo chicles).
17. Las declaraciones de amor pintadas con spray en los bajos de los puentes.
18. Atravesar túneles de montaña, especialmente cuando no hay más coches a la vista.
19. Entrar en Cádiz por el puente Carranza, bajar la ventanilla y dejar que el olor a salitre inunde el coche.

Cosas que no me gustan, me ponen triste o me dan miedo cuando viajo en coche:

1. Ver animales muertos en el arcén.
2. Ver animales en el arcén y pensar que igual no están muertos.
3. Adelantar camiones.
4. Los ramos de flores, frescas o marchitas, atados a señales de tráfico y a cortamiedos.
5. El asfalto mojado.
6. No poder ir en el asiento del copiloto.
7. Llevar puesta la radio. La radio sólo la soporto, y porque no me queda otra, en los taxis.
8. Que los gorriones se queden parados en mitad de la autovía y parezca que los vamos a atropellar.
9. Las carreteras de montaña con curvas cerradas.
10. Cruzarme con camiones que transportan animales vivos.
11. Ver caballos pastando en los campos y darme cuenta de que están sujetos por una cuerda.
12. Guardar silencio cuando entra una llamada en el manos libres, recordándome que yo no debería estar ahí.
13. Las chumberas enfermas y las flores de pita.
14. Llevar puesto el GPS con sonido.
15. Cruzar el puente Carranza de vuelta a Sevilla.

counter for wordpress

‘Nos forma aquello que deseamos’ (J. Irving)

Paraíso, promete el azulejo pintado a mano que descansa sobre el dintel de la puerta.

Al cruzarla, una luz cálida e indirecta nos da la bienvenida a una estancia de techos redondeados y paredes encaladas. Paredes que me recuerdan al patio de casa de mi abuela, salvo porque aquél solía estar vestido de geranios y helechos, y éstas se encuentran completamente desnudas. Ni un espejo, ni un mal cuadro. Nada que distraiga la vista de la enorme cama con dosel que, blanca y radiante como una novia, preside la habitación. A sus pies, replegada sobre sí misma como si tratara de no llamar demasiado la atención, una colcha roja y ligera pone la única nota de color en el dormitorio.

Y no sé muy bien qué esperaba encontrar, pero lo cierto es que jamás imaginé que el paraíso pudiera ser tan frío.

Dos diminutas sillas de enea, más de adorno que otra cosa, custodian la boca muda de la chimenea que hay frente a la cama. En su interior descansa un único tronco negruzco con el que probablemente otros habrán intentado entrar en calor antes que nosotros. Pero no es eso lo que yo veo. Yo la veo encendida, proyectando sombras irregulares que chocan como olas contra las sábanas. Entonces, como si él también pudiera verlo, A. se me acerca y me libera con un único gesto de la mochila que aún llevo colgada al hombro y de todas estas dudas que he venido acumulando desde que me invitó a acompañarlo a Baza la semana pasada. Y de la urgencia. Y del frío.

.

Y cuando quiero darme cuenta el tragaluz del techo se ha vuelto oscuro como boca de lobo.

Ven, dice A. Quiero enseñarte algo. Y tras vestirnos, salimos a una noche negra y fría sin contemplaciones. A lo lejos, las luces del pueblo me hablan de otras vidas posibles. De la pareja que, para no tener que hablar, ve la televisión mientras cena. Del grupo de amigos que se reúne cada tarde en el mismo bar para tomar algo después del trabajo. Del tipo que vuelve en coche a una casa donde nadie lo espera.

Pero no es a eso a lo que A. se refería.

Mira. Y sonríe mientras señala algo sobre nuestras cabezas. Y sin previo aviso el cielo más hermoso del mundo cae sobre mí. Tan sobrecogedor me resulta que no puedo ni hablar. Me quedo allí de pie, con la piel helada y la boca abierta, dejando que el frío de la sierra de Granada me envuelva, tratando de entender cómo es posible que quepan tantas estrellas en un espacio aparentemente finito. Y mientras yo no puedo apartar la vista de ellas, A. mantiene la suya clavada en mí. Me alegra que hayas venido, Gemita. 

Y todo se olvida.

Y todo vuelve a comenzar.

counter for wordpress

‘Hay algo entre los lobos y las mujeres. Nos parecemos. Los lobos son tremendamente resistentes (…) deambulan libres y hasta donde quieren. Se atreven a irse cuando hace falta, se pelean y muerden si es necesario. Y están tan vivos. Y son felices’ (Assa Larson).

Gemita, qué haces este jueves?

A. es la única persona del mundo que me llama de ese modo. Si cualquier otro me llamara así, haría como la que oye llover. O lo mandaría a donde fue el pollo, según me diera. Pero A. no es cualquier otro. A. es A. y puede llamarme como le dé la gana.

(…)

La última vez que nos encontramos fue hace casi dos años.
Yo estaba en el Hospital, por una vez no como paciente sino como estudiante en prácticas. Cuando lo vi entrar por la puerta del general dejé a mis compañeros con la palabra en la boca y me lancé a abrazarlo.

Su respuesta por el contrario fue bastante tibia, ofreciéndome la mejilla al ir a darle yo un beso.
Y a pesar de entender por qué lo hizo, su reacción me puso absurdamente triste
y me hizo sentir terriblemente estúpida.
Por ese orden.

(…)

El sitio se llama (…) Entra hasta el fondo y allí estoy, dice tu mensaje.

Antes de salir me miro en los ojos de Nacho. Vas muy guapa, me dice. Pásalo muy bien. Yo no me siento muy guapa. Ni siquiera guapa a secas. Supongo que el hecho de vernos tan de tarde en tarde hace que sienta que tengo que competir con el último recuerdo que guardes de mí. Y, sea cual sea, algo me dice que voy a salir perdiendo.

En contraste con el frío que hace en la calle, el ambiente dentro del local es asfixiante. Me quito el abrigo y me recojo el pelo con la mano. Rodeo grupos grandes y pequeños. Algunos no se dejan rodear y no tengo más remedio que atravesarlos, esquivando copas y miradas que se clavan al pasar. De cuando en cuando me paro y hago un barrido rápido. La música es horrible, pero no estoy aquí por eso. Al fondo, de espaldas a mí y con una copa en la mano, distingo tu nuca, morena bajo un pelo que se ha vuelto completamente blanco. Te rozo el cuello con la yema de uno de mis dedos y espero. Tú te giras y te quedas allí de pie, sonriéndome como si no me esperases. Como si fuese una sorpresa habernos encontrado y no fueras tú quien me hubiera pedido que entrara a buscarte.

Esta vez no te abrazo. Esta vez soy yo la que acerca la cara en vez los labios. Pero está visto que, haga lo que haga, contigo es imposible acertar. Gemita! Me agarras por la cintura y me rozas los labios. Cuánto tiempo, dices. Y me abrazas hundiendo tu cara en mi cuello. Noto las miradas de tus compañeros de trabajo sobre nosotros. ¿No te importa? te susurro al oído. Pero en vez de responderme, empiezas a presentarme. Y raro es el nombre que no me suene. La de veces que me habrás avisado con un gesto para que no hiciera ruido mientras atendías sus llamadas desde el manos libres. Vamos al concierto de Marlango, aclaras mientras nos despedimos. Al concierto… repiten algunos. Puntos suspensivos incluidos.

Atravieso los mismos grupos en sentido contrario, sin preocuparme esta vez de no molestar. Mis botas son altas y mi vestido corto. La luz atraviesa la tela mientras camino. Y lo hago despacio, sabiendo que tú vienes detrás.

Fuera el frío aprieta y la noche es oscura como boca de lobo. Fuera tu mano busca la mía. Así es como debería ser, pienso. Pero no lo es. Es la calle desierta, las copas que te has tomado y la certeza de que yo no retiraré mi mano. Es tu ¿dónde vamos? mientras esquivamos hoteles y todos los taxis del mundo pasan libres en sentido contrario a la sala Malandar.

Contra todo pronóstico llegamos a tiempo para oír la última de los teloneros. En la sala no cabe un alfiler pero nosotros conseguimos pillar un sitio de puta madre cerca de la puerta, junto a una especie de barra. Un sitio donde dejar tu chaqueta y la mía, y donde un brazo alrededor de la cintura o un beso en el cuello no llamen especialmente la atención.

Entonces alguien a quien conozco, alguien que suele hablar con Nacho siempre que nuestros perros se encuentran en el parque, entra en la sala. Nuestras miradas se cruzan e instintivamente aparto tu mano de mi cintura. No por ti, ni por mí. Ni siquiera por Nacho. Nacho sabe dónde estoy y con quién. Y lo más importante, sabe cómo soy, cómo pienso. Lo hago por él, por E., porque imagino que verme aquí, así, lo coloca en una posición incómoda. Aun así se acerca a saludarme y me pregunta si he venido con alguien. Con un amigo, miento. No os presento. Me limito a intercambiar un par de frases hechas que no invitan a continuar la conversación. Y mientras observo cómo se pierde entre la multitud, te cojo la mano y la devuelvo adonde estaba.

Las canciones se suceden mezclando álbumes antiguos con coplillas del nuevo. De vez en cuando, sin que tú me preguntes, me inclino hacia atrás y te cuento por encima de qué va alguna letra. Procuro no darme la vuelta del todo. Si lo hiciera sé que acabaría mordiéndote la boca bajo el foco rojo que nos alumbra. 

A lo lejos, mi mirada se cruza con la de E. una vez más.

Hueles diferente, susurras a mi cuello más que a mi oído. Y aprovechas tu mano en mi cintura para hacerme girar bajo la luz rojiza. Despacio. En un amago de baile.

Y algo me dice que esta vez es él quien la aparta.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2008/06/marlango-let-the-sky-fall.mp3]

Pd. sólo necesitaba algo más de tiempo. Hola.

counter for wordpress
Recuerdo la primera vez que oí cantar a esta chica. Llevabas media hora diciendo que te ibas y de repente recordaste que había una canción que tenías que ponerme…

Y quizá sea casualidad que hoy, justo después de que me llamaras, haya dado con esta coplilla mientras me daba una vuelta por Youtube… o puede que no.

De lo que no me cabe duda es de que nunca he conocido a nadie a quien le guste alargar las despedidas tanto como a ti.

‘Second hand’ / Anni B. Sweet.

‘Second hand’ / Anni B. Sweet.

Your love, your love is second hand, you know
You didn’t let me see at all,
You dragged your own feelings here to us
I walk, I walk until I see the place,
That reminds me of yesterday
And throw all your lies away

Tu amor, tu amor es de segunda mano, lo sabías?
no fuiste claro en absoluto
arrastraste hasta nosotros tus propios sentimientos.
Camino, camino hasta que veo ese lugar
que me recuerda al ayer
y arrojo en él todas tus mentiras.

You could have done it so much better,
You could have told me I was never the one
And never lend me your heart
I’m a disorder but you weren’t too much order
I can fly with you
Start, restart, undo
But I can never forget the pain you made
I’m gonna lie to you
I’m not L.A to you
Once more

Podrías haberlo hecho mucho mejor
Podrías haberme dicho que nunca fui la única
Y nunca me diste tu corazón
Yo soy un desastre, pero tú no eras mucho mejor
Y puedo volar contigo
Iniciar, reiniciar, deshacer
Pero jamás olvidaré el daño que me hiciste
Te mentiré
(te diré que) no estoy en Los Ángeles por ti.
Una vez más

Your talks, your talks are second hand, you know
And I dont want them any more
To be next to my sweet, sweet, sweet soul
I thought that you and I could make a song
Telling all the stories of how loners do go on.
I still hear your guitar in my ear
And I hear you whispering your lot
I feel, I feel your heart
Beating fast enough to be making love, to be making love

Tus palabras, tus palabras son de segunda mano, lo sabías?
Y no quiero que vuelvan a acercarse
a mi dulce, dulce, dulce alma
Pensé que tú y yo podríamos escribir una canción
que contara cómo los que están solos se las apañan para salir adelante
Aún puedo oír tu guitarra
y a ti susurrando tu destino
Siento, siento tu corazón
latiendo lo suficientemente fuerte como para que estés haciendo el amor, como para que estés haciendo el amor.

You could have done it so much better
You could have told me I was never the one
And never lend me your heart
I’m a disorder but you weren’t too much order
I can fly with you
Start, restart, undo
But I can never forget the pain you made
I’m gone lie to you.
I’m not L.A to you
Once more.

Podrías haberlo hecho mucho mejor
Podrías haberme dicho que nunca fui la única
Y nunca me diste tu corazón
Yo soy un desastre, pero tú no eras mucho mejor
Y puedo volar contigo
Iniciar, reiniciar, deshacer
Pero jamás olvidaré el daño que me hiciste
Te mentiré
(te diré que) no estoy en Los Ángeles por ti
Una vez más

You could have done it so much better
You could have told me I was never the one.

Podrías haberlo hecho mucho mejor
Podrías haberme dicho que nunca fui la única

(*) Más traducciones pinchando aquí.

 

Aclaraciones sobre la traducción.

Obviamente, la frase ‘I’m not L.A. to you‘ debe tener algún tipo de significado privado que yo no pillo. El Escocés dice que él lo traduciría como ‘No soy L.A. para ti’.

Como para mí ninguna de las dos tiene sentido, dejo mi primera opción.

‘Salvo en caso de crimen innoble, no entiendo que se rompa. Decirle a alguien que se ha terminado es falso. Nunca se termina. Incluso cuando ya no piensas en alguien, ¿cómo dudar de su presencia dentro de ti? Un ser que ha contado para ti, siempre cuenta’.

(Amèlie Nothomb)

Imagino que si cuando era pequeña mi padre no hubiera insistido tanto en que silbar era cosa de chicazos, yo nunca lo habría convertido en costumbre sólo por llevar la contraria…

La primera vez que lo hice delante tuya fue hace casi 6 años, a más de dos mil kilómetros de todo excepto de ti.

Estaba de pie frente al espejo, con una toalla blanca enrollada en la cadera, peinándome; no recuerdo qué estaba silbando, probablemente alguna de las canciones que sonaban en tu ordenador la noche anterior.

Tú te acercaste y te apoyaste en el quicio de la puerta del baño; no dijiste nada, sólo te quedaste allí, mirándome, sonriendo. Y yo dejé de silbar y te besé. Nunca se me ha dado bien sostener ese tipo de miradas.

Aquello se repitió de forma intermitente durante tres años, en habitaciones parecidas en las que yo silbaba mientras tú me mirabas; en las que yo te besaba porque tu mirada me desarmaba por completo.

Es curioso, pero no guardo ningún recuerdo de la última vez que silbé delante tuya. Supongo que en este tipo de relaciones uno siempre mira, besa o silba sin pararse a pensar en que aquélla podría ser la última vez…

(…)

Hasta el miércoles pasado, cuando tras dos horas sentados uno frente al otro en aquel centro comercial, poniéndonos al día sobre nuestras vidas -trabajo, estudios, pareja, hijos-, me puse a silbar mientras bajábamos las escaleras mecánicas.

No silbes… – me pediste.

Y cuando me giré para preguntarte por qué no iba a hacerlo,  y vi tu media sonrisa, tan triste, lo entendí…

Y me contuve para no silbar.

counter for wordpress
Este sábado, a falta de un plan mejor, Nacho y yo decidimos quedarnos en casita viendo una peli.

Claro que la cosa no fue en plan ‘vemos una peli?…vale, cuál vemos?… la que tú quieras… a mí me da igual… a mí también…’… y al final te dan las 12 y te vas a la cama sin ver ninguna. No.

Esta vez fui yo la que sugirió sofá, mantita y sobre todo, una peli concreta. Una que no era ninguna de las que teníamos pendientes de ver (que son unas pocas), sino ésa que los dos habíamos visto cienes y cienes de veces, aunque hasta el sábado pasado nunca la hubiésemos visto juntos: ‘Un lugar en el mundo’.

Lo mejor de volver a ver una de tus pelis favoritas es que, aunque te la sepas de memoria, siempre le sacas algo. En esta ocasión, me quedé con la escena en la que Hans les explica a los niños de la escuela algo sobre el hielo y la montaña.

‘Nada es insignificante. El hielo, por ejemplo, es el peor enemigo de la montaña. Cuando llueve, el agua se mete en las grietas, y al llegar la noche, se hace hielo, aumenta de volumen, y rompe la piedra. Poco a poco, la deshace. La montaña lo sabe, y se queja. No puede defenderse, pero se queja. Antes de la tormenta, se oye un zumbido. Canto de abejas le llaman, porque es como un chisporroteo, como el zumbido de las abejas. Algunos dicen que es porque el aire se carga de electricidad… pero a mí me gusta más creer que es la montaña, que se queja’.

Que no sé si será por lo mucho que me gusta sacarle punta a todo, pero a mí me pareció de un metafórico acojonante. La supuesta dureza de la montaña, a pesar de todas esas grietas que la hacen tan vulnerable. La lluvia que entra por ellas siendo una cosa y acaba conviRtiéndose en otra, destrozándola por dentro, sin que la montaña, tan dura ella, pueda hacer nada para evitarlo. Nada salvo cantar como las abejas.

.

Hoy me ha pasado algo curioso. Dos personas a las que no esperaba en absoluto se han asomado a la ventana de mi chat.

El primero, alguien que en su día, hace ya mucho, mucho tiempo, fue ese agua de la que hablaban en la peli. Aunque lo fue porque yo lo permití. Él nunca me mintió. Nunca me dijo que me quisiera. Nunca pretendió que él y yo fuésemos amigos. Nunca me aseguró que pudiera contar con él. Y ahora que ya no me duele, ahora que me he vuelto impermeable a sus silencios y a las palabras que nunca me dijo, aparece de vez en cuando para decirme que se acuerda de mí y que me echa de menos.

La segunda, alguien con quien nunca había cruzado dos palabras, salvo en un par de correos por temas relacionados con el blog. Esta noche me ha visto en el chat y me ha dicho hola… Hemos estado hablando un buen rato, hasta que su conexión ha empezado a fallar. Y escuchándola ha sido como me he dado cuenta de que ese canto de abejas del que hablaba la peli es universal. Da igual que estemos a este lado del charco o al otro. Que te partan el corazón no tiene nada de cultural. Duele igual aquí que allí.

(…)

Aunque la mejor frase de la peli, al menos por votación popular, sigue siendo la que le dice Hans a Ernesto la primera vez que a éste le parten el corazón…

‘Dicen que lo importante es amar y no que te amen. Los que dicen eso son unos gilipollas’.

… que de metáfora tiene poco, pero que es una verdad como un piano.

(…)

Sabes? Conozco muy bien esa sensación de la que hemos hablado. Pero también sé (no lo creo, lo sé) que llegará un día en que te despertarás y te darás cuenta de que las abejas han dejado de cantar…

Ya me contarás…

wordpress counter

counter for wordpress
Ámsterdam son canales y porros. Porros y sexo. Sexo y llamadas. Llamadas y mentiras. Mentiras y canales.

Y la noche convertía a las bicis en luciérnagas que nos esquivaban casi rozándonos, derramando sus luces por los canales. Y los canales las recogían y las transformaban en canciones que hablaban de lo que estaba por pasar…

Y tú me agarraste por la cintura y te pusiste frente a mí. ‘Quiero besarte’. Y me apartaste el pelo de la cara. Y entendí lo que las luciérnagas trataban de advertirme… ‘Ya nada volverá a ser como antes’.

Ámsterdam es Noviembre. Y gorros de lana. Y bufandas de colores. Y un frío que se mete bajo la piel y te hiela de dentro afuera.

Y tu chupa me quedaba tan grande y la falda tan corta… De espaldas parecía que debajo no llevara puestas más que unas botas. ‘Adelántate, me gusta mirarte’. Y yo me adelantaba un poco y dejaba que tu deseo acariciara mis piernas, mi espalda, mi nuca.

Y en la habitación te devolví tu chupa, que ya nunca volvería a ser tuya del todo. Y nos sobró media cama. Ninguna noche.

Ámsterdam son bicicletas. Apiladas, abandonadas, encadenadas. Esperando que alguien vuelva. O que alguien las robe.

Aquel último Noviembre en Ámsterdam fue el más frío. Y las bicis, convertidas en sombras, se apartaban a mi paso. Y en aquel banco del Damn, entendí que no tenía sentido alargarlo más. Y bebí y bebí. Y te lloré hasta convertirme en canal.

Y tú supiste lo que iba a decir incluso antes de descolgar. Y yo supe que aquella noche debía despedirme de Ámsterdam. Sola.

Ámsterdam fue el fin y el principio. El antes y el durante y el después.

Y a veces me concedo una tregua. Y pasan los meses sin que piense en ti. En las palabras que nunca dijiste. Y tus labios se confunden con otros, con los de cualquiera. Y las bicis vuelven a ser sólo bicis. Y me confío. Y bajo la guardia…

Entonces sucede. Un timbre me avisa para que me aparte. Y la tregua se rompe. Y tu recuerdo me golpea al pasar. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Y me doy cuenta de que ya ha pasado otro año. Y Noviembre ha vuelto a pillarme desprevenida…

Y todas las bicis son Ámsterdam.

Y Ámsterdam eres tú.

(más…)