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A veces era fácil olvidarlo.

Sol, frío y un montón de tenderetes a medio montar. A lo lejos un par de perros, desconocidos para mí, pasean junto a sus dueños. Imagino que si viniera más a menudo me sonaría alguna cara. Pero hace demasiado que no es así.

Cuando Brow era cachorro era diferente. Aún cuando no me sobraba el tiempo, me gustaba llevarlo al parque, verlo corretear y jugar con otros perros. De pararme a hablar con cualquiera que se acercara, acabé por conocer los nombres de todos los habituales, chuchos y dueños, y las historias de cada uno. Luego Brow creció y creció y los dueños de perros pequeños empezaron a evitarlo. Y nosotros a ellos.

parque diciembre-001Así fue como acabamos pasándonos el parque de los perros, que pese al nombre no es más que un parque normal con una esquina vallada y arena en el suelo, para que los perros puedan levantar nubes de polvo cuando corren. Lo mejor, obviamente, está fuera. Fuera sí hay zonas con césped, setos, árboles y hasta columpios para los niños. También hay algunas fuentes en las que los perros chapotean en verano, cuando el calor es asfixiante, aunque ahora suelen estar limpias e, imagino, heladas.

A lo lejos veo a I., la única persona del primer parque con la que mantengo contacto, aunque sea a través de Nacho. Siempre que lo ve le pregunta por mí y le dice que a ver si la llamo y quedamos a tomar un té. Ella es viuda, yo la mujer del marinero. Imagino que por eso nos entendemos.

La saludo con la mano aunque es Luna, su galga, la que nos ve primero. Más tarde, mientras Brow y ella se pegan unas carreras a nuestro alrededor, I. y yo nos ponemos al día. Como de costumbre hablamos de dolencias varias, que se note la edad, de lo que haremos estas vacaciones, de nuestros respectivos bichos. Luego nos despedimos y prometemos hacer por quedar antes de que acabe el año, aunque eso mismo dijimos cuando terminé la carrera y mira.

Sola de nuevo, con Brow ya atado, me acerco a echar un vistazo a las obras expuestas. No hay nada que me llame especialmente la atención y hace un rato que no siento los pies bajo las botas, pero la idea de meterme en casa me echa para atrás…

De pie frente a un puñado de oleos de paisajes y desnudos de mujeres, acaricio a Brow y pienso en lo que le he dicho a I. hace un momento. Que no termino de hacerme a él. Que aunque lo quiero mucho, no lo siento mío. Que mi perra era Wilma y que él es el perro de Nacho. Su perro, su piso, su coche. A veces hablar ayuda. Otras, como en esta ocasión, sólo te hacen sentir peor.

Mientras espero junto al semáforo me doy cuenta de que de las farolas cuelgan apagadas las luces de navidad. Más tarde o más temprano diciembre tenía que llegar…

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Wilma, 20 agosto 97 / 21 junio 13Como le decía hoy a mi profe, no importa cuántas veces haya pasado por esto. Como no importa la certeza de estar haciendo lo que es mejor para ti.

Llevarte en brazos a la clínica veterinaria por última vez sabiendo que cuando vuelva a casa lo haré sin ti va a ser mi esquina doblada de este año.

Aun así intentaré no recordarte como estas últimas semanas, dando vueltas sin rumbo por el salón con la cabeza gacha y la lengua fuera, como los toros antes de que los terminen de torturar.

Te recordaré en el césped de nuestra casa de Gelves, con todos aquellos pensamientos al fondo; o esperándome en la alfombrilla al salir de la ducha cuando aún podías seguirme a todas partes sin caerte; o pegando carreras como una loca el día que te sacamos de la perrera.

Te voy a echar tanto, tanto de menos, mi niña… Te he querido tanto.

Gracias por estos 16 años siendo mi sombra.

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Que conste que lo he intentado, pero no hay manera. No me apetece una mierda escribir. Ni sobre nuestra nueva mudanza, ni sobre este nuevo (y último, espero) curso, ni sobre las nuevas (viejas) amistades, ni sobre todo lo que me está sobrando últimamente…

Aun así, tener todas estas fotillos de Brownie (aquella bolita color chocolate que os presenté allá por mayo) y Salvú y no chulear compartirlas me parecía feo 😎

Y de regalo, esta bonita coplilla. Si queréis saber de qué va, ya sabéis

I don’t need to get steady
I know just how I feel
Telling you to be ready
My dear

Ea, y ahora voy a seguir perdiendo el tiempo haciendo trabajitos estúpidos de esos que no sirven pa’ná.

Ya queda menos…

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“Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla.” (Milan Kundera, La insoportable levedad del ser).

Sueño con Bleda. Ella y Yago tienen cinco meses y  juegan y se pelean en el sofá de nuestro primer piso mientras tú trasteas en la cocina. Bleda está tan bonita… me dan ganas de apretujarla. Yago es una pantera a escala. Te digo algo y te giras para contestarme, pero tú no eres tú, sino Nacho.

Me despiertan los zarpazos de Brownie contra la caja. Bleda está muerta y Yago es un esqueleto viviente. Miro el móvil. Las 2.05. Me levanto y le preparo el bibi. 50 ml de leche templada, 3 cacitos cortos de leche en polvo, 3 gotitas de aerored… lo muevo todo con una cucharita hasta que se disuelve el último grumo y vuelvo a la cama. Estoy zombie, pero darle el biberón se ha convertido en un gesto tan mecánico que puedo hacerlo incluso dormida. Cuando lo cojo para enchufárselo se me mea encima y de paso en la cama. Perfecto. Se clava a mi brazo con sus garritas como espinas y se lo acaba en menos tiempo del que he tardado en prepararlo. Le doy golpecitos para que eructe y lo devuelvo a su caja. Me quito la camiseta, pongo una toalla sobre la sábana mojada y apago la luz. De la caja salen gemidos pequeñitos y lastimeros. Alargo el brazo y busco su barriguita. La acaricio hasta que uno de los dos se queda frito.

Sueño que estoy en una ambulancia. Oigo a los enfermeros. Hablan de mí como si yo no estuviera delante. Dicen que estoy muerta, que habrá que decírselo a la familia. Quiero gritarles que no tienen ni puta idea, pero no puedo. Me sacan de la ambulancia y Paula y tú estáis allí. Me tranquiliza verte. Aclararás las cosas y nos iremos a casa. Cuando te dan la noticia les dices que tú no eres mi marido. Paula te mira y te pregunta qué hay hoy para comer.

Me despierto con la espalda dolorida y ganas de llorar. Hace 4 años me preguntaste si seguía enamorada de ti y  yo me quedé mirándote sin saber qué contestar. Ahora duermo sola una semana sí y una no. Abro la caja y veo a Brownie agitar las patitas en sueños. Qué grande está… Cuando Nacho vuelva no lo va a conocer. Tumbada boca arriba imagino que Nacho vuelve y es a mí a quien no reconoce.

Las 6.30. Brownie sigue frito. Yo sin embargo no me he vuelto a dormir. Me quedo embobada mirándolo… tan confiado, tan dependiente. De aquí a una semana estará persiguiéndome por toda la casa.  Justo lo que necesitaba, otro perro que me ladre.

Espero a que den las 7 y me arrastro fuera de la cama. Cojo una camiseta limpia del cajón y me la pongo camino de la cocina. Enciendo la cafetera y me tumbo en el sofá. Menos de dos semanas para los exámenes. Debería ponerme a estudiar. Debería hacer tantas cosas…

(…)

Hoy Brownie cumple un mes. Los bibis se han convertido en papillas y mi brazo en algo mordisqueable desde que le han salido los dientes. Definitivamente no es un galgo. Un pastor, quizá. En cualquier caso el Escocés tenía razón y la acogida inicial se ha convertido en definitiva. Complicarme la vida, mi especialidad.

Es tarde y estoy sola. Me apetece escribir, aunque no debería. Mañana tengo examen y no me sé ni la mitad. Estudia, me digo. Por no escucharme, decido llevarme los apuntes a la cama. Brownie y Wilma me siguen. Salvo no. Está celoso y enfadado y ha decidido castigarme durmiendo en el cuarto de Paula.

Tumbada boca arriba abro mi cuaderno verde. Tengo cafeína en el cuerpo como para pasar 3 noches despierta. El caso es que sólo tengo una. Paso las páginas sin mucha convicción. Me distraigo pensando si mi letra habrá cambiado mucho.

Finalmente me rindo ante lo que quiero. Enciendo el portátil. Releo lo que escribí hace ya dos semanas y me parece que hayan pasado dos meses. Abro mi correo y pienso en las casualidades. En lo que tratan de decirme.

Parece que alguien sí guardaba mis cartas después de todo.