Mi cocina, para que os hagáis una idea, es como la de un piso de estudiantes. Electrodomésticos baratos, muebles blancos de melamina, encimera de conglomerado forrada de plastiquillo (imitación de granito), hornillo de gas. No es especialmente pequeña, pero sí mal distribuida, con lo que más de 3 personas o se organizan y se restriegan en condiciones, o se estorban. Tampoco es especialmente oscura, pero cuando se va el sol, las luces parece que estén puestas a mala idea para que te hagas sombra y te rebanes un dedo a poco que te descuides cortando cebolla.

El que caso es que antes todo eso me la pelaba bastante. Porque cuando lo único para lo que pisas la cocina es para cocer pasta, poner cosas al horno (qué horno más malo, pordiosbendito) y coger la publicidad que guardas en el segundo cajón para pedir comida a domicilio, que sea más o menos espaciosa, más o menos luminosa, no es algo que te quite el sueño.

Entonces me fui a Bolonia con Nacho. Y estando allí decidí que aquel era un lugar perfecto para despedirme del queso. Y de los helados. Así que me puse hasta el ojete de quesos. Y de helados. Y de limoncello, que no entraba en mis planes dejar, pero algo había que beber. Y aunque a nuestra vuelta a casa algún paso atrás di, especialmente en momentos de mucho estrés, hubo un día en el que supe que no iba a comer más lácteos (voluntariamente al menos) en mi vida. Ni más huevos. Lo que suponía renunciar no sólo al parmesano, pecorino, gorgonzola, gouda, ricota y mozzarella, también a las tortillas de patata de mi madre, que antes eran mi refuerzo positivo cada vez que venían a verme. Y a mojar la yema (porque yo nunca me he comido la clara) de los huevos fritos; fritos por mi padre, que es la persona que mejor fríe los huevos del mundo, con la yema líquida y la clara cuajadita, pa’que no se mezcle, y con los bordes como el volante de un traje de gitana.

Y empezó el después. Y me puse a bichear. A buscar recetas en blogs veganos. Y a comprar harinas raras y sales de colores y especias de las que no había oído hablar en mi vida. Y mis baldas empezaron a llenarse de botes de cristal con semillas, cereales y legumbres. Y el Escocés me regaló una tabla de mármol preciosísima y enorme que me encanta, porque es como tener una encimera buena, o un trocito de ella. Y me regaló también un molinillo de pimienta de los caros, de esos que tienen distintas posiciones y te duran toda la vida, como los matrimonios de antes. Y yo, que nunca voy sobrá de dinero, me fui comprando cosillas sueltas. Un juego de cucharillas para medir. Un molde para hamburguesas. Uno para hacer bizcochos. Sartenes. Ollas. Libros… libros maravillosos con fotos de esas que dan ganas de lamer la página. Y descubrí que aunque soy capaz de acumular 3 jerseys, 2 camisetas y unos vaqueros encima de la bici estática y verlos ahí dos semanas sin echarlos de más, en la cocina soy incapaz de ver los fuegos sucios o de tener cosas por medio. Y aunque aún no tengo mucho repertorio, y aunque tengo muchísimo que aprender y muchísimo en qué invertir (porque esto es como el amor, depende de lo que te quieras gastar), hay dos o tres cosillas que me salen bien. Lo suficientemente bien como para que yo lo diga, que en esto (también), soy hija de mi padre y cada vez que me dicen que algo está bueno voy yo y le busco una pega. Pero a la tortilla no. La tortilla me sale perfecta, aunque esté feo que yo lo diga. Y no sólo de pinta, que eso no es mérito mío, sino de la sartén doble que me regaló mi madre por mi cumple y que es a las tortillas lo que el wonderbra al escote. Pero que de pinta al final es lo de menos. Que lo importante es el interior, eso lo sabe todo el mundo. En las tortillas y en las personas, si las vas a invitar a desayunar a la mañana siguiente. Y el interior, en esta tortilla al menos, está que te mueres. Y ya si le echas Calabizo, que es un chorizo vegetal hecho a base de calabaza, sale pa’dejarle un lado de tu armario y hacerle una copia de las llaves de tu casa. No es broma.

Y como la receta no la puedo linkear, porque es una mezcla de muchas otras, como la plastilina marrón, y de mucho ensayo y error, eso también, he decidido que la voy a dejar por aquí. Ya otro día me paso y escribo sobre el Escocés, que en febrero por poco se me muere y en abril, después de 8 años de celibato -o similar- se me ha echado novia. Y sobre Paula, que con 13 años recién cumplidos se ha ido una semana a Italia; y yo con 12 aún creía en los reyes, lo que son las cosas…. Y sobre el capítulo de un libro de Trabajo Social que me han encargado escribir y que, de hecho he escrito, y que me tiene con el subidón. Y sobre otras cosillas menos importantes, como esos tíos que son como trailers buenos de una peli mala. O sobre por qué odio los ebooks y por qué, en cambio, me ponen tantísimo los hombres con barba que leen a Faulkner en papel y ya puedes tú estar en bragas delante de ellos que no levantan la vista del libro hasta que no acaban el capítulo. Esos hombres….

De momento, la receta de la tortilla.

Tortilla de patatas vegana (para 2 o 4 personas, depende del hambre y las ansias).

 

Ingredientes:

tortillaca

Tortilla de papas con cebolla

  • 5 ó 6 patatas medianas
  • 1 ó 2 cebollas medianas (si sois de “tortilla sin cebolla”, hacéoslo mirar)
  • aceite (yo para freír uso aceite de semillas, aunque si fuera rica usaría de girasol, de esos sin refinar)
  • sal normal (al gusto)
  • 1 cucharadita con copete de sal negra
  • 1/2 cucharadita de cúrcuma
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • 125 ml de leche de soja sin azucarar (yo compro la de marca Yosoy, que la venden en Mercadona)
  • tortilla calabizo

    Tortilla de papas con Calabizo

    125 ml de agua mineral

  • 50 gr de harina de garbanzo
  • 40 gr de harina de maíz
  • pimienta
  • perejil
  • Calabizo (opcional).

Preparación:

Primero cortas las patatas y las cebollas (yo lo hago en cuadraditos muy pequeños) y las fríes, por tandas, a fuego lento, que se cuezan literalmente en aceite (sí, de régimen no es).  Quedan empapuchás, que decimos en mi pueblo. Cuando las saques, salas y reservas.

Para hacer el “no huevo”, mezclas el resto de ingredientes (leche de soja, agua, vinagre de manzana, harinas de garbanzos y maíz, cúrcuma, sal negra, sal, pimienta y perejil). Yo recomiendo batir a mano con varilla para que no queden grumos. La sal negra es la que le da el sabor a huevo, el vinagre de manzana mata el sabor a garbanzos y la cúrcuma le da el color.

Luego mezclas el “no huevo” con las patatas y la cebolla que habías reservado, lo vuelcas todo en la sartén wonderbra (la mía es de 20 cm. de diámetro), previamente engrasada con una gotita de aceite por cada lado y caliente, y haces la tortilla como to la vida de dios.

 

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– ¿Nunca tuviste problemas? / – Unos cuantos, por suerte…

(Un lugar en el mundo).

Era cuestión de tiempo que volviera a pasar, supongo. Si no hubiera sido ahora habría sido dentro de 40 años, y se ve que, como cigarra que soy, no he podido dejarlo para más adelante 8)

Pero no, no voy a negar que sea una mierda, ni a decir que me trae sin cuidado. La verdad es que no quiero volver a quedarme calva… y cada vez que me ducho o que me cepillo el pelo y recojo un manojo del tamaño de la palma de mi mano, tengo que esforzarme un poco más que la anterior para no echarme a llorar.

Hasta ayer. Ayer, mientras navegaba buscando una pócima mágica que hiciera que mi pelo dejara de caerse, encontré el blog de una chica peruana que, como yo, tiene lupus; sólo que a ella hace apenas 4 meses que se lo diagnosticaron.

Leerla ha sido como hacer un repaso a los 3 peores años de mi vida: tratamientos, dolores, alopecia… aunque lo que más familiar me ha resultado ha sido la desorientación de esos primeros meses, el saber que tu vida nunca será la misma sin hacerte aún una idea de hasta qué punto. Y por supuesto, el tema del sol…

Entonces me di cuenta de que, de todos los síntomas que podría tener, hoy por hoy lo único que tengo es un puñado de pelos en el baño. Y ya que hay cambios sobre los que al parecer no tengo ni voz ni voto, decidí cambiar aquello que sí estaba en mi mano: el chip.

Para hacerlo dejé a un lado la búsqueda de pócimas mágicas y me puse a mirar fotos de pelos cortitos.

No sé cuántas vi, pero fueron muchísimas, y con muchísimas quiero decir cientos. En ellas, las modelos eran guapísimas, tenían buen color de piel y sonreían a la cámara, así que además de hacer un esfuerzo por convencerme de que iba a hacerlo porque quería, tenía que echarle (mucha) imaginación y verme a mí misma en cada una de esas fotos…

(…)

Y aunque las peluquerías son sitios que detesto, con sus charlas vacías y sus inevitables espejos, hoy, al sentarme frente a uno de ellos y darle a la peluquera la foto que llevaba conmigo…

Seguro que lo quieres así de corto? Esto no es media melena, eh, esto es cortito-cortito…

Seguro.

me ha salido una sonrisa enorme.

Vaya cambio de look que te vas a meter, no?

Eso parece, sí…

Luego, mientras mi pelo caía al suelo, por seguir con el guión de lo establecido en estas fechas, hemos hablado de las vacaciones.

Pues yo en cuanto salga de aquí tiro pa’la playa… tú también vas los fines de semana?

No. A mí no puede darme el sol.

Ah… y no te vas a ninguna parte?

En septiembre, a Brujas.

Eso está en Amsterdam, no?

Mmm… casi… en Bélgica, pero Amsterdam está muy cerquita.

Ah…

Bueno, cómo te ves?

Muy bienmiento– Muchas gracias.

(…)

La verdad es que, aunque no dejo de repetirme a mí misma que sólo es pelo y a pesar que he perdido cosas infinitamente más importantes en lo que va de año, de lo único que tengo ganas ahora mismo es de llorar…

En vez de eso, he abierto mi netbook y me he puesto a escribir.

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Recuerdo que aquel 21 de Marzo estuve a punto de perder el tren que debía llevarme a Madrid. Yo, que siempre llego con media hora de antelación a todas partes.

Quizá por eso a veces me sorprendo imaginando cómo sería hoy mi vida si lo hubiese perdido. Si hubieses cogido aquel avión a Roma tú solo y yo no me hubiese quedado dormida con la cabeza apoyada en tu hombro. Si no hubiese estado en Pisa aquella mañana para abrazarte cuando lo necesitabas. Si no nos hubiésemos pasado las noches en vela, oyendo la respiración del otro y mirándonos a los ojos sin decir una palabra. Si no hubiese probado el vino y visto la nieve por primera vez estando a tu lado. Si no nos hubiésemos emborrachado aquella noche en Siena y yo no me hubiese dado cuenta de cuánto te iba a echar de menos cuando volviera a casa. Si no me hubiese atrevido a besarte aquella última noche en Roma. Si no te hubiese abierto mi corazón. Si tú no te hubieses atrevido a entrar.

Pero corrí, corrí con todas mis ganas, con mis botas de tacón y mi maleta y la bolsa con la cámara y el billete en la mano. Y en el último minuto subí a aquel tren que me llevaría hasta ti.


Esta semana le tocaba a Crariza proponer tema, y dijo: Bueno, el tema para la próxima semana: “Una experiencia que cambió mi vida”.

A mí pocas cosas me han cambiado tanto la vida como aquel viaje a Italia, en Marzo del año pasado, así que…

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SIETE DÍAS.

Lunes. Suena el despertador. Jose entra en la ducha. Tengo diez minutos. Preparo el Cola-Cao de los niños. Les despierto y me aseguro de dejarlos desayunando. Mi turno. El baño lleno de vapor. El pisa-pies mojado. Me meto en la ducha. Mientras me enjabono pienso en la reunión de las 10. Llevo meses preparando esta presentación. Hoy es el día.

Martes. Suena el despertador. Jose entra en la ducha. No sé cuánto hace que no nos duchamos juntos. Dani no quiere levantarse. Le pido a Jose que se encargue de él. Hoy llegaremos tarde. Me meto en la ducha. Repaso mi presentación de ayer. Creo que les gustó bastante. Me doy cuenta de que Jose ni siquiera me preguntó cómo me había ido.

Miércoles. Suena el despertador. Jose entra en la ducha. Le pregunto si quiere que nos duchemos juntos. Me pone una excusa estúpida. Hace más de un mes que no nos acostamos. Dejo que mis pies me arrastren hasta la cocina. Compruebo que se han acabado los cereales. Me meto en la ducha. En mi cabeza hago una lista de todas las cosas que se han acabado últimamente.

Jueves. Suena el despertador. Jose ya se ha levantado. Ha preparado el desayuno de los niños. Me dice que esta noche llegará tarde. Me meto en la ducha. Es la tercera cena de trabajo en lo que va de mes. Cuando salgo ya se ha ido. Raúl y Dani se pelean por el regalo que viene en la caja de Kellogg’s. Les pego dos gritos y me echo a llorar.

Viernes. Suena el despertador. No sé a qué hora llegó Jose anoche. Tampoco tengo claro que me importe. Lo dejo en la cama y me meto en la ducha. Hoy se sabrá a quién van a darle el puesto. En la cocina, Dani y Raúl me han preparado el desayuno. Zumo de bote y galletas. Dani me regala su Pokemon de la suerte. Lo meto en el bolso. Nunca se sabe.

Sábado. Anoche no pegué ojo. Tengo una semana para darles una respuesta. Jose ronca a mi lado. Aún no se lo he contado. No recuerdo cuándo dejamos de tomar decisiones juntos. Lo miro e intento ver en él al hombre del que me enamoré, pero sólo veo al padre de mis hijos. Me doy una ducha de una hora. Necesito pensar.

Domingo. Me despierta el silencio. Los niños se han quedado a dormir en casa de sus primos. Voy a la cocina y pongo café. Jose aparece cuando ya está hecho. Hay cosas que no cambian. Me mira y me pregunta si nos damos una ducha. Y me doy cuenta de que no necesito una semana. Ya tengo mi respuesta. Me he acostumbrado a ducharme sola.


HORAS EXTRA.


Apenas tuvo tiempo de levantar la tapa. Parte del vómito cayó fuera, salpicándolo todo y parte fue a parar a su pelo. Se levantó como pudo y se enjuagó la boca aguantando las arcadas. Al levantar la cabeza, el espejo le confirmó que aquello estaba pasando: el rímel corrido, el pelo manchado, el tirante de la camiseta roto. Apartó los ojos de aquella desconocida y abrió el armarito. Si había algo que no soportaba era acostarse con la cara sucia. Sacó el paquete de discos desmaquillantes y la leche limpiadora y comenzó a restregarse la piel. Fue al ir a sacar uno más cuando se dio cuenta de que había gastado el último que quedaba. Tiró al water los algodones usados, limpió por encima el vómito de la taza y se sentó. Con la mano derecha buscó inútilmente el cordón de su támpax. Hacía más de una hora que no lo llevaba. Sólo entonces se atrevió a mirar. Comprobó que las medias habían desaparecido junto con el tanga y que la cremallera de la minifalda estaba rota. Tenía la cara interna de los muslos llenas de sangre. La mayor parte debía ser de la regla. Se levantó sin limpiarse y comenzó a desnudarse despacio. Conforme se la quitaba, fue metiendo la ropa en el cesto de la ropa sucia. Abrió el grifo del agua caliente. Entonces reparó en el móvil. Quizá aún estuviera a tiempo. Casi sin querer, respondió mentalmente a las preguntas que sabía que le harían. Sí, había ido allí por propia voluntad. Sí, había bebido. Mucho. Sí, puede que fuera ella la que hubiera dado el primer paso. Descartó la idea. Se metió en la ducha y cerró la mampara, dejando que el agua se lo llevase todo. El miedo, la impotencia, el semen, la vergüenza, la rabia, la sangre…

Aún quedaban tres horas para entrar a trabajar. Alguna más hasta que en el bufete alguien echara de menos a su jefe.


Esta semana le tocaba elegir tema al reaparecido Sr. K. Y ésta ha sido su propuesta:“Una cosa fácil.

Teniendo en cuenta que no me he duchado mucho en Nepal, el tema de esta semana es: Una ducha.

Dejo a consideración del respetable que sea de agua fría…”

 

Fácil, no sé. Yo he escrito estos dos y aquí se quedan..

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Hace poco, a raíz de un comentario en uno de mis relatos, me di cuenta de que desde que me apunté al Club de los Jueves había dejado a un lado cualquier amago de escribir sobre mi vida. Y no es que no me pase nada últimamente. Quizá se trate de todo lo contrario, que mi vida es tan distinta a la que era hace un año, que no sé ni por dónde empezar.

Por ejemplo, el verano pasado Chema era mi pareja y mi mejor amigo. Ahora mi pareja es Nacho. Y Chema, ‘Danny’. Y eso descoloca y mucho. Descoloca porque cuando cambian las personas, lo hacen las actitudes, inevitablemente. Descoloca porque las palabras se vuelven afiladas cuando se usan para sacar a la luz cosas que ya no pueden cambiarse. Descoloca el tono cuando no es al que estás acostumbrada. Descoloca necesitar a alguien sabiendo que el sentimiento no es mutuo.

Y entiendo que todos esos cambios que tanto me descolocan formen parte de una adaptación que yo he provocado. Que no puedo pretender que las cosas sólo cambien según me convengan. Pero saberlo no lo hace más fácil.

Este verano lo he pasado a caballo entre Madrid -abusando de la hospitalidad de los amigos- y Sevilla -entre mi antigua y mi nueva casa-. Y a ratos ha sido como ver mi vida desde fuera. Mi vida sin mí. Y me he dado cuenta de muchas cosas, algunas que realmente me hacía falta entender, y otras que simplemente duelen.

Me he dado cuenta de que soy capaz de dormir sola.
Me he dado cuenta de que ir al cine acompañada no está tan mal (incluso si la peli es francesa).
Me he dado cuenta de que, a efectos prácticos, mi hermano es hijo único.
Me he dado cuenta de que echo más de menos a mis gatos que a muchas personas. Y que me da igual.
Me he dado cuenta de lo fácil que es perdonar cuando ya no duele. Y de lo difícil que es perdonarse cuando no hay nada que salvar.

Hace un par de noches un amigo me dijo algo sobre lo que he pensado mucho últimamente:

‘Eres demasiado transparente y la gente se folla la transparencia’.

Sé que tiene razón. Lo malo es que saberlo no sirve de nada cuando se trata de algo que no puedes evitar. Y así me va, porque hay personas con las que, por más que lo intente, no puedo ser de otra manera. No puedo guardarme nada. Y me siento completamente expuesta. Y estúpida. Y débil. Y es una mierda sentirse así.

Por eso he pensado que, de momento, puede que lo que necesite sea conseguir que las cosas me importen menos. Porque alguien no te falla (con a) si no esperas nada de él. Por otro lado, no sé si alguien de quien no esperas nada puede ser realmente un buen amigo.

Al final Gunilla va a tener razón: “Los amigos de verdad son los que se van de fiesta contigo, no los que vienen a contarte sus problemas…”

Supongo que yo también necesito adaptarme.

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Escrito por: Bloody el 21 Jul 2008.

Hasta el viernes pasado, siempre había pensado que nunca jugaría al mus. Por un lado, porque no tenía ningún interés en aprender y por otro, porque puedo ser muy cabezota cuando me pongo.

Así, cada vez que Chema trataba de convencerme para que le dejara enseñarme, yo, amablemente, le explicaba que antes preferiría aprender japonés. Tampoco iba a servirme para nada, pero al menos podría vacilar.

Pero las cosas cambian (si lo sabré yo…). Y este viernes jugué mi primera partida. Me explicaron en qué consistía cada jugada… varias veces (pensándolo bien, el japonés no puede ser mucho más complicado). Primero jugamos con las cartas boca arriba. Luego lo hicimos sin enseñar las cartas, pero cada uno con las suyas. Y por último, por parejas. 5 juegos. A 40 puntos. Por supuesto, perdimos.

Y es que el mus no es sólo un juego de azar. En el mus, como en cualquier otro juego de cartas, es importante tener suerte. Y yo tengo. Y mucha. Pero la suerte no lo es todo. Según me explicaron, en el mus lo más importante es saber mentir. Mentir con las miradas, con los gestos, incluso con las palabras. Mentir con todo excepto con las señas que envías a tu compañero. En ese caso mentir no está permitido. Supongo que tiene sentido, si uno lo piensa.

(…)

Esa misma noche salí. C&C (cena y cine, pa’los no leídos). Cenar cené poco, media ensalada de gulas, pero sin gulas (soy así de original, qué le voy a hacer). Pero con todo y con eso, mereció la pena haber ido. Porque a veces lo menos importante de una cena es la comida. Y allí sentada, mientras removía los linguini con el tenedor sin ninguna intención de llevármelos a la boca, me di cuenta de muchas cosas. Entre otras, de que a veces las palabras que más duelen son las que no se dicen. O de que hay miradas que es mejor evitar. O de que había olvidado meter Kleenex en el bolso.

Y me vino a la cabeza la partida de por la tarde. Y en ese momento fui consciente de la desventaja con la que había estado jugando. Y me di cuenta de lo equivocada que había estado al pensar que el mus no servía para nada. Y me arrepentí por todas las veces que me negué en redondo a aprender a jugar.

Debería haberlo hecho. Ahora lo sé.

Aunque pensándolo bien, nunca es tarde… O eso dicen, no?

(…)

En otro orden de cosas, la peli no estuvo mal.

‘I suggest’ / Marlango.

‘I suggest’ / Marlango.

I suggest you take time from your war
Don’t make prisoners, just kill me straight off
You don’t even see I don’t want to fight
But don’t wait for me to strike back.

Te sugiero que te tomes tu tiempo para tu guerra.
No hagas prisioneros, sólo mátame rápido.
Ni siquiera te das cuenta de que no quiero luchar.
Así que no esperes que contrataque.

This wound is too big to cover
I’m sure I drown in the void
Of the days you left behind
Of the games you left without rules
Of all of the nights that now pile up
In the space you left behind.

Esta herida es demasiado grande para taparla
Estoy segura de que me ahogaré en el vacío
De los días que dejaste atrás
De los juegos que dejaste sin reglas
De todas las noches que ahora amontonan
En el espacio que dejaste a tus espaldas.

And in your absence, my senses
Turn fearful, turn quick
They see everything, anything, too much, not enough
Not enough

Y en tu ausencia, mis sentidos
Se vuelven temerosos, se agudizan
Lo ven todo, cualquier cosa, demasiado, pero no suficiente
No suficiente

And in your absence, my senses
Turn fearful, turn quick
They see everything, anything, too much, not enough.

En tu ausencia, mis sentidos
Se vuelven temerosos, se agudizan
Lo ven todo, cualquier cosa, demasiado, pero no suficiente.

I suggest you come back to this cemetery
I pile up all the bones you broke in me
Bring a flower and sweep all the ashes
Take the frames that still hang from the wall

Te sugiero que regreses a este cementerio
Donde he apilado todo lo que rompiste dentro de mí
Trae una flor y barre las cenizas
Llévate los cuadros que aún cuelgan de las paredes.

And in your absence, my senses
Turn fearful, turn quick
They see everything, anything, too much, not enough
Not enough

Y en tu ausencia, mis sentidos
Se vuelven temerosos, se agudizan
Lo ven todo, cualquier cosa, demasiado, pero no suficiente
No suficiente

(*) Más traducciones pinchando aquí.

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Escrito por: Bloody el 14 Jul 2008.

Una de las pocas cosas que echo de menos de mi primera casa es el patio. Era pequeño, tan sólo 50 metros cuadrados, con muros blancos que lo separaban de los patios vecinos. Y en cada muro, una trepadora distinta.

El muro de la derecha estaba completamente tapizado por un jazmín que plantamos nada más mudarnos y que había que podar cada otoño. Por esas fechas se volvía tan salvaje que cuando llovía el peso del agua hacía que se doblara como los juncos. Me encantaba salir al patio por las mañanas y encontrar la mitad del césped nevado de pequeñas flores blancas. Y el olor a jazmín que lo inundaba todo en las noches de verano, cuando me quedaba horas mirando las estrellas echada en la tumbona.

El muro de la izquierda estaba cubierto por una (falsa) parra. Cuando la sembramos apenas me llegaba a las rodillas, pero en un año había extendido sus ramas duras y flexibles, enredando sus anillos donde podía y dejando claro de quién era aquel muro. En otoño se vestía de rojo, para luego quedarse sólo con sus ramas desnudas durante todo el invierno, y rebrotar con fuerza en primavera. Y cuando lo hacía, era increíble y precioso. Pocas veces he tenido una planta tan fuerte como aquella…

Lo cierto es que si hago memoria creo que recordaría todas y cada una de las plantas que he sembrado: el romero, el tomillo, el orégano, la albahaca, los guisantes, los pensamientos, los kalanchoes, el papiro, los geranios…

Aunque mi favorita era el pimentero enano, con sus flores blancas y sus frutos amarillos, anaranjados y, por último, rojos. Era como un árbol en miniatura, con su tronco leñoso de 6 años. El verano que se secó, la dejé en la maceta, porque me daba pena tirarla. Luego llegó mi madre y lo hizo por mí, sin preguntar. Y es que así es ella. Siempre dispuesta a deshacerse por ti de lo que ella considera inútil, sin contemplaciones. Lo quieras tú o no. Después puedes enfadarte, que con un “yo que sabía…” se quita cualquier muerto de encima.

Me encantan las plantas, sobre todo las que siembro yo misma. Me gusta ver cómo la tierra comienza a levantarse, cómo asoma el primer brote, cómo busca la luz, cómo crece cuando empieza a hacer calor. Me gusta ver cómo una pequeña semilla se convierte en algo tan fuerte y tan desprotegido a la vez como una planta…

(…)

La otra cosa que echo de menos de mi antigua casa, sobre todo en esta época, son los gorriones. Solían anidar en la salida de aire de nuestro cuarto de baño, y era bastante frecuente que algún pollo se cayera a la rejilla que había justo encima de nuestra bañera. En ese caso tenías dos opciones: dejarlo piar hasta que se callara, o quitar la rejilla, recogerlo y criarlo.

Con el tiempo, he ido perfeccionando mi técnica por el método de ensayo y error, y he sacado adelante a no pocos polluelos: una manopla de horno (para los que aún no tienen plumas), palillos romos, papillas, huevo duro, alpiste pelado y mucha mucha paciencia.

Me encantan los gorriones. Me gusta cuando acaban de salir del huevo, y apenas se sostienen derechos. Me gusta cuando empiezan a crecer y el cuerpo se les llena de cánulas de las que les saldrán las plumas, y los ojos se les van abriendo poco a poco y el pico se les va formando hasta que les desaparecen las boqueras. Me gusta cuando me ven acercarme y comienzan a piar pidiendo comida. Me encanta verlos aletear por primera vez, cuando descubren, supongo, que pueden volar. Y me encanta que me reconozcan y que vengan volando hasta mi hombro.

Luego, cuando les has cogido cariño, llega el momento de soltarlos, y sólo te queda confiar en que tengan suerte…

Al mudarnos a mi antiguo piso, tuve que renunciar a las dos cosas. El Nota se come cualquier planta que dejes a su alcance. No quiero ni imaginar lo que haría con un gorrión en casa.

(…)

Hace unos días vinieron a arreglar el calentador de nuestro nuevo piso. Se apagaba cada vez que te metías en la ducha. Al comprobar que todo lo demás funcionaba correctamente, dijeron que el problema podía ser una obstrucción en la salida de aire. Y efectivamente había una obstrucción. Se ve que el calentador hacía años que no se usaba, así que los gorriones habían anidado en el tubo durante unas cuantas primaveras. Había restos de unos 5 nidos y en el último, unos cuantos polluelos muertos, probablemente asados (literalmente) al encender nosotros el calentador.

Cuando llegan estas fechas no puedo evitar acordarme de todos los gorriones que he criado. Y al meter en una bolsa de basura el nido con los polluelos muertos me di cuenta de cuánto lo echaba de menos.

Quizá para compensar, esa misma tarde -aprovechando que El Nota se ha quedado a vivir con Chema- compramos esta preciosa gardenia, con sus hojas oscuras y brillantes, cuajada de capullos que en unos días se han ido abriendo poco a poco dando flores blancas y dulces.

Espero que se adapte bien a su nueva casa. La luz es perfecta y no hace demasiado calor, aunque eso no garantiza nada.

Habrá que esperar. Todos los cambios llevan su tiempo.