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‘Hay algo entre los lobos y las mujeres. Nos parecemos. Los lobos son tremendamente resistentes (…) deambulan libres y hasta donde quieren. Se atreven a irse cuando hace falta, se pelean y muerden si es necesario. Y están tan vivos. Y son felices’ (Assa Larson).

Gemita, qué haces este jueves?

A. es la única persona del mundo que me llama de ese modo. Si cualquier otro me llamara así, haría como la que oye llover. O lo mandaría a donde fue el pollo, según me diera. Pero A. no es cualquier otro. A. es A. y puede llamarme como le dé la gana.

(…)

La última vez que nos encontramos fue hace casi dos años.
Yo estaba en el Hospital, por una vez no como paciente sino como estudiante en prácticas. Cuando lo vi entrar por la puerta del general dejé a mis compañeros con la palabra en la boca y me lancé a abrazarlo.

Su respuesta por el contrario fue bastante tibia, ofreciéndome la mejilla al ir a darle yo un beso.
Y a pesar de entender por qué lo hizo, su reacción me puso absurdamente triste
y me hizo sentir terriblemente estúpida.
Por ese orden.

(…)

El sitio se llama (…) Entra hasta el fondo y allí estoy, dice tu mensaje.

Antes de salir me miro en los ojos de Nacho. Vas muy guapa, me dice. Pásalo muy bien. Yo no me siento muy guapa. Ni siquiera guapa a secas. Supongo que el hecho de vernos tan de tarde en tarde hace que sienta que tengo que competir con el último recuerdo que guardes de mí. Y, sea cual sea, algo me dice que voy a salir perdiendo.

En contraste con el frío que hace en la calle, el ambiente dentro del local es asfixiante. Me quito el abrigo y me recojo el pelo con la mano. Rodeo grupos grandes y pequeños. Algunos no se dejan rodear y no tengo más remedio que atravesarlos, esquivando copas y miradas que se clavan al pasar. De cuando en cuando me paro y hago un barrido rápido. La música es horrible, pero no estoy aquí por eso. Al fondo, de espaldas a mí y con una copa en la mano, distingo tu nuca, morena bajo un pelo que se ha vuelto completamente blanco. Te rozo el cuello con la yema de uno de mis dedos y espero. Tú te giras y te quedas allí de pie, sonriéndome como si no me esperases. Como si fuese una sorpresa habernos encontrado y no fueras tú quien me hubiera pedido que entrara a buscarte.

Esta vez no te abrazo. Esta vez soy yo la que acerca la cara en vez los labios. Pero está visto que, haga lo que haga, contigo es imposible acertar. Gemita! Me agarras por la cintura y me rozas los labios. Cuánto tiempo, dices. Y me abrazas hundiendo tu cara en mi cuello. Noto las miradas de tus compañeros de trabajo sobre nosotros. ¿No te importa? te susurro al oído. Pero en vez de responderme, empiezas a presentarme. Y raro es el nombre que no me suene. La de veces que me habrás avisado con un gesto para que no hiciera ruido mientras atendías sus llamadas desde el manos libres. Vamos al concierto de Marlango, aclaras mientras nos despedimos. Al concierto… repiten algunos. Puntos suspensivos incluidos.

Atravieso los mismos grupos en sentido contrario, sin preocuparme esta vez de no molestar. Mis botas son altas y mi vestido corto. La luz atraviesa la tela mientras camino. Y lo hago despacio, sabiendo que tú vienes detrás.

Fuera el frío aprieta y la noche es oscura como boca de lobo. Fuera tu mano busca la mía. Así es como debería ser, pienso. Pero no lo es. Es la calle desierta, las copas que te has tomado y la certeza de que yo no retiraré mi mano. Es tu ¿dónde vamos? mientras esquivamos hoteles y todos los taxis del mundo pasan libres en sentido contrario a la sala Malandar.

Contra todo pronóstico llegamos a tiempo para oír la última de los teloneros. En la sala no cabe un alfiler pero nosotros conseguimos pillar un sitio de puta madre cerca de la puerta, junto a una especie de barra. Un sitio donde dejar tu chaqueta y la mía, y donde un brazo alrededor de la cintura o un beso en el cuello no llamen especialmente la atención.

Entonces alguien a quien conozco, alguien que suele hablar con Nacho siempre que nuestros perros se encuentran en el parque, entra en la sala. Nuestras miradas se cruzan e instintivamente aparto tu mano de mi cintura. No por ti, ni por mí. Ni siquiera por Nacho. Nacho sabe dónde estoy y con quién. Y lo más importante, sabe cómo soy, cómo pienso. Lo hago por él, por E., porque imagino que verme aquí, así, lo coloca en una posición incómoda. Aun así se acerca a saludarme y me pregunta si he venido con alguien. Con un amigo, miento. No os presento. Me limito a intercambiar un par de frases hechas que no invitan a continuar la conversación. Y mientras observo cómo se pierde entre la multitud, te cojo la mano y la devuelvo adonde estaba.

Las canciones se suceden mezclando álbumes antiguos con coplillas del nuevo. De vez en cuando, sin que tú me preguntes, me inclino hacia atrás y te cuento por encima de qué va alguna letra. Procuro no darme la vuelta del todo. Si lo hiciera sé que acabaría mordiéndote la boca bajo el foco rojo que nos alumbra. 

A lo lejos, mi mirada se cruza con la de E. una vez más.

Hueles diferente, susurras a mi cuello más que a mi oído. Y aprovechas tu mano en mi cintura para hacerme girar bajo la luz rojiza. Despacio. En un amago de baile.

Y algo me dice que esta vez es él quien la aparta.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2008/06/marlango-let-the-sky-fall.mp3]

Pd. sólo necesitaba algo más de tiempo. Hola.

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Quién me iba a decir a mí, con la de veces que te he escuchado cantar(me) esta canción al piano y con la de tiempo (dos años ya) que hace que no te oigo hacerlo, que íbamos a acabar escuchándola juntos… y en cuarta fila, como los marqueses 8)

Y ya que está visto que no logro quitarte esa costumbre tan fea que has cogido (me refiero a la de quedar con algún amigo tuyo cada vez que tú y yo tenemos algún concierto pendiente), se me ha ocurrido que no estaría de más que quitaras el enlace a mi blog que tienes en el tuyo, just in case… Eso, o me abro otro, como tú lo veas, Escocés.

A cambio, esta vez te prometo no pasarme el concierto llorando.

PD.- ya sólo nos falta Clapton, que no? 😉

‘She’ / Elvis Costello.

‘She’ / Elvis Costello.

She
May be the face I can’t forget
The trace of pleasure or regret
May be my treasure or the price I have to pay

Ella
Puede ser la cara que no logro olvidar
El rastro del placer o del arrepentimiento
Puede ser mi tesoro o el precio que tengo que pagar.

She
May be the song that summer sings
May be the chill that autumn brings
May be a hundred different things
Within the measure of a day

Ella
Puede ser la canción que canta este verano
Puede ser el frío que trae el otoño
Puede ser cien cosas diferentes
A lo largo de un día

She
May be the beauty or the beast
May be the famine or the feast
May turn each day into a heaven or a hell

Ella
Puede ser la bella o la bestia
Puede ser la escasez o la abundancia
Puede hacer de cada día un paraíso o un infierno

She may be the mirror of my dreams
The smile reflected in a stream
She may not be what she may seem
Inside her shell

Ella puede ser el reflejo de mis sueños
La sonrisa reflejada en un riachuelo
O puede que no sea lo que parece
Dentro de su concha

She
Who always seems so happy in a crowd
Whose eyes can be so private and so proud
No one’s allowed to see them when they cry

Ella
Que siempre parece tan contenta en la multitud
Cuyos ojos pueden ser tan reservados y tan orgullosos
Como para no permitir que nadie los mire cuando lloran

She
May be the love that cannot hope to last
May come to me from shadows of the past
That I’ll remember till the day I die

Ella
Puede ser el amor que no tiene esperanzas de durar
Puede que llegue a mí desde las sombras de un pasado
Que recordaré hasta el día en que me muera

She
May be the reason I survive
The why and wherefore I’m alive
The one I’ll care for through the rough in ready years

Ella
Puede ser la razón para mantenerme con vida
El porqué de que esté vivo
La única a la que cuidaré incluso en los malos tiempos.

Me
I’ll take her laughter and her tears
And make them all my souvenirs
For where she goes I’ve got to be
The meaning of my life is
She
She, oh she

Yo
Me quedaré con su risa y con sus lágrimas
Y de ellas haré todos mis recuerdos
Porque donde ella vaya, tendré que ir yo
Lo que le da sentido a mi vida es
Ella
Ella.

(*) Más traducciones pinchando aquí.

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Escrito por: Bloody el 28 Jul 2008

Hace 3 años A. vino a casa una mañana y me regaló el primer CD de Marlango. No parece un gran regalo, lo sé, no porque fuera de Marlango, sino porque sólo se trataba de una copia pirata. Pero lo era, teniendo en cuenta que A. no es un hombre de grandes (ni pequeños) detalles.

Durante mucho tiempo no pude escuchar a Marlango sin pensar en él. Pero es normal, supongo, cuando se trata de alguien que marca un antes y un después, cuando ha entrado en tu vida porque tú le has abierto la puerta y te la ha desbaratado para siempre, cuando te das cuenta de que de toda esa agua que aseguraste que no beberías ya no queda ni una gota.

Y arrepentirse a toro pasao’ no sirve de mucho cuando sabes que equivocarte ha sido tu elección, desafortunada, pero elección al fin y al cabo. Y es que aprender de tus errores no siempre compensa, y si hay algo que yo he aprendido de los míos es que siempre es demasiado tarde cuando lo único que puedes decir es lo siento.

(…)

El viernes pasado fui a ver a Marlango en directo, muy bien acompañada por cierto, por el Escocés y el hombre de la máscara. Teníamos las entradas desde hacía casi un mes, y un esguince de tobillo no me pareció motivo suficiente como para quedarme en casa…

Claro está, tuve que pasarme el concierto sentada. Dos horitas con el culo en un banco de piedra en el patio de la Diputación, con la pierna estirada y las muletas a los pies. Y no era la única, junto a las mías estaban las de mi compañera de banco, una chica joven que tampoco debió ver la zanja a tiempo.

Dejando a un lado el calor que hacía (no quiero ni imaginar el que debió pasar el grupo sobre el escenario), el buen rollito del teclista (al que Paco no ha bendecido con el sentido del humor), y el hecho de que no hubiera ni siquiera una barra donde comprar algo de beber, el concierto no estuvo nada mal.

Debería empezar aclarando que yo de música no tengo ni puta idea. No distingo instrumentos, ni sé si los bajos están demasiado altos o si sobra o falta una nota en un momento dado. Pero sé lo que me gusta. Y no es que me guste… Me encanta la voz de Leonor Watling. Es dulce sin ser empalagosa, grave sin ser ronca, potente sin hacer alardes… En realidad, me encanta toda ella. Se pasó dos horas sobre el escenario acompañando su voz con un baile un tanto peculiar, se comió (involuntariamente) un mosquito que pasaba por allí, cantó canciones de los 3 discos (algo que es de agradecer), y hasta tradujo algún estribillo para que el público participara, algo que resultó más fácil de decir que de hacer.

El grupo sonaba de puta madre y se notaba que lo estaban pasando bien sobre el escenario. Después de hora y media, cerraron con media hora más de bises, en la que nos regalaron versiones como “Semilla Negra” de Radio Futura, “Blackbird” de los Beatles, o “Vete” de los Amaya.

El post-concierto acabó con cada mochuelo en su olivo. Paula se había quedado con uno de sus titos y Chema se fue a darle el relevo. Nacho y yo alargamos un poco más la noche en el bar de la esquina, donde habíamos quedado con un amigo.

A la mañana siguiente las más de 5 horas de no-reposo de la noche anterior me pasaron factura. Pero mereció la pena. Aunque fuera por darme cuenta de que hay capítulos que por fin, parece, he conseguido cerrar.

‘Vete’ / Marlango.

‘Vete’ / Marlango.

El amor
Es algo bello que estropeas sin darte cuenta
Te di
Mi vida entera, mis besos, y ahora te alejas
Qué quieres de mí?
Qué quieres que yo haga más por ti?
Todo el amor que yo tenía te lo di
Qué quieres de mí?
Qué quieres de mí?

Vete, me has hecho daño
Vete, estás vacío
Vete lejos de aquí

Vete con tus mentiras
Vete, me has hecho daño
Vete lejos de aquí

Recuerdo
Aquellos días en que tú por mí vivías
Destruiste
Ese amor que te di con ilusión
Confiaba en ti
Yo pensaba que era todo para ti
Y ahora te alejas sin decirme un adiós
Qué quieres de mí?
Qué quieres de mí?

(*) Más coplillas pinchando aquí.