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Primera imagen. Una joven pareja posa para la foto en el claro de un bosque. Al fondo, un lago enorme y cristalino refleja los árboles que crecen junto a la orilla. Ella lleva un vestido elegante, ceñido hasta la cadera y con vuelo en una falda que le llega por debajo de las rodillas. Bordados en pecho y cintura, manga larga, tela gruesa. Lleva la mano izquierda cubierta por un guante oscuro, con el que a su vez sujeta otro. Zapatos negros, brillantes. Medias de nylon. Apoyada ligeramente sobre un roble viejo, dedica a la cámara su mejor sonrisa. No debe tener más de 20 años, si es que los ha cumplido. Pero no es su aspecto, ni su edad, ni el hombre que tiene a su lado. Es su expresión. Sus ojos, que también sonríen, dicen más de aquel día de lo que podría contarme hoy si aún viviera. Él, por su parte, se ve más confiado, más seguro. Subido a un pequeño tronco caído, rodea su cintura con la mano izquierda, mientras con la derecha sostiene un cigarrillo. Acaba de terminar la carrera y ya ha comprado su primera farmacia. Alto, delgado, atractivo, dedica a la cámara una sonrisa estudiada. Su traje de 3 piezas a medida y su corbata oscura hacen el resto. En apenas un año estarán casados y pasarán el resto de sus vidas juntos. Ella lo lavará, lo cuidará y le hablará sin obtener respuesta durante sus últimos años. Y aún le sobrevivirá 6 meses más. Él morirá sin saber quién es ella.

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Los bordes dentados dibujan una especie de marco amarillento alrededor de la segunda imagen. Se trata de una foto en blanco y negro, pequeña, 3×4 centímetros a lo sumo. En ella, una mujer joven y sonriente mira hacia la cámara mientras teje lo que parece ser una prenda de bebé. Lleva zapatos planos, vestido blanco por debajo de las rodillas, y labios pintados, quizá de rojo. A su derecha, izquierda según se mira, un hombre con bata blanca y pelo peinado hacia atrás lee una revista. Se le ve absorto, como si no hubiera notado la presencia del fotógrafo. Como si hacerse una foto con su mujer y su hija no fuera algo que mereciera su atención. A la derecha del hombre que lee, sentada en una diminuta silla de enea, una niña pequeña, no más de 2 años, sujeta un muñeco sobre sus rodillas y mira hacia la cámara. El sol, reflejado en las paredes encaladas del patio andaluz donde se encuentran, baña su cara regordeta y le hace fruncir un poco el ceño, aunque no tanto como para impedir que sonría. Lazo blanco en el pelo, a juego con el vestido, y rebeca con bordados. Es la hija del farmaceutico del pueblo. La primera de 8 hermanos. Pasaran 9 años más antes de que su padre venda la farmacia y se muden a Madrid, donde nadie los conoce, donde nadie los espera.

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Me acuerdo de ésta. Nos la hicieron el día que el hombre llegó a la luna. Cuando hacerse una foto era algo importante…

Es tu abuela Juana? – pregunto señalando a la mujer mayor que hay en el centro de la foto.

No, mi abuela Carmen.

La de los merengues?

La de los merengues. Era más buena…

La última es una foto poderosa. En el centro y en primer plano, una mujer de unos 90 años, vestida de luto, sonríe a cámara sin un solo diente que mostrar. Está sentada bien derecha, con las piernas muy abiertas, como una vendedora de sandías. Su mano izquierda descansa bajo su pecho, la derecha sujeta un bastón. Su pelo, completamente blanco, hace tiempo que quedó atrapado en un moño prieto a la altura de la nuca. El peso de los pendientes ha deformado sus orejas, que no siempre debieron colgar así. Sobre su pecho destaca una pequeña medalla de oro que ha besado cien mil veces y que a su muerte irá a parar a algún cajón, con el resto de sus joyas. A su alrededor hay 4 mujeres más, la menor de unos 11 años, el resto de entre 25 y 30. Todas, salvo la más pequeña, posan con sus vestidos cortos y peinados modernos para la época. Morenas por el sol, guapas, delgadas, seguras de sí mismas. La niña es la única, junto con la anciana, que sonríe de verdad. Nadie le advierte que en unos años, a los 19, atravesará el parabrisas de un coche y su cara quedará marcada para siempre. Nunca volverá a ser la misma.

– Me la puedo llevar?

– Claro, llévate las que quieras. Lo que no sé es para qué las quieres. 

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Que conste que lo he intentado, pero no hay manera. No me apetece una mierda escribir. Ni sobre nuestra nueva mudanza, ni sobre este nuevo (y último, espero) curso, ni sobre las nuevas (viejas) amistades, ni sobre todo lo que me está sobrando últimamente…

Aun así, tener todas estas fotillos de Brownie (aquella bolita color chocolate que os presenté allá por mayo) y Salvú y no chulear compartirlas me parecía feo 😎

Y de regalo, esta bonita coplilla. Si queréis saber de qué va, ya sabéis

I don’t need to get steady
I know just how I feel
Telling you to be ready
My dear

Ea, y ahora voy a seguir perdiendo el tiempo haciendo trabajitos estúpidos de esos que no sirven pa’ná.

Ya queda menos…

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Que Bruselas, salvo la Gran Plaza, no tenía nada de particular ya lo habíamos leído por ahí. Pero a pesar de que con las ciudades, normalmente, pasa como con las pelis – que cuando todo el mundo te habla bien de ellas acaban decepcionándote un poco, y cuando te avisan de que son una mierda, sales de allí pensando ‘pues no ha estado tan mal…’– con Bruselas no fue así.

Igual, si me interesaran lo más mínimo los edificios, la Gran Plaza, con sus fachadas recargadas y sus dorados, me habría impresionado, aunque fuera un poquito. No era el caso. Pero allí estábamos y había que hacer tiempo de alguna manera; y ya que la opción A no estaba disponible, decidí sentarme en el bordillo de la acera, paquete de chocolatinas en mano, y hacer lo segundo que más me gusta: observar a la gente…

Supongo que lo mejor de viajar con pareja (incluso si fuera una a tiempo parcial), es que la ciudad en sí pasa a ocupar un discreto segundo plano, por lo que si al final llueve o resulta que no hay nada que ver fuera del hotel (y toca quedarse), no suelen escucharse demasiadas quejas… Sin embargo éste no era uno de esos viajes. En éste, por si llovía -Paco no lo quisiera- traíamos un parchís y una oca.

Afortunadamente no hizo falta sacarlos. Durante los dos días que pasamos en Brujas, todo lo que podía salir bien, salió mejor.

Un tiempo (atmosférico) perfecto – 20 grados, cielos encapotados y un IUV de 3 – me permitió unirme a casi todo: al paseo en coche de caballos por las calles adoquinadas del centro, en el que, entre otras cosas, nos explicaron la finalidad de aquellas caras en las fachadas de las casas (ahuyentar a los malos espíritus); al paseo en barco por los canales (en el que no nos enteramos de nada, pero nos hartamos de reír); a los paseos a pie, cámara en mano, en que lo mismo nos parábamos a comprar chocolate, que nos sentábamos a comer patatas fritas en cualquier plaza, o atravesábamos los frondosos parques llenos de cisnes en pleno centro de la ciudad…

Y al caer la noche, más paseos, más puentes, más fotos. Y es que, sin el apogeo de los caballos, las barcas y las tiendas, Brujas parecía otra ciudad, una que se miraba silenciosa en las aguas oscuras de sus canales tratando de reconocerse. Probablemente el sitio más bonito en el que yo haya estado.

Pero aunque aquello era difícilmente mejorable, aún no lo habíamos visto todo…

Apenas un mes antes, cuando decidimos preguntarle a Paula si quería acompañarnos, me puse a buscar cosas que hacer en Brujas yendo con niños. Y buscando, buscando, encontré un pueblecito, Knokke, un poco más hacia el norte, donde anunciaban una reserva de mariposas.

Según pude entender (porque la información era escasa y estaba, en su mayoría, en flamenco) se trataba de un recinto cerrado donde las mariposas volaban a sus anchas mientras tú paseabas entre ellas. El problema estaba en que las indicaciones para llegar hasta allí eran poco menos que inexistentes, así que acabamos por descartarlo.

Sin embargo, el último día, cuando nuestros planes de ir a Gante se chafaron, a Nacho se le ocurrió preguntar… y a pesar de que el sitio en cuestión no aparecía en ninguna de las guías, en el hotel nos aseguraron que estaba a tan solo 20 minutos en tren. Y pa’llá que nos fuimos, no muy convencidos de encontrarla, en busca de la reserva de mariposas. Y efectivamente, allí estaba…

Ni aunque escribiera mil posts tan largos como éste, sabría describir lo que sentí al entrar en aquella especie de invernadero y ver tantas mariposas, de tantos tamaños y colores (amarillas, anaranjadas, verdes, azules, negras, blancas, transparentes…), pasando por mi lado como si nada…

Durante un buen rato me quedé allí de pie, sin poder hacer nada salvo mirar. Luego, cuando por fin conseguí cerrar la boca y ponerme en marcha, mi cámara miró por mí. Por su parte, las mariposas no sólo se dejaban hacer, sino que incluso se posaban encima tuya a poco que te quedaras quieta (a ésta debieron atraerle los colores de la pulsera que me hizo Paula para darme suerte en los primeros exámenes).

La verdad es que todas eran bonitas, pero había unas en particular, grandes y azules, a las que no conseguía pillar con la cámara. Pasaban por mi lado continuamente, rozándome, pero nunca las veía posarse y parecía imposible pillarlas en movimiento…

Me llevó un rato darme cuenta de que aquellas preciosas mariposas azules eran las mismas que, con las alas cerradas, llevaba viendo posadas por todas partes desde que entré. Y es que, si al volar eran increíblemente hermosas, al cerrar las alas, salvo por el tamaño, pasaban completamente desapercibidas entre tanto derroche de color a su alrededor.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí; más de dos horas, seguro. Sólo después de unos cuantos ‘un ratito más y ya está, de verdad… ‘, Nacho consiguió sacarnos a Paula y a mí a rastras de allí, y entre taxis y trenes volvimos a Brujas primero (a recoger las maletas) y a Bruselas un poco más tarde.

Allí seguía la Gran Plaza, igual de grande, igual de ostentosa, igual de protagonista, llena de turistas, como nosotros, que la fotografiaban desde todos los ángulos posibles y que bebían cerveza en sus terrazas.

Lo que no había era mariposas…

Y de repente, la opción de regresar al hotel y perder al parchís no me pareció tan mala.

‘Bolerish’ / Ryuichi Sakamoto.

(*) Más coplillas pinchando aquí.

(**) Más canales, mariposas y otras cosas por el estilo, en mi otro blog

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Anoche, cuando regresaba a casa (después de una semana sin pisar la calle), miré al cielo y vi la luna creciente más hermosa que jamás había visto. Desde donde yo la miraba parecía enorme, supongo que porque estaba muy baja. Era además muy muy delgada y brillaba como si la luz que la envolvía, en vez de ser un reflejo, saliera realmente de su interior.

Por supuesto, en cuanto llegué me faltó tiempo para coger la cámara, el tele, pedirle a Nacho que pillara el trípode, y subir perdiendo el culo a la azotea.

Tarde. Allí no había nada, sólo un cielo oscuro cayendo sobre una ciudad semi-desierta. Así que, tras poner mi mejor cara de porfavor y preguntarle a mi porteador de trípode si no estaba demasiado cansado para ir en su búsqueda, nos pusimos en marcha…

Nos asomamos a la avenida por la que vinimos… nada. Subimos hasta el punto más alto del puente de los bomberos… nada. Deshicimos el camino y comenzamos a andar en sentido contrario, hacia el parque, hasta llegar a la altura desde donde la habíamos visto media hora antes… nada.

Volví a casa arrastrando los pies, aunque sin dejar de mirar hacia el cielo, por si acaso estuviera haciéndose la interesante y decidiera honrarnos una vez más con su presencia en el último minuto. Pero estaba visto que aquella luna era como mi hija, preciosa y empeñada en no dejar que le sacara ni una sola foto.

Cuando llegamos, Nacho guardó el trípode y se fue a la cama, pero yo, dado que me cuesta un poco más que a la media perder la esperanza, decidí quedarme un rato más en el balcón.

Una vez que me di por vencida, me di cuenta de que había estado tan concentrada buscando la luna, que no me había fijado en que aquel cielo de verano estaba cuajado de estrellas. Y apoyada en la barandilla, teleobjetivo en mano, me puse a hacerles fotos a todas aquellas luces diminutas que no se escondían ante mi cámara.

Y aunque mi pésimo pulso y la inexistente luz hicieron que ni una sola estrella saliera reconocible en las fotos, afortunadamente qué es hermoso y qué no lo es, no depende de si la exposición es la adecuada o el encuadre el correcto; tan solo depende de los ojos de quien mira.

Y a los míos, aquellas estrellas habían salido preciosas…

Supongo que, de alguna manera, eso me convierte en afortunada…

‘Stars’ / Simply Red.

‘Stars’ / Simply Red.

Anyone who ever held you
Would tell you the way I’m feeling
Anyone who ever wanted you
Would try to tell you what I feel inside
The only thing I ever wanted
Was the feeling that you ain’t faking
The only one you ever thought about
Wait a minute can’t you see that I

Cualquiera que te haya abrazado alguna vez
Te diría cómo me siento
Cualquiera que alguna vez te haya deseado
Intentaría decirte lo que siento en mi interior
Lo único que siempre quise
Fue sentir que no estabas fingiendo
Respecto a aquél en quien pensabas
Espera un momento, acaso no ves que…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas

For the man who tried to hurt you
He’s explaining the way I’m feeling
For all the jealousy I caused you
States the reason why I’m trying to hide

Porque el hombre que intentó hacerte daño
Está explicando cómo me siento.
Porque todos los celos que te he causado
Explican la razón por la que estoy tratando de esconderme.

As for all the things you taught me
It sends my future into clearer dimensions
You’ll never know how much you hurt me
Stay a minute, can’t you see that I

En cuanto a todas esas cosas que me enseñaste
Hacen que tenga mi futuro más claro
Nunca sabrás todo el daño que me hiciste
Quédate un minuto, no puedes ver que yo…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas

Too many hearts are broken
A lover’s promise never came with a maybe
So many words are left unspoken
The silent voices are driving me crazy

Demasiados corazones se han roto
La promesa de un amante nunca viene acompañada de un “quizá”
Demasiadas cosas se han dejado sin decir
Las voces silenciosas están volviéndome loco

As for all the pain you caused me
Making up could never be your intention
You’ll never know how much you hurt me
Stay, can’t you see that I

Y en cuanto a todo el dolor que me causaste
Nunca tuviste la intención de hacer las paces
Nunca sabrás cuánto daño me has hecho
Quédate, no puedes ver que yo…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas.

(*) Más traducciones pinchando aquí.

(**) Esta canción la posteé hace tiempo, pero me gusta tanto y creo que le viene tan bien a este post, que he decido rescatarla…

Escrito por: Bloody el 11 Ago 2009

Desde fuera, el plan parecía sencillo. Básicamente, se trataba de aprovechar la luna llena de Agosto para pasar un fin de semana a la orillita del mar y poder tachar así de mi lista el último de los I’ve never que tenía pendiente desde hace un par de años…

Pero hasta los planes más elaborados pueden acabar torciéndose por algún detalle sin importancia… como, qué sé yo… haber olvidado buscar un hotel para ese par de noches de Agosto en plena Costa de la Luz.

Por suerte, cinco dias antes del fin de semana, y más de cien llamadas de teléfono después, encontramos una habitación doble en una casita rural de la sierra de Cádiz.

Vale que no estuviera en la costa, sino a 15 minutos de la playa (según los dueños del sitio en cuestión). Vale que la reserva no fuera exactamente para los días en los queríamos irnos… Pero era lo mejor que teníamos. De hecho, era lo único que teníamos.

Así que en vez perder el fin de semana lamentándonos por lo que hubiéramos podido encontrar si hubiésemos sido un pelín más previsores, a mí se me ocurrió un plan alternativo:

Ya que íbamos a perdernos la primera noche de luna casi-llena, quizá podíamos salir tempranito, llegar a Los Caños (que nos pillaba de camino) antes de que saliera el sol, quitarnos la ropa, darnos nuestro primer baño juntos en pelota picá mientras veíamos amanecer, y luego sin prisas, ir a desayunar algo hasta que fuera la hora de hacer el check-in en el hotel.

Como Plan B no estaba nada mal (aunque esté feo que sea yo quien lo diga)…

Quién iba a imaginar que justo esa mañana el despertador se quedaría dormido… O que cuando por fin llegásemos a Los Caños (una hora más tarde de lo que pensábamos) nos encontraríamos con una playa llena de botellas y de vasos, y de borrachos que aún no se habían ido a dormir, oyendo música (por decir algo) a toda hostia apoyados en sus coches…. Y ya puestos, quién iba a imaginar que yo metería el pie en un agujero que había camino de la playa, torciéndome el tobillo izquierdo y aterrizando con la rodilla derecha en la grava (vale, esto último igual no era tan inesperado, sobre todo conociendo mis antecedentes y esta singular costumbre mía de caminar siempre mirando al cielo…).


El caso es que después de semejante aterrizaje, mi plan B no tenía ya mucha razón de ser. Así que me limité a hacer unas fotillos del amanecer y de la luna sobre el faro, intentando (con escaso éxito) que aquello no afectara a mi humor… aunque en el fondo no dejara de pensar que el viaje no había comenzado con buen pie (hay que ver qué chispa tengo…!).

Por no tener, ni siquiera tenía prisa por llegar a la casa rural donde habíamos hecho la reserva por teléfono cinco días antes. Supongo que porque, a juzgar por cómo estaban saliendo las cosas, daba por hecho que acabaríamos pasando dos románticas noches en un cutre-hostal, perdido donde Cristo dio las tres voces, y a una hora y media de la playa más cercana…

Y aunque no se trataba de algo voluntario, en el fondo nos vino bien no tener prisa. Más que nada porque justo al llegar al coche caímos en la cuenta de que ninguno de los dos había apuntado la dirección ni el teléfono del sitio al que íbamos… (Sorpresa, sorpresa!)

Sin embargo no estaba todo perdido… Por suerte recordábamos el nombre del hotel. Asi que, tras un par de llamadas al Escocés (que, por suerte para nosotros, tiene la absurda costumbre de madrugar incluso estando de vacaciones) y de unas cuantas vueltas por el pueblo, llegamos por fin a nuestro destino.

Sólo entonces, y por primera vez en lo que llevábamos de viaje, las cosas parecieron tomar otro cariz…

Y es que El Cobijo de Vejer , resultó ser una preciosa casita blanca, con su patio andaluz lleno de flores, una tupida parra bajo la que echarse unas cartas por la tarde (y ganar, jeje), sus acogedoras habitaciones (con cocina y baño), y un magnífico desayuno (con bizcochos y mermeladas caseras, cinco tipos de panes, melón con jamón, y un montón de cosas más) todo ello incluído en el precio…

Y por si eso fuera poco, estábamos en pleno centro del pueblo, en el que por cierto hicimos un par de breves incursiones para comer… Por supuesto, cogiendo siempre por la sombrita, convenientemente embadurnada de crema de factor 50 y protegida por un sombrero naranja (a juego con el abanico de Kukuxumuxu, regalo de mi viajero favorito) que nos hacía pasar desapercibidos allí donde entráramos…

No digamos ya cuando a mi Bombón le daba por quitármelo para ponérselo y posar para mí, jejeje…. .

Pero lo mejor de todo, y de eso pudimos dar fe esa misma noche, es que estábamos realmente a 15 minutos de la playa…

(To be continued)

Escrito por: Bloody el 14 Feb 2009

Exposición de la obra de J. Ripollés en Sevilla, Febrero 2009 (citas extraídas de su página web. Si os parecen interesantes, os recomiendo que os deis una vuelta por ella).


‘FELICIDAD’
/ ‘Lo horizontal y lo vertical es lo fácil. Lo difícil es apostar por las líneas transgresoras’.

‘PENSADOR’ / ‘Cuando vivía en mi masía aislado sólo tenía contacto con dos personas: un pastor y un leñador. Un día les dije que me iba a Nueva York y el leñador me preguntó: ¿Pero volverás a la noche, no?’

‘PENSADOR’ / ‘Para pintar no necesito únicamente estar al sol, sino sentir su contacto en todo mi cuerpo. Por eso pinto desnudo, pero no para escandalizar a nadie’.

(SIN TÍTULO) / ‘He llegado a pasar mucho tiempo sin pintar porque no me apetecía y porque no tengo la facultad de mentir’.

‘NIÑO CORRIENDO’ / ‘La pobreza me hizo libre. De pequeño tuve que recoger estiércol para ayudar a mi familia, pero yo cogía sólo la boñiga que yo quería y donde quería. Nadie me decía ni cuál ni dónde tenía que ir’.

‘LA REINA’ / ‘La gente me llama estrafalario y que visto así para vender más. Invito a quien lo crea así a que pruebe a ver cómo le va’.

TOTEM CABEZAS’ / ‘No creo en las rupturas’.


‘TOTEM CABEZAS’ / ‘He sido mejor amante que marido. El amante da ilusión, el marido es el contenido de la comodidad. Cuando en la vida me he dado cuenta de que me he convertido en marido en vez de amante, me he ido’.


‘ENCANTADORA’ / ‘En mi infancia no pude ser niño. Por eso luego le pedí a la vida que me dejara serlo. Los niños viven una vejez prematura en una guerra’.


‘TUMBADO’ / ‘A mi edad sería ridículo llamar la atención para ser famoso. Si quisiera llamar la atención, me bastaría con vestirme un día con un traje y corbata’.

‘HOMBRE CON MARIPOSA’ / ‘El arte es humanizar las experiencias del horror’.

Escrito por: Bloody el 09 Feb 2009

GRACIAS!!!!!