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Escrito por: Bloody el 02 Jun 2008.

Llegamos demasiado pronto, como siempre, pero era la primera vez que íbamos allí y queríamos estar seguros de encontrar el sitio. El restaurante era más grande de lo que parecía al entrar, la iluminación era suave y las mesas no estaban demasiado juntas. Escogimos una de las del fondo, junto a una recargada pared que nos recordaba que aquello era un italiano, y nos sentamos uno frente al otro, sonriéndonos y haciéndonos a la nueva situación.

Cuando la camarera trajo las bebidas, levantamos las copas y brindamos. Él brindó por mí, por mi nueva vida, porque todo me fuera bonito. Y aunque me había propuesto no llorar, no pude evitar hacerlo mientras trataba de dar un sorbo a mi copa.

Yo brindé por nosotros, porque nunca perdiéramos lo que quiera que fuese que hacía de la nuestra una relación tan especial. Aunque apenas pude acabar la frase. Lo miraba y lloraba. Lo miraba de nuevo y sonreía. Y mientras los kleenex se volvían negros por el rimel, él seguía mirándome como si no existiese nadie más en el mundo. Como siempre.

Luego llegaron los entrantes y con ellos las palabras. Palabras guardadas desde hacía demasiado tiempo. Explicaciones que nunca nos dimos ni nos pedimos y que habían perdido ya su razón de ser. Sentimientos que barrimos bajo la alfombra para que no dolieran pero que no por ello habían desaparecido.

Y mientras hablábamos, él me tendió la mano sobre el mantel, en un gesto que ofrecía mucho más de lo que cualquiera que nos observara podría imaginar. Y al cogerla me di cuenta de cuántos pequeños gestos iban a dolerme a partir de entonces. Y como si me hubiera leído el pensamiento, me contestó mientras se tocaba el anular desnudo “La he guardado en la cajita de madera, junto a la tuya. Lo entiendes, verdad?”

Entonces recordé una viñeta que recorté hace tiempo de alguna revista, y que aún debo tener por ahí guardada. En ella se veía una pareja sentada a la mesa de un restaurante. Él era un sapo, con el cuerpo lleno de tiritas. Ella un puercoespín. Y ella lloraba mientras él decía “Es así, Sylvia, lo nuestro es imposible…”

Y ese momento supe por qué lloraba Sylvia.

Y la camarera, el restaurante, la pasta… todo desapareció. Sólo quedábamos nosotros, cogidos de la mano, recordando los buenos momentos. Y en ello estábamos cuando la voz de nuestra hija y su “Te quiero mucho, mami” nos devolvió al presente. Me disculpé por no haber puesto el móvil en silencio, pero él le restó importancia. “No te preocupes… anda, léelo”. Y al leerlo no pude evitar sonreír. Y cuando levanté la vista vi que también él sonreía, aunque la suya era una sonrisa diferente. Una sonrisa de “te voy a echar de menos”. Una sonrisa de “ojalá seas muy feliz”.

Así que dejamos los recuerdos a un lado para hablar de futuro, de un futuro distinto al que tantas veces habíamos planeado. Y me aconsejó que no escuchara a la gente, que fuese a por todas porque merecía la pena. “Va a salir bien, estoy seguro”. Y los dos sabíamos a qué se refería. Y me deseó toda la suerte del mundo. Y me recordó algo de lo que siempre he estado absolutamente segura, me recordó que podía contar con él.

Cuando acabamos de cenar volvimos juntos a casa, paseando, decidiendo cómo íbamos a contárselo a nuestra familia, a nuestros amigos, a nuestra hija. Kike nos esperaba haciendo de canguro de Paula. Y a su “Qué tal? Cómo lo habéis pasado?” le respondimos con un “Ven, siéntate. Tenemos que contarte una cosa…”.

Sé que cuando una pareja se separa, los amigos tienden a elegir con cuál de los dos se quedan, como si lo que hasta entonces había sido un equipo, ahora fueran dos bien diferenciados y enfrentados entre sí.

En este caso si alguien siente la necesidad de posicionarse, lo va a tener bastante difícil. Porque aquí no existen dos equipos. Y aunque los dos sabemos que habrá cosas que tendrán que cambiar necesariamente, también tenemos muy claro que otras, las importantes, no lo harán…

…como el restaurante. La próxima vez vamos al de siempre 😉

(*) No he encontrado la viñeta original. Este dibujo no es más que un detalle de una copia que hice hace años.

Escrito por: Bloody el 07 Dic 2007

Ayer, aprovechando que estaban aquí mis padres, Chema y yo fuimos a comer a nuestro restaurante favorito, el Porta Rosa, un italiano auténtico donde hemos celebrado todas las cosas importantes que nos han pasado desde que nos fuimos a vivir juntos.

Hacía tanto que no íbamos que no recordaba lo buenos que estaban los raviolis rellenos de setas… ni lo que era comer con alguien que, después de 14 años, te coge la mano entre plato y plato y te ve guapa reflejada en una cuchara…

Al acabar, en vez de volver a casa para ver roncar a mi madre, decidimos dar un paseo y entrar en un café de indias.

Allí sentados, nos pusimos a hablar de lo que esperábamos de nuestras vidas, como pareja y como personas, de cómo estaba afectando a ellas mi recuperación, de las cosas a las que habíamos renunciado, de las que nos quedaban por hacer, de nosotros, de él, de mí… La diferencia es que yo hablaba en un tiempo verbal y él en otro.

Es curioso cómo puedes convivir con una persona, despertarte a su lado, compartir mesa, cama, ducha (a veces), y no darte cuenta (o no querer dártela) de que algo pasa. Y cómo de repente, un detalle, una palabra, un gesto, puede hacer que todo lo que ha estado guardando tome forma, se haga visible… tanto si quieres, como si no.

(…)

Uno de los usos del presente perfecto (en inglés) es hablar de cosas que no han pasado, pero que aún pueden pasar. En ese sentido, podría entenderse que el presente perfecto habla de futuro, de sueños.

Por contra, el pasado simple cierra capítulos, habla de renuncias, de cosas que no pueden ser y no hay nada que hacer al respecto. Cuando usamos el pasado simple, es como si reconociéramos que es ya demasiado tarde.

Por ejemplo, si dices I’ve never been in Paris (Nunca he estado en París/ Nunca he ido a París), se entiende que aunque no has ido, no descartas la posibilidad de ir algún día. Porque nunca se sabe. Pero si dices I never went to Paris (No he ido a París), no sólo no has ido, sino que sabes, de algún modo (por las circunstancias que sean) que jamás irás…

(…)

Hace un año pensaba en mi vida en pasado simple. Tenía la sensación de que el tiempo se me escapaba entre los dedos, de que era demasiado tarde para cambiar las cosas que no me gustaban, que estaba demasiado enferma para plantearme retos, que los sueños eran para los que podían permitírselos, no para mí…

Ahora sin embargo me gusta pensar que mi vida (la que tengo por delante) es un presente perfecto, aunque a veces no sea fácil.

I’ve never seen the snow/ Nunca he visto la nieve.

I’ve never made love on a beach/ Nunca he hecho el amor en una playa.

I’ve never drunk wine/ Nunca he probado el vino.

I’ve never…