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‘Y, con cuidado, detuvo el Tiempo durante todo el tiempo que lo deseó’ (Seda / A. Baricco)

Levantarte a las 7, meterte en la ducha dormida, entrar en el metro de lado y llegar a clase para darte cuenta- tras 20 minutos de paciente espera – de que tu profesor no va a venir, quizá no sea la mejor forma de empezar el día.

Claro que podría haber sido peor, me digo…

El Furby podría haber venido. Y yo habría tenido que oír su ceceo durante hora y media sin poder apartar la vista de esas enormes orejas peludas que tanto asco me dan.

O podría haber avisado. Y yo no habría llegado tan temprano. Y me habría perdido la niebla y las luces amarillas y la hierba cubierta de rocío y las hojas, atrapadas finalmente en montones mojados junto a los árboles.

(…)

Hace un año por estas mismas fechas mi única meta era acabar primero. Este curso me doy con un canto en los dientes con llegar al jueves sin haber tirado la toalla.

Y a veces pienso que si no fuera por estas mañanas en las que consigo, de alguna manera, detener el tiempo y caminar sin prisa y observar todas las cosas bonitas que me voy encontrando y esperar… hace un mes que lo habría hecho.

(…)

Pd.- Sí, por fin me lo he leído. Y me ha encantado. Un beso, Abu.

(…)

Añado este vídeo que Jotapé ha intentado dejarme en un comment, y no hay manera de que salga…

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Desde que nos cambiaron los horarios, el único día en que sigo yendo al cole en metro es el jueves.  Un motivo más para que los jueves pasaran a ser el mejor día de la semana.

La verdad es que este curso estoy echando de menos muchas cosas respecto al pasado y caminar sin prisas hacia la estación es una de ellas. Eso hace que los jueves me tome mi tiempo, que me fije más si cabe en las cosas pequeñas, comprobando que no falte ninguna.

Por eso, cuando hace cosa de un mes vi que la papelería -ésa en la he entrado tantas veces a comprar cualquier pamplina sólo por curiosear las cosas tan bonitas que tenían- estaba cerrada, me dio mucha pena.

Me gustaba ver al dueño cada mañana, acodado en la puerta, fumándose su cigarro y observando a la gente, como yo.  No es que fuera especialmente simpático, pero era educado y me caía bien.

Hace poco, una tarde en que fui a recoger a Paula del kárate, vi que habían abierto una nueva librería, más pequeñita, en la calle del Dojo. No recuerdo qué necesitaba comprar, pero recuerdo que dudé si entrar o no. Al final concluí que no por hacerle el boicot a ésta iban a reabrir la otra… y entré.

Cuando lo vi allí de pie, detrás del mostrador, me dio tanta alegría que no pude evitar decírselo…

Disculpe, usted es el dueño de la papelería tal, verdad?

Sí, es que nos hemos trasladado.

Pues me alegra un montón que se haya quedado en el barrio, pensé que habían cerrado y la verdad es que me dio mucha pena…

Me fije entonces mejor en la nueva papelería. Era más pequeña, sí, pero igual de bonita. Compré lo que necesitaba y salí de allí con una sonrisa en la cara…

Más tarde me enteré de que en la antigua papelería habían abierto un local de productos ibéricos. Pero ahora ya no me importaba tanto aceptar que cuando pasara no encontraría a aquel señor alto, con gafas y barba, siempre tan bien vestido, acodado en la puerta fumándose su cigarro.

(…)

Hace un par de días, el Escocés me contó, en inglés para que Paula no se enterase, que habían cerrado la nueva papelería, la pequeñita. Por lo visto el dueño se había volado los sesos allí mismo.

Supongo que será cuestión de tiempo que comiencen a circular rumores sobre los porqués. Yo, francamente, no quiero oírlos.

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Últimamente los jueves pasan volando. 1 hora en la biblioteca, 5 y media en clase y 2 más para comer. Hoy, tortitas de maíz y kikos, la comida de los campeones. Probablemente me sobrará más de hora y media… Menos mal que traigo el portátil.

Al llegar a clase echo en falta a Mari. Pregunto por ahí y alguien me recuerda que el sábado que viene es su cumpleaños y que hoy, para celebrarlo, iba a traer una tarta hecha por ella. No cumple una 20 todos los días…

Salimos de Economía y allí está, esperándonos en el pasillo. En las manos, una bolsa rosa con forma de tarta. En la cara, como es habitual en ella, una sonrisa. Y es que Mari siempre está sonriendo, con ese tipo de sonrisa contagiosa que te hacen sentir mejor sólo con verla…

Lo malo de acostumbrarte a que alguien sonría, es que acabas dando por sentado que siempre lo hará. Y dar cosas por sentadas no es buena política. La prueba de que no lo es la tuvimos el lunes de la semana pasada, cuando Mari vino a clase sin su sonrisa, y su no-sonrisa se extendió a su alrededor y nubló el día.

Por suerte, este jueves Mari vuelve a ser la de siempre, y todas las que estamos en la mesa, Marta, la otra Marta, Tere, Alicia, Yohana, Vicky, Laura, Irene y yo, sonreímos con ella. Y menos mal, porque Marta ha traído su cámara y hace fotos a traición que luego colgará en el tuenti, sea lo que sea…

Cuando acabamos de comer, la prota del cumple reparte platos y cucharas de plástico. Luego saca la tarta: galletas y chocolate, adornada con lacasitos y unos círculos medio blancos que, según nos cuenta, por la mañana eran corazones de azúcar glass.

A nadie le importa que no haya corazones. Nos miramos y a un gesto de Irene comenzamos a cantarle el cumpleaños feliz. De repente, todos los que comen y estudian en las mesas que hay a lo largo del pasillo se unen a nosotras. Marta saca su mechero y le dice a Mari que pida un deseo. Cuando apaga la llama, todas aplaudimos. Dos minutos más tarde, de la tarta no queda ni el recuerdo.

Tortitas de maíz, kikos, chocolate, galletas, lacasitos y no-corazones de azúcar glass .

Esto es otra cosa…

(…)

Me encanta haber vuelto a estudiar. Me encanta cuando me monto en el metro y me encuentro con alguna de mis compañeras. Me encanta llegar al cole y tomarme un chocolate de la máquina. Me encanta ir a clase y que me cuenten cosas que un rato antes no sabía. Me encanta la hora de comer, cuando todas abrimos los tupers y curioseamos a ver qué traen las demás ese día. Me encanta hablar con Irene y Laura sobre cuánto nos gusta el profe de psicología. Me encanta el naranjo que hay bajo el almendro, los carteles de ciclos de cine que nunca tengo tiempo de ir a ver, la tienda de chuches, los pasillos llenos de gente. Me encantan los abrazos de Ainara, las sonrisas de Mari, la risa de Tere…

(…)

Al final no me ha sobrado ni un segundo. Ni uno solo para sacar mi netbook de la mochila, conectarme y leer el correo. Ni medio siquiera para echar de menos otros jueves en que lo único que hacía era estar delante del ordenador esperando que pasara quién sabe qué…

(…)

Me gustan mis nuevos jueves. Porque son míos. Porque ya no espero que las cosas pasen. Ahora salgo a buscarlas.