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No sé cómo pudo pasar -porque a pesar de lo desordenada que soy pa’según qué cosas, también soy bastante obsesiva para otras- pero ayer, por primera vez desde que lo tengo, se me olvidó el móvil en casa. Mi prehistórico móvil, sin internet, con teclas en vez de palito para escribir, debía haberse quedado durmiendo, guardado en su funda de gato tuerto con un botón por ojo.

El caso es que debí estar como 4 horas y media desconectada del mundo, salvo por las personas que tuviera a la vista. Y aunque al principio me sentí algo perdida, conforme iba pasando el tiempo me di cuenta de que en el fondo sentía una especie de liberación…

Pensé en Nacho, que vive conectado a la Blackberry, como si el mundo fuera a pararse si la desconecta. En el Escocés, que mira su Nexus cada 2 minutos aunque estemos en medio de una conversación. En mis compañeras de clase, pendientes todo el santo día de los wasap que les llegan… (sean lo que sean)

Y mientras esperaba en el parking a que Nacho me recogiera, pensé en nuestra generación, que creció con cabinas de teléfono, con fijo en vez de móvil (teniendo a veces que hablar, antes de los inalámbricos, con la familia pululando alrededor), sin Internet ni correos electrónicos, con libros de verdad y no esas cosas que hay ahora… (sé que suena a ‘antes esto era to’campo‘, pero es que era así).

Entonces pensé en lo impersonal que es -dentro de que todo lo que dejo aquí es como lanzar mensajes en una botella- llevar 5 años escribiendo con el mismo tipo de letra, mismo tamaño, mismo color, cuando en la vida real mis emes son como horizontes y mis efes como jirafas; cuando, salvo aquí, desde los 7 años siempre he escrito con pluma…

Y como mi cabeza funciona de aquella manera, eso me llevó a recordar que en casa del Escocés, entre otras muchas cosas mías que siguen allí después de casi 4 años, aún tenía guardadas varias cajas llenas de cartas.

Cartas ordenadas por remitente y dentro de eso por fecha. Cartas con sus sobres y sus sellos, con todas sus letras (nada de ‘Ola’ por ahorrar haches, ni de ‘TQM’ por ahorrar tiempo) y con todas sus comas. Cientos de folios, algunos ya amarillentos, leídos y releídos decenas de veces, llenos de palabras que un día formaron parte de mi vida y que ahora no significan nada…

Aún así, puedo recordar casi todas las letras: la de Ja. (a medio cocer aún), la de J. (tan amarga), la de D. (pretendidamente alegre a pesar de todo), la del otro J. (tan recta, tan fría), la del otro Ja. (la más bonita que he visto nunca, después de la de mi abuelo), la de A. (contenida y desconfiada), y cómo no, la del Escocés (cuando aún era Ch)…

Si me pongo, puedo incluso recordar cartas concretas, lo que sentí al leerlas, lo que ponía entre líneas o lo que dejaba de poner…

Ya nadie escribe cartas, pensé.

Y me arrepentí de haber tirado aquellos 3 años de letras de Alf., las únicas que no guardo. Estaba tan enfadada aquella noche…

(…)

Supongo que para las generaciones que han nacido con Internet de serie – que no saben lo que significa esperar al cartero, que no pueden imaginar lo que es encontrar el buzón vacío un día más, ni lo que se siente mientras rasgas un sobre que llevas esperando días – todo esto no significará nada en absoluto.

A mí, sin embargo, me gusta creer que alguien, en alguna parte, conserva aún alguna carta mía…

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No hubo trenes esta vez. Ni dramas. Ni silencios incómodos entre tú y yo. Sólo nosotros y aquel señor bajito con camisa a cuadros abrochada hasta arriba, gafas de pasta y sombrero blanco. Bueno, y J. Costello, J., tú y yo.

Imaginas qué habríamos pensado si, allá por el 95, nos hubieran dicho que 15 años después íbamos a estar viéndolo los tres juntos, en directo, mientras nuestra hija (¡) se quedaba al cuidado de mi pareja (¡¡)?

Pero aunque costó llegar, allí estábamos, a un tiro de piedra del escenario, celebrando el segundo aniversario (y 1 mes) de la segunda noche más difícil de mi vida.

Y después de aguantar la cháchara y las risitas de las de delante durante hora y media, de arrepentirme cien veces por haber dejado la cámara en el maletero del coche, de averiguar lo que era el bluegrass y decidir que no me iba… después de todo aquello, Costello se dejó de hostias y empezó a cantar ‘She’.

Y tal y como te prometí, conseguí no llorar. Y apoyada en tu hombro alargué mi mano hasta encontrar la tuya. Y una vez más supe la suerte que tenía porque hubieras decidido quedarte en mi vida, después de todo…

Y al acabar ‘She’, a bocajarro casi, comenzó aquella otra canción, ésa que habla del todo que precede al después.

Y aún pude oír cómo una de las imbéciles de delante le aclaraba a su amiga:

‘ai uan chu’… si es que al final son todas de lo mismo… de amor.

… para comenzar luego a mecerse a izquierda y derecha, como si estuviese escuchando una balada.

Lo que me hizo preguntarme si no estaría yo equivocada al defender que la felicidad no está en que te pasen cosas buenas, sino en sentir que las mereces.

Tal vez fuera más sencillo que todo eso y la felicidad estuviera en no necesitar entender las letras de las canciones y que así todas las canciones hablaran de amor…

Desgraciadamente, yo sí necesito entenderlas. Y allí sentada, con la mirada perdida en algún punto del escenario, aquella letra me contaba que no importa cuántas veces, ni de cuántas maneras, me hagas saber que me has perdonado. Yo sigo sin poder hacerlo.

Y mientras dejaba que todos aquellos versos se clavaran en mí lentamente, me di cuenta de que me temblaban las piernas… Sonreí.  Hacía mucho que nadie me hacía temblar…

Y es cierto que esta vez no ha habido trenes, ni dramas, ni silencios incómodos… supongo que he cubierto mi cupo durante este último año.

Pero, sabes? yo prefiero pensar que si no los ha habido es porque, por fin, estoy aprendiendo a quererte como debería…