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‘Es probable que nunca vuelva a llover, pensé’ ( J. Irving, ‘El Hotel New Hampshire’)

Canadá, como ocurriera en su momento con Kenia, Nueva Zelanda, Japón o Argentina, se reducirá a una camiseta de esas que te acabas poniendo para estar por casa, una agenda que no llegaré a usar y un puñado de marcapáginas que me recuerden todos esos lugares en los que nunca he estado. En los que, muy probablemente, nunca estaré.

A un millón de kilómetros y bajo un sol que no da tregua, mis únicos viajes tienen formato papel. Ciudades frías sin terrazas al sol. Aceras donde a la nieve no le da tiempo a ensuciarse.

Y entre libro y libro,  duermo. Me estiro. Ocupo todo el sofá. Toda la cama.

Y un día sustituye a otro sin importar demasiado cuál es cuál. Ni qué vendrá después. Me enchufo mis cascos y cambio mi estado de wassap.

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Dicen que en los detalles está el demonio.

Tumbada sobre el costado derecho lo sujeto con una sola mano y comienzo a leer. Con la otra, hago bailar la ligerísima hoja de titanio, ésa que me trajiste de Bilbao. La arqueo, repaso su borde con los dedos, la hago sonar.

Pienso en aquella preciosa lámina de madera clara – con mariposa grabada – que llegué a utilizar una sola vez antes de que Brownie la dejara hecha jirones. Al menos esta vez me he asegurado de que no pueda destrozar el marcador que he escogido para el nuevo libro. Aunque no lo haya elegido por eso.

Le parecía que llevaba siglos cayendo.

Si no lo hubiera forrado, el lomo estaría ahora hecho una pena. Antes no habría sido una opción. Jamás le habría hincado el diente a un libro sin haberlo forrado y haberle puesto nuestro sello en la primera página.

Ahora los lomos protegidos se confunden con aquellos que he ido comprando desde que nos separamos. Y en cuanto a la idea de encargar un nuevo sello, supongo que me pasa como con la de llevar un nuevo anillo…

El mundo se estrechaba a su alrededor.

Nunca me había parado a pensar qué será de mis marcapáginas cuando no haya páginas que marcar.

Acaso sabrá Paula cuáles eran mis favoritos? Sabrá que elegía uno distinto para cada libro que leía? Sabrá que al acabar la última página me gustaba dejarlo ahí, marcando el final durante un día o dos?

A mi edad mi madre coleccionaba plumas. Plumas que escribían fino o grueso, en verde, azul o morado. Luego dejó de necesitarlas y acabaron acumulándose al retortero en algún cajón de su armario. Hace no mucho, después de lo del zusto, las metió todas en un par de cajas de galletas, de esas de lata tan bonitas, y me las regaló. Fue tan triste abrir aquellas latas y ver su cara sonriente…

La lluvia cesó, comenzó de nuevo, luego paró otra vez y después volvió a comenzar.

Fuera el suelo está helado. Dejo el libro sobre la mesilla y descorro un poco la cortina. En momentos así echo de menos nuestro antiguo balcón, quedarme apoyada en el marco de la puerta, llenarme del olor a ciudad  mojada…

La última noche llovió. Llovió e hizo un frío impropio de octubre. Recuerdo que me asomé por última vez y os observé mientras atravesabais la calle con mi planta a cuestas. Y cuando os perdí de vista, me quedé allí, mirando el agua, iluminada por las luces amarillas de las farolas, caer con furia. Y me dejé mojar.

Pero esta noche no hay balcón. Sólo una cama demasiado pequeña a mi espalda y una ventana enorme frente a mí.

Y esta lluvia que no moja, que no huele.

Escrito por: Bloody el 06 Nov 2009 –

“Había empezado a comprender que en la vida no hacía falta decir mentiras para ocultar la verdad; bastaba con encontrar las palabras que más se ajustaran a los hechos y emplearlas de la manera más adecuada.” (A. Camilleri / ‘La captura de Macalé’)

Este verano (no voy a entrar a contar a cuento de qué), me llegó un mail invitándome a participar en un programa de radio para recomendar una lectura para el verano. Ni siquiera recuerdo cómo se llamaba el programa en cuestión, ni a qué cadena pertenecía. Tampoco se lo dije a nadie así que, hasta donde yo sé, nadie se enteró (si es que alguien lo estaba oyendo).

Probablemente habría quedado mucho más cool recomendar a Ishiguro, por ejemplo, que es la mar de profundo y encima tiene un apellido difícil de pronunciar… pero sólo podía recomendar a un autor, y la verdad es que no me lo pensé dos veces: Andrea era mi hombre.

Mi primer encuentro con Camilleri, ‘Un mes con Montalbano’, fue más una encerrona que una elección personal. Cuando mi padre me lo encasquetó, vendiéndomelo como el sucesor de Vázquez Montalbán, me fui directa a la contraportada, esperando encontrarme a algún treinteañero con cara de memoloamímismo, que probablemente se habría limitado a copiar el estilo de Montalbán a falta de uno propio… Si es que soy más lista yo!

Pero quizá lo que más me sorprendió cuando vi su careto por primera vez, no fue tanto lo viejo que era (que también), como los santos cojones que tenía al posar, cigarro en mano, para la foto de su libro.

Después de leer prácticamente todo lo que ha publicado en España, (tanto las obras de Montalbano, como las ambientadas en Vigàta a finales del S. XIX), y de encontrármelo en las páginas del País, día sí, día también, poniendo a caer de un burro la política de Berlusconi, lo del cigarro ya me iba chocando menos…

Sé que son muchos los lectores que consideran el género policiaco, de suspense, o la novela negra, literatura menor. Y entiendo que jamás se les ocurriría comprar un libro de la Highsmith, de Hammett, de Chandler, de Ellroy, de Mankell, o del mismísimo V. Montalbán (por citar algunos de mis favoritos).

Pero incluso a ellos les recomendaría leer a Camilleri. Y no sólo porque, literatura menor o no, sea un género que me tire más que dos carretas (que también).

Camilleri tiene algo que no sabría definir, pero que definitivamente va más allá…

Según el Escocés, ‘Es lo mejor que le ha pasado a Italia desde Terence Hill y Bud Spencer. Leyendo a Camilleri uno se da cuenta de que es más Siciliano de lo que pensaba’.

Según el Camerunés, ‘Tiene un universo propio, como Faulkner’.

A mi, que soy mucho más primaria que todo eso, después de leerlo (sobre todo sus novelas de Montalbano) lo que suelen entrarme son unas ganas enormes de hartarme de comer, de bañarme en la playa, y de echar un polvo (sé que no queda muy literario, pero también yo tengo mi universo propio…).

Y dicho lo dicho, y por si alguno le pica la curiosidad, ‘La forma del agua’ (editado por Salamandra) es el primero de la saga. Eso sí, compráoslo antes de que la diñe, que el tabaco es un vicio mu’caro, pobre hombre.

(*) Hace mucho que quería escribir algo sobre este autor, pero ha tenido que morirse López Vázquez (lo bien que me caía a mí ese hombre…) para que me ponga las pilas.

Y es que, siendo realistas, es muy probable que a Camilleri le quede también medio telediario (uno, si es cortito)… Así que voy a darme prisa en colgar este post, no sea que tengan que venir los señores administradores a recordarme, a toro pasao, cuánto me gustaba.

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Escrito por: Bloody el 10 Dic 2008.

Hay quienes para recordar algo importante se cambian el anillo de dedo, para no olvidar una fecha se ponen la alarma del móvil, y para saber por dónde se han quedado leyendo doblan la esquina de la página por la que van.

A mí no suele hacerme falta nada de eso. Yo tengo la increíble suerte de tener una memoria asombrosa para las cosas pequeñas. Y son esas pequeñas cosas las que se convierten en esquinas dobladas con el tiempo…

Si a eso le sumamos esta costumbre, tan molesta a veces, de asociar fechas, palabras, imágenes y sensaciones…

(…)

Pues eso, que después de un mes sin pisar este blog, aquí dejo mi meme de los libros. O algo parecido.


1. Barrie, ‘Peter Pan’. 1990.

Aquel verano aprendí un par de cosas que necesitaba saber… como que  la tónica no me gustaba, que los celos son un arma de doble filo y que no me hacía falta tener amigas para bajar a la playa.

Y tumbada en mi toalla empecé a darme cuenta de que estar sola no estaba tan mal. Sobre todo cuando sabes que si lo estás es porque quieres.

Lo que no recuerdo es de dónde saqué la absurda idea de que ‘Peter Pan’ era un cuento para niños.


2. Orwell, ‘1984’. 1993.

Esas navidades habíamos prometido no hacernos regalos. Pero tú rompiste tu parte. ‘Tenemos que hablar’, dijiste mirándome a los ojos… (serás cabrón). Y sacaste el libro no recuerdo de dónde.

Luego vinieron la colección de RBA, el sello con nuestros nombres, los metros y metros de forro, los asaltos a las librerías del centro…

Y aquella peli, Azul, que no-fuimos a ver juntos, y la primera noche, y la urgencia por estrenarlo todo, como si el mundo se fuese a acabar a la mañana siguiente…


3. Mendoza. ‘El misterio de la cripta embrujada’. 1994.

Domingo por la mañana. Villegas y Marmolejo. Una camiseta roja de los 49ers que me quedaba enorme, tú y yo leyendo en voz alta sobre las sábanas revueltas y el sol colándose por las persianas.

Por aquel entonces, que el sol me rozara la piel me parecía lo más normal del mundo.

Supongo que en eso consiste la felicidad, en haber tenido mañanas como aquéllas y que sigan siendo soleadas a pesar de llevar guardadas tanto tiempo…


4. Neruda. ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’. 1996.

Una primitiva con las fechas que no quería olvidar (como si pudiera) y una doble pegatina que nos pusieron a la salida del Safeway a cambio de un donativo fueron los marcadores que usé para Neruda.

Y ahí estaba yo, en mitad de ninguna parte, agarrada a esta tabla diminuta, tratando de entender cómo había llegado hasta allí y por qué aquello tenía que doler tanto.

A cambio, llegué a aprenderme entera la canción desesperada.


5. Vázquez Montalbán, ‘Los mares del sur’. 1996 (after U.K.).

Lo que más me gusta de Montalbán son sus finales. Siempre se queda uno con la sensación de que las cosas podrían haber salido de otra manera. Mejor. Y éste es uno de los más tristes que le he leído.

De ahí fue de donde sacamos el nombre para nuestra primera gata, Bleda.

Tenía que haber supuesto que dándole ese nombre tampoco ella podría tener un final demasiado feliz.


6. Lindo, ‘Amigos del Alma’. 2002.

No pude esperar y lo leí en el coche, camino de casa. Y me harté de llorar, claro…

Paula aún no había nacido, pero nuestra vida ya giraba en torno a ella.

Seis años después aquélla ya no es nuestra casa. Y nuestras vidas son dos en vez de una. Y en el centro de ellas, Paula aprende a leer con 2 cartillas, mientras 3 adultos le dicen lo bien que lo hace.

Y yo, por mi parte, he comprendido cómo se sentía Lulai después de discutir con Arturo.


7. Le Carré, ‘El jardinero fiel’. 2004.

Antes del mp3 siempre había algún libro dispuesto a acompañarme allá donde fuera.Y fue precisamente éste el que lo hizo aquella mañana de Septiembre al instituto de idiomas. Ironic, isn’t it?

Cuando A. me vio leyéndolo, me contó que él se lo acababa de terminar. Luego fuimos a una cafetería y seguimos charlando. Y resultó que teníamos mucho en común…

Mala cosa cuando lo que te atrae de una persona es que sea capaz de entender aquello que más te duele.


8. Saint Exupery, ‘El Principito’. 2005.

No sé cuántas veces lo habré leído, cuántas lo habré abierto por cualquier página buscando respuestas, cuántos Principitos habré regalado.

Pero el que le regalé a Kike era especial. Porque era el mío, mi Principito. Por eso cuando me fui de allí me pareció que lo más lógico era que pasara a ser suyo.

Y aunque las cosas entre nosotros hayan cambiado tanto, sigo alegrándome de que sea él quien lo tenga. Ojalá algún día entienda por qué.


9. Ishiguro, ‘Nunca me abandones’. 2008.

Este libro es muy especial para mí. No sólo por el libro en sí, que es precioso (aunque descorazonador), sino porque tiene la dedicatoria más bonita que me han escrito nunca.

Supongo que cuando me lo regaló no imaginó que acabaría siendo suyo de nuevo.

Ni que yo me tomaría el título de Ishiguro al pie de la letra.


10. Y aunque podría dejarlo aquí, entre otras cosas porque el 9 es mi número favorito, tengo que añadir un último libro.

Es un poco complicado de explicar, porque aunque me consta que está terminado, no he podido leerlo aún. Pero sé que lo haré cuando llegue el momento. Y que merecerá la pena haber esperado.

Y no sólo eso, además estoy segura de que me encantará. Todo lo que ella escribe me encanta.


Éstas son mis esquinas. No todas, pero sí algunas de las más importantes. Y aunque no voy a pasarle el meme a nadie, quiero darle las gracias a La Bombilla por haberse acordado de mí.