‘Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. (…) A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto’. (Cortázar, Rayuela, capítulo 93)

Jueves 8 a.m.

Al otro lado de la ventana los vencejos planean, viran en las curvas, gritan desafiantes a una mañana que hoy ha amanecido gris y fresca. Sus siluetas negras enmarañan el cielo como quien garabatea la primera página de un cuaderno a estrenar.

Y me gustaría tanto poder unirme a ellos. No descansar hasta llegar a Málaga. Sobrevolar el cementerio de los ingleses y dejar tal vez una flor sobre aquella lápida medio rota en la que podía leerse: ‘ya no temerás más la luz del sol’. 

Y mañana a esta misma hora, de uno u otro modo, estaré camino de Portugal, con mi bolsa de Fisher & Sons, Funeral Home y mi ejemplar de Rayuela.

Porque aunque sé que lo prudente sería resguardarme de los rayos, de la lluvia, yo necesito salir a buscarlos. Que bastante tengo ya con pasarme la vida huyendo del sol como para andar evitando también la lluvia.

Y porque es lo que me cala hasta la médula lo que me hace sentirme viva.

Y que me parta un rayo me parece un riesgo asumible.

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Dicen que en los detalles está el demonio.

Tumbada sobre el costado derecho lo sujeto con una sola mano y comienzo a leer. Con la otra, hago bailar la ligerísima hoja de titanio, ésa que me trajiste de Bilbao. La arqueo, repaso su borde con los dedos, la hago sonar.

Pienso en aquella preciosa lámina de madera clara – con mariposa grabada – que llegué a utilizar una sola vez antes de que Brownie la dejara hecha jirones. Al menos esta vez me he asegurado de que no pueda destrozar el marcador que he escogido para el nuevo libro. Aunque no lo haya elegido por eso.

Le parecía que llevaba siglos cayendo.

Si no lo hubiera forrado, el lomo estaría ahora hecho una pena. Antes no habría sido una opción. Jamás le habría hincado el diente a un libro sin haberlo forrado y haberle puesto nuestro sello en la primera página.

Ahora los lomos protegidos se confunden con aquellos que he ido comprando desde que nos separamos. Y en cuanto a la idea de encargar un nuevo sello, supongo que me pasa como con la de llevar un nuevo anillo…

El mundo se estrechaba a su alrededor.

Nunca me había parado a pensar qué será de mis marcapáginas cuando no haya páginas que marcar.

Acaso sabrá Paula cuáles eran mis favoritos? Sabrá que elegía uno distinto para cada libro que leía? Sabrá que al acabar la última página me gustaba dejarlo ahí, marcando el final durante un día o dos?

A mi edad mi madre coleccionaba plumas. Plumas que escribían fino o grueso, en verde, azul o morado. Luego dejó de necesitarlas y acabaron acumulándose al retortero en algún cajón de su armario. Hace no mucho, después de lo del zusto, las metió todas en un par de cajas de galletas, de esas de lata tan bonitas, y me las regaló. Fue tan triste abrir aquellas latas y ver su cara sonriente…

La lluvia cesó, comenzó de nuevo, luego paró otra vez y después volvió a comenzar.

Fuera el suelo está helado. Dejo el libro sobre la mesilla y descorro un poco la cortina. En momentos así echo de menos nuestro antiguo balcón, quedarme apoyada en el marco de la puerta, llenarme del olor a ciudad  mojada…

La última noche llovió. Llovió e hizo un frío impropio de octubre. Recuerdo que me asomé por última vez y os observé mientras atravesabais la calle con mi planta a cuestas. Y cuando os perdí de vista, me quedé allí, mirando el agua, iluminada por las luces amarillas de las farolas, caer con furia. Y me dejé mojar.

Pero esta noche no hay balcón. Sólo una cama demasiado pequeña a mi espalda y una ventana enorme frente a mí.

Y esta lluvia que no moja, que no huele.

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A pesar del paraguas -no el transparente, el otro, el negro enorme con una flor blanca a un lado- y de los escasos 10 minutos que hay de mi casa a la estación, entro en el andén completamente empapada, justo a tiempo para colarme en el metro. No lo hago. En lugar de eso recorro el pasillo despacio, dándole la excusa perfecta para marcharse sin mí.

Me encanta ese momento, cuando el túnel parece tragarse el último vagón, y las únicas personas que quedan, si es que las hay, te miran desde el otro lado de la vía.

Al llegar al banco dejo mi mochila a un lado y me siento a esperar mientras escurro, como puedo, las perneras de mis pantalones.  Es inútil, me digo. Hasta medio muslo, todo es lluvia: vaqueros, calcetines, mis pies chapoteando dentro de las zapatillas… y la lluvia, hasta donde yo sé, siempre gana.

No pasa ni una canción hasta que el andén vuelve a llenarse de gente. A algunos, como a mí, la tormenta los ha pillado a traición. Otros llegan inexplicablemente secos. Entonces me fijo en sus caras, caras de lunes, caras largas. Por aquí no suele gustar este tiempo…

El panel de información anuncia la llegada del próximo tren. Es lo bueno que tienen los trenes, da igual cuántos dejes marchar, siempre llegará otro.

Me cuelgo la mochila del hombro, me ajusto bien los cascos y dejo que mis pies empapados se muevan al compás de la música.

I’m only happy when it rains
I’m only happy when it’s complicated… (*)

Y qué más da que sea lunes…

fuera llueve, mi ropa está chorreando.

Y sé que así nunca podré encajar en esta ciudad, pero qué le voy a hacer…

frente a la mampara de cristal, calada hasta los huesos, sonrío.

(…)

(*) Si queréis saber de qué va y/o descargaros esta coplilla, pinchad aquí.

(**) … cómo he echado esto de menos.

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Escrito por: Bloody el 23 Ago 2009 –

Me levanto zombie, como siempre. Saco un Red Bull de la nevera, lo echo en una botellita de Aquarius vacía, la cierro bien y la agito hasta quitarle todo el gas. Red Bull, el desayuno de los campeones… Sólo cuando llevo la mitad empiezo a despertarme.

Piticli también se toma su tiempo. Le cuesta arrancar, pobrecillo. Los mayores llevan muy mal los calores del verano. Y entre que aquí no bajamos de los 40 grados a la sombra y que Piticli tiene ya una edad, cada vez va más lento. El Escocés no deja de decirme que lo que tengo que hacer es borrar cosas. Sé que tiene razón. Tengo cientos (de miles) de fotos que no necesito conservar, pelis que sé que no voy a ver. Pero me da tanta pereza…

Parece que Piticli por fin ha arrancado. Hace un rato que Nacho y Paula se fueron a la piscina, así que estoy sola. Abro el Mozilla, entro en gmail, escribo la contraseña y espero mientras se carga mi correo. Termino de despertarme de golpe y porrazo. El cielo está oscuro y ligeramente malva. No parece mi página. Durante unos segundos (los mismos que tarda el cursor en bajar hasta el final) se me ocurren muchas cosas… por suerte compruebo que sigue allí, abajo a la izquierda. Mi árbol de los correos. A su alrededor la luz malva parece más brillante aún. La lluvia lo atraviesa mojando sus ramas. A su derecha, un rayo cae como un latigazo sobre el campo empapado. Sonrío. Parece que tenemos tormenta eléctrica…

Entonces recuerdo aquella vez en que vi una de verdad. Era de noche. Subimos a la azotea y vimos los rayos a lo lejos, rasgando el cielo y dejándonos segundos después en la más absoluta oscuridad. Supongo que también habría truenos, pero yo sólo consigo recordar los rayos. Será que siempre me he fijado más en la letra que en la música. O que hace ya una eternidad de todo aquello. Incluso puede que dos.

Regreso al presente e imagino que en este mismo momento habrá alguien asomado a alguna ventana de algún edificio de por allí, viendo un rayo, uno de verdad, romper el cielo en dos al otro lado del cristal. Y me pregunto si se sentirá pequeño, tanto como me sentí yo aquella noche en mi azotea…. Y me respondo que no. Que allí llueve mucho. Probablemente estarán más que hartos. Verán tormentas como ésta tan a menudo, que ni siquiera prestarán atención a los rayos. Ni al cielo malva. Ni a la lluvia.

Aunque yo, cuando leí esto en la configuración de mi correo:

Los temas te permiten personalizar el aspecto de tu cuenta de Gmail. También puedes personalizar el tema por ubicación. Algunos temas cambian a lo largo del día y utilizamos la información de ubicación facilitada para sincronizar correctamente estos cambios en función de la hora local a la que sale o se pone el sol, así como del tiempo atmosférico de tu zona

No me lo pensara dos veces…

Temas: Árbol. / Ubicación: Sevilla Seattle.

Así ahora, aunque fuera caiga un sol de justicia y estemos a más de 40 grados, sé que en mi otra ventana no dejará de llover o, a unas malas, al menos estará nublado. Y a veces, por qué no, aún conseguirá sorprenderme una tormenta eléctrica como la de hoy.

Aunque no sea lo mismo…

‘Stormy weather’ / Etta James.

‘Stormy weather’ / Etta James.

Don’t know why there’s no sun up in the sky
Stormy weather
Since my man and I ain’t together,
Keeps rainin’ all the time.

No sé por qué no está el sol arriba en el cielo
Se avecina tormenta
Desde que mi hombre y yo no estamos juntos
Llueve sin parar.

Life is bare,
Gloom and mis’ry everywhere
Stormy weather
Just can’t get my poorself together,
I’m weary all the time
So weary all the time.

La vida me parece vacía,
Hay tristeza y sufrimiento por todas partes
Se avecina tormenta
Ni siquiera soy capaz de sobreponerme
Estoy cansada todo el tiempo
Tan cansada todo el tiempo.

When he went away the blues walked in and met me.
If he stays away old rockin’ chair will get me.
All I do is pray the lord above will let me
Walk in the sun once more.

Cuando él se marchó, la tristeza entró en mí para quedarse.
Si se queda allí, me pasaré la vida lamentándome
Todo lo que hago es rezarle a dios
Para que me permita ser feliz de nuevo

Can’t go on, evr’y thing I had is gone
Stormy weather
Since my man and I ain’t together,
Keeps rainin’ all the time

No puedo seguir adelante,
He perdido todo lo que tenía.
Se avecina tormenta
Desde que mi hombre y yo nos separamos
No ha parado de llover.

(*) Más traducciones pinchando aquí.