–  I’m stuck. Does it get easier?

– No.

 

Martes. 6.30. Apago el despertador, voy a la cocina y, sin abrir del todo los ojos, enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón acaricio a Brow mientras me tomo el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Ya con algo de cafeína en el cuerpo preparo los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Café con tres de azúcar y leche sin lactosa para Paula. No apago la cafetera por si Chema quiere uno cuando llegue. Solo, sin leche ni azúcar. Luego guardo la comida de Nacho en la bolsa verde: el tuper grande con la quinoa con verduritas que saqué del congelador la noche anterior , el tuper pequeño con los picos, las dos piezas de fruta y los cubiertos. Sólo entonces me voy a la ducha, pasando por el cuarto de Paula para verla dormir antes de que se despierte. Me enjabono con el gel de té verde, no con el de sales -ése lo reservo para las mañanas en que no tengo nada que hacer y me quedo en casa chumineando- y una vez seca me doy la protección solar 50 para que la piel me la vaya absorbiendo.

Nacho es el primero en irse. Diez minutos después lo harán Chema y Paula. Yo seré la última. Y lo haré dejando solos a un perro del pasillo pa’fuera y a dos gatos, una tuerta y otro gordo y asmático, del pasillo pa’dentro.

8.10. Me enchufo los cascos y echo a andar bajo los árboles del paraíso, por aceras llenas de frutos redondos y arrugados como diminutas manzanas asadas. A mi izquierda, al llegar al final del puente de los bomberos, saludo al hombre que vende Kleenex y rosarios. A mi derecha dejo atrás la pequeña tienda de comida para llevar en la que no he entrado nunca a pesar de pararme siempre ante el escaparate. En mis oídos suena Stars, de Simply Red. So many words are left unspoken, the silent voices are driving me crazy. Y aunque me hace mierda oírla, vuelvo a ponerla en cuanto acaba. As for all the pain you caused me, making up could never be your intention. Y una vez más. You’ll never know how much you hurt me… La última, me prometo, sentada en el banco de piedra de la parada del 21 con mi bolsa verde sobre las piernas.

8.30. Mi segundo café del día me lo tomo en un bar en cuyas paredes hay mares y desiertos y rostros de mujeres sonrientes con pañuelos cubriéndoles el cabello. ¿La entera con tomate? pregunta la chica que trae mi tostada, al chico que hay detrás de la barra. Para la muchacha, responde él señalándome con la barbilla. La muchacha, repito para mí. Y sonrío.

20160607_0909178.55. La persiana metálica del restaurante está cerrada cuando llego, 5 minutos antes de mi hora. Y aunque el sol no pica tanto como para despertar a mi lobo, cruzo la calle. Y mientras hago tiempo, espalda contra la pared y bolso al hombro, observando a dos gorriones que dibujan arabescos en el aire mientras persiguen a una libélula, el sol, oculto tras una farola, me observa a mí.

Miércoles. 6.45. Apago el despertador y, sin abrir del todo los ojos, voy a la cocina y enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón me tomo a solas el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Luego me pongo a preparar los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Zumo de plátano, manzana, pera y naranja para Paula. Hago un poco de más por si Chema quiere un vaso cuando llegue. Hoy no meto nada en la bolsa verde. En un rato Nacho estará cogiendo un avión y aprovechará su viaje para comer sabe Thor qué mierdas. Pero eso será en un rato.

7.15. ¿Estás bien?, pregunta sujetando mi cara entre sus manos. ,  miento sin pestañear siquiera. Y sonrío como si haber tenido que renunciar a un trabajo que me encantaba y se me daba genial no fuera importante. Como si no llevara desde ayer aguantándome para no llorar. ¿Sabes lo que más me ha jodido de todo?, exploto, que cuando llamé a mis padres para contárselo, los dos me recordaron lo dura que es la hostelería y que yo estoy enferma. “Bueno, ahora te quedas en casa y cocinas para tu niña”, remató mi madre. Me dio la sensación de que de algún modo les aliviaba que no pudiera aceptarlo. Y que, de algún modo también, no habían oído una palabra de la parte en la que les explicaba que si no me quedaba era porque parte del trabajo implicaba servir a mesas que estaban fuera y llevar comida a las oficinas de los alrededores que las encargasen, no porque no me hubieran ofrecido el puesto. Nacho me mira con una mezcla de pena y rabia. Tus padres siempre animando, responde justo antes de abrazarme. Lo siento tanto, amor… añade al oído.

8.40. Cuando todos se han ido enciendo un fuego y pongo a cocer los garbanzos que dejé anoche en remojo para hacer hummus. En otro caliento agua para escaldar los tomates y preparar gazpacho. Tengo la nevera a reventar de comida -tofu ahumado con verduritas, garbanzos con espinacas, lentejas- pero aunque no tengo nada de hambre, el cuerpo me pide cocinar.

Mañana será otro día, me digo. Pero hoy sigue siendo ayer. El martes en que el sol parecía estar contenido en una farola.

12.05. Me meto en la ducha. Abro el gel de sales.

counter for wordpress

– Pues a mí me parece que te estás rindiendo.

– ¿Rindiendo? ¿Rindiendo a qué?

– A la vejez. Y no me gusta. Y lo peor es que tú te verás estupenda con ellas…

El Paracetamol es grande, blanco, con una hendidura al centro. Imagino que habrá quien sólo se tome medio, pero no es mi caso. También es amargo. No tanto como la Hidroxicloroquina, que hay que untar en mantequilla para que pase, pero bastante más que otras pastillas que tomo. Cuando el paracetamol no es suficiente, como esta noche, lo alterno con Nolotil. El Nolotil es más fuerte. O eso dicen. Yo no noto la diferencia. Igual es porque en el fondo no le tengo mucha fe. Y es que el Nolotil, tan granate él, a veces funciona y a veces no. Y eso es algo que no le pasa al Paracetamol. Mi pastilla-comodín. La niña de mis ojos. Antes lo era el Ibu. El Ibu es más pequeño. 600 mgr sólo. Y más bonito, las cosas como son. Con sus bordes redondeados y su recubrimiento brillante, podría pasar por un caramelo de menta. El Paracetamol es la amiga fea. Pero el Ibu, como todos los guapos, sube la tensión. Y yo de tensión estoy servida. Así fue como llegó el Amlodipino. El Amlodipino es el nuevo. También es blanco, pequeño, redondo, plano y con hendidura. Y esta vez soy yo la que sólo se toma medio. Al principio era uno. Pero entonces los tobillos no me cabían en las botas. Y no voy tan sobrada de botas, la verdad. Para compensar ese medio que no me tomo, están las cápsulas verdes. Mi última adquisición. Diuréticos para bajar la tensión. Casi siempre entran bien, pero cuando no lo hacen… Cuando no lo hacen la gelatina del recubrimiento se pega al paladar y te hace querer echar la cena del día anterior. Eso sí, qué bonitas son. Tan relucientes. Tan distintas a las demás. Casi tanto como el Montelukast Sódico, cuadrado, esquinas redondeadas, color salmón. Vaya pintas, no me digas. Pero si realmente me ayuda a respirar sin boquear como un pez en la orilla… Y por último están las amarillas. La Levotiroxina es la más antigua. Llevo tomándola desde el 95, cuando me diagnosticaron el hipotiroidismo, un mes después de morir Éboli. También es la más pequeña. Es plana, redonda y tiene dos hendiduras que forman una cruz. A mí lo mismo me da. Yo la tomo entera. Si no lo hiciera probablemente pesaría 100 kilos. La otra amarilla es A.A.S. Aspirina infantil. Es la última que me tomo, porque es la única que sabe bien. Así que la guardo para el final. Y dejo que se disuelva en mi boca. Como un premio. Y me pregunto por qué cojones los medicamentos dejan de estar buenos cuando creces.

Esos son mis básicos. Mi fondo de armario. Los que puedo tomarme a oscuras, guiándome sólo por el tacto, sin confundirlos. Sólo cuando la cosa se pone chunga, cuando llevo más de un par de meses con dolores diarios, y me cuesta tumbarme, y el pecho me da un pinchazo al estornudar, sólo entonces, llamo a la caballería. Los corticoides. Cortis hay de muchos tipos, pero todos suelen ser blancos, planos y relativamente pequeños. El mío es el deflazacort. 30 mgr. Blanco, plano, hendidura al centro. Sólo una. Una putada cuando tienes que ir bajando la dosis a 1/4. No digamos ya a 1/8.

Y cada noche, antes de irse a dormir, Nacho me prepara todas mis pastillas. Las saca de la caja de lata roja de galletas, donde guardamos los blísters de las pastillas frecuentes, y las va metiendo una a una – dos en el caso de las verdes- en la pequeña cajita, también de lata, de jabones Gal -ni aunque quisiera podría recordar cuántos años llevo usándola a diario para lo mismo. Luego guarda la cajita en el primer cajón de mi mesita para que, cuando me despierte a eso de las 7, pueda coger a tientas la pastilla más pequeña, la Levotiroxina, y tomármela media hora antes del desayuno. El resto me las tomaré en el salón, con un vaso de horchata o con un zumo, según me dé, ahora que he tenido que dejar el café. Lo del RedBull es ya otra historia.

Y cuando le toca viajar – una semana sí y una no, de lunes a viernes- me pone todas las pastillas juntas – 5 amarillas pequeñas, 5 más grandes, 10 verdes, 5 cuadradas color salmón y 5 mitades blancas- en una caja de lata un poco más grande, de chocolatinas. Y cada noche, antes de irme a dormir, sólo tengo que hacer el trasvase de las pastillas del día siguiente – 1 amarilla pequeña, 1 más grande, 2 verdes, 1 salmón cuadrada y media blanca- a la cajita de Gal.

De Paracetamol, Ibu – de emergencia-, y Nolotil siempre habrá blísters enteros en mi mesita. Cajas nuevas en el armarito de la cocina. Recetas firmadas y sin fecha en el recetario.

g.canasPodría haber hablado de otras cosas, lo sé. De que después de 4 años dejándome los codos, recogí el premio al mejor expediente de mi promoción el mes pasado. De que unos días más tarde Brow por poco se carga a Livia y ahora el pelo le crece más oscuro entre las orejas. De que en agosto, estando en el hospital, decidí que se acabó teñirme el pelo y ahora peino unas cuantas canas que me encantan. De que en 4 meses Paula y yo estaremos volando a Japón…

De todas esas cosas y de otras tantas que se escriben solas en mi cabeza. Sin importarles dónde, ni con quién esté. Sin tener que andar robando d’s mayúsculas y minúsculas y pegándolas aquí y allá para que no se note que a mi teclado le faltan letras.

Pero esta noche, mientras el Nolotil surte efecto -o eso espero-, sólo me apetecía hacerlo sobre colores y formas, sobre latas de metal antiguas y sobre esta especie de ritual que, a fuerza de repetirlo, casi llega a parecerme normal. Aunque aún no haya cumplido los 43. Aunque a ratos sienta como si mi mayor aspiración, la única importante, fuera llegar a ver cómo toda mi cabeza se viste de blanco algún día. Y que nadie venga a quitarme años de nuevo como si me hiciera un regalo. Que me he ganado cada uno de ellos. Y no siempre ha sido una pelea justa.

Pero sí, yo me veo estupenda.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2014/10/miguel-campello-si-te-vas.mp3]

Pd. Gracias de nuevo, amable desconocido de la eterna sonrisa, por esta preciosísima coplilla.

 

counter for wordpress

A ratos agosto se me hace tan largo que pienso en pintarme las uñas sólo para ver lo que el tiempo hace con el esmalte. Y dejarlas crecer mientras la capa de color se desplaza, cada vez menos uniforme, hacia el borde. Luego recuerdo que soy de las que se las muerden. De las que siempre lo han hecho en realidad. Y acabo matando el tiempo en otros sitios. Como en las salas de urgencia.

Martes, finales de agosto.

10.30h. Mierda. Probablemente la última palabra que quieres escuchar de la cirujana que está extirpándote ese tumorcillo que no es nada y que te ha salido bajo la lengua.

11.30h. ‘…que no tiene porqué pasar. Te lo comento porque tengo obligación de decírtelo. Pero vamos, que todo ha ido muy bien. Casi no has sangrado y…’

13.30h. ‘Y qué le pasa?’ / ‘La operaron hace unas horas, aquí traigo el informe. Nos dijeron que era normal que se le hinchara un poco, pero es que no puede ni hablar, ni tragar…‘.

15.30. ‘Perdone, pero llevamos 2 horas esperando y mi mujer no para de echar sangre por la boca y se está mareando…‘.

15.45. ‘No quiero que te asustes, vale? Se te ha formado un hematoma en el suelo de la boca. Eso es lo que está empujando la lengua hacia arriba y por eso no puedes hablar. Lo que me preocupa es que si el hematoma no baja se te cierre la vía y no puedas respirar. Entonces tendríamos que considerar la anestesia general, intubarte y drenarte. Te han operado alguna vez? Tienes alguna enfermedad?…’

Mientras los médicos toman nota de lo que Nacho les dice, intento pensar. Empiezo por las pulseras. Una a una voy guardándolas en uno de mis bolsillos, comenzando por la más valiosa, mi pulsera verde que atrae a las mariposas. La experiencia, para bien o para mal, es un grado… Una vez que todas están a salvo, rompo a llorar. Y durante unos minutos dejo que sean otros lo que se hagan cargo de todo.

15.50. ‘Vamos a dejarte ingresada en urgencias y ya vamos viendo cómo evoluciona…’

La sala de observación de trauma resulta ser muy parecida a la de la UCI, salvo que aquí se me permite llevar una ridícula bata atada a la espalda e incluso dejarme las bragas debajo. Mis bragas de margaritas, que hoy estreno y que ya siempre serán las del día en que casi me ahogo con mi propia lengua.

La anestesista pasa sólo para hablar. Por si acaso, dice. La vía en el brazo, el pulsómetro en el dedo, los cables pegados a mi pecho y el tensiómetro listo para volver a hincharse a cada rato, no me dejan demasiado margen, pero saco el cuadernito y respondo a todas sus preguntas. Por si acaso también.

Pasan más médicos. Tantos que pierdo la cuenta. Todos me piden que abra la boca y alguno hace fotos. Comentan lo de mi tensión. Que con 228/116 podría montar una central eléctrica si quisiera. Al parecer es lo que más les preocupa. Que no pueda ni tragar saliva pasa a ser secundario.

Intento no llorar. No sólo porque no sirve de nada. Ni porque odio llorar en público, hasta cuando se trata de un público pequeño y poco involucrado. Lo intento por si lo de la tensión acaba siendo emocional, como aventura alguno de los internistas. Pero cuesta. Estoy asustada. Y sola. No entiendo por qué no dejan pasar a Nacho, cuando la mujer de la cama de al lado tiene a su hija, una enfermera fea y desagradable, pegada a la cama, hablando por el móvil. Y acabo llorando todo el suero que me entra directamente por la vena. Luego me doy 10 minutos y me siento echada hacia delante, espalda al aire, a esperar hasta que las visitas, las normales, pueden entrar. Y allí están: mi niña, que ya no lo es tanto, y mis dos chicos. Les toco, les cojo de la mano, les miro, les escribo ‘os quiero’ en mi cuadernito. Mi cuadernito de publicidad del libro ‘La absurda idea de no volver a verte’. Jajaja.

Cuando la hora de visita acaba, vuelve el silencio. Poco después cae la noche. Lo sé porque estoy en un semisótano y mi cama tiene una ventana a la espalda. Y mientras fuera oscurece y las luces de las farolas se encienden, visualizo otro martes. Y veo la callecita del Naima. Y el paso de cebra que cruzo para hartarme de pizza del Buoni. Y al Escocés al piano, ahora que no canta para mí. Y la barra donde pido cosas raras sólo para ver si las tienen. Y los chupitos de limoncello con que brindamos al final de cada concierto. Y a mí misma con vestido corto, porque hace tiempo que empezaron a importarme un carajo las bromitas sobre lo blanca que estoy.

Y pienso en los dos episodios de Breaking Bad, los últimos de la serie, que dejé aparcados la noche anterior porque así soy yo. Idiota. Y en el libro de Camilleri. Y en otras cosas que he dejado cerradas. Y también en las que no.

Y llega esa hora extraña en que te despiertan para ofrecerte yogur o zumo. But not for me, que diría la canción. Yo no puedo ni beber agua. En parte porque soy incapaz y en parte por si me operan. Dieta absoluta la llaman. Y desde mi rincón, el box 18, observo el ir y venir de batas blancas, verdes y azules. Fantasmas que pasan entre las camas sin hacer ruido. Ojos que ven pero no miran, inmunizados a los llantos y a las soledades ajenas. Como la de la mujer de la veintitantos, una anciana con Alzheimer que acaban de traer de una residencia y que no deja de gritar. ‘Niña’, dice. ‘Niño’. Pero cuando algún enfermero se acerca, calla. Y cuando se aleja, sigue. ‘Niña’. ‘Niño’. Hasta que llega un momento en que dejas de oírla.

23h. Mi médico, el que me atendió en urgencias, pasa a verme. ‘Eso te lo has pintado tú ahora o es un tatuaje? Te lo has pintado, no?’. Le digo que no con la cabeza. No puedo hablar ni sonreír. Lo de no hablar, mira, pero no sonreír… qué cosa tan jodidamente chunga es… Sonríe, él que puede. ‘Qué original’. Y me aprieta la mano antes de irse. Y aunque nadie pueda verlo, sonrío.

Y más medicación por vía. Y más anotaciones sobre mi tensión que nadie me devuelve. Y duérmete, anda, me dice uno de los enfermeros. Y cómo me duermo. Si me da miedo ahogarme. Cómo. Si yo no sé dormir sola. Si necesito un brazo por la cintura. O un perro a los pies. Algo. Y con la luz rojita del aparato que tengo conectado al dedo, abro el cuaderno y escribo. Escribo y tacho y lloro.

Y aunque nada de esto sea nuevo, en cierto modo lo es. Son tantas las cosas que quería hacer a partir de septiembre. Cosas pequeñas. Pero tantas. Y ha sido un verano bonito este. Para ser verano. Un verano de millones de pelis con Paula. Y no de Disney, de esas raras que me gustan a mí. Y de bocatas de tortilla y estrellas fugaces en el patio de la Diputación. Y de volver a casa sin prisa, cogiendo por arriba del puente de los bomberos, con sus farolas amarillas y sus árboles a los lados. Hasta cuando no podía con mi alma.

brow - ya tengo perroY me repito hasta creérmelo que son cosas que pasan. Si lo sabré yo. Que pasan. Y que saldré de ésta, porque al final siempre salgo. Y el martes que viene estaré otra vez en el Naima. Y comeré pizza de patata y de gorgonzola y caprese. Y disfrutaré con cada bocado, soy así de básica. Y brindaré con chupitos. Y llegaré a casa contenta y con hambre. Y me quitaré la ropa y me lavaré la cara y despertaré a Nacho. Por ese orden. Y un rato más tarde estaré dormida con un perro a los pies y un brazo sobre la cintura. Y mis pulseras volverán a sonar alrededor de mi brazo izquierdo.

.

Martes, primeros de septiembre.

Y a través del ventanal escucho a Paula reír en el patio. Y el cielo, tan gris esta mañana, se cuela entre mis cortinas. Y a lo lejos, truenos. Sólo la lluvia podría mejorar esto.

Pero dos días atrincherada en mi cama no son suficientes. Necesito más tiempo en este cuarto sin un solo cuadro, ni una mala foto. Sin bombilla siquiera colgando del techo. Sólo me apetece estar. Aquí. Tirada. Rodeada de mis bichos. Y pensar sin prisa. Y comer con ansia. Y oler a sueño. Y a veces despertarme llorando. Y otras, si tengo suerte, recordando atardeceres raros que nunca existieron con personas a las que una vez quise muchísimo. Y no arrepentirme de nada. Y aprender a gustarme sin tener que mirarme en otros ojos. Y no salvarme.

Fuera comienza a llover.

counter for wordpress
‘Conozco el poema. Es como un puñal que te atraviesa cuando ves cómo te has prostituido’.  

5 de la mañana. A tientas enciendo la luz de mi mesita, que esta noche no molesta a nadie. Incluso Brow, que normalmente ocupa el lado de Nacho cuando éste no está, ha decidido esta vez dormir bajo la cama. Abro el cajón de arriba  y de algún modo me las apaño para sacar el penúltimo paracetamol que queda en el blíster y abrir la botella de agua para tomármelo.

avatar piernas tattoo 4Me miro las manos. Los dedos hinchados y torpes, como cuando inflas un guante de goma y no dejas escapar el aire para ver cómo se mueven. Sólo a uno de ellos le ha sentado bien el cambio. La inflamación debe haber hecho que la piel se estire. Incluso los cardenales que aún persisten parecen más pequeños esta noche.

Y ahí está. Mi nueva cicatriz. Perfectamente legibles, desde el comienzo de la muñeca, alineadas con mi dedo pulgar y ligeramente inclinadas hacia la derecha, tres palabras: no te salves.

En unas horas la inflamación habrá bajado y el dolor habrá remitido un poco. O eso espero. En unas horas más estaré yendo sola al Virgen del Rocío.

Y aún me quedarán dos noches más como ésta.

Y tan cierto  como que no todos elegimos salvarnos, lo es que no siempre podemos escoger nuestras cicatrices.

Y ahora que los lazos ya no unen nunca a nadie
Ahora que no confiaré ya nunca más en nadie
Me necesitas sólo por los ojos
A mí ya no me llames

counter for wordpress

4.30 de la mañana. Enciendo la luz de mi mesita y echo cuentas, tocándome la yema del resto de los dedos con la del pulgar: una, dos… y así hasta seis horas. Suficiente, pienso. Con las manos hinchadas y doloridas, busco en el cajón de arriba hasta dar con un antinflamatorio. Luego envío un wasap a la cuenta que H. no usa, para así acordarme más tarde de qué me tomé y a qué hora y poder echar cuentas de nuevo.

Mientras, la mano de Nacho, que hasta hace un segundo descansaba sobre mi teta – la del lunar no, la otra- se ha retirado junto con el resto de su cuerpo, que ahora nos da la espalda a la luz y a mí, como recordándome que él mañana trabaja. Yo no. Yo en dos horas y media me levantaré, sí. Pero sólo porque las 7 de la mañana es la hora a la que me tomo la levotiroxina. Aunque no me la tome con agua, ni desayune media hora después, como dice el prospecto.

Y sé que de 7 a 9 estaré más o menos bien. Y por eso ésas son mis dos horas favoritas de la mañana. Porque están así, rodadas como a cámara lenta. Y las de hoy calculo yo que irán como sigue:

Tras tomarme la pastilla amarilla, la pequeña, me quedaré 10 minutos más ocupando toda la cama, con la piel aun templada y la sábana de arriba a los pies. Luego me pondré el pijama y me dejaré caer en el sofá confiando en que Nacho me traiga un café en uno de aquellos vasitos de cristal que compramos en Sintra. Y mientras él saca a Brow, iré a comprobar cómo va mi planta, que tras más de dos meses de muchísimo suspense, justo cuando empezaba yo a perder la esperanza, ha empezado por fin a echar raíces en agua. Por último me quedaré embobada contemplando los dos preciosos brotes que están saliendo de la otra mitad, del tronco que di por muerto. Que ahí siguen. Abriéndose paso. Tan verdes. Tan vivos.

Y entre unas cosas y otras serán casi las 8, que es la hora a la que llegan Paula y el Escocés. Y Brow los oirá mucho antes, desde que estén esperando el ascensor, e irá a recibirlos a la puerta, con las orejas agachadas y el rabo como un molinillo.

Y a las 8.20, cuando me haya quedado sola de nuevo, llamaré a mi padre. Y lo acompañaré al teléfono mientras recorre las callecitas estrechas de Cádiz hasta llegar a la Catedral. Y lo oiré hablar de mi madre y de que ha saltado el levante- lo oyes?- y de lo mal que está la cosa y de que hoy tiene prisa porque sus antiguos compañeros, con los que toma café cada mañana desde que se jubiló, tienen una rueda de reconocimiento a las 10.

Y cuando abran la iglesia nos despediremos. Y él entrará a rezarle al Cristo de Medinaceli, con su piel ennegrecida y sus manos atadas y su rostro famélico. Y en el silencio de la capilla, ese hombre de 74 años al que quiero más que a mi madre y a mi hermano juntos, se pondrá de rodillas y le hablará a su Cristo. Y lo hará sin mover los labios. Y se flagelará un rato por todas esas cosas que le envenenan la sangre sin que él pueda hacer nada por evitarlo. Luego le dará las gracias porque Nacho y Chema sigan teniendo trabajo, porque Paula sea tan feliz, porque los riñones de mi hermano sigan funcionando aunque sea con un trozo menos. Y le pedirá a su Cristo agitanao que deje de dolerme todo hoy y a cambio le prometerá sabe dios qué. Y luego se marchará de allí en silencio, un poco más pequeño cada vez, dejando atrás los cirios encendidos.

Para entonces yo llevaré ya media hora asomada al ventanal observando cómo el mundo se despereza ante mis ojos. Niños que arrastran los pies cabizbajos, mochila al hombro, como si la vida les pesara una tonelada. Mujeres con batas de flores y pinzas en el pelo que canturrean mientras limpian salones ajenos. Jubilados que salen al balcón a hablar con sus plantas. Y vencejos. Vencejos apurando las curvas. Chillándole al aire fresco de la mañana. Sombras negras sobre ladrillo visto. Y durante 5 segundos apoyaré la espalda en el marco de la ventana para que el vértigo de mirar hacia arriba me haga sentir un poco más viva. Porque yo el vértigo nunca lo he sentido al mirar hacia abajo.

Y antes de que me quiera dar cuenta habrán dado las 10 y para esa hora empezaré a sentirme cansada. Claro, me dirás, si no has dormido una mierda. Pero no es eso. No es el tipo de cansancio que se arregla con un par de valiums antes de irte a la cama para que el dolor no te despierte a las 4 de la madrugada. Es de ese otro, el de levantarte a las 7 sabiendo exactamente cómo va a ser el resto de tu día. Y ese cansancio, hasta donde yo sé, tiene mal arreglo.

(…)

Y pienso en lo que me decía un amigo el otro día. Me decía: estoy aprendiendo que uno de los secretos es rebajar el nivel de las expectativas. Y en cómo yo, en parte porque lo creo y en parte porque me encanta muchísimo llevarle la contraria por sistema a la gente, le contesté que a veces es bueno tener las expectativas altas y arriesgarte a que te decepcionen un poco. O incluso un mucho.

Claro que ese día yo estaba mejor. Y quería comerme el mundo a bocaos. Porque yo, como le decía a H, sólo como cuando tengo hambre. Pero cuando me pongo, ya sea un plato de pasta o el mundo, siempre como con ansia, como si me lo fueran a quitar. Con lo malo que es eso a veces…

(…)

Y estoy convencida de que una mañana de estas me levantaré y mi lobo habrá vuelto a largarse. Como hacen los gatos cuando se ponen en celo. Y ese día volverán a faltarme horas.

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2014/01/smiths-the-asleep.mp3]

 

counter for wordpress

El verde es mi color. Siempre lo ha sido. No me recuerdo a mí misma con otro color
(‘La mujer de verde’, A. Indridason).

El día que dejé de respirar lo último en que pensé fue en Paula.

Todo el mundo debería poder morirse así, sabiéndolo, dedicando su último pensamiento a alguien a quien realmente quiere. Teniendo en su vida alguien a quien dedicar un último pensamiento.

A veces, cuando no consigo dormir, me dedico a volver sobre mis pasos. Es un ejercicio inútil, lo sé, tanto como repasar un examen ya entregado, pero no puedo evitarlo. Supongo que en el fondo confío en poder encontrarle algún sentido. Algo que haya pasado por alto. Un patrón dentro de lo arbitrario que parece ser todo. Como cuando estoy a punto de perder la partida y me cae una vida extra en el BrickBreaker.

(…)

Mi primer recuerdo de ese día es sobre la comida. Raviolis de setas, rehogados con mantequilla y acompañados de parmesano recién rallado. No sé si es lo que habría elegido de haber pensado que podría ser la última, pero para ser un miércoles cualquiera no está nada mal. Tengo hambre pero es el olor lo que lo vuelve urgente. Los primeros raviolis me estallan dentro de la boca, demasiado calientes para saborearlos. Pasada el ansia de los primeros minutos, comienzo a partirlos en dos, dejando que el calor escape y parte del relleno de setas acabe derramado en el plato. Si estamos viendo la tele o no, eso no lo recuerdo. Sé que voy estrenando camiseta y que pongo especial cuidado en no mancharme. Al final ha sido la de rayas grises y azules, no la verde. Eso es algo que sigo sin entender después de todo este tiempo. El verde es mi color. Siempre lo ha sido. Mi cepillo de dientes, mi esponja, mi toalla, todo es verde. Pero hoy… Gris contra verde y gana el gris? Ni que hubiera sabido que horas más tarde alguien iba a estar cortándola en dos con unas tijeras.

El segundo recuerdo que guardo es estar esperando a Paula y al Escocés a la sombra de un naranjo. El día es absolutamente primaveral para ser febrero. Cielo azul, 25 grados y todo lo demás. Tres más como éste y cada naranjo a lo largo de la calle acabará cubierto de capullos de azahar impregnándolo todo de su olor. Y cada vez que me asome el balcón me parecerá que he vuelto al pueblo de mis abuelos, a los limoneros encalados y a los patios con tortugas escondidas entre las macetas, al olor a brasero y a tostadas por las mañanas, a las noches sin hora para recogerse y al sofá cama que compartía con mi hermano, el mismo en el que pasé la varicela. O la rubeola. O alguna otra cosa de la que mi madre no está del todo segura. Todo eso traerá el azahar para mí a cambio de que siga aquí para olerlo.

Mi tercer y último recuerdo antes del pasillo del edificio 16 es Paula. Cuando la veo salir del portal trae puesta su sonrisa maligna. Pienso rápido de qué puede tratarse, pero no caigo. Entonces ella levanta las manos en señal de triunfo y mueve los dedos, esos dedos largos y finos, absolutamente perfectos, que tiene. Sus uñas. Siguen siendo azules. Llevo días amenazando con quitarles el esmalte, que está ya descascarillado, pero siempre se me olvida… Ahora su sonrisa dice “Ja. Te gané otra vez“. “Esta tarde, en cuanto llegue de clase…” le aseguro, convencida de que voy a volver. Pero no vuelvo. No aquella tarde. Luego entramos en el micra. Y yo finjo que voy a sentarme delante, aunque acabo sentándome a su lado, como siempre. Y ella se lo toma como una nueva victoria, esta vez sobre su padre. Y no recuerdo sobre qué hablamos, sobre cosas importantes, seguro. Con Paula todo lo es.

El resto anda en otro post.

(…)

Y vuelta a Paula. A lo mayor que se ha hecho… aunque no lo suficiente como para que nuestras conversaciones se hayan vuelto aburridas: Paula y yo coincidiendo en cuánto molaría tener barba (lo sé, lo sé, debería hacérmelo mirar… 😎 ). Barbas frondosas que mesarnos con la mirada perdida para que nuestros pensamientos parecieran más interesantes. Y lo hacemos, nos mesamos nuestras barbas inexistentes mientras pensamos en cosas súper profundas.

Y a veces me digo que la vida sigue. Que continúa sin más. Pero no es cierto, claro. Continúa, sí, pero no “sin más”. Porque ésta que vivo hace casi dos años ya es una vida extra. Como las del BrickBreaker. Signifique eso lo que signifique.

Y acabo quedándome dormida pensando en Paula. En lo guapas que estaríamos las dos con nuestras barbas.

counter for wordpress
El primer amanecer fue el más frío.

Doy un nuevo sorbo a mi té esperando entrar en calor y observo a la pareja que desayuna en la mesa de enfrente. Deben tener nuestra edad, un par de años más a lo sumo, y salvo por el color de pelo – una rubia, la otra morena – parecen ir uniformadas: mismos pantalones caqui con bolsillos, mismas  sandalias, mismo tipo de camiseta.

Pero aunque compartan mesa – y cama, imagino- , sus miradas no se han cruzado en el rato que llevo aquí, absorta cada una en la pantalla de su respectivo móvil. Los nuestros, a sugerencia mía, acabaron quedándose en casa. Bastante invisible me he sentido ya a lo largo de la semana a cuenta del puto wasap como para verme relegada a un segundo plano estando en un hotel.

En cuestión de minutos el resto de huéspedes comienza a ocupar el resto de mesas. Cafetera y tostadora se convierten en punto de encuentro donde guiris y autóctonos intercambian comentarios de ascensor mientras esperan. Se quejan del mal tiempo que les está haciendo. De la amenaza de lluvia. Del viento que ruge entre las palmeras.

Yo, que he tenido que venir todo el camino en el asiento de atrás – como los niños chicos – porque el sol daba por el lado del copiloto, no me quejo. Incluso el viento, que no ha dejado de enredarme el pelo desde que llegamos, me parece perfecto hoy.

(…)

La segunda noche llovió por fin. Llovió sobre nuestros mojitos y sobre nuestros brindis. Llovió sobre mojado.

Y al despertar nos encontramos con que el viento había desaparecido. Con que la arena, compacta tras la lluvia de la noche anterior, apenas se hundía bajo nuestros pies, iluminados a su paso por las luces que bajaban desde las casas.

Y si 4 años atrás pudimos ver el sol asomar tras las rocas, esta vez fue del todo imposible adivinar en qué momento se hizo de día.

Fue un amanecer plomizo y húmedo, sin huellas a nuestras espaldas. Como si fuéramos los primeros en recorrer aquella orilla. Como si nunca hubiera pasado nada.

Y tras dejar tanto mi ropa como la procesión, que iba por dentro, cuidadosamente dobladas sobre mis sandalias, me metí en el mar.

Y por un momento sentí que me hacía visible de nuevo.

(..)

I could sleep alone or learn to
I’m not suggesting that we’d find
some earthly paradise forever

(*) Si queréis descargaros la coplilla o saber de qué va, pinchad aquí.