counter for wordpress

Miércoles, 29 de febrero.

Hasta última hora he estado dudando si venir o no. No me encuentro nada bien, pero tenemos un estúpido trabajo en grupo que poner en común y no quiero dejar a las niñas tiradas. Y aquí estoy, una hora antes de que empiece la clase, como de costumbre.

Me siento en uno de los bancos del pasillo y espero. El sol entra a raudales por las ventanas enrejadas. Fuera la gente lo busca. Yo lo evito.

Noto que me asfixio. Entre el catarro que Paula me ha pasado y la lluvia, que no termina de llegar, llevo respirando fatal toda la semana. Saco el inhalador de la mochila y me meto 2 chutes. Normalmente tarda poco en hacerme efecto, pero se ve que hoy no es mi día.

Me da un ataque de tos. Toso con todas mis fuerzas y vuelvo a tomarme el inhalador. Algo no va bien. Apenas consigo coger aire. Llamo a Chema y le pido que venga a buscarme. Edificio 16, pasillo de abajo.

Abro la ventana y me agarro a la reja con fuerza. El aire está ahí, pero por alguna razón no consigo que entre en mí. Intento tranquilizarme pero el calor se vuelve asfixiante por segundos. Miro a ambos lados del enorme pasillo desierto. Mis compañeras tardarán al menos media hora en empezar a llegar. A lo lejos pasa una chica con rastas en el pelo. Levanto la mano y pido ayuda. Se acerca y me pregunta algo. A mí me parece que salta a la vista. No puedo respirar, le digo.

La pierdo de vista por un minuto, tal vez dos, tal vez medio. Luego la veo reaparecer con uno de los conserjes. El conserje habla con alguien por el walkie, parece nervioso. Al rato llega otra conserje, es alta y lleva el pelo corto y rizado. Se sienta a mi lado y trata de calmar a su compañero. Ella también es asmática, dice. Sólo tengo que tranquilizarme y respirar. Respira, me dice. Que respire. Me dan ganas de pegarle. Tú tranquila, me habla como a una niña pequeña. Su compañero no lo ve claro. Dice que hay que llamar a una ambulancia. Ella insiste en que sólo es una crisis asmática. Alguien, la chica de las rastas, supongo, me echa agua en la cara. Cierro los ojos y oigo al conserje llamar a una ambulancia. Una chica (…) No sé (…) Está azul (…) Unos 2040, susurro.

Poco a poco, el aire que antes me parecía insuficiente, se vuelve de plomo. Es como si algo se hubiera cerrado. Boqueo, como los peces que quedan en la orilla después de sacar las redes.

Los de la ambulancia llegan por la derecha y Chema y Paula por la izquierda. Miro a Chema. A Paula. Me tumban en la camilla. Intento decirles que no puedo ir tumbada, pero no puedo hablar. Trato de incorporarme, pero alguien me sujeta.

Salimos al exterior y el sol de las 4 de la tarde me da de pleno en la cara. Y como me da, se apaga. Tumbada en la ambulancia, sin aire, me doy cuenta de que me voy a morir. No lo creo, lo sé. Paula, pienso. No la llevé a ver los Teleñecos

Jueves, 1 de marzo

Abro los ojos y allí están. Nacho a un lado, Chema a otro. Cada uno me agarra de una mano. Los dos sonríen. Menudo susto nos has dado. Es jueves por la noche. Paula está con Kike. Yo en la UCI. Intento hablar, pero no puedo. Trato de chapurrear algo en lengua de signos, pero Chema no me entiende. Tengo vendas y tubos saliéndome de los brazos. Todo es tan irreal. Alguien avisa de que acabó el tiempo de visita. No pasa mucho hasta que vuelvo a quedarme dormida.

Viernes, 2 de marzo

La sala se llena de gente. Unos lloran, otros sólo miran, algunos cuentan cosas. Nacho y Chema vienen junto a mi cama y me ponen al día. Nacho me ha traído el mp4 y unas tarjetitas hechas por Paula. Sigo sin poder hablar, pero hago un esfuerzo y tiro de lengua de signos para bromear sobre los enfermeros. Hay uno guapísimo, mulato, muy simpático, Gregorio se llama. El otro es un pan sin sal. Deletreo su nombre despacio. R-u-f-i-n-o. La primera vez Chema no me entiende y me cabreo. La segunda sí. Por supuesto, Chema no pierde la oportunidad y tararea la coplilla de Luz Casal. Le regaño con la cabeza sin mucha convicción. Los 5 ó 10 minutos de visita pasan volando.

La visita de la tarde pinta menos divertida. Por lo visto, mis padres están abajo esperando. Chema me avisa de que mi madre está muy cabreada porque no la han dejado subir sin consultarme. Me pregunta si quiero verla. La verdad es que no. Más si ellos tienen que irse para que ella entre. No quiero que me suelten las manos. Pero ya sabemos cómo va esto. Hago de tripas corazón y me despido de los dos.

Sólo cuando los pierdo de vista me miro con detenimiento. Han pasado 2 días. Bajo la sábana estoy desnuda. Tengo cables conectados al pecho y una sonda entre las piernas. Aún así, lo que más me impresiona es el color morado de mis brazos.

Veo entrar a mis padres. Mi padre sonríe, pero en sus ojos veo que está muerto de miedo. Mi madre trae puesta su cara de vinagre. No puede evitarlo, supongo. Tiene que ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. Sobre la marcha decido que esta vez no voy a dejar que me afecte. La dejo quejarse y trato de no pensar en nada. Cuando se da cuenta de que no entro al trapo me castiga con su silencio. Alguien avisa de que acaba el turno de visitas. Lo siento por mi padre. Él no me sobra. Me dan un beso y los veo marcharse.

Me quedo sola en aquella especie de sótano lleno de camas separadas por cortinas. A mi izquierda veo el libro que Nacho debe haberme traído, aunque no recuerdo cuándo. Antes de que hiele. Algo sobresale entre las hojas. Parece una factura. Tiro de ella y leo lo que pone en el reverso. Vuelve pronto a casa. Te quiero y te echo de menos. Me tumbo de lado, me tapo la cara con la mano y me echo a llorar hasta quedarme dormida.

Me despierto mojada. Se me habrá salido la sonda, supongo. Miro entre mis piernas y veo las sábanas teñidas de rojo. Al parecer me ha bajado la regla. Otra vez. Una enfermera me lava y cambia las sábanas con ayuda de un celador. Me dice que es normal, con los nervios, ya se sabe. Dobla una especie de tela absorbente y me la pone entre los muslos. Cómo la sujeto, pregunto. Cerrando las piernas, me aclara como si hubiese preguntado algo obvio. Avísame cuando necesites que te la cambie.

Sábado, 3 de marzo

No sé qué hora es. La sala está oscura. Sólo los pitidos de las máquinas y el ronroneo de los respiradores rompen el silencio. Mi aparato también pita. El aparato que hace ping. Juas juas. Cuando salga de aquí tengo que volver a ver ‘El sentido de la vida’.

A lo lejos, el murmullo de una conversación me devuelve a la realidad. Pego el oído. Volantes, rayas, mangas. Una voz cantarina da todo lujo de detalles: el traje, el peinado, las uñas de gel. Otras voces, femeninas todas, se turnan para dar su aprobación. Un buen peinado y unas buenas uñas son como un buen bolso y unos buenos zapatos, sentencia una voz más ronca. Es marzo, caigo, víspera de feria. Después de 16 años viviendo aquí no sé de qué me asombro.

Frente a mí, un hombre enorme iluminado por una luz amarilla respira por un tubo. De repente su máquina empieza a pitar más rápido y la conversación se corta. Una enfermera pelirroja, preciosa, viene y toca algo. Y la máquina deja de gritar. Segundos después reanudan su conversación. Cierro los ojos y trato de volver a dormir. Ojalá se callaran todas, aunque fuera un rato…

En algún momento sé que es de día. Se abre la puerta y entran los familiares. La mujer de la cama 9 no tiene visitas. Qué cosa tan triste, pienso. Nacho y Chema entran juntos. Me besan y me cogen las manos. Me preguntan cómo estoy. Busco las palabras pero no las encuentro, así que sonrío y me dejo sonreír. Mis padres están con Paula, me cuentan. Salvo está bien, Wilma, triste. Nacho me cuenta que en vez de irse a su sitio de siempre se tumba en el pasillo, frente a la puerta. Me cuesta hablar, así que voy a tiro hecho. Les digo cuánto los quiero. Intento que entiendan lo feliz que soy. De que estén aquí. De estar yo.

Al abrir los ojos no sé qué es lo que falta, sólo sé que algo ha cambiado mientras dormía. Entonces caigo. La mujer a la que nadie venía a visitar ya no está. Las enfermeras bordean la cama hablando de sus cosas mientras una mujer de la limpieza le pasa un trapo al colchón desnudo.

La enfermera pelirroja me sonríe. Te voy a lavar, anuncia. Mientras lo hace me pregunta si tengo hijos. Una, le digo. 9 años. Me cuenta que ella también tiene una hija. 12 años. Me coloca un nuevo trapo entre las piernas y aprovecha para contarme que a su hija le vino la regla el año pasado. Luego coge el libro, lee el título en voz alta y hace algún comentario que ignoro por completo. Le pregunto si sabe cuándo me darán el alta. Echo tanto de menos a Paula. A Nacho. A Chema. Me alegra no tener nada dónde mirar la hora. Así resulta más fácil engañarse.

Medio día. Un médico alto y de pelo blanco irrumpe en la sala cuando estamos a punto de comer. Uno por uno va visitando a los pacientes. Es amable con aquellos que estamos conscientes. Con las enfermeras, sin embargo, parece un déspota. Me dedica una gran sonrisa y me pregunta cómo me encuentro. Perfectamente, le miento mirándole directamente a los ojos. Tras examinarme me comenta que él también me encuentra mucho mejor. No pueden mandarme a casa, me explica. Por cómo llegué. Pero en cuanto haya cama en respiratorio, promete, me suben a planta. Justo antes de irse coge el libro y lee el título en voz alta. Antes de que hiele. Asiente como dando su consentimiento. Luego vuelve a sonreírme y se va.

Por cómo llegué. Hasta ahora nadie me ha explicado nada. Cuando vuelvan Chema y Nacho tengo que preguntarles.

En cuanto haya cama en respiratorio resulta ser una medida de tiempo aún más difícil de llevar que la incertidumbre pura y dura. A ratos me da la sensación de que nunca voy a salir de allí y el aparato que hace ping se chiva a las enfermeras. Entonces abro el libro y leo el párrafo que toque. Lo leo una, dos, tres veces, las que hagan falta hasta que empiece a tener sentido.

Debe faltar poco para el segundo turno de visitas. Mis padres no han vuelto a venir. Oigo a las enfermeras hablar de una cama en planta. No quiero hacerme ilusiones pero tampoco puedo evitar pegar la oreja. Hablan de la 7. Yo soy la 5, la niña, como ellas me llaman.

Una de las enfermeras se acerca a darme la medicación y a hacer los controles rutinarios. Da por hecho que sé que me voy, aunque nadie me lo haya dicho. Me pongo a llorar de la alegría. El aparato que hace ping hace ping por última vez.

Se abre la puerta y veo a Nacho y a Chema esperando que les dejen entrar. Me sonríen y les levanto el pulgar. No puedo esperar a que entren. Desde lejos, por lengua de signos, les digo que me voy…

(…)

Tras la UCI pasé a planta. Desde el sábado hasta el miércoles he pasado por 2 habitaciones y he tenido hasta 4 compañeras diferentes.

A toro pasao me he enterado de que el miércoles entré en parada respiratoria, que Nacho, Chema y Paula tuvieron que pasar 3 horas en la puerta de urgencias hasta saber si iba o no a vivir, que hasta un día después no sabrían si había habido secuelas y cuáles… y que tuve suerte, 15 minutos más y no lo cuento.

No hará falta que diga que no ha sido una semana fácil. Ni para mí, ni para las personas que han estado al tanto de lo que me ha pasado. Aún me cuesta dormir por las noches, a pesar de llevar sin café 7 días. Supongo que me da miedo no despertarme.

Luego pienso que estoy viva, que no ha habido secuelas, y me siento la persona más afortunada del mundo…

(*) Este post lo he ido escribiendo a ratos perdidos, entre la 711 y la 715, en un cuadernito que me compró el Escocés mientras estaba hospitalizada. En mi vida he pasado tanto miedo y necesitaba sacarlo fuera. No abro los comentarios porque ahora mismo sé que no voy a poder contestarlos, pero muchísimas gracias a todos los que habéis estado pendientes de mí.

Esta mañana, haciendo balance de lo que ha sido este año, me he dado cuenta de que los 6 primeros meses no hice otra cosa que dejarme llevar: estudiar, hacer trabajos, subir alguna coplilla a este blog de vez en cuando…

Y no me fue nada mal, la verdad. Saqué 2º limpio y con nota, le di cerrojazo a esto y cuando llegó el verano me dediqué a ver series y a hacer punto de cruz. Todo muy correcto y muy comedido, como yo 8) .

Hasta que a principios de agosto mi lobo se despertó y empezó a pegar bocaos otra vez.

No podía haberlos dado en julio, que tenía la revisión anual de colagenosis, noooo. Ni en septiembre, que mis médicos hubieran vuelto ya de vacaciones. Tuvo que elegir el mes más largo del año…

Ni que decir tiene, eso me jodió lo que quedaba de verano.

Primero, las clases de lengua de signos…

Justo cuando había encontrado una profe que viniera a enseñarme a casa, con las ganas que tenía de aprender, y cuando había convencido al Escocés pa’que se apuntara conmigo (y así tener alguien con quien practicar), mi lobo me mordía las manos… y así empecé, hablando lengua de signos con acento.

Después, la escapada a Sintra…

Tras todo el año sin ir a ninguna parte, la idea era poder pasar unos días con Nacho en algún sitio bonito, salir a cenar,  hacer fotos…. E ir, fui, pero estaba tan cansada y me encontraba tan mal que lo único de lo que tenía ganas era de volver a casa y meterme en la cama.

Así, con septiembre a la vuelta de la esquina, mi primera opción obviamente era tirar la toalla, no matricularme… ¿cómo iba a coger apuntes si ni siquiera podía abrir la mochila yo sola?

Afortunadamente los amigos a los que les mojé el hombro, lejos de compadecerme me dieron un capón y, armados de paciencia, me explicaron por qué mi primera opción era una gilipollez: si me matriculaba y la cosa iba a más y veía que no podía seguir, siempre podía dejarlo; pero si no me matriculaba y luego me ponía mejor, iba a estar arrepintiéndome todo el año…

Al final les hice caso, no muy convencida, y eché la matrícula.

Y contra todo pronóstico, igual que se despertó, mi lobo se volvió a dormir. Y aunque el pelo se me sigue cayendo a manojos (no sé ni como me queda aún) y uno de mis dedos sigue hinchado desde verano, en el fondo no me ha venido mal verle las orejas.

Ahora estoy en 3º (quién me lo iba a decir¡). Y he sacado una plaza de alumna interna. Y en un par de meses empezaré las prácticas en el Virgen del Rocío (por fin¡¡¡).

Y aunque me queda poco tiempo para estudiar lengua de signos, lo sigo intentando (aunque ya  no pueda echarle la culpa a mi lobo de mi acento)

Y en una semana me voy a Bilbao, a desconectar un poquillo y a recuperar todas esas noches que he pasado sola en lo que va de curso (que han sido unas pocas). Y si me queda tiempo, a tirar unas fotillos, por qué no 😉 .

Y como en poco más de un mes empiezo los exámenes y andaré más perdida aún de lo habitual, quería aprovechar este huequito para agradecer a todos los que se den por aludidos (ell@s sabrán quiénes son) los ánimos, la paciencia, los mails (sobre todo los que he dejado sin responder), las llamadas, las coplillas y los pequeños gestos.

Y a los que no se den por aludidos, feliz jalogüen también 😀 (que no se diga¡)

‘Till the end of Time’ / DeVotchKa (B.S.O. ‘Little Miss Sunshine’).

[audio https://laquevuela.files.wordpress.com/2008/06/devochtka-till-the-end-of-time.mp3]

You can’t live your life on your deathbed
And it’s been such a lovely day
Let’s not let it end this way

No puedes vivir tu vida en tu lecho de muerte
Y ha sido un día tan hermoso
No dejemos que acabe de esta manera…

(para leer la traducción entera y/o descargaros la coplilla, pinchad aquí)

counter for wordpress
– ¿Nunca tuviste problemas? / – Unos cuantos, por suerte…

(Un lugar en el mundo).

Era cuestión de tiempo que volviera a pasar, supongo. Si no hubiera sido ahora habría sido dentro de 40 años, y se ve que, como cigarra que soy, no he podido dejarlo para más adelante 8)

Pero no, no voy a negar que sea una mierda, ni a decir que me trae sin cuidado. La verdad es que no quiero volver a quedarme calva… y cada vez que me ducho o que me cepillo el pelo y recojo un manojo del tamaño de la palma de mi mano, tengo que esforzarme un poco más que la anterior para no echarme a llorar.

Hasta ayer. Ayer, mientras navegaba buscando una pócima mágica que hiciera que mi pelo dejara de caerse, encontré el blog de una chica peruana que, como yo, tiene lupus; sólo que a ella hace apenas 4 meses que se lo diagnosticaron.

Leerla ha sido como hacer un repaso a los 3 peores años de mi vida: tratamientos, dolores, alopecia… aunque lo que más familiar me ha resultado ha sido la desorientación de esos primeros meses, el saber que tu vida nunca será la misma sin hacerte aún una idea de hasta qué punto. Y por supuesto, el tema del sol…

Entonces me di cuenta de que, de todos los síntomas que podría tener, hoy por hoy lo único que tengo es un puñado de pelos en el baño. Y ya que hay cambios sobre los que al parecer no tengo ni voz ni voto, decidí cambiar aquello que sí estaba en mi mano: el chip.

Para hacerlo dejé a un lado la búsqueda de pócimas mágicas y me puse a mirar fotos de pelos cortitos.

No sé cuántas vi, pero fueron muchísimas, y con muchísimas quiero decir cientos. En ellas, las modelos eran guapísimas, tenían buen color de piel y sonreían a la cámara, así que además de hacer un esfuerzo por convencerme de que iba a hacerlo porque quería, tenía que echarle (mucha) imaginación y verme a mí misma en cada una de esas fotos…

(…)

Y aunque las peluquerías son sitios que detesto, con sus charlas vacías y sus inevitables espejos, hoy, al sentarme frente a uno de ellos y darle a la peluquera la foto que llevaba conmigo…

Seguro que lo quieres así de corto? Esto no es media melena, eh, esto es cortito-cortito…

Seguro.

me ha salido una sonrisa enorme.

Vaya cambio de look que te vas a meter, no?

Eso parece, sí…

Luego, mientras mi pelo caía al suelo, por seguir con el guión de lo establecido en estas fechas, hemos hablado de las vacaciones.

Pues yo en cuanto salga de aquí tiro pa’la playa… tú también vas los fines de semana?

No. A mí no puede darme el sol.

Ah… y no te vas a ninguna parte?

En septiembre, a Brujas.

Eso está en Amsterdam, no?

Mmm… casi… en Bélgica, pero Amsterdam está muy cerquita.

Ah…

Bueno, cómo te ves?

Muy bienmiento– Muchas gracias.

(…)

La verdad es que, aunque no dejo de repetirme a mí misma que sólo es pelo y a pesar que he perdido cosas infinitamente más importantes en lo que va de año, de lo único que tengo ganas ahora mismo es de llorar…

En vez de eso, he abierto mi netbook y me he puesto a escribir.

Lo mejor de este mes de días cada vez más largos y temperaturas veraniegas, son estas mañanas oscuras, sin viento, en las que la piel se te queda helada mientras caminas.

(…)

En media horilla me voy al hospital, a ver qué me cuenta esta vez el doctor más alto del mundo. Ah, noooo…. era el más sieso… en qué estaría yo pensando 😀

Yo estoy 87% segura de que me va a decir que los análisis están aprobados… Y si no lo están, no importa. Lo importante es que yo sé que he estudiado 8)

(…)

Hoy no salgo de casa escuchando lo de siempre en mis cascos. Seleccionar carpeta. Mmmm…  Ésta mismo.

‘Hombres’ / Fangoria.

‘Hombres’ / Fangoria.

Hay hombres que se mueven
Hay hombres que se agitan
Hay hombres que no existen
Hay hombres que no gritan

Hay hombres que respiran
Hay hombres que se ahogan
Hay hombres que ocultan la verdad
Hay hombres que roban.

Hay quien apuesta fuerte y decide quererte,
Sabiendo lo fácil que resulta perderte.
Sabes que siempre estaré cerca de ti.

Hay hombres que te compran
Hay hombres que se venden.

Hay hombres que recuerdan
Hay hombres que mienten.
Hay hombres que prefieren no hablar
Hay hombres que no entienden.

Hay quien no tiene suerte y prefiere engañarte,
Sabiendo lo fácil que resulta ganarte.
Sabes que nunca me iré lejos de ti.

Tienes que aprender a resistir
Tienes que vivir.
Esto no lo tengo, esto no lo hay,
Esto no lo quiero y es lo que me das…

Hay quien apuesta fuerte y decide quererte,
Sabiendo lo fácil que resulta perderte.
Sabes que siempre estaré cerca de ti.

Hay quien no tiene suerte y prefiere engañarte,
Sabiendo lo fácil que resulta ganarte.
Sabes que nunca me iré lejos de ti.

Hoy hay luna llena y un hombre camina por ella
Hoy hay luna llena y un hombre camina por ella.

(*) Más coplillas pinchando aquí.

Escrito por: Bloody el 14 Ago 2009 –

‘El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte, treinta o cuarenta y cinco años’ (Balzac).

Cuando te das cuenta de que nada está saliendo como esperabas, lo mejor es dejarse llevar.
Por eso, aunque hacía más de un año que sabía exactamente a qué playa quería ir, no tuvimos ningún problema en cambiar de planes sobre la marcha cuando nos enteramos de que estaba a media hora en coche, más otros veinte minutos andando por un terreno bastante irregular. En su lugar, aceptamos la sugerencia de Juan, el dueño del Cobijo, cogimos la mochila y atravesamos a contracorriente los 12 kilómetros que nos separaban de la playa del Palmar, dejando a nuestra izquierda la larga hilera de coches que a esa hora regresaban a sus casas.

Pisar la arena de las playas de Cádiz con los pies descalzos es como volver a casa. Quizá por eso no me importó que se hubiera levantado el poniente, o que no pudiésemos bañarnos porque inexplicablemente, habíamos olvidado ponernos los bañadores… Extendimos nuestra toalla y nos sentamos en ella.

Y vimos a perros paseando a sus dueños…

bailarinas moviéndose a contraluz

y un par de cañas solitarias esperando pacientes…

a que picase aquel extraño reflejo en el agua…

Y en un abrir y cerrar de ojos, el sol se escondió tras el mar y el poniente comenzó a meterse bajo nuestras camisetas. Recogimos el trípode, guardamos la cámara, y regresamos al hotel con la sensación de estar dejando demasiadas cosas pendientes… Claro que aún nos quedaba una noche..

(…).

Veinticuatro horas después volvíamos a recorrer el mismo camino. Sólo que esta vez el viento había cambiado. Literalmente. Esa tarde no hacía poniente, o al menos, ya no hacía ningún frío. Era domingo, y muchas familias que habrían ido también a pasar el fin de semana, regresaban cruzándose de nuevo con nosotros.

Y aunque la playa en la que habíamos estado el día anterior era bonita, tenía una pequeña pega, tan pequeña como quisieras… Y es que aunque nadie puede decirte qué tipo de bañador llevar, algo había que ponerse.

Así que, como preguntando se llega a Roma, en esta ocasion, en vez a la derecha, giramos hacia la izquierda, seguimos con el coche por un sendero lleno de baches y llegamos a la playa nudista del Palmar. O eso nos dijeron…

La zona era más salvaje, eso había que reconocerlo. Había más dunas y no había chiringuitos, puestos hippies ni pizzerías a pie de playa. Pero había aún bastante gente, y a primera vista, todos iban en bañador. Anduvimos un rato por la arena mojada, decidiendo qué hacer, y entonces vimos a un par de hombres desnudos, uno que iba solo y estaba haciendo meditación en su toalla, y otro que estaba tumbado de espaldas, bajo una sombrilla, acompañado de una chica que llevaba bikini.

Una vez confirmado que la playa era, efectivamente, nudista (eso sí, con un porcentaje en gente desnuda, equivalente al contenido en zumo de naranja de una Fanta), dejamos nuestras cosas sobre la arena, extendimos la toalla, y nos quitamos la ropa.

Para Nacho eso de quedarse en pelotas en público era algo nuevo. Conociéndolo, pensé que iba a morirse de vergüenza, porque aunque para hacer el tonto poniéndose sombreros ajenos no es nada pudoroso, para otras cosas sí que lo es…. Sin embargo, no sé si porque lo convencí cuando le dije ‘cielo, piensa que aquí no nos van a volver a ver’, o porque to’lo malo se pega, la verdad es que lo noté la mar de cómodo con la situación…

Yo por mi parte estaba mejor que quería… El sol aún no se había puesto, aunque estaba ya muy cerca de la linea del horizonte. Desnuda en el mar, notaba su luz por todo mi cuerpo, una luz que sabía que no me haría daño. El agua estaba perfecta, no había algas, ni muchas olas, y salvo nosotros dos, nadie más se estaba bañando. Luego Nacho se salió y yo me volví a meter…

Podría haberme quedado dentro toda la noche. Sin embargo, el sol hacía un rato que se había puesto y la luna seguía sin aparecer. Además, aún quedaban familias al completo, parejas que parecían tener la misma prisa por marcharse que nosotros, cañas de pescar clavadas en la orilla, gente bajando a caballo por las dunas…

Definitivamente, aquélla no era la playa adecuada para saldar cuentas, pero con to’y con’eso, la escapada había merecido la pena.

Volvimos al hotel cansados y hambrientos, dejamos los trastos en la habitación, y bajamos a cenar a una placita donde ya habíamos estado la noche antes. Allí nos encontramos con los dueños de la casa rural, los mismos que nos habían hablado de esa parte de la playa.

Lo cierto es que el mismo día que llegamos decidimos contarles por encima por qué no nos íban a ver salir de allí de día, pero sí que nos verían salir hacia la playa cuando todo el mundo estuviese regresando. Y ellos, como casi todo el mundo, habían puesto esa mirada de lástima que tengo ya tan asumida…

Sin embargo, esa noche, cuando nos vieron aparecer, me miraron de otro modo. ‘Te has bañado!’, me dijeron, tocándome el pelo que aún estaba mojado. ‘Sí’, fue lo único que acerté a decir yo, con una sonrisa de oreja a oreja. ‘Se te nota en la cara. Se te ve distinta’. Ahora ellos también sonreían.

Y yo pensé que si tanta gente, incluso personas que me han visto cuatro veces en mi vida, coincidía en que las cosas se me notan en la cara, debía ser cierto. Y que si, horas después, era capaz de conservar la sal, la luz, la arena, el agua y los abrazos de Nacho en la cara, qué más daria en qué momento los hubiera tomado prestados…

Y mientras le daba vueltas a eso frente a un provolone al horno, me di cuenta de que justo en la mesa de la derecha teníamos sentada a una de las familias que estaban a nuestro lado en la playa: madre, padre, otro señor que imagino que sería un tio, y los dos hijos adolescentes.

Durante unos segundos pensé callarme y seguir comiendo… pero al final no pude evitarlo.

‘Cielo, recuerdas aquello que te dije en la playa? Lo de que a esa gente no la íbamos a volver a ver…’.

counter for wordpress
Escrito por: Bloody el 11 May 2009 –

La primera vez que escuché esta canción fue hace 2 años, viendo la cuarta temporada de Scrubs, aunque reconozco que entonces no le presté mucha atención a la letra.

Entonces estaba ingresada en la séptima planta del Virgen del Rocío, y aquello no se parecía en nada al Sagrado Corazón.

No recuerdo cuántas temporadas nos llegamos a tragar en este mismo portátil, compartiendo los cascos para no molestar a nuestra compañera de habitación.

Pero recuerdo perfectamente que las nuestras eran las únicas risas que se escuchaban en el pasillo…

Y te recuerdo a ti, sentado día y noche en aquel sillón negro, sonriéndome. Y lo fuerte que me hacías sentir sólo por saberte a mi lado…

(…)

Hoy, como cada año por estas fechas, toca revisión.

No sé si lo sabrás, pero han cambiado de sitio la consulta, aunque sigue estando en la primera planta. Y ahora la cita no hay que pedírsela a Josefina, aunque ella sigue siendo la que parte el bacalao. Sólo falta que llegue y me encuentre a Paquito calvo y sonriente…

Luego están los otros cambios. Ésos que pasan desapercibidos para el resto. Ésos que -ahora lo sé positivamente- sólo a mí me afectan. Ésos que me hacen pensar que no me equivocaba en algo que te dije hace ya más de 6 meses: el material del que estás hecho es lo que te define en esencia. No puedes ser de tiza un día y de acero al siguiente. Tú nunca has sido tiza. Y yo nunca he sido de acero.

Y sé que ésta será sólo una más de las muchas páginas que he pasado últimamente.

A la fuerza ahorcan.

Por suerte, no deben quedar demasiadas…

Por suerte, no soy de acero.

‘Collide’ / Howie Day.

‘Collide’ / Howie Day.

The dawn is breaking
A light shining through
You’re barely waking
And I’m tangled up in you
Yeah

Está amaneciendo
La luz se cuela en la habitación.
Tú apenas te has despertado
y yo estoy enredado en ti.

I’m open, you’re closed
Where I follow, you’ll go
I worry I won’t see your face
Light up again

Cuando yo me abro, tú te cierras
Por donde tú vayas, yo te seguiré.
Me preocupa no volver a ver tu cara
Iluminarse de nuevo.

Even the best fall down sometimes
Even the wrong words seem to rhyme
Out of the doubt that fills my mind
I somehow find
You and I collide

Hasta los mejores se caen a veces
Hasta las palabras equivocadas parecen rimar
Fuera de todas estas dudas que llenan mi mente
De algún modo me doy cuenta
De que tú y yo chocamos.

I’m quiet you know
You make a first impression
I’ve found I’m scared to know
I’m always on your mind

Yo soy reservado, ya lo sabes
Y tú no dejas a nadie indiferente.
Y me he dado cuenta de que me da miedo saber
Que siempre piensas en mí.

Even the best fall down sometimes
Even the stars refuse to shine
Out of the back you fall in time
I somehow find
You and I collide

Hasta los mejores se caen a veces
Hasta las estrellas se niegan a brillar
Fuera de todas estas dudas que llenan mi mente
De algún modo me doy cuenta
De que tú y yo chocamos.

Don’t stop here
I lost my place
I’m close behind

No te quedes aquí.
Ése ya no es mi sitio.
Estoy justo detrás.

Even the best fall down sometimes
Even the wrong words seem to ryhme
Out of the doubt that fills your mind
You finally find
You and I collide

Hasta los mejores se caen a veces
Hasta las palabras equivocadas parecen rimar
Fuera de todas estas dudas que llenan tu mente
Finalmente te das cuenta
De que tú y yo chocamos.

You finally find
You and I collide
You finally find
You and I collide

Finalmente te das cuenta
De que tú y yo chocamos.
Finalmente te das cuenta
De que tú y yo chocamos.

(*) Más traducciones pinchando aquí.

counter for wordpress

Hacerme un tatuaje nunca estuvo en mis planes. Eso de marcarme la piel como una vaca era algo que no acababa de ver claro. Ni necesario.

Sin embargo, el día que acompañé a Maribel a que le colocaran el piercing, me puse a mirar los tablones de dibujos y fotos (algunas ciertamente horteras para mi gusto, como la cara de Cristo, o la del Camarón), por matar el rato.

Desde luego había dónde elegir, desde mariposas, hasta lobos, pasando por duendes, hadas, lunas, serpientes, insectos, o corazones. Y por supuesto, tribales…

A mí los tribales, mientras estés delgada y tengas una cintura relativamente pequeña y un culo en forma de corazón invertido, me parece que quedan bastante chulos. Pero, claro, las cinturas (normales) tienden a ensanchar, y los culos (normales) tienden a caerse. Por no mencionar que, aparte de lo meramente estético, un tribal no parecía tener mucho significado.

Pensé que si yo me hiciera un tatuaje, me lo pondría en un sitio que no cambiara demasiado con el tiempo, la parte alta de la espalda, por ejemplo. Y desde luego, tendría que ser algo que tuviera más sentido que hacer de frontera entre la cintura y el culo.

Y fue así, mientras miraba un panel tras otro, cuando di con este ideograma. Yong, ‘valiente, coraje, valor’.

Y de repente supe que iba a tatuarme el cuerpo.

Sé que suena algo absurdo creer que un dibujo que apenas ocupa 3×3 cm. pueda cambiar algo. Sin embargo, en aquella época no estaba pasando por mi mejor momento, ni física, ni emocionalmente; necesitaba algo que me recordara que yo podía con todo, con las visitas a urgencias, con los cardenales en las venas, con los dolores, con la alopecia… Y aquel pequeño símbolo representaba justo eso.

Así que, desoyendo la opinión de uno de mis médicos (que me lo desaconsejó no porque tuviera yo Lupus, sino porque pensaba que los tatuajes, en general, no eran buenos), volví a la tienda de tatuajes y salí de allí con el Yong tatuado en el omóplato izquierdo.

De aquel 28 de Abril hace ya más de dos años y jamás me he arrepentido de habérmelo hecho.

Y aunque parezca fundido con la piel, al tacto tiene algo de relieve. Y aunque no esté a la vista la mayor parte del tiempo, yo sé que está ahí.

Supongo que, en el fondo, todos necesitamos algo en lo que creer.