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Escrito por: Bloody el 31 Ago 2009 –

Qué triste es esta canción…

Y pensar que cuando yo la oía en la radio, de adolescente, pensaba que iba de un tío que estaba enamorado de su vecina del segundo…

‘Luka’ / Susanne Vega.

‘Luka’ / Susanne Vega.

My name is Luka
I live on the second floor
I live upstairs from you
Yes I think you’ve seen me before

Me llamo Luka
Vivo en el segundo piso
Vivo encima tuyo
Sí, creo que nos hemos visto antes.

If you hear something late at night
Some kind of trouble, some kind of fight
Just don’t ask me what it was
Just don’t ask me what it was
Just don’t ask me what it was

Si oyes algo de madrugada
Algo que suene a problemas, algo que parezca una pelea
No me preguntes qué pasó
No me preguntes qué pasó
No me preguntes qué pasó

I think it’s because I’m clumsy
I try not to talk too loud
Maybe it’s because I’m crazy
I try not to act too proud

Supongo que será porque soy un patoso
Intento no hablar demasiado alto
Puede que sea porque estoy loco
Intento no parecer demasiado orgulloso

They only hit until you cry
After that you don’t ask why
You just don’t argue anymore
You just don’t argue anymore
You just don’t argue anymore

Sólo te pegan hasta que lloras
Después de eso ya no preguntas por qué.
Simplemente dejas de discutir.

Yes, I think I’m okay
I walked into the door again
Well, if you ask that’s what I’ll say
And it’s not your business anyway
I guess I’d like to be alone
With nothing broken, nothing thrown
Just don’t ask me how I am
Just don’t ask me how I am
Just don’t ask me how I am

Sí, creo que estoy bien
Me di con la puerta de nuevo
Bueno, eso es lo que diré si me preguntas
Y en cualquier caso, no es asunto tuyo.
Supongo que preferiría estar solo
Sin nada roto, sin que me tiren nada
No me preguntes cómo estoy.

My name is Luka
I live on the second floor (…)

Me llamo Luka
Vivo en el segundo piso (…)

(*) Más traducciones pinchando aquí .

Pd. Muchas gracias, Tiselgun, por la corrección; ahora le veo más sentido.

counter for wordpressEscrito por: Bloody el 14 Ene 2009 –

Ayer por la tarde Paula quiso ver “Aladín”. Normalmente negociamos qué peli poner, sobre todo si se trata de una que no nos gusta a las dos. Pero lo cierto es que yo estaba chateando y me daba un poco igual, así que acabé tragándome “Aladín”, aunque fuera de fondo.

Cuando acabó la peli, quiso poner el segundo dvd, el del contenido extra. Total. De perdidos al río… pensé. Y la dejé que lo pusiera también.

Al acabar el recorrido virtual en la alfombra mágica, comenzó una actividad en la que el genio de Aladín te decía que pidieras un deseo…

Supongo que si a una niña que aún no ha cumplido 6 años le dicen que pida un deseo, lo más normal es que pida algún juguete que le haya visto a otra niño, o que la dejen hacer algo que normalmente no haga (como tomar Coca-Cola). Pero se ve que Paula tiene todos los juguetes que quiere, y que la Coca-Cola le da un poco igual, porque no fueron por ahí los tiros…

– Quiero tener un marido muy muy bueno y que no me pegue.

Ése fue su deseo. Kraka!

Dejé lo que estaba haciendo y le pedí que repitiera lo que había dicho. No, no había oído mal… quería un marido muy bueno y que no le pegara

Mira que a estas alturas nada de lo que diga debería sorprenderme. Mira que es difícil dejarme a mí sin palabras. Pues así me quedé. Cuando se me pasó un poco la sorpresa, le pregunté que por qué pedía eso, y ella, como si fuera algo obvio, me respondió:

– … Pues porque no quiero que me peguen!

Yo sabía que hacía poco, con motivo del día contra los malos tratos, en clase de música les pusieron una canción que hablaba de un hombre que le pegaba una puñalada a su mujer y la mataba… (sí, lo mismo pensé yo… muy apropiada para una clase de pre-escolar). Y como cuando escucha canciones en inglés y me pregunta que de qué tratan, ahora al parecer me tocaba explicarle ésta…

Por supuesto, siempre podía abusar de su confianza y quitarme el marrón de encima. Decirle que era sólo una canción. Que esas cosas no pasan. Pero sí que pasan. Así que aproveché la ocasión para hablarle del tema. Le dije que nadie tenía que pegarle, nunca, bajo ninguna circunstancia. Debió verme tan seria que me contestó: “si a mí me pegaran me defendería dándole una patada” (para algo es cinturón amarillo-naranja de Kárate, supongo). Entonces le expliqué que la cosa no era tan sencilla, que nadie se casa con un maltratador sabiendo que lo es, que cuando a una mujer le pegan por primera vez le pilla tan de sorpresa que ni siquiera puede reaccionar. Pero que a partir de ahí sólo hay una cosa que debas hacer: salir de donde estés, denunciarlo a la policía, y contárselo a las personas que te quieren. Aunque no sea más que una torta. Aunque te pidan perdón inmediatamente.

Entonces ella me dijo

– Bueno, una torta no es para tanto.

Yo estaba alucinando.

– Cómo que no es para tanto? Claro que lo es. Nadie tiene que pegarte, ni una torta, ni media. Ni levantarte la mano siquiera. Cómo que no es para tanto, Paula?

– Es que en el cole a veces nos peleamos y nos pegamos, pero luego hacemos las paces…

Le expliqué por qué era diferente. Le hablé de los maltratadores. Le dije que un hombre que le pega a una mujer no es un hombre. Es una mierda. Un cobarde. Y sí, le conté, hay hombres que les pegan a sus mujeres, porque están enfadados, porque les ha ido mal en el trabajo, porque han bebido demasiado alcohol, por celos. Ésos son sus motivos, los que ellos dan. Pero ninguno es una razón. Porque nunca, jamás, existen razones para pegarle a una mujer.

Cuando llegó Chema y se lo conté, se quedó como yo, a cuadros. Volvimos a hablar con ella, esta vez los 2, pasándonos la pelota, sólo para afianzar: Que un maltratador no es un hombre. Que para empezar, no debe dejar jamás que su pareja le falte al respeto, que le grite o que la insulte. Mucho menos que le pegue.

Y que eso no debe ser ningún deseo.

Espero que le haya quedado claro…

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Escrito por: Bloody el 08 Ago 2007 .

Estaba con su hija en la enorme sala de espera del Hospital Oncológico de día.
Discutía con ella, o más bien era al revés. Era su hija la que le “regañaba” por tener el tono del móvil demasiado alto, aunque se lo decía muy bajito y con dulzura, como la que le habla a una niña de 3 años.

Ella (la madre) era una mujer bajita, delgada (50 kilos como mucho), arreglada sin llamar la atención, con cada mechon de pelo en su sitio, la cabeza bien alta, y una mirada llena de seguridad.

Yo las observaba en silencio mientras esperaba que Chema volviera de aparcar, tratando de adivinar cuál de las dos iba a recibir tratamiento.

De repente, una mujer de unos 30 años pasó por delante nuestra dejando unos papelitos. Yo lo cogí sin saber de qué se trataba, pero Ella la miró a los ojos y le dijo “A mí ni se te ocurra dejarme eso, eh!”

Lo leí. Hablaba de un niño de año y medio con cáncer, supuestamente su hijo. Y por supuesto pedía dinero para el tratamiento.

“Qué poca vergüenza! A ésta ya me la he encontrado yo por aquí antes. Cómo pueden utilizar una enfermedad como ésta para sacarle dinero a la gente?”

La hija la miraba resignada, sabiendo que su madre era de las que no se callan si tiene algo que decir.

Y nos pusimos a hablar…  en las dos horas de espera que había ese lunes para recibir tratamiento acabé sabiendo más cosas suyas que de mi cuñada en los 5 años que lleva siéndolo. Me habló de su enfermedad, de cómo se le había caído el pelo (llevaba peluca, aunque yo no lo había notado). Me habló de su hija, como si no estuviera delante, me contó que era muy lista pero también muy floja y que había dejado los estudios. (“Los dejé para cuidarte, mamá”, se quejaba la hija adolescente sin mucha convicción). Me contó que en toda su vida no había hecho otra cosa que trabajar y que ahora con lo de su enfermedad se había quedado sin casas (y sin pensión, porque en ninguna casa la tenían asegurada).

De repente recibió una llamada, que despachó con monosílabos mientras su expresión se endurecía. Cuando colgó se volvió hacia su hija “Tu padre, que qué hacemos que tardamos tanto”.

Yo no sabía a dónde mirar. En ese momento apareció Chema, me besó y me dijo algo como “Nada, que ya he aparcado. Te quiero. Me voy para allá que si nos llaman desde aquí no nos enteramos”.

El resto de la conversación fue de lo más triste. Me habló de su marido, que no la había apoyado, consolado, ni ayudado desde que habían sabido de lo de su cáncer (de esto me dió detalles tan fuertes e indignantes que mejor no contarlos). Me dijo que era un hijo de puta (la hija asentía en silencio), que le había repetido tantas veces que ella (Ella) era una mierda y que no valía para nada, que se lo había terminado creyendo. Y que qué suerte tenía yo por tener a alguien que se acercaba sólo para darme un beso y decirme que me quería.

Yo quería contestar, pero no sabía qué podía decir… Veía allí a esa mujer, pasando por todo aquello sola con su hija, contándome su vida a mí, a quien sabía que no iba a volver a ver (o precisamente porque lo sabía, me lo contaba), y no me salían las palabras.

Qué le iba a decir yo, la que lo tenía todo? Que dejara al cabrón de su marido? Para ir a dónde?

Esa mañana el Rituximab no me hizo vomitar. Esa mañana no me creía con derecho a quejarme de nada.

Hoy he escuchado esta canción y me he acordado de Ella.