Como el vagabundo que tiene su banco en el parque, tuve yo mi sitio en tu cama.

Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.

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Despertó y aquella mano que asomaba entre sus muslos se ofreció a recordarle dónde continuar con la lectura de la noche anterior.

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Nunca había negado la existencia de que aquel vacío entre ellos. Mind the gap, repetía aquella voz en su cabeza. Pero una vez aprendió a sortearlo, dejó de oírla. Un único traspiés bastó para comprobar lo profundo, lo insalvable que era.

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¿Sabes esas bolas de cristal con casita de cuento y falsa nieve en el suelo? Su vida transcurría perfecta en el interior de una de esas bolas. Cómo no ponerla bocabajo.