Estoy en mi habitación de adolescente, que no es exactamente como solía ser pero sigue teniendo una cama nido, una pared enmoquetada y la salita enfrente. Al otro lado de la ventana ya es primavera y la acacia, cubierta de hojas nuevas y de pequeñas flores blancas, se deja mecer por el viento de levante.

Mi madre está sentada en mi cama, a mi derecha. A su derecha hay un montón de pollitos amarillos del tamaño de una cría de gorrión de pocos días. Uno a uno, los va cogiendo y, mientras habla conmigo, les va arrancando las alas, tiernas aún, con sus propias manos. En un momento dado me dice que tiene que ir a hacer algo a la cocina, que siga yo. Y deja junto a mí una especie de cortauñas por si veo que no tengo fuerza para cortarles las alas a mano. Intento protestar pero por alguna razón las palabras no terminan de salir de mi boca.

A solas ya con los pollitos, voy reuniendo uno a uno a todos los que aún conservan sus alas. Les acaricio las plumas. Les susurro cosas al oído. Uno de ellos, especialmente pequeño, está tumbado de lado y respira con dificultad. El pico entreabierto, los ojos entrecerrados, las patas casi rígidas. Estoy convencida de que va a morir. Si lo haces, pienso mientras lo sujeto entre mis manos, serás el más afortunado de todos. Sin embargo, cuando lo pongo en pie revive milagrosamente y comienza a piar junto a sus hermanos.

En cuestión de segundos los polluelos han crecido lo suficiente como para agitar sus pequeñas alas. Algunos empiezan a lanzarse, suicidas, desde el borde de la cama. Me agacho para recogerlos con cuidado para no pisarlos. Un par de ellos aterrizan en mi pelo, enredándose en él como en una red. De repente me doy cuenta de que uno de mis gatos se ha colado en la habitación y, antes de que pueda hacer nada por evitarlo, oigo lo que deben ser los huesecillos de uno de los polluelos crujir en su boca. Desesperada, intento echar a mi gato y salvar a los que quedan, que ahora son negros como sombras y vuelan por la habitación en círculos, enganchándose en la moqueta de la pared o chocándose contra la ventana en un vano intento por alcanzar el árbol que hay al otro lado.

Cuando mi madre entra de nuevo, me mira entre decepcionada y divertida. Le explico que no he podido hacerlo, que soy incapaz de cortarles las alas. Ya veo, me dice. Y tras atrapar al vuelo a uno de los polluelos negros, se sienta de nuevo a mi derecha, con el cortauñas en una mano y la cría de vencejo en la otra.

Llorando, sin querer mirar pero sin poder apartar la vista, le ruego que no lo haga. Yo puedo cuidarlo, le digo. Yo puedo… Mi madre sonríe y extiende el ala negra sin dejar de mirarme. No has entendido nada, dice. Lo siguiente que oigo es el crujido de unos huesos que se quiebran bajo el filo del cortauñas.

Despierto bañaba en sudor.

Abro un filo de la ventana, cierro los ojos y cojo todo el aire que puedo de una sola vez, como si acabara de alcanzar la superficie tras haber buceado demasiado profundo.

Fuera los chillidos de los vencejos me recuerdan que, pese a todo, aún conservo mis alas.

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La casa es grande y alargada, tipo pasillo. No recuerdo haber estado antes aquí y aun así sé exactamente a dónde me dirijo. El trastero está al fondo. Apenas cabe una persona en él, pero si miras hacia arriba da vértigo comprobar lo alto que está el techo. Las paredes están cubiertas de baldas baratas, funcionales. O lo que es lo mismo, feas. No tienen que ser bonitas, sólo soportar peso. Y éstas lo hacen. Hay montones de cosas amontonadas en ellas. Cosas viejas que por algún motivo he ido guardando. Mire a donde mire, todo está en esas baldas. Y por encima de todas, se alza un metro lineal de conglomerado de pino dedicado, al parecer, a almacenar comida para pájaros. Bolsas de alpiste, de mijo, de mezcla con vitaminas de colores. El plástico de las bolsas está mate. El polvo generado por la propia comida y el tiempo que deben llevar allí sin que nadie las mueva se han encargado de que así sea. Y de repente algo me hace fijar la vista en una de ellas. Un sonido muy leve, como cuando hundes las manos muy lentamente en un bote de lentejas. El sonido de algo que se esconde entre las semillas. Si no fuera por lo descolorido de sus plumas y de su pico diría que se trata de un jilguero. Entonces reconozco al pájaro. Mi hermano tuvo uno igual hará unos 30 años. Uno igual, no. Tuvo a éste. Subida a un interminable escalera de aluminio cojo la bolsa con cuidado. No está cerrada, pero el pobre animal está atrapado en el alpiste. Apenas puede aletear. Espero a llegar al balcón para volcar el contenido y darle agua. Entonces el jilguero, que lleva 30 años atrapado en aquella bolsa, en aquella balda de la última habitación de la casa, sale volando en vertical, borracho de aire. Y yo sé que no lo conseguirá. En mis sueños los pájaros nunca salen bien parados.

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Sueño que los pájaros se olvidan de volar y caen pesados como piedras. Una lluvia de mirlos, palomas y gorriones se estrellan contra el suelo, llenándolo todo de cuerpos rotos que aletean en vano.

Despierto y tu mano no está sobre mi cintura. Me propongo mirar para otro lado pero no puedo evitar leer tus gestos, tus excusas. Tampoco tú podrías evitar leer los míos si te pasaras por aquí alguna vez.

Despierto sintiéndome pájaro sobre la acera. Las cosas se ven tan absurdamente claras desde aquí… Y sólo quiero que llegue julio.