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El otro día por la calle olía a Japón (Paula)

japónbudaLa habitación de Tokyo es diminuta pero funcional. Un baño donde todo encaja como en un tetris y una cama doble bajo un ventanal desde el que todos los amaneceres son grises y fríos. Aun así lo primero que hago nada más despertarme es levantar el estore, pegar la nariz al cristal y comprobar que es real, que estoy aquí. A mi derecha Paula frunce el ceño sin abrir los ojos a la vez que se encoge bajo las sábanas.  A despertarse, le digo. Pero dejo que se acurruque un ratito más, porque aunque fuera de estas paredes nos espere nada menos que Japón, hay pocas cosas tan bonitas en el mundo como verla dormir.

En Japón los trenes salen y llegan a su hora, y todo el mundo hace cola en los andenes y deja salir antes de entrar, sin empujones ni malas caras. Casi nadie sabe inglés pero todo el mundo es amable y te echa una mano si ven que andas perdido. Lo sé porque otra cosa no, pero perdernos… No hay papeles en el suelo, ni cáscaras de pipas, ni colillas de cigarrillos, ni cacas de perro, ni nada, a pesar de que, desde los atentados con gas sarín en el metro de Tokyo, las papeleras brillan por su ausencia. Tampoco te cruzas con nadie pidiendo una moneda en una esquina, ni con animales vagando por las calles.

japónbosquesEn Nagano dormimos en un ryokan, una posada tradicional japonesa con futones en el suelo y puertas corredizas de madera y papel de arroz, sin wifi ni baño en la habitación. En unas horas tenemos la cena del grupo con el que viajamos pero a mí, que estoy de un humor de perros desde que llegamos,  lo único que me apetece es quedarme aquí tirada y no hablar con nadie. Entonces Paula, que me ha hecho girarme mientras se cambia, me dice “ya puedes mirar“. Y me doy la vuelta y la veo ahí de pie, con ese pelazo negro que le llega por la cintura, envuelta en el yukata que nos han prestado, sonriéndome. Y en ese preciso instante me doy cuenta de un montón de cosas a la vez. De que es nuestro primer viaje sin Nacho ni Chema y no tenemos ni una sola foto juntas. De que mientras que yo no he parado de protestar desde hace 4 días, ella no se ha quejado ni una sola vez, por nada. De que estamos en Japón y parece que me haya propuesto no disfrutar de ello. Así que cambio el chip. Voy contigo, le digo. Y me enfundo en mi yukata, que no me queda ni la mitad de bien que a ella, aunque qué más da…

16948422417_15f0b03318_mEn Japón los baños públicos están siempre limpios, da igual que estés en un McDonald o en un restaurante de verdad. Estés donde estés, la gente habla bajito, como si anduviesen siempre contándose secretos, y si ven que vas a subir, te esperan con el ascensor abierto. Hay máquinas expendedoras cada 100 metros – refrescos, chocolatinas, sandwiches, tés de todos los sabores… – y todo el mundo viste como le da la gana, hasta el punto de que en un mismo vagón puedes coincidir con un señor enchaquetado, un grupo de amigas en kimono y un chico con pelo azul, aunque sólo a los guiris parece llamarnos la atención.

En Kyoto dormimos en una habitación preciosa: techos altos y abuhardillados, suelo de madera y una ventana que da a un patio privado. El desayuno no está incluido así que hacemos pereza y amanecemos cuando nos viene en gana, para desesperación de R., con el que compartimos casa y que ha planificado 500 excursiones para las que tendríamos que estar en marcha a las 8. Pero Kyoto pide a gritos otro ritmo, otros ojos. Invitamos a R. a que siga con sus planes sin contar con nosotras y, por fin solas, visitamos el castillo de Nijo, nos perdemos por los jardines de Nara y nos pateamos el centro buscando pendientes que no necesiten agujeros para ella y un par de camisetas de dinosaurios con bolsillos para mí. Y es así, a mitad de viaje, como me reconcilio conmigo misma y con Japón.

japóndeseosEn Japón los cables atraviesan las calles, porque el cableado aquí no va por dentro de las casas. A ratos da la sensación de que son los cables los que sujetan las fachadas y que cortando uno todas irán cayendo como fichas de dominó. También hay cuervos en vez de palomas y cerezos en flor en vez de naranjos. Y hay templos, templos impresionantes y otros más modestos, con jardines y budas y platillos de bronce donde dejar los donativos y ciervos que hacen una reverencia a cambio de una galleta y campanas y dragones y plegarias escritas en tablillas de madera o en papel, doblados sobre sí mismos y tendidos al sol.

De vuelta a Ikebukuro, sus calles abarrotadas y todos esos luminosos que laten en la oscuridad consiguen que echemos de menos Kyoto. Y en un par de días estaremos cogiendo aviones de nuevo. Y yo, que jamás fui con mi madre ni al cine, me doy cuenta de que lo que más me ha gustado de Japón venía conmigo de casa.

 

 

 

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– Mamá, a mí esto no me sale. No se me ocurre nada. Y además es muy difícil y tiene que ser MUY corto y yo no tengo imaginación y a mí las historias que se me ocurren son MUY largas y la prota siempre muere y…

– A ver. Para el carro. Imaginación tienes de sobra y tú lo sabes, y escribir se te da genial. Sí, no pongas esa cara. Lo que pasa es que eres muy floja y quieres que te salga a la primera. Y ahí es donde te equivocas porque escribir en realidad es rescribir y eso lleva su tiempo. Venga, a ver qué se te ocurre…

La vuelta a los días indistinguibles ha resultado ser más sencilla de lo que pensaba. Y es que si el trabajo dignifica, yo debo ser la persona más indigna del mundo: todo el santo día en pijama leyendo novelillas suecas, comiendo porquerías a deshoras o fumándome las series doblás… los que abrazamos el dudeismo es lo que tenemos 😎

Pero lo mejor de haber recuperado la vida contemplativa que tanto echaba de menos mientras estudiaba, es que, por primera vez en muchos años, tengo tiempo para Paula. Y, lo que es más importante aún, ganas para dedicárselo. Tiempo para sentarme con ella a preparar el examen de cono. Tiempo para acompañarla a comprarse su primer sujetador. Tiempo para llevármela a comer al salir del cole. Tiempo para ser yo quien le haga la tortilla por la noche, para secarle el pelo o para escuchar sus batallitas antes de irse a dormir. Tiempo, como esta vez, para ir dándole mi opinión mientras hilvanaba el siguiente relato corto:

Hace mucho, mucho tiempo, los malos de los cuentos populares se reunieron y decidieron dejar de hacer su trabajo, ya que estaban hartos de que los buenos les aguaran la fiesta. El lobo de los tres cerditos buscó empleo en la construcción, la madrastra de Blancanieves abrió una frutería ecológica, la bruja de la Sirenita se hizo pescadera y el ogro de Pulgarcito puso en marcha una cadena de zapaterías.

Desde entonces los cuentos se volvieron aburridos, porque los buenos hacían el bien y sus vidas eran normales y la gente dejó de leer. Aquella generación dejó de tener miedo y de tomar precauciones. Y así conquistamos el planeta Tierra, hijo mío. Y ahora cierra tus 9 ojos y deja de jugar con tus antenitas y duérmete – dijo el extraterrestre con dulzura a su hijo.

Que no sé qué os parecerá a vosotros, pero para tener 11 años recién cumplidos yo diría que no está nada mal… 😉 .

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El verde es mi color. Siempre lo ha sido. No me recuerdo a mí misma con otro color
(‘La mujer de verde’, A. Indridason).

El día que dejé de respirar lo último en que pensé fue en Paula.

Todo el mundo debería poder morirse así, sabiéndolo, dedicando su último pensamiento a alguien a quien realmente quiere. Teniendo en su vida alguien a quien dedicar un último pensamiento.

A veces, cuando no consigo dormir, me dedico a volver sobre mis pasos. Es un ejercicio inútil, lo sé, tanto como repasar un examen ya entregado, pero no puedo evitarlo. Supongo que en el fondo confío en poder encontrarle algún sentido. Algo que haya pasado por alto. Un patrón dentro de lo arbitrario que parece ser todo. Como cuando estoy a punto de perder la partida y me cae una vida extra en el BrickBreaker.

(…)

Mi primer recuerdo de ese día es sobre la comida. Raviolis de setas, rehogados con mantequilla y acompañados de parmesano recién rallado. No sé si es lo que habría elegido de haber pensado que podría ser la última, pero para ser un miércoles cualquiera no está nada mal. Tengo hambre pero es el olor lo que lo vuelve urgente. Los primeros raviolis me estallan dentro de la boca, demasiado calientes para saborearlos. Pasada el ansia de los primeros minutos, comienzo a partirlos en dos, dejando que el calor escape y parte del relleno de setas acabe derramado en el plato. Si estamos viendo la tele o no, eso no lo recuerdo. Sé que voy estrenando camiseta y que pongo especial cuidado en no mancharme. Al final ha sido la de rayas grises y azules, no la verde. Eso es algo que sigo sin entender después de todo este tiempo. El verde es mi color. Siempre lo ha sido. Mi cepillo de dientes, mi esponja, mi toalla, todo es verde. Pero hoy… Gris contra verde y gana el gris? Ni que hubiera sabido que horas más tarde alguien iba a estar cortándola en dos con unas tijeras.

El segundo recuerdo que guardo es estar esperando a Paula y al Escocés a la sombra de un naranjo. El día es absolutamente primaveral para ser febrero. Cielo azul, 25 grados y todo lo demás. Tres más como éste y cada naranjo a lo largo de la calle acabará cubierto de capullos de azahar impregnándolo todo de su olor. Y cada vez que me asome el balcón me parecerá que he vuelto al pueblo de mis abuelos, a los limoneros encalados y a los patios con tortugas escondidas entre las macetas, al olor a brasero y a tostadas por las mañanas, a las noches sin hora para recogerse y al sofá cama que compartía con mi hermano, el mismo en el que pasé la varicela. O la rubeola. O alguna otra cosa de la que mi madre no está del todo segura. Todo eso traerá el azahar para mí a cambio de que siga aquí para olerlo.

Mi tercer y último recuerdo antes del pasillo del edificio 16 es Paula. Cuando la veo salir del portal trae puesta su sonrisa maligna. Pienso rápido de qué puede tratarse, pero no caigo. Entonces ella levanta las manos en señal de triunfo y mueve los dedos, esos dedos largos y finos, absolutamente perfectos, que tiene. Sus uñas. Siguen siendo azules. Llevo días amenazando con quitarles el esmalte, que está ya descascarillado, pero siempre se me olvida… Ahora su sonrisa dice “Ja. Te gané otra vez“. “Esta tarde, en cuanto llegue de clase…” le aseguro, convencida de que voy a volver. Pero no vuelvo. No aquella tarde. Luego entramos en el micra. Y yo finjo que voy a sentarme delante, aunque acabo sentándome a su lado, como siempre. Y ella se lo toma como una nueva victoria, esta vez sobre su padre. Y no recuerdo sobre qué hablamos, sobre cosas importantes, seguro. Con Paula todo lo es.

El resto anda en otro post.

(…)

Y vuelta a Paula. A lo mayor que se ha hecho… aunque no lo suficiente como para que nuestras conversaciones se hayan vuelto aburridas: Paula y yo coincidiendo en cuánto molaría tener barba (lo sé, lo sé, debería hacérmelo mirar… 😎 ). Barbas frondosas que mesarnos con la mirada perdida para que nuestros pensamientos parecieran más interesantes. Y lo hacemos, nos mesamos nuestras barbas inexistentes mientras pensamos en cosas súper profundas.

Y a veces me digo que la vida sigue. Que continúa sin más. Pero no es cierto, claro. Continúa, sí, pero no “sin más”. Porque ésta que vivo hace casi dos años ya es una vida extra. Como las del BrickBreaker. Signifique eso lo que signifique.

Y acabo quedándome dormida pensando en Paula. En lo guapas que estaríamos las dos con nuestras barbas.

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Eran los primeros exámenes de la carrera y, tras un primer semestre en el que mi principal reto había sido mantenerme alejada del ordenador y centrarme en los apuntes, aquella tarde volví a casa convencida de haber suspendido Psico, la única asignatura de la que no me había fumado ni una sola clase.

Parecía evidente, y así se lo dije a Paula cuando me preguntó qué me pasaba, que lo de volver a estudiar había sido una idea estúpida… Si aquel examen me había salido así de mal, siendo de lejos la asignatura que más me gustaba, para qué iba siquiera a pensar en presentarme  a los demás…

Un día después, mi hija apareció con una tarjetita en la que me animaba a seguir intentándolo y, just in case, con una pulsera-amuleto hecha por ella misma con un juego de abalorios de colores que le habían regalado por su cumple.

Y aunque sabe Paco que no era la pulsera más bonita del mundo -ni la más discreta-, y aunque no sé hasta qué punto me ayudó a aprobar, lo cierto es que desde aquel día ya no quise quitármela.

(…)

El pasado 29F, además de la camiseta que iba estrenando, tuvieron que cortarme el cordón que llevaba al cuello -con el yong que me hizo Óscar-, la pulsera de cuero que me habían regalado Ali& Natalia -incluida Sylvia, el erizo-,  y lo peor de todo, la pulsera-amuleto que me hizo mi niña, ésa que atraía a las mariposas…

Y aunque tanto Sylvia como el yong acabaron a salvo en una bolsita que le dieron a Nacho esa misma noche, la mitad de mis abalorios de colores debieron quedar olvidados en algún rincón de la ambulancia (que a mí ya me habían dado bastante suerte).

(…)

Esta mañana decidí que, ya que aquéllos no iba a poder recuperarlos, lo mejor sería mirar pa’lante y pedirle a Paula que me acompañase a comprar nuevos abalorios con los que hacer una nueva pulsera de la suerte.

Y tras mucho callejear, acabamos dando con una tienda súper pija en la que, una a una, elegimos un puñado de cuentas verdes (mi color favorito), a cual más bonita, que engarzamos al llegar a casa.

Y aunque todavía se me hace raro mirar mi muñeca izquierda y no ver esos colores a los que con el tiempo me había acabado acostumbrando, la verdad es que mi nueva pulsera es TAN bonita…

… que suerte no sé si me dará, pero a las mariposas no me las voy a poder quitar de encima 😀 .

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Al menos en apariencia, no éramos más que otra pareja de madre e hija hundidas en sus respectivas butacas, compartiendo un paquete de palomitas y viendo ‘Los Muppets’. Habría resultado lógico, imagino, deducir que era ella quien realmente quería estar allí, y yo quien, no pudiendo negarme, había accedido a regañadientes a llevarla…

(…)

Recuerdo que cuando empezaron a anunciarla y dijo que quería verla, le prometí que iríamos juntas. Pero llegó el día del estreno y por una cosa o por otra yo nunca encontraba el momento. Siempre había algún trabajo, alguna lectura o alguna otra cosa relacionada con los putos estudios que tenían prioridad sobre aquella promesa.

Los fines de semana iban pasando y Chema, Nacho, incluso mi hermano se ofrecieron a llevarla en mi lugar. Pero ella siempre se negaba. ‘Los Muppets’ iba a verla conmigo, aseguraba sin ningún resquicio de duda. Después de todo se lo había prometido.

El finde antes del zusto (que dirían en mi pueblo) coincidió con el puente del día de Andalucía. Cuatro largos días en los que la dinámica fue que mi hija me preguntara cuándo íbamos a ir a verla y yo me limitara a tirar balones fuera. Cuatro largos días en los que no encontré dos horas que dedicarle.

Finalmente, después de mucho insistirle, Paula accedió a ir a ver los Teleñecos con su padre. Y lo peor es que lo hizo sin reproches ni mosqueos. Supongo que, aunque no lo entendiera, había asumido que mi excusa de ‘tengo mucho trabajo, tesoro’ era algo contra lo que no tenía sentido luchar.

(…)

Durante mi semanita en el Spa he pensado largo y tendido (literalmente) sobre ello. Le he dado vueltas a todos los ‘que habría pasado si‘ habidos y por haber, y, entre otras cosas, me he dado cuenta de lo mal que he estado priorizando desde que empecé la carrera…

Si llego a diñarla en aquella ambulancia – como estuvo a punto de pasar- me habría ido derechita al Valhalla (donde quedé con un amigo en que nos encontraríamos llegado el momento), con un expediente de puta madre pero sin haber llevado a Paula al cine. Tal vez  por eso lo último en que pensara antes de perder el sentido fuera en ella… en cuánto la quería…  en cuánto la había defraudado…

El miércoles pasado, al volver del hospital, le pedí que se sentara a mi lado. Le dije que le debía una disculpa, varias en realidad, una por cada vez que le había prometido que haríamos algo juntas (como las bolas de nieve o las pulseras de cuerdas) y había acabado anulándolo porque tenía algo más importante que hacer.

Y le pedí que si algo parecido volvía a pasar, me recordara, por favor, qué era lo verdaderamente importante.

– Prométemelo.

Ella me miró muy seria y, con los ojos como platos, prometió que lo haría.

 Y hablando de cosas importantes ¿tienes planes para este sábado?

– Mmm, no...

¿Te vienes conmigo a ver los Muppets? Sólo chicas, qué me dices…

Es que… cuando la vi con papá no me gustó mucho…

Andaaaaaaaa, porfaaaaaaaaaaaaa…

(…)

La peli no defraudó. Tal y como prometía, resultó ser un pestiño como pocos que me he tragado (sólo le faltó un cameo de Meg).

Y aún así, estoy convencida de que cualquiera que me viera la cara mientras salíamos del cine habría pensado que aquélla era sin duda la mejor película del mundo.

Y en cierto modo, lo era.

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