Tengo que empezar aclarando que la repostería no es lo mío. No es que lo salado lo sea, pero lo dulce definitivamente se me da peor. La tarta Sacher no me sale mal, is true, pero siempre hay algo que jode el invento: o echo más mermelada de la cuenta y las partes bailan (porque a mí toda la mermelada de albaricoque del mundo me parece siempre poca), o se me quema por arriba y por el centro no se termina de hacer, o la corto como cuando estás aprendiendo a escribir en folios sin pautar, que empiezas muy rectito y acabas como un mono borracho. A veces hasta se da más de un algo en la misma tarta. Si la sigo haciendo es porque lleva chocolate y me harto de lamer moldes y boles y varillas antes de meterlas en el lavavajillas y sólo por eso ya me compensa. Bueno, y porque cuando suena la flauta y sale bien, está que te mueres.

Luego están los fracasos absolutos, como aquellas galletas de avena y café que vi en el blog de Olga y que ella insistía en que estaban buenísimas y que eran muy fáciles y que había que hacerlas. Y a mí, que me gusta más un charco que a un cerdo una charca, me tiré de cabeza. Y cuando estaba ya empantaná haciendo la masa, me di cuenta de que un paquete que yo creía de copos de avena era, en realidad, de soja texturizada. Vamos, que no tenía avena suficiente. Para terminar de arreglarlo, en vez de sobre una bandeja, yo las hice sobre una rejilla (asín soy yo, el que quiera que me compre y el que no…). Y la masa, inconsistente ella, se derramaba dibujando surcos, que aquello parecía más vómito de gato que un proyecto de galletas. Vómito de gato que, como cabía esperar, no se terminaba de cocer. Seguro que dejándolas un rato más, pensaba yo… Lo importante es el interior, pensaba también…. Así que acabé haciendo lo que se hace cuando tu pareja se ha convertido en alguien con quien compartes piso, pero no te atreves a romper porsiaca no encuentras a nadie más que te aguante: fingir que todo va bien (- ¿Cómo van esas galletas, bombón? / -… bien, bien)  y darnos un tiempo (yo diría que en 10 minutitos más, están). Y qué tiempo más malamente invertido, joe. Más me habría valido bajar a la tienda y comprar un paquete de galletas hechas sin amor pero comestibles, en vez de acabar con una montaña de galletas quemadas y duras como… como…. nada, tú, que sólo se me ocurren analogías hardcore que no puedo poner aquí si quiero que éste siga siendo un blog familiar y decente, como yo. A lo que iba, que acabaron todas en la basura. Eso sí, aprendí un par de lecciones valiosísimas esa tarde que voy a dejar por aquí por si a alguien les sirven: 1) hay que comprobar BIEN que tienes todos los ingredientes antes de ponerte a cocinar y 2) hacer galletas sobre una rejilla es MAL.

Afortunadamente toda regla tiene su excepción. Y este bizcocho de zanahoria y nueces es la mía dentro del universo de los postres libres de crueldad animal. Hasta a Paula, que arruga la nariz siempre que oye la palabra vegano, le encanta tantísimo que prefiere llevarse un trozo de bizcocho para el recreo, que un bocata de jamón. A veces hasta me pide que le eche dos trozos para así poder comerse uno y trapichear con el otro (y probar así lo que llevan los demás). A Lola también le encanta, pero Lola no cuenta porque es mu’cumplía y una gorda como yo, y se come lo que le echen.

La  receta que sigo yo para hacer mi ya archifamoso bizcocho de zanahorias está (muy) inspirada en esta otra. ¿Diferencias? Básicamente yo no echo agua, sólo zumo de naranja (o de mandarina, lo que tenga a mano) y le añado también ralladura (la que me parece, depende de las ganas que tenga de rallar ese día); en vez de 270 gr. de azúcar echo 250 gr. (porque la primera vez que lo hice, siguiendo esta receta, me pareció que estaba demasiado dulce, pero eso va en gustos); pongo 130 gr. de nueces porque son las que vienen en un paquete de Borges, si vinieran 100 ó 90, pondría eso; ah, sí, y la harina integral, que no especifica de qué, yo la uso de espelta. Y ya’stá.

Para hacer este bizcocho necesitarás un horno (a ser posible que marque los 180º, no como mi cutrehorno), 2 boles grandecitos, un colador (para tamizar la harina y el azúcar glass si le vas a hacer un glaseado), un procesador de alimentos (para triturar las zanahorias y romper un poco las nueces), una balanza de cocina, un vaso medidor de líquidos, unas varillas y una serie a la que estés enganchadx.

Ingredientes

bizcocho

porción de bizcocho lista pa’hincarle el diente

  • 300 gr de harina de espelta integral
  • 250 gr de azúcar sin refinar
  • 320 ó 340 gr de zanahoria cruda, sin piel y triturada
  • 130 gr de nueces troceadas (no trituradas, que estén enteritas)
  • 200 ml de zumo de naranja
  • 180 ml de aceite suave (yo uso uno de girasol pero del bueno, sin refinar)
  • 1 pizca de sal
  • 1 cucharadita de bicarbonato
  • 1 cucharadita de levadura en polvo Royal
  • 1 cucharadita de canela en polvo
  • 1 cucharadita de jengibre en polvo
  • ralladura de naranja (no la mido, echo la que me parece)

Preparación

Antes de nada, pon el horno a 180º (que en mi horno sabe dios cuánto será en realidad, porque mide la temperatura como el chiste aquel de la piedra) y prepara el molde donde vayas a hacer el bizcocho. El mío es el típico molde redondo antiadherente y desmoldable, de 26 cm de diámetro (porque 23 era poco y 27 mucho), pero aun así lo engraso con margarina vegetal por los lados y en el fondo le pongo papel para horno.

En una procesadora parte las nueces un poco. No las hagas polvo, que se noten los trozos. Las reservas. Ahora tritura las zanahorias. Éstas sí, a saco. A mí me gusta que queden muy muy trituradas. Si no tienes procesadora puedes partir las nueces a mano o con un cuchillo, y las zanahorias las puedes rallar en un rallador de queso, que también quedan bien.

Ahora coge 2 boles grandecitos (el segundo más grande que el primero porque al final vamos a mezclar todo en él).

* En uno pones: harina, levadura, bicarbonato, canela, jengibre y sal. Lo mezclas un poquito con una cuchara y reservas.

bizcocho zanahoria

recién salido del horno; a éste no le puse el papel de aluminio y se tostó un poquito de más.

* En otro pones: aceite, azúcar, zumo, ralladura, zanahoria y nueces. Yo pongo primero el aceite, el zumo y el azúcar, bato un poquillo con las varillas y luego añado zanahoria y nueces. Pero si lo echas todo junto, se mezcla bien con una cuchara. A mí es que las varillas me gustan mucho y siempre busco una excusa pa’usarlas.

A continuación añade la mezcla del primer bol (harina et.al) en el segundo y ve haciendo que se integre todo. Yo tiro de varillas again porque me mola y porque ya que las he ensuciado, aprovecho. Cuando acabes, antes de echarlas a lavar, acuérdate de rechupetearlas bien. De nada.

Y como ya debería estar el horno caliente, vuelcas la masa en el molde (puedes usar una espátula de silicona para aprovechar todo bien o puedes ser un/a gordx de pro, y lo que caiga, cayó, y lo que no a rebañar con los deos, que pa’eso los tienes) y pa’dentro. Yo lo suelo poner lo más abajo posible porque mi horno es mierda seca (vivo de alquiler y es lo que hay) y sólo calienta por arriba, así que si lo pongo en el centro, se me quema. También suelo tener preparado un trozo de papel de aluminio, con agujeros hechos con un palillo, para tapar el bizcocho en cuanto empieza a subir y que no se me achicharre pero respire. Luego vuelvo a guardar el papel de aluminio para usarlo en el próximo bizcocho.

dontflirtTambién es conveniente ponerte algún temporizador, o un episodio de Jessica Jones (seriaca, by the way), o algo que dure unos 45-50 min., para acordarte de sacarlo del horno. Yo hago las dos cosas, temporizador en el móvil y episodio de la serie que esté viendo para no estar cada 10 minutos yendo a la cocina y salivando. Luego, a los 50 min., sin apagar aún el horno porsiaca, metes un cuchillito en el bizcocho y ves si sale con restos de masa o limpito. Si sale limpito es que tienes un horno bueno y que el bizcocho ya está. Y además te ahorras limpiar el cuchillo, todo son ventajas. Si sale enguarrao, lo dejas 10 minutillos más y a los 10 minutos le pegas otra puñalá a ver si ya sí o lo qué. Olga dice que los bizcochos se siguen haciendo durante un ratillo una vez que los sacas y si lo dice ella debe ser verdad.

Ahora viene la parte más difícil (e importante): sacar el bizcocho del horno, en su molde, con toda la cocina (y el salón y la casa de tu vecinx) oliendo que te mueres, y dejarlo ahí, reposando, sin tocarlo pa’na, dos horitas mínimo. Que a mí me recuerda a los noviazgos de antes. Lo puedes oler, eso sí. Y mirar. Y hacerle fotos y subirlas a las redes sociales, como hago yo, que soy más jartible con las fotitos desde que me he hecho vegana… todo el puto día subiendo fotos de lo que como. Lo que no puedes, bajo ningún concepto, es pasarlo a un plato, porque se desinfla más rápido que… bueno, eso, que se desinfla.

Pasadas las dos horas (si es invierno un poco menos) ya puedes desmoldarlo y ponerte de bizcocho hasta el ojete. Y rodar feliz por la vida, como hago yo. Que son dos días y aquí estamos pa’pasarlo bien.

Glaseado: si con 250 gramos de azúcar que lleva este bizcocho (270 gr. si hacéis la receta original) ves que todavía no te subes por las paredes, siempre puedes glasearlo. ¿Cómo? Fácil: pesas 220 gr de azúcar glass, mides 3 cucharadas de zumo de naranja, tamizas el azúcar para que no queden bolitas y lo mezclas todo en un bol (con un tenedor mismo, o con las varillas si no las has rechupeteado antes) y cuando tenga la consistencia que tú quieres, se lo echas por encima al bizcocho previamente desmoldado y esperas a que se enfríe (el glaseado, ofkors). Quedar queda más bonito, pero para mi gusto tanta azúcar por encima enmascara el sabor del resto.

Ea, pues con esto y un bizcocho (ay, qué salires tengo)…  Go vegan, madafaka!:)

Mi cocina, para que os hagáis una idea, es como la de un piso de estudiantes. Electrodomésticos baratos, muebles blancos de melamina, encimera de conglomerado forrada de plastiquillo (imitación de granito), hornillo de gas. No es especialmente pequeña, pero sí mal distribuida, con lo que más de 3 personas o se organizan y se restriegan en condiciones, o se estorban. Tampoco es especialmente oscura, pero cuando se va el sol, las luces parece que estén puestas a mala idea para que te hagas sombra y te rebanes un dedo a poco que te descuides cortando cebolla.

El que caso es que antes todo eso me la pelaba bastante. Porque cuando lo único para lo que pisas la cocina es para cocer pasta, poner cosas al horno (qué horno más malo, pordiosbendito) y coger la publicidad que guardas en el segundo cajón para pedir comida a domicilio, que sea más o menos espaciosa, más o menos luminosa, no es algo que te quite el sueño.

Entonces me fui a Bolonia con Nacho. Y estando allí decidí que aquel era un lugar perfecto para despedirme del queso. Y de los helados. Así que me puse hasta el ojete de quesos. Y de helados. Y de limoncello, que no entraba en mis planes dejar, pero algo había que beber. Y aunque a nuestra vuelta a casa algún paso atrás di, especialmente en momentos de mucho estrés, hubo un día en el que supe que no iba a comer más lácteos (voluntariamente al menos) en mi vida. Ni más huevos. Lo que suponía renunciar no sólo al parmesano, pecorino, gorgonzola, gouda, ricota y mozzarella, también a las tortillas de patata de mi madre, que antes eran mi refuerzo positivo cada vez que venían a verme. Y a mojar la yema (porque yo nunca me he comido la clara) de los huevos fritos; fritos por mi padre, que es la persona que mejor fríe los huevos del mundo, con la yema líquida y la clara cuajadita, pa’que no se mezcle, y con los bordes como el volante de un traje de gitana.

Y empezó el después. Y me puse a bichear. A buscar recetas en blogs veganos. Y a comprar harinas raras y sales de colores y especias de las que no había oído hablar en mi vida. Y mis baldas empezaron a llenarse de botes de cristal con semillas, cereales y legumbres. Y el Escocés me regaló una tabla de mármol preciosísima y enorme que me encanta, porque es como tener una encimera buena, o un trocito de ella. Y me regaló también un molinillo de pimienta de los caros, de esos que tienen distintas posiciones y te duran toda la vida, como los matrimonios de antes. Y yo, que nunca voy sobrá de dinero, me fui comprando cosillas sueltas. Un juego de cucharillas para medir. Un molde para hamburguesas. Uno para hacer bizcochos. Sartenes. Ollas. Libros… libros maravillosos con fotos de esas que dan ganas de lamer la página. Y descubrí que aunque soy capaz de acumular 3 jerseys, 2 camisetas y unos vaqueros encima de la bici estática y verlos ahí dos semanas sin echarlos de más, en la cocina soy incapaz de ver los fuegos sucios o de tener cosas por medio. Y aunque aún no tengo mucho repertorio, y aunque tengo muchísimo que aprender y muchísimo en qué invertir (porque esto es como el amor, depende de lo que te quieras gastar), hay dos o tres cosillas que me salen bien. Lo suficientemente bien como para que yo lo diga, que en esto (también), soy hija de mi padre y cada vez que me dicen que algo está bueno voy yo y le busco una pega. Pero a la tortilla no. La tortilla me sale perfecta, aunque esté feo que yo lo diga. Y no sólo de pinta, que eso no es mérito mío, sino de la sartén doble que me regaló mi madre por mi cumple y que es a las tortillas lo que el wonderbra al escote. Pero que de pinta al final es lo de menos. Que lo importante es el interior, eso lo sabe todo el mundo. En las tortillas y en las personas, si las vas a invitar a desayunar a la mañana siguiente. Y el interior, en esta tortilla al menos, está que te mueres. Y ya si le echas Calabizo, que es un chorizo vegetal hecho a base de calabaza, sale pa’dejarle un lado de tu armario y hacerle una copia de las llaves de tu casa. No es broma.

Y como la receta no la puedo linkear, porque es una mezcla de muchas otras, como la plastilina marrón, y de mucho ensayo y error, eso también, he decidido que la voy a dejar por aquí. Ya otro día me paso y escribo sobre el Escocés, que en febrero por poco se me muere y en abril, después de 8 años de celibato -o similar- se me ha echado novia. Y sobre Paula, que con 13 años recién cumplidos se ha ido una semana a Italia; y yo con 12 aún creía en los reyes, lo que son las cosas…. Y sobre el capítulo de un libro de Trabajo Social que me han encargado escribir y que, de hecho he escrito, y que me tiene con el subidón. Y sobre otras cosillas menos importantes, como esos tíos que son como trailers buenos de una peli mala. O sobre por qué odio los ebooks y por qué, en cambio, me ponen tantísimo los hombres con barba que leen a Faulkner en papel y ya puedes tú estar en bragas delante de ellos que no levantan la vista del libro hasta que no acaban el capítulo. Esos hombres….

De momento, la receta de la tortilla.

Tortilla de patatas vegana (para 2 o 4 personas, depende del hambre y las ansias).

 

Ingredientes:

tortillaca

Tortilla de papas con cebolla

  • 5 ó 6 patatas medianas
  • 1 ó 2 cebollas medianas (si sois de “tortilla sin cebolla”, hacéoslo mirar)
  • aceite (yo para freír uso aceite de semillas, aunque si fuera rica usaría de girasol, de esos sin refinar)
  • sal normal (al gusto)
  • 1 cucharadita con copete de sal negra
  • 1/2 cucharadita de cúrcuma
  • 1 cucharada de vinagre de manzana
  • 125 ml de leche de soja sin azucarar (yo compro la de marca Yosoy, que la venden en Mercadona)
  • tortilla calabizo

    Tortilla de papas con Calabizo

    125 ml de agua mineral

  • 50 gr de harina de garbanzo
  • 40 gr de harina de maíz
  • pimienta
  • perejil
  • Calabizo (opcional).

Preparación:

Primero cortas las patatas y las cebollas (yo lo hago en cuadraditos muy pequeños) y las fríes, por tandas, a fuego lento, que se cuezan literalmente en aceite (sí, de régimen no es).  Quedan empapuchás, que decimos en mi pueblo. Cuando las saques, salas y reservas.

Para hacer el “no huevo”, mezclas el resto de ingredientes (leche de soja, agua, vinagre de manzana, harinas de garbanzos y maíz, cúrcuma, sal negra, sal, pimienta y perejil). Yo recomiendo batir a mano con varilla para que no queden grumos. La sal negra es la que le da el sabor a huevo, el vinagre de manzana mata el sabor a garbanzos y la cúrcuma le da el color.

Luego mezclas el “no huevo” con las patatas y la cebolla que habías reservado, lo vuelcas todo en la sartén wonderbra (la mía es de 20 cm. de diámetro), previamente engrasada con una gotita de aceite por cada lado y caliente, y haces la tortilla como to la vida de dios.