Lo pensó dos veces y se marchó
como una frutilla su corazón

Y cuándo vas a hacer el helado, me pregunta Paula, que un rato antes ha estado lavando las más maduras y dejándolas sobre la tabla de mármol, junto al plátano. En una hora o asíPrimero tienen que enfriarse, le digo mientras, una a una, voy cortando todas las fresas. Asiente en silencio y, con esos dedos largos y finos que tan poco se parecen a los míos, roba un trozo de plátano antes de que pueda cerrar el tuper y meterlo en el congelador.

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Abro el vaso. Echo la nata, el azúcar, los trozos de fruta congelada.

Y el rugido de la Thermomix sirve para acallar esta coplilla que llevo silbando sin querer desde que compré la caja de fresas esta mañana.

‘gilipollas eres…, me digo por lo bajini cuando me doy cuenta.

Y en cuestión de segundos toda esta tristeza que he estado tratando de esquivar este último mes, brota de golpe.

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Y me consuelo pensando que, aunque yo no llegue a saberlo, también tú tendrás días en que hasta las fresas te hablen de mí.

También era bisiesto el año en que pisé Edimburgo por primera vez. Por aquel entonces tenía yo 24, aunque no aparentara ni 18, el pelo me llegaba casi por la cintura y acababan de partirme el corazón en trozos tan diminutos que pasaron años antes de que dejaran de aparecer en los rincones más inesperados.

Aun así, para alguien como yo, maldecida con esta suerte de síndrome de Diógenes para los recuerdos, incapaz de borrar ninguno por insignificante que parezca, los pocos que conservo de aquel viaje son inusualmente vagos. Un paseo en un bus para turistas, una buhardilla con la ducha rota, una peli de miedo desde la cama, hombres en kilt tocando la gaita por unas monedas, calles en cuesta, un castillo enorme en lo alto de una colina altísima, un penique aplastado por una máquina que aún debe andar guardado en alguna cartera… No recuerdo, sin embargo, comidas, ni pintas en ningún pub, ni ir de la mano con el Escocés por la calle, ni hacer el amor con él. Ni no hacerlo.

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Diciembre, 2016.

mapaEdimburgo es enorme y frío y nuestra habitación, en contraste, diminuta y caldeada. Un pequeño baño, una cama nido cubierta por un edredón nórdico y, a modo de cabecero lateral, dibujado directamente sobre la pared, un mapa del centro en el que repasar cómo llegar a todos esos lugares que traigo escondidos en el cuadernito negro que compré en Japón.

Y quizá tenga que ver con mi famoso sentido de la desorientación, o con que la última vez que anduve por estas calles era verano, pero por más que la recorro, por más que la miro, Edimburgo no despierta absolutamente nada en mi interior. Y en parte me siento aliviada y, sí, en parte decepcionada. Como cuando te reencuentras con alguien a quien has evitado durante años, alguien que te hirió tanto como para marcar tu vida, y ahora que lo vuelves a tener delante te das cuenta de que no sientes nada. Nada. Y tú venías preparada para sentir rencor, odio, dolor, desprecio incluso. Pero nadie te advirtió sobre qué hacer ante todo este vacío.

leithAsí que decido reescribir Edimburgo. Como cuando sustituyes un documento por otro salvando sólo el nombre. Y de éste nuevo Edimburgo, me propongo, voy a recordarlo todo. Todo.

Un cementerio llenos de lápidas rotas, subir una calle con el sol de cara, los bocadillos del Pret a manger para desayunar, el pub donde una camarera asturiana nos recomendó qué no pedir, las vistas de la abadía desde el parque, el pub donde no juzgaban a nadie, un río de antorchas bajando desde el castillo, mi mano derecha en el bolsillo izquierdo del abrigo de Nacho mientras caminamos, pararme a leer cada dedicatoria de cada banco a lo largo de toda Princes st., ojear el Thug Kitchen con Spiderman 3 de fondo, volar en círculos agarrados de la mano a 60 metros sobre el suelo, la vaca sagrada mejor escondida del mundo, las vistas desde el puente sobre el río Leith, el pub en el que me tomé la primera media pinta y también aquél en el que tomé la otra media, comer patatas con sal y vinagre mientras observamos a la preciosa chica de los pancakes darles la vuelta, el cartel del concierto de Nutini viajando hasta Granada en un wasap, ir buscando una pizzería y acabar sentados en un mexicano, cenar sopa en la cama, subir hasta el castillo para no entrar, los fuegos artificiales desde la noria, el frío colándose por los bajos de mis vaqueros en una parada de autobús, comer fudge de coco después de follar, quedarnos a las puertas del callejón del fin del mundo, aquel “not all those who wander are lost“.

antorchasY de repente comprendo que es el vacío que dejaron todos aquellos trozos reducidos a polvo a lo largo de ese primer viaje, el que ha dado lugar a todas estas cicatrices que ahora atesoro. Y es precisamente esa última noche, viéndolas bajo la luz de las antorchas, cuando me doy cuenta de lo hermosas que me parecen. No me lo parecerían más ni aunque estuviesen rellenas de oro. Porque he dedicado los últimos 20 años a reparar algo que en su momento parecía imposible de recomponer y ahora sé positivamente que esa reconstrucción ha acabado.

Y me voy de Edimburgo dejando atrás un puñado de calles en cuesta, de hombres en kilt tocando la gaita, de techos abuhardillados. Y un castillo que ya no me parece tan grande, en lo alto de una colina que ya no me parece tan alta.

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El otro día por la calle olía a Japón (Paula)

japónbudaLa habitación de Tokyo es diminuta pero funcional. Un baño donde todo encaja como en un tetris y una cama doble bajo un ventanal desde el que todos los amaneceres son grises y fríos. Aun así lo primero que hago nada más despertarme es levantar el estore, pegar la nariz al cristal y comprobar que es real, que estoy aquí. A mi derecha Paula frunce el ceño sin abrir los ojos a la vez que se encoge bajo las sábanas.  A despertarse, le digo. Pero dejo que se acurruque un ratito más, porque aunque fuera de estas paredes nos espere nada menos que Japón, hay pocas cosas tan bonitas en el mundo como verla dormir.

En Japón los trenes salen y llegan a su hora, y todo el mundo hace cola en los andenes y deja salir antes de entrar, sin empujones ni malas caras. Casi nadie sabe inglés pero todo el mundo es amable y te echa una mano si ven que andas perdido. Lo sé porque otra cosa no, pero perdernos… No hay papeles en el suelo, ni cáscaras de pipas, ni colillas de cigarrillos, ni cacas de perro, ni nada, a pesar de que, desde los atentados con gas sarín en el metro de Tokyo, las papeleras brillan por su ausencia. Tampoco te cruzas con nadie pidiendo una moneda en una esquina, ni con animales vagando por las calles.

japónbosquesEn Nagano dormimos en un ryokan, una posada tradicional japonesa con futones en el suelo y puertas corredizas de madera y papel de arroz, sin wifi ni baño en la habitación. En unas horas tenemos la cena del grupo con el que viajamos pero a mí, que estoy de un humor de perros desde que llegamos,  lo único que me apetece es quedarme aquí tirada y no hablar con nadie. Entonces Paula, que me ha hecho girarme mientras se cambia, me dice “ya puedes mirar“. Y me doy la vuelta y la veo ahí de pie, con ese pelazo negro que le llega por la cintura, envuelta en el yukata que nos han prestado, sonriéndome. Y en ese preciso instante me doy cuenta de un montón de cosas a la vez. De que es nuestro primer viaje sin Nacho ni Chema y no tenemos ni una sola foto juntas. De que mientras que yo no he parado de protestar desde hace 4 días, ella no se ha quejado ni una sola vez, por nada. De que estamos en Japón y parece que me haya propuesto no disfrutar de ello. Así que cambio el chip. Voy contigo, le digo. Y me enfundo en mi yukata, que no me queda ni la mitad de bien que a ella, aunque qué más da…

16948422417_15f0b03318_mEn Japón los baños públicos están siempre limpios, da igual que estés en un McDonald o en un restaurante de verdad. Estés donde estés, la gente habla bajito, como si anduviesen siempre contándose secretos, y si ven que vas a subir, te esperan con el ascensor abierto. Hay máquinas expendedoras cada 100 metros – refrescos, chocolatinas, sandwiches, tés de todos los sabores… – y todo el mundo viste como le da la gana, hasta el punto de que en un mismo vagón puedes coincidir con un señor enchaquetado, un grupo de amigas en kimono y un chico con pelo azul, aunque sólo a los guiris parece llamarnos la atención.

En Kyoto dormimos en una habitación preciosa: techos altos y abuhardillados, suelo de madera y una ventana que da a un patio privado. El desayuno no está incluido así que hacemos pereza y amanecemos cuando nos viene en gana, para desesperación de R., con el que compartimos casa y que ha planificado 500 excursiones para las que tendríamos que estar en marcha a las 8. Pero Kyoto pide a gritos otro ritmo, otros ojos. Invitamos a R. a que siga con sus planes sin contar con nosotras y, por fin solas, visitamos el castillo de Nijo, nos perdemos por los jardines de Nara y nos pateamos el centro buscando pendientes que no necesiten agujeros para ella y un par de camisetas de dinosaurios con bolsillos para mí. Y es así, a mitad de viaje, como me reconcilio conmigo misma y con Japón.

japóndeseosEn Japón los cables atraviesan las calles, porque el cableado aquí no va por dentro de las casas. A ratos da la sensación de que son los cables los que sujetan las fachadas y que cortando uno todas irán cayendo como fichas de dominó. También hay cuervos en vez de palomas y cerezos en flor en vez de naranjos. Y hay templos, templos impresionantes y otros más modestos, con jardines y budas y platillos de bronce donde dejar los donativos y ciervos que hacen una reverencia a cambio de una galleta y campanas y dragones y plegarias escritas en tablillas de madera o en papel, doblados sobre sí mismos y tendidos al sol.

De vuelta a Ikebukuro, sus calles abarrotadas y todos esos luminosos que laten en la oscuridad consiguen que echemos de menos Kyoto. Y en un par de días estaremos cogiendo aviones de nuevo. Y yo, que jamás fui con mi madre ni al cine, me doy cuenta de que lo que más me ha gustado de Japón venía conmigo de casa.

 

 

 

 

Sábado. Sentada en un banco de madera frente al hostal Dulces Sueños veo como los primeros rayos de la mañana arrancan sombras alargadas a los naranjos que cubren las aceras. Algunas naranjas, las que han ido a caer al pie del árbol donde crecieron, permanecen intactas, arracimadas unas con otras como un corrillo de viejas de pueblo. Otras, más aventureras, han rodado hasta la calzada y toman el sol despreocupadas, ajenas a las ruedas de los coches.

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2016-01-30 09.08.15Aquí las naranjas están por todas partes, dice Dan, mi profesor de inglés. Cuando yo era pequeño, mi madre nos regalaba a mi hermana y a mí una mandarina el día de Navidad. En Londres no hay frutales y en aquella época las mandarinas eran muy difíciles de conseguir. Recuerdo la ilusión con la que esperábamos la nuestra… Ésa fue una de las primeras cosas que me chocaron de Sevilla, ir caminando por la calle y ver a la gente apartando las naranjas a puntapiés para no pisarlas. 

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Lunes. Me enchufo los cascos al salir de casa. El inglés está a tres coplillas tristes a paso lento. Selecciono la primera y echo a andar.

Las farolas, que hasta ayer teñían de amarillo las piedras del puente, hoy están apagadas. Enero se acaba y el cambio de luz ya empieza a notarse. En solo unos meses el sol inundará las calles, los naranjos se vestirán de primavera y las terrazas se llenarán de cervezas y aceitunas. Y yo, que andaré buscando la sombra, contaré los días hasta mi próximo cumpleaños. Y las coplillas hasta el inglés se reducirán a dos.

Pero para eso todavía quedan semanas. A día de hoy aún puedo permitirme recorrer sin prisas esta calle en la que prácticamente cada esquina, cada bar, me trae un recuerdo distinto. Y aunque no puedo evitar que alguno, visto lo visto, me haga sentir como una naranja en Sevilla, esta tarde elijo quedarme únicamente con aquellos que me hacen sentir como una mandarina en Londres.

A mi izquierda un par de naranjas se funden con la carretera.

Y si llama él no le digas que estoy
dile que Alfonsina no vuelve
Y si llama él no le digas nunca que estoy
di que me he ido

 

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‘El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados’. (Milan Kundera)

Salgo del taller de cocina vegana acompañada por la chica del pelo de cebada y el chico de ojos como lagos. Medio contenta (porque después de pasarme toda la noche bebiendo agua del grifo hemos acabado brindando con cava), medio triste (porque tengo una coplilla clavada en el corazón desde esta mañana), enfilo la cuesta que me lleva de vuelta al hotel.

Tarjeta en mano intento, sin mucho éxito, recordar el número de nuestra habitación. Se trata de un hotel pequeño y todas las habitaciones están en la segunda planta, pero mi estúpida buena memoria sólo puede decirme las que no son. Ni la 618, ni la 307, concretamente. Al salir del ascensor recorro el pasillo buscando alguna pista que me recuerde cuál es la puerta que abre mi llave. Y cuanto estoy a punto de bajar a recepción a preguntar, la veo frente a mí: habitación 208.

Al entrar compruebo que la cama sigue hecha. Me desnudo, me lavo la cara y me tapo con unas sábanas heladas bajo las que no hay nadie a quien despertar. Porque sí. Porque somos tan franceses que, después de una semana fuera, Nacho se ha ido de cañas con un amigo de Badajoz. Y la cosa es que no me parece ni mal. No he estado sola en toda la semana y necesitaba este momento para mí. Le mando un wasap: En el hotel. Pásalo genial. Te amo. Luego busco en mi carpeta “amigos” y vuelvo a detenerme en las últimas fotos que he guardado en ella. Me gustan tantísimo que se las enseñaría al primer señor que me cruzara por la calle, como hace mi madre con las de Paula. Y sé que no debería molestar a estas horas, pero me atraen demasiado los precipicios…

Y justo antes de apagar la luz vuelvo a abrir mi correo, buscando esa canción que no logro sacarme de la cabeza.

Porque hace seis años, más o menos por estas fechas, todo eran coplillas tristes y flores de chocolate y chats hasta las tantas. Y era tan bonito todo…

Y me doy cuenta de que mi problema no es ya que no le tenga miedo a la caída, que también, es que ni siquiera trato de defenderme del deseo de caer. Al contrario. Quizá porque caer siempre me ha parecido un poco como volar.

Y le doy al play. En esta habitación de hotel vacía que no significa nada. Que ni siquiera es la 110, me digo. Entonces caigo en la cuenta de que a veces una canción también puede ser un precipicio. Y extiendo los brazos. Y comienzo a caminar muy cerca del borde…

Che me ne faccio ormai di tutti i giorni miei
se nei miei giorni non ci sei piu’ tu

 

Pd. Si queréis saber de qué va la coplilla, aunque no os garantizo que esté bien traducida, pinchad aquí.

 

 

 

 

 

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Cuando yo era chica quería tres cosas por encima de todas las demás: ser Félix Rodríguez de la Fuente, sin el “como”, tener el pelo como la Nancy negra, y un perro.

Ya por aquel entonces, en mi mente infantil en la que aún todo parecía posible, tener un perro era un sueño equiparable a poder cambiar mi pelo lacio y aburrido por un pelucón afro de puta madre o a convertirme en la persona a la que más admiraba en el mundo.

[Aclaro esto por si quien no sea capaz de entenderlo quiere ahorrarse el resto de la entrada]

2015-07-16 09.45.02Susi llegó en diciembre, poco antes de Navidad, un domingo que lloviscaba un poco y hacía tirando a fresco. Llegó con sus 16 primaveras y esa tristeza de quien ha perdido todo. Su familia, su hogar, su lugar en el mundo. Llegó además la misma mañana en que a Brow se le fue la pinza y, sin mediar gruñido, atacó a Livia y me la dejó tuerta para siempre. Así de oportuna fue la Susi. Entrando ella en Sevilla y yo en el veterinario de urgencias, en la otra punta de la ciudad, a las 9 de la mañana.

Era más bonita la Susi. Con su crin de little pony y su cresta punk y esos enormes ojos negros nublados por los años y ese rabito que no paraba de mover cuando notaba que la mirabas y sus 5 dientes y medio y su lengua kilométrica. Y más buena…

Su anterior dueña, una señora mayor con demencia, había muerto hacía poco en un pueblecito de Ciudad Real, y yo, que por aquel entonces veía a Wilma en cada perro viejo con el que me cruzaba, me enamoré de ella al instante cuando vi su carita en una publicación en Internet. Más tarde supe que quien originariamente la adoptó fue el hijo de esta señora, unos 15 años atrás, aquí en Sevilla. Luego se casó, se separó, y la perra, como ocurre a veces con las cosas que ya no necesitamos pero no queremos tirar, acabó yendo a parar a casa de su madre. Al menos hasta que ella murió y él se desentendió de la que había sido la sombra de su madre durante los últimos años de su vida. Y así fue como Susi llegó hasta mí.

2015-04-29 20.17.48Y la lluvia acumulada durante la noche anterior trepaba por los bajos de mis vaqueros mientras iba a recogerla, con mi cabeza puesta en Livia y en Brow y en cómo me acabo complicando la vida siempre.

A Susi le encantaba meterse en los parterres, especialmente en aquellos en los que había hojarasca o flores secas. Olía, marcaba, enterraba con las patas traseras y hasta el siguiente árbol. También le gustaban los filetes de ternera recién hechos, croquetear en la cama de Brow, chuparme las piernas cuando me salía de la ducha y ocupar el lado de Nacho cuando dormía fuera de casa.

A mí me gustaba verla dormir. Acariciarla mientras pensaba la suerte que había tenido de que me hubieran elegido para adoptarla. Oírla roncar, porque aunque no llegara a los 5 kilos, la Susi roncaba como un marinero borracho. Me encantaba cuando me veía asomar un pie fuera de la cama por las mañanas y se ponía a dar vueltas como una loca y a moverme el rabito para que la sacara. O cuando jugaba con la pelota de Livia y me la traía para que se la tirara. Y me encantaba muchísimo cuando Brow y ella se ponían a lamer la boca del otro como si no hubiera mañana.

Y cuando quise darme cuenta, Susi había llenado casi por completo el hueco que había dejado Wilma. Y sí, me sentía un poco culpable por ello, como me pasó cuando Bleda llenó el que había dejado Éboli, pero no podía evitarlo.

Fue a Susi a quien más eché de menos, de largo, cuando me fui con Paula a Japón en semana santa. Más que a Nacho y al Escocés juntos. Más que a Livia, Salvú y Brow. Nunca me ha costado tanto coger un avión como aquel que iba a separarme de ella durante 10 largos días.

2015-07-16 09.45.53Y por más que supiera desde el momento en que la adopté que no tardaría en marcharse, despedirme de ella cuando lo hizo, 7 meses después de llegar, ha sido lo más difícil y doloroso por lo que he tenido que pasar en mucho mucho tiempo. Quizá por eso me ha costado más de dos meses volver al parque sin ella. Y esparcir sus cenizas sobre el césped de las florecitas que tanto le gustaba. Y reservar un poquito aún para mezclarlas con la tierra de uno de mis troncos de Brasil y consolarme pensando que, de algún modo, sigue aquí conmigo.

Y es cierto que aún tengo a Brow. Y a Salvú. Y a Livia, aunque sea con un ojo menos. Pero a Susi no hay día que no la recuerde. Que no la eche de menos. Con su cresta punk y sus ojos nublados. Con su rabito y sus ronquidos de marinero borracho. Y el vacío que ha dejado, tan desproporcionado para alguien que abultaba poco más que un hámster, sigue ahí.

Y diciembre ya nunca será lo mismo.

 

 

 

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El verde es mi color. Siempre lo ha sido. No me recuerdo a mí misma con otro color
(‘La mujer de verde’, A. Indridason).

El día que dejé de respirar lo último en que pensé fue en Paula.

Todo el mundo debería poder morirse así, sabiéndolo, dedicando su último pensamiento a alguien a quien realmente quiere. Teniendo en su vida alguien a quien dedicar un último pensamiento.

A veces, cuando no consigo dormir, me dedico a volver sobre mis pasos. Es un ejercicio inútil, lo sé, tanto como repasar un examen ya entregado, pero no puedo evitarlo. Supongo que en el fondo confío en poder encontrarle algún sentido. Algo que haya pasado por alto. Un patrón dentro de lo arbitrario que parece ser todo. Como cuando estoy a punto de perder la partida y me cae una vida extra en el BrickBreaker.

(…)

Mi primer recuerdo de ese día es sobre la comida. Raviolis de setas, rehogados con mantequilla y acompañados de parmesano recién rallado. No sé si es lo que habría elegido de haber pensado que podría ser la última, pero para ser un miércoles cualquiera no está nada mal. Tengo hambre pero es el olor lo que lo vuelve urgente. Los primeros raviolis me estallan dentro de la boca, demasiado calientes para saborearlos. Pasada el ansia de los primeros minutos, comienzo a partirlos en dos, dejando que el calor escape y parte del relleno de setas acabe derramado en el plato. Si estamos viendo la tele o no, eso no lo recuerdo. Sé que voy estrenando camiseta y que pongo especial cuidado en no mancharme. Al final ha sido la de rayas grises y azules, no la verde. Eso es algo que sigo sin entender después de todo este tiempo. El verde es mi color. Siempre lo ha sido. Mi cepillo de dientes, mi esponja, mi toalla, todo es verde. Pero hoy… Gris contra verde y gana el gris? Ni que hubiera sabido que horas más tarde alguien iba a estar cortándola en dos con unas tijeras.

El segundo recuerdo que guardo es estar esperando a Paula y al Escocés a la sombra de un naranjo. El día es absolutamente primaveral para ser febrero. Cielo azul, 25 grados y todo lo demás. Tres más como éste y cada naranjo a lo largo de la calle acabará cubierto de capullos de azahar impregnándolo todo de su olor. Y cada vez que me asome el balcón me parecerá que he vuelto al pueblo de mis abuelos, a los limoneros encalados y a los patios con tortugas escondidas entre las macetas, al olor a brasero y a tostadas por las mañanas, a las noches sin hora para recogerse y al sofá cama que compartía con mi hermano, el mismo en el que pasé la varicela. O la rubeola. O alguna otra cosa de la que mi madre no está del todo segura. Todo eso traerá el azahar para mí a cambio de que siga aquí para olerlo.

Mi tercer y último recuerdo antes del pasillo del edificio 16 es Paula. Cuando la veo salir del portal trae puesta su sonrisa maligna. Pienso rápido de qué puede tratarse, pero no caigo. Entonces ella levanta las manos en señal de triunfo y mueve los dedos, esos dedos largos y finos, absolutamente perfectos, que tiene. Sus uñas. Siguen siendo azules. Llevo días amenazando con quitarles el esmalte, que está ya descascarillado, pero siempre se me olvida… Ahora su sonrisa dice “Ja. Te gané otra vez“. “Esta tarde, en cuanto llegue de clase…” le aseguro, convencida de que voy a volver. Pero no vuelvo. No aquella tarde. Luego entramos en el micra. Y yo finjo que voy a sentarme delante, aunque acabo sentándome a su lado, como siempre. Y ella se lo toma como una nueva victoria, esta vez sobre su padre. Y no recuerdo sobre qué hablamos, sobre cosas importantes, seguro. Con Paula todo lo es.

El resto anda en otro post.

(…)

Y vuelta a Paula. A lo mayor que se ha hecho… aunque no lo suficiente como para que nuestras conversaciones se hayan vuelto aburridas: Paula y yo coincidiendo en cuánto molaría tener barba (lo sé, lo sé, debería hacérmelo mirar… 😎 ). Barbas frondosas que mesarnos con la mirada perdida para que nuestros pensamientos parecieran más interesantes. Y lo hacemos, nos mesamos nuestras barbas inexistentes mientras pensamos en cosas súper profundas.

Y a veces me digo que la vida sigue. Que continúa sin más. Pero no es cierto, claro. Continúa, sí, pero no “sin más”. Porque ésta que vivo hace casi dos años ya es una vida extra. Como las del BrickBreaker. Signifique eso lo que signifique.

Y acabo quedándome dormida pensando en Paula. En lo guapas que estaríamos las dos con nuestras barbas.