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Igual no tenía que habértelo contado. Así, al menos para ti, la cocina de casa de mis padres habría seguido siendo la misma. Con sus muebles crema y rojo, el cesto de Éboli junto a la puerta que daba al salón, y aquel suelo de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez gigante. Y esa enorme mesa de formica, con sus horrorosas sillas de sky blanco en las que se te quedaba el culo pegado con el calor. Y aquella horrorosa lámpara de muelle, que aprendimos a esquivar, balanceándose sobre nuestras cabezas. Y sí, el cajón del chocolate… tampoco yo he conocido a nadie que tuviera un cajón sólo para eso, aunque entonces me pareciera lo más normal del mundo.

La de horas que echamos en aquella cocina, comiendo porquerías, bebiendo café helado mientras hacíamos como que estudiábamos y hablando de lo que, por aquel entonces, nos parecía importante. Guardándonos quizá lo que sí lo era.

Ahora es mucho más bonita, es cierto. Los muebles son verde agua, nuevos, y la mesa es de cristal, con sillas de madera clarita. Y, aunque te parezca imposible, hay aun más comida almacenada que antes. Lo sé porque, aunque voy poco, cuando voy nunca me olvido de saquear el armarito de las latas y el cajón del chocolate. Pero ahora es sólo eso, un lugar que saquear.

(…)

Que nuestros caminos volvieran a cruzarse aquella tarde por casualidad, oír mi nombre y verte allí de pie, es sin duda una de las mejores cosas que me han pasado en muchos años. Y no hay manera de saber qué habría pasado si. Poco importa eso ahora, supongo. Eres feliz y yo me alegro tanto por ti. Tanto.

Pero no voy a mentirte. Me encanta que, después de varias vidas sin saber del otro, te asalte la morriña, aunque sea un poquito, recordando aquella vieja cocina en la que había un cajón sólo para el chocolate.

Y que el teléfono suene y seas tú.

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“- Qué bonito! – El qué? Qué es bonito? – La vida” (Amour, Haneke)

Me despierto a esa hora en que sólo los pájaros tienen algo que decir. Me pongo lo primero que pillo del montón de ropa a medio poner, le engancho la correa a Brownie, pillo sus bolsas y dejo que me arrastre.

Al salir del ascensor vemos a una chica sentada en un poyete  de los de fuera. Parece alta. Pelo largo, rubio. Pantalones inexistentes. Tacones enormes. Tiene la cara tapada con ambas manos y, antes incluso de abrir la puerta del portal, su llanto llega hasta nosotros. Dudo un segundo si preguntarle qué le pasa y finalmente giro a la derecha. Brownie sin embargo no se lo ha pensado y se queda atrás dando latigazos con su rabo y tratando de lamerle la cara. Tiro suavemente de él y abrimos la segunda puerta, la de hierro grande.

Ya en la calle, sentado en uno de esos absurdos maceteros de piedra sin planta dentro, un chico de aproximadamente la misma edad parece esperar. Brow, por supuesto, hace el amago de acercarse, pero esta vez lo veo venir y giramos a la izquierda sin miramientos.

Cuando regresamos, la chica y el chico están juntos en la acera. Ella llorando aún, él hablándole en voz muy baja, sin tocarla. Deben rondar los 18, una edad la mar de mala pa’según qué cosas… Brownie los ignora, porque cuando vuelve de su paseo lo hace jugando con la correa y no quiere saber na’de nadie. Yo trato de hacer lo mismo aunque mentalmente echo cuentas de los años de tranquilidad que me quedan hasta que Paula……….

(…)

Entrar en casa y no encontrar a Wilma esperándome al otro lado de la puerta es como sentir un brazo que ya no tienes. Es el amago de usarlo lo que te devuelve a la realidad. A una realidad de mierda.

(…)

Me pongo un café y me asomo al ventanal del salón, ese que da al patio comunitario. Echo de menos mi antiguo balcón. Salir y observar a la gente que vuelve a su casa andando muy despacito después de toda la noche de juerga. Mirar desde arriba los naranjos.

Aquí no hay naranjos. Sólo un limonero. Uno que el portero no riega. A veces lo observo cuando pasa con la manguera por entre los parterres, derramando agua mientras va de uno a otro, evitando cuidadosamente mirar atrás, donde el pobre limonero se seca a ojos vista. No logro imaginar qué puede haber hecho para merecer semejante castigo, pero con este calor no tardará en morir.

Luego, como cada mañana, busco al único vecino que siempre está despierto a esta hora, un señor mayor de escaso pelo cano que se pasea por su casa en pantalones de pijama y repasa la prensa en papel, como toda la vida, mientras sostiene su taza con la mano izquierda. Hoy sin embargo se ve que me he asomado un poco más temprano que de costumbre, porque su salón está vacío.

En la habitación de al lado, con la cama orientada hacia el ventanal, distingo unos pies y, un poco más arriba, unos boxers de rayas rojas. Me siento un poco voayeur, aunque no haya sido yo quien ha decidido no echar las cortinas. Pasado el primer arrebato de culpa me fijo mejor. Es una cama individual. Al menos desde aquí parece ridículamente pequeña. Sin sábana de arriba. Si yo viviera sola me compraría el colchón más grande que hubiera y dormiría en diagonal todas las noches…

(…)

Nada que hacer. Esperar notas, poco más. Tengo a Silva frente a mí pero a quien yo esperaba era a Camilleri. Es como cuando tengo antojo de mexicano y comemos pasta. Miro el de Silva. ‘La marca del meridiano’. Lo abro, lo hojeo y lo dejo donde estaba.

Enciendo el portátil y miro la cartelera de la Diputación. Ponen Amor, de Haneke. “Una pareja de 80 años (each)… un infarto y una hemiplejia… su amor se verá puesto a prueba…” Mmm. Sí. Definitivamente tiene pinta de fiestera, de las que me gustan a mí. No se hable más. Adjudicado Haneke por 4 pavos la entrada 😀 .

(…)

amour-739x1024 (1)Pffff. Fiestera es poco. Hacía tiempo que una peli no me sacudía de esta forma. Con un pellizco en el estómago salgo del cine y mando un wasap. Camino de casa pienso en el Escocés, tal vez por todas esas escenas en que el marido le lava el pelo, la ayuda a levantarse del water, le da la comida… Es difícil de explicar y supongo que imposible de entender, pero probablemente sean mis recuerdos más bonitos de nuestros últimos años juntos.

Siempre pensé que envejecería junto al Escocés. Saliendo del ‘Amor’ me doy cuenta de que ahora ninguna vejez estará a la altura de aquella que había imaginado, lo que me pone tremendamente triste… Y me consuelo un poco pensando que con mi historial yo no llegaré a vieja.

Ya en casa enciendo el portátil con ánimo de escribir. Es tarde, pero eso no me preocupa. Ya no quedan trabajos por hacer ni tengo nada que estudiar. Mañana volverá a ser domingo, como hoy.

Y justo cuando le doy a “Nueva entrada”, me llega un wasap. “Puedo felicitarte ya?“. Y al wasap le sigue una llamada que me habla de tiempos pasados, cuando nos pasábamos horas al teléfono hablando vaya usté a saber de qué.

Cuando cuelgo la sonrisa no me cabe en la cara. Y pienso en la peli que acabo de ver, tan dura. Y en que el día amaneció con una chica llorando. Y en las casualidades. Y en que contra todo pronóstico mañana ya no será domingo, sino sábado.

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‘Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme’ (Oliverio Girondo).

Llego 5 minutos antes de lo acordado. Saco la BB y le mando un mensajito a mi profe avisándole de que estoy abajo. Soy G., le aclaro. Dudo que vaya a reconocerme por mi avatar de wasap; al cole suelo ir vestida 😎

Mochila al hombro espero junto a la verja. Los funcionarios que regresan de tomar café pasan por mi lado en pequeños grupitos. Luego atraviesan el torno sin dejar de charlar y desaparecen de mi vista.

Y mientras unos van haciéndose cada vez más pequeños, la silueta de mi profe se vuelve cada vez más nítida. Adivino la breve conversación de ascensor que tendrá lugar antes incluso de llegar a su despacho. Y me pregunto qué pasaría si en lugar de responder con vaguedades educadas le hablara de cómo conseguí estas bonitas ojeras a juego con mi camisa.

Puntualidad británica, eh… bueno, qué tal tu semana santa?

230 Y pienso en los bajos empapados de mis vaqueros girando a la derecha un domingo de madrugada, en una vida de chocolate sin azúcar y leche desnatada con sacarina, en lo fácil que entra el tequila cuando es bueno y en lo largas que se vuelven las noches cuando quien duerme a tu lado no te pasa siquiera una mano por la espalda…

– Bien. Muy liada con los trabajos… Y la tuya?

Una vez zanjado el tema me invita a pasar a una habitación de cristal donde al parecer estaremos más cómodos. Y hablamos de esto y de lo otro, de perros y gatos y otras cosas que te cambian la vida y te hacen beberte hasta el agua de las macetas en un momento dado.

Y aunque no me lo diga, sé que mi proyecto no le convence. Y lo entiendo. No sé por qué tengo que complicar tanto las cosas, pero qué le voy a hacer. Aun así hace unas llamadas,  me da unos teléfonos y comentamos lo de mi viaje a Barcelona. Luego mira discretamente la hora y me acompaña a la salida.

Y acostumbrada a hacerlo de noche y en verano, me resulta extraño atravesar este patio a plena luz de día, sin murciélagos revoloteando, ni barra de bar al fondo, ni sillas de plástico, ni pantalla de cine. A propósito de cine…

Anoche soñé contigo. La sala es pequeña y está llena de viejos y parejas de esas que pueden besarse sin tener que esperar a que apaguen las luces. No es nuestro caso. Sentados uno junto al otro, vista al frente, podríamos pasar por perfectos desconocidos. Y atrapada entre mis muslos, torpemente oculta por mi chaqueta, tu mano derecha me recuerda por qué nunca, ni siquiera soñándote, podremos ser amigos.

Fuera un cielo perfecto me recuerda que ayer llovió. Claro que ayer aun era marzo. Como todos los años por estas fechas.

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Un sofá-cama verde y una tele enorme y pesada, de esas que no se estropeaban nunca (no como la nuestra, que nos ha durado un año). A dos kilómetros de meta el tipo del que llevo oyendo hablar desde que empezó el Tour avanza a duras penas, como si estuviera hundido en aceite hasta la cintura. Un nota gordo, con la cara pintada a 3 bandas y su chándal de ir a comprar el pan, se le acerca por la derecha y le grita sus mejores frases de ánimo a un metro de la cara, al tiempo que otro tío en mallas, el primero de muchos, le adelanta por la izquierda sin ni siquiera mirarlo.

Pobrecillo, le ha dado una pájara… ¡Qué duro es este deporte!, sentencia mi madre mientras desenvuelve el segundo helado que mi hermano le ha traído de la cocina, se lo lleva a la boca como si fuera el primero y recoge distraídamente el chocolate que le ha caído sobre el pecho.

(…)

Ahí sigo, pedaleando en aceite…

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Dicen que en los detalles está el demonio.

Tumbada sobre el costado derecho lo sujeto con una sola mano y comienzo a leer. Con la otra, hago bailar la ligerísima hoja de titanio, ésa que me trajiste de Bilbao. La arqueo, repaso su borde con los dedos, la hago sonar.

Pienso en aquella preciosa lámina de madera clara – con mariposa grabada – que llegué a utilizar una sola vez antes de que Brownie la dejara hecha jirones. Al menos esta vez me he asegurado de que no pueda destrozar el marcador que he escogido para el nuevo libro. Aunque no lo haya elegido por eso.

Le parecía que llevaba siglos cayendo.

Si no lo hubiera forrado, el lomo estaría ahora hecho una pena. Antes no habría sido una opción. Jamás le habría hincado el diente a un libro sin haberlo forrado y haberle puesto nuestro sello en la primera página.

Ahora los lomos protegidos se confunden con aquellos que he ido comprando desde que nos separamos. Y en cuanto a la idea de encargar un nuevo sello, supongo que me pasa como con la de llevar un nuevo anillo…

El mundo se estrechaba a su alrededor.

Nunca me había parado a pensar qué será de mis marcapáginas cuando no haya páginas que marcar.

Acaso sabrá Paula cuáles eran mis favoritos? Sabrá que elegía uno distinto para cada libro que leía? Sabrá que al acabar la última página me gustaba dejarlo ahí, marcando el final durante un día o dos?

A mi edad mi madre coleccionaba plumas. Plumas que escribían fino o grueso, en verde, azul o morado. Luego dejó de necesitarlas y acabaron acumulándose al retortero en algún cajón de su armario. Hace no mucho, después de lo del zusto, las metió todas en un par de cajas de galletas, de esas de lata tan bonitas, y me las regaló. Fue tan triste abrir aquellas latas y ver su cara sonriente…

La lluvia cesó, comenzó de nuevo, luego paró otra vez y después volvió a comenzar.

Fuera el suelo está helado. Dejo el libro sobre la mesilla y descorro un poco la cortina. En momentos así echo de menos nuestro antiguo balcón, quedarme apoyada en el marco de la puerta, llenarme del olor a ciudad  mojada…

La última noche llovió. Llovió e hizo un frío impropio de octubre. Recuerdo que me asomé por última vez y os observé mientras atravesabais la calle con mi planta a cuestas. Y cuando os perdí de vista, me quedé allí, mirando el agua, iluminada por las luces amarillas de las farolas, caer con furia. Y me dejé mojar.

Pero esta noche no hay balcón. Sólo una cama demasiado pequeña a mi espalda y una ventana enorme frente a mí.

Y esta lluvia que no moja, que no huele.

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“En una mirada, en una caricia, puede haber más sexualidad que en un mal polvo” (mi profe de psicopatología).

Miércoles, 6 pm. De mesa en mesa recorro el pasillo durante este ratito perdido entre Gestión y Justicia. Camino de la tienda de chuches voy parándome aquí y allá, uniéndome a la charla de turno…

Mi cabeza va por libre así que pongo el modo automático y sonrío.

… hablamos de nada en particular, de que a ver si quedamos, de que qué mierda de curso está siendo éste…

Al final esta noche he quedado con las niñas. Y no soy yo muy de bares, menos entre semana, pero hoy me he levantado con una sed que me bebería hasta el agua de los charcos.

…de lo mal que llevamos algunas el trabajo de psicopato. Yo aun no lo he empezado…, comento. Y te va a dar tiempo?, pregunta alguien. Pues iré justita, como siempre, pero aun me queda todo el finde El finde? si hay que entregarlo este viernes… por el tono me doy cuenta de que no está bromeando.

Al parecer me he debido equivocar con las fechas. No era para el 20. Es para el 14. Pasado mañana.

Y de repente, las ganas de salir, las bromas y todo lo demás se me caen a los pies. Y estas ganas de llorar que llevo aguantándome desde el martes amenazan con salir aquí y ahora. Y sé que todo esto no es sólo por el trabajo…

Respiro hondo y me doy 5 minutos. La ansiedad es adaptativa, o eso al menos dicen mis apuntes.

Finalmente logro poner un mínimo de orden en mi cabeza. Hago una llamada y anulo las prácticas de mañana y pasado. Luego me siento en una de las mesas y me pongo a hacer un esquema de cómo voy a organizar el trabajo con el tiempo que tengo.

A mi derecha una lucecita roja parpadea. Leo los mensajes para que deje de parpadear pero no contesto. Guardo el móvil en mi mochila y vuelvo a mi esquema hasta conseguir llenar un folio con buenas intenciones.

Con la conciencia un poco más tranquila, decido que ya seguiré agobiándome mañana. Que esta noche como no hay dios que me voy de copas. Pa’eso soy cigarra. Y que me quiten lo bebío, que diría el Escocés.

(…)

Jueves, 8 de la mañana. Que la gente no cambia, asegura el Escocés durante nuestra charla-de-cafetera. Y parte de razón no le falta, supongo. Como comentaba con L., el adiestrador de Brownie, el otro día, los que somos así – como él, como yo – nos pasamos media vida conteniéndonos y la otra media desbocaos. Y al final es una mierda hagas lo que hagas: si te contienes, porque no eres tú; y si eres tú… pues eso.

Cuando el Escocés y mi hija salen por la puerta me endiño un Red Bull y me pongo a escribir.

10.50.  Mi móvil suena impaciente desde el bolsillo de mi mochila. Descuelgo de mala gana esperando que no sea mi padre. Lo último que necesito ahora mismo es que me distraigan.

Al otro lado, L. me cuenta que ha llegado un poco antes, por si Brownie y yo queremos ir bajándonos…

Mierdamierdamierda. Se me ha pasado por completo anular la clase… Joder¡ Me disculpo un millón de veces, al más puro estilo japonés. Luego llamo al Escocés. Si hay alguien que puede saber dónde he dejado mi cabeza es él…

Nada más colgar me pongo un café, pa’bajar el Red Bull de antes, y sigo a lo mío. No hay tiempo para reescribir, así que elijo las palabras cuidadosamente:

“Según la definición del DSM-IV, la ansiedad es una anticipación aprensiva de un peligro o desgracia futura acompañada de un sentimiento de malestar o síntomas somáticos de tensión”.

Acostumbrada como estoy a escribir con agua y limón, hacerlo para que se entienda me cuesta horrores…

20.34 “¿Te importaría mirar tu correo? 😀 ”  Sigo sin estar de humor, pero entre que el wasap me pilla haciendo un descansito y que tengo la fuerza de voluntad de un helecho… Me meto en gmail y echo un vistazo. Y de buenas a primeras, sin comerlo ni beberlo, me encuentro saliendo de un DeLorean en pleno año 91 (como poco).

Y aunque aun me queda medio trabajo por hacer y las distracciones no son bienvenidas en este momento, sonrío por primera vez en lo que va de día. Y eso que, sabe Paco, no era asín como había imaginado perder esta tarde de jueves.

(…)

Viernes, 3.45 pm. Con mi trabajo sobre la ansiedad en la mochila, Mikel Erentxun colándose por mis cascos y mi paraguas transparente preparado para una emergencia, salgo del metro.

UPO - salida metro-001

Y pienso en el Flaherty, que ya no existe, y en todas esas pelis que jamás iré a ver… 

Luego me fijo en el cielo encapotado, el verde del descampado y los árboles al fondo… y probablemente nada de esto me habría parecido tan bonito hoy si ayer no me hubiera pasado el día entero escogiendo 2.000 palabras.

Entonces le doy la vuelta y me doy cuenta de que tengo un trabajo menos del que preocuparme, que el 20 nos vamos a ver a Kiko Veneno, y que todo eso de las miradas está la mar de bien pero lo que yo necesito esta noche es no dormir sola.

Rompe a llover. Decido no abrir el paraguas…

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‘Los recuerdos son como perros abandonados, vagabundos, nos rodean, nos miran, jadean, aúllan alzando la vista a la luna; querrías ahuyentarlos, pero no se marchan, te lamen ávidamente la mano, y cuando les das la espalda, te muerden… ‘ (Yo, otro. Crónica del cambio; Imre Kertész)

Hará unos dos años, media Andalucía estaba inundada.

Aún guardo la imagen de un puñado de árboles alzando sus ramas desnudas en medio de aquel mar muerto. Y lo más desolador era que no parecía que lo hicieran como quien pide ayuda, sino como quien, cansado de luchar, espera simplemente a que el agua se lo trague.

A diferencia de aquellos árboles, el tren en el que viajaba era obstinado; probablemente el más obstinado que yo haya cogido… durante al menos una hora se empeñó en abrirse paso entre las vías encharcadas. Y durante no menos de una hora lo consiguió.

Hará unos dos años, media Andalucía estaba inundada.

Y yo, con mi paraguas transparente, aterrizaba en Granada siguiendo un hilo rojo.

(…)

Y aunque a lo largo de mi vida me he subido a muchos trenes,  no recuerdo dos iguales. Incluso la misma estación acaba siendo diferente: una te recibe, otra te deja marchar…

Pero este jueves no hubo trenes. Ni estaciones. Ni paraguas. Ni hilos.

Ni la luna estaba envuelta en bruma. Ni mis botas hicieron ruido sobre el empedrado.

Esta vez sólo hubo palabras hermosas y ojos oscuros. Y abrazos de agua y medios besos con sabor a limón. Y música. Y muchos kilómetros envolviéndolo todo.

Y aún así…

(…)

Supongo que será cuestión de tiempo que logre recuperar Granada, cuestión de tiempo que pueda recorrer sus callejuelas sin temor a que los recuerdos me muerdan en cuanto les dé la espalda.

Hasta entonces, tal vez lo más sensato siga siendo mantenerme alejada de los andenes.

Evanthia Reboutsika / ‘Up to the attic’ (B.S.O. ‘A touch of spice’).