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– Mamá, a mí esto no me sale. No se me ocurre nada. Y además es muy difícil y tiene que ser MUY corto y yo no tengo imaginación y a mí las historias que se me ocurren son MUY largas y la prota siempre muere y…

– A ver. Para el carro. Imaginación tienes de sobra y tú lo sabes, y escribir se te da genial. Sí, no pongas esa cara. Lo que pasa es que eres muy floja y quieres que te salga a la primera. Y ahí es donde te equivocas porque escribir en realidad es rescribir y eso lleva su tiempo. Venga, a ver qué se te ocurre…

La vuelta a los días indistinguibles ha resultado ser más sencilla de lo que pensaba. Y es que si el trabajo dignifica, yo debo ser la persona más indigna del mundo: todo el santo día en pijama leyendo novelillas suecas, comiendo porquerías a deshoras o fumándome las series doblás… los que abrazamos el dudeismo es lo que tenemos 😎

Pero lo mejor de haber recuperado la vida contemplativa que tanto echaba de menos mientras estudiaba, es que, por primera vez en muchos años, tengo tiempo para Paula. Y, lo que es más importante aún, ganas para dedicárselo. Tiempo para sentarme con ella a preparar el examen de cono. Tiempo para acompañarla a comprarse su primer sujetador. Tiempo para llevármela a comer al salir del cole. Tiempo para ser yo quien le haga la tortilla por la noche, para secarle el pelo o para escuchar sus batallitas antes de irse a dormir. Tiempo, como esta vez, para ir dándole mi opinión mientras hilvanaba el siguiente relato corto:

Hace mucho, mucho tiempo, los malos de los cuentos populares se reunieron y decidieron dejar de hacer su trabajo, ya que estaban hartos de que los buenos les aguaran la fiesta. El lobo de los tres cerditos buscó empleo en la construcción, la madrastra de Blancanieves abrió una frutería ecológica, la bruja de la Sirenita se hizo pescadera y el ogro de Pulgarcito puso en marcha una cadena de zapaterías.

Desde entonces los cuentos se volvieron aburridos, porque los buenos hacían el bien y sus vidas eran normales y la gente dejó de leer. Aquella generación dejó de tener miedo y de tomar precauciones. Y así conquistamos el planeta Tierra, hijo mío. Y ahora cierra tus 9 ojos y deja de jugar con tus antenitas y duérmete – dijo el extraterrestre con dulzura a su hijo.

Que no sé qué os parecerá a vosotros, pero para tener 11 años recién cumplidos yo diría que no está nada mal… 😉 .

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Ámsterdam son canales y porros. Porros y sexo. Sexo y llamadas. Llamadas y mentiras. Mentiras y canales.

Y la noche convertía a las bicis en luciérnagas que nos esquivaban casi rozándonos, derramando sus luces por los canales. Y los canales las recogían y las transformaban en canciones que hablaban de lo que estaba por pasar…

Y tú me agarraste por la cintura y te pusiste frente a mí. ‘Quiero besarte’. Y me apartaste el pelo de la cara. Y entendí lo que las luciérnagas trataban de advertirme… ‘Ya nada volverá a ser como antes’.

Ámsterdam es Noviembre. Y gorros de lana. Y bufandas de colores. Y un frío que se mete bajo la piel y te hiela de dentro afuera.

Y tu chupa me quedaba tan grande y la falda tan corta… De espaldas parecía que debajo no llevara puestas más que unas botas. ‘Adelántate, me gusta mirarte’. Y yo me adelantaba un poco y dejaba que tu deseo acariciara mis piernas, mi espalda, mi nuca.

Y en la habitación te devolví tu chupa, que ya nunca volvería a ser tuya del todo. Y nos sobró media cama. Ninguna noche.

Ámsterdam son bicicletas. Apiladas, abandonadas, encadenadas. Esperando que alguien vuelva. O que alguien las robe.

Aquel último Noviembre en Ámsterdam fue el más frío. Y las bicis, convertidas en sombras, se apartaban a mi paso. Y en aquel banco del Damn, entendí que no tenía sentido alargarlo más. Y bebí y bebí. Y te lloré hasta convertirme en canal.

Y tú supiste lo que iba a decir incluso antes de descolgar. Y yo supe que aquella noche debía despedirme de Ámsterdam. Sola.

Ámsterdam fue el fin y el principio. El antes y el durante y el después.

Y a veces me concedo una tregua. Y pasan los meses sin que piense en ti. En las palabras que nunca dijiste. Y tus labios se confunden con otros, con los de cualquiera. Y las bicis vuelven a ser sólo bicis. Y me confío. Y bajo la guardia…

Entonces sucede. Un timbre me avisa para que me aparte. Y la tregua se rompe. Y tu recuerdo me golpea al pasar. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Y me doy cuenta de que ya ha pasado otro año. Y Noviembre ha vuelto a pillarme desprevenida…

Y todas las bicis son Ámsterdam.

Y Ámsterdam eres tú.

(más…)

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Después de tanto tiempo, aún hay noches en las que despierto empapada en sudor y puedo verte tumbado a mi lado, mirándome. A veces me lleva unos minutos darme cuenta de que no eres real, y por un instante vuelvo a tener nueve años, y la nieve vuelve a cubrirlo todo. Otras, sin embargo, algo en mi interior me dice que aquello no fue más que una pesadilla… Entonces veo la tabla, ésa que me trajiste de Inglaterra aún sabiendo que era demasiado pequeña para preguntarme qué era Modigliani, o quién era Londres. A los seis años el mundo se reduce a aquello que alcanzas a ver y a las personas en las que confías. El resto pertenece a los cuentos.

Como Alice, con su piel tostada y sus ojos almendrados y su blusón azul y su cruz en el pecho y su flor en el pelo, partido en dos, y sus manos en el regazo y su rostro ovalado que no parecía triste ni alegre ni preocupado, pese a estar rodeada de oscuridad.

Mi piel y mi pelo también eran oscuros. Aquel invierno lo llevaba especialmente largo, más incluso que Alice. A ti te gustaba así. Me lo extendías sobre la almohada y lo peinabas con tus dedos, tan blancos, mientras me contabas historias de lobos y niñas con capa roja perdidas en el bosque. Si hay algo que les guste a los lobos, más incluso que los corderos, son las niñas vestidas de rojo perdidas en la nieve… Hablabas muy bajito, casi en susurros, supongo que porque a mamá no le gustaba que me contaras aquellas historias. Según ella, eran las culpables de que a los nueve años siguiera durmiendo con la luz encendida o de que aún mojara la cama de vez en cuando.

En más de una ocasión me he preguntado por qué nunca era mamá la que se tumbaba a mi lado y me contaba cuentos de princesas rubias y hermosas como ella, mientras acariciaba mi pelo. Por qué, incluso las noches en que no tenía guardia, prefería quedarse en la cocina, canturreando mientras recogía la cena y fregaba los platos.

El día que te marchaste cayó una nevada de ésas que aún hoy se recuerdan. Cortaron las carreteras y mamá tuvo que dar media vuelta y regresar a casa. Hace tiempo que renuncié a averiguar lo que ocurrió realmente aquella noche. Amnesia disociativa, creo que lo llamaron. Lo que sí recuerdo es que a la mañana siguiente mamá había dejado de cantar. Vació tu lado del armario y al acabar se sentó sobre la cama y rompió a llorar. Luego me llevó al baño y cogió las tijeras. Aquella noche no fui capaz de dormir pensando en qué iba a decirte cuando regresaras y vieras lo que mamá había hecho con mi pelo.

Con el tiempo, me acostumbré a llevarlo corto. A otras cosas, sin embargo, sé que no lograré acostumbrarme nunca.

Hoy he vuelto a soñar con la nieve. Me encuentro en medio de un hayedo especialmente frondoso, aunque no logro recordar cómo he llegado ni qué he ido a hacer allí. Tengo puesto el abrigo rojo, ése que me regalaste por mi cumpleaños, y llevo el pelo largo, como entonces, sólo que ya no es tan oscuro. A lo lejos, donde las hayas comienzan a espaciarse, la luz de un faro barre el manto helado durante unos segundos, mostrándome las sombras que se ocultan tras los árboles. No me pregunto qué hace un faro en medio de un bosque, ni cómo es posible que la noche haya caído tan de repente, ni por qué soy incapaz de sentir frío. Conozco las respuestas. No sólo a ésas, a todas las preguntas, incluso a las que preferiría no haberme hecho nunca. Y por primera vez desde que te fuiste, me doy cuenta de que ya no tengo nada que temer, pese a estar rodeada de esta oscuridad. Saco las manos de los bolsillos y dejo que los copos caigan sobre ellas, blancos, como las vendas alrededor de mis muñecas…


Pues sí, aquí estamos de nuevo, repartiendo alegría y buen rollito 🙂 …No, no nos lo agradezcáis a nosotros, agradecédselo a Psiqui, que fue la que, a la hora de proponer tema para esta nueva etapa, dijo ‘pues claroscuros mismamente…’, y luego (se ve que debió pensar ‘demasiado fácil…’) añadió ‘del alma’.

Bueno, pues con to’ y con eso, no me preguntéis cómo, hemos conseguido engañ… convencer a un montón de gente de que esto es pa’pasárselo bien, y han decidido unirse a esta nueva etapa del Club de los Jueves (ahora sólo queda que vuelvan los que se fueron… Volved, cobardes¡¡¡)

Yo, desde aquí, les doy la bienvenida a los nuevos, y ya que estamos, os invito a todos a que os paséis por sus blogs y comprobéis lo bien que dominan la técnica del claroscuro.

So as usual…

 

 


(*) Imagino que esta aclaración no hará ni puñetera falta, pero por si acaso, cualquier parecido de mi relato con la realidad es pura coincidencia…Bueno, salvo la mención al cuadro, que me lo trajo mi abuelo de Londres cuando yo era chica y es verdad que me encanta. Pero por lo demás, na’ de na’.

Mi padre es el mejor padre del mundo, y la nieve la vi por primera vez hace un año 😉

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Comprobó las correas más por costumbre que por seguridad. Después de más de un año trabajando en su proyecto, había llevado a cabo suficientes intervenciones como para estar seguro de que el sujeto no opondría resistencia. El pánico lo paralizaría, como minutos antes había sucedido con su hermano. Una muestra más de la inferioridad de su raza.

Haciendo caso omiso a los lloriqueos, extrajo 2 mililitros de AC#23 y procedió a inyectarlo en el iris izquierdo del sujeto. Consultó su reloj. El tiempo medio de expansión del producto solia ser de 40 segundos, pero a veces llevaba alguno más. La medicina no era una ciencia exacta. Ensayo y error, al final todo se resumía en eso.

Cuarenta segundos más tarde levantó la vista del reloj. El AC#23 había cubierto ya algo más de la mitad del iris y seguía avanzando. Sin embargo, tal y como había previsto, el sujeto había perdido el conocimiento. Aprovechó para hacer algunas anotaciones en la ficha del paciente: sexo- varón, edad- 10 años (aprox)., peso- 25 kilos (aprox.), color original del iris- marrón oscuro, muestra utilizada en el estudio- AC#23, tiempo de expansión máxima- 45 seg. (aprox.), otras observaciones- gemelo.

A continuación, con la ayuda de una pequeña linterna, observó más detenidamente los resultados. Al igual que en el caso anterior, la heterocromía había alcanzado la práctica totalidad del ojo; apenas una pequeña porción del iris seguía siendo oscura y vulgar, el resto se había vuelto completamente azul. Tratándose de gemelos idénticos, el resto de la evaluación carecía de interés. El sujeto habría quedado ciego tras la tinción, así que no merecía la pena esperar a que despertara. La extracción se llevó a cabo sin ninguna incidencia digna de mención.

Ya en su despacho, abrió la vitrina para mariposas donde guardaba sus pequeños trofeos y colocó cuidadosamente las dos nuevas adquisiciones. Luego volvió a colgar su particular colección en la pared, admirando aquellos treinta y seis pares de ojos que lo observaban. Setenta y dos miradas azules que lo animaban en silencio a seguir adelante, recordándole que el mundo no tenía por qué ser oscuro.

 


Esta semana le tocaba a Psiqui proponer tema y dijo:“El tema que elijo para la próxima semana es ‘La oscuridad’... Ya sabéis, a pensar oscuridades. Puede ser cualquier oscuridad, la de la noche, la del alma, la de un día de tormenta… “

Sé que la oscuridad sobre la que he escrito es especialmente oscura, y lo peor de todo es que los hechos que describo aquí no son fruto de mi imaginación. Podéis comprobarlo por vosotros mismos pinchando aquí.

(Creo que mi padre empieza a estar realmente preocupado por los temas sobre los que escribo… el próximo jueves intentaré no matar a nadie, jeje. En cualquier caso, gracias por ser crítico conmigo, papá).


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Recuerdo que aquel 21 de Marzo estuve a punto de perder el tren que debía llevarme a Madrid. Yo, que siempre llego con media hora de antelación a todas partes.

Quizá por eso a veces me sorprendo imaginando cómo sería hoy mi vida si lo hubiese perdido. Si hubieses cogido aquel avión a Roma tú solo y yo no me hubiese quedado dormida con la cabeza apoyada en tu hombro. Si no hubiese estado en Pisa aquella mañana para abrazarte cuando lo necesitabas. Si no nos hubiésemos pasado las noches en vela, oyendo la respiración del otro y mirándonos a los ojos sin decir una palabra. Si no hubiese probado el vino y visto la nieve por primera vez estando a tu lado. Si no nos hubiésemos emborrachado aquella noche en Siena y yo no me hubiese dado cuenta de cuánto te iba a echar de menos cuando volviera a casa. Si no me hubiese atrevido a besarte aquella última noche en Roma. Si no te hubiese abierto mi corazón. Si tú no te hubieses atrevido a entrar.

Pero corrí, corrí con todas mis ganas, con mis botas de tacón y mi maleta y la bolsa con la cámara y el billete en la mano. Y en el último minuto subí a aquel tren que me llevaría hasta ti.


Esta semana le tocaba a Crariza proponer tema, y dijo: Bueno, el tema para la próxima semana: “Una experiencia que cambió mi vida”.

A mí pocas cosas me han cambiado tanto la vida como aquel viaje a Italia, en Marzo del año pasado, así que…

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No acababa de entender qué le estaba pasando. Desde que recibió su llamada invitándolo a cenar no había podido pensar en otra cosa. Llevaba toda la semana eligiendo las palabras que le diría, ésas que la harían darse cuenta de que nadie la querría como él, incondicionalmente, como siempre había hecho. Ésas que la convencerían de que a pesar de todo lo ocurrido aún podían empezar de nuevo si ella estaba dispuesta a intentarlo. Y ahora, sentado frente a ella en aquel restaurante en el que habían celebrado tantas cosas, viéndola mover la ensalada con el tenedor, sin llevárselo a la boca, mientras las lágrimas recorrían sus mejillas y caían sobre su plato, era incapaz de pronunciar una sola palabra.

Era una sensación tan extraña, tan irreal… Después de tanto tiempo enamorado de ella, la sola idea de dejar de estarlo lo descolocaba por completo. Por un momento se sintió aturdido y eufórico a la vez. Se sintió liberado. Le dieron ganas de gritar, de levantarse de allí, meterse en el primer bar que encontrara por el camino y beber hasta no recordar ni siquiera su nombre. Y de follar, no de hacer el amor, de follar. De follar con cualquiera menos con ella.

Sabía que a poco que buscara podría encontrar un millón de excusas para levantarse de la mesa, pagar y marcharse, una por cada vez que ella no estuvo ahí cuando él la necesitó, por cada mentira, por cada desprecio… Pero no lo hizo. Terminó el primer plato, el segundo y el postre sin apartar la vista de ella. Ella, por su parte, no probó bocado, siguió llorando en silencio sin levantar la vista del plato, mucho después incluso de que el camarero lo retirara. Sintió lástima por ella… Y en ese preciso instante comprendió hasta qué punto todo había cambiado, empezando por él…

Hacía apenas unos meses verla llorar le habría partido el corazón, y ahora… ahora simplemente le daba pena. Como cuando te enteras de que hace un mes ha muerto alguien de quien no consigues recordar ni siquiera el nombre. Le daba pena, sí, pero no le afectaba. Por no sentir, ni siquiera sentía rencor… Era como tener el corazón anestesiado, como si de repente todo aquello por lo que había pasado durante los últimos meses hubiera dejado de doler.

Tampoco es que a ella le hubiera temblado el pulso a la hora de poner fin a su relación. El golpe había sido limpio, preciso, certero. Y aunque si algo había aprendido a su lado era a encajar los golpes, a absorberlos cuando era imposible evitarlos, aquél lo pilló tan cansado, tan dolorido, que no le quedaron fuerzas para levantarse. En el fondo, pensó, tendría que agradecerle que lo hubiese dejado. Él jamás habría sido capaz de tirar la toalla. Habría seguido luchando a su manera, sin devolver un solo golpe, mientras ella se lo hubiese permitido. Y ahora…

Pasó una eternidad antes de que ella decidiera levantar la vista del plato y mirarlo con esos enormes ojos oscuros que le suplicaban que rompiera aquel silencio que los había acompañado durante toda la cena. Jamás la había visto tan derrotada, tan desarmada, tan indefensa. Y por primera vez en lo que iba de noche sintió la necesidad de abrazarla, de protegerla incluso de sí misma, como siempre había hecho. Estiró el brazo por encima de la mesa y acarició su mano. Sólo tenía que dejar que las palabras que había estado preparando salieran de su boca… Y todo volvería a ser como antes.

El amor. El deseo. La dependencia. El dolor.

Entonces comprendió que aquellas palabras no tenían ya ningún sentido. Ahora sólo tenía que encontrar la manera de que lo que tenía que decirle no sonara a reproche.


Esta semana me tocaba a mí proponer tema, y mi propuesta fue ‘cambio de planes’.