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Aunque se deja acariciar, Roma mantiene sus enormes ojos amarillos bien abiertos mientras mis dedos se mueven lentamente por su cuello. Pero que se deje acariciar ya es un avance.

Roma

El jueves se pasó el día atrincherada bajo la cama, como solía hacer cuando el hijo de su anterior dueña la buscaba para pegarle. Yo había preparado el cuarto de Paula para ella. Había recogido los trastos, le había puesto un bol con agua y otro con comida jugosa, nada de pienso seco, y había encendido el radiador al máximo una hora antes de que llegara, aunque luego lo dejé al mínimo para que mantuviera el sitio caldeado pero sin asfixiarnos. También extendí una manta polar sobre la colcha, porque a mis gatos les gusta acurrucarse en ellas. Pero ya se sabe…gato escaldado de agua fría huye. Y Roma, por si las moscas, prefiere tumbarse sobre la caja de plástico duro que hay bajo el somier, la misma que antes estaba llena de barbies desnudas y despelucadas – como las prefería Paula cuando aun jugaba con ellas. No intento hacerla salir. La dejo estar. No ha tenido precisamente una vida fácil hasta ahora y sólo tiene 5 meses. Nadie podría culparla por huir del agua, por muy fría que ésta esté. Y de repente, como si acabara de decidir que no tiene nada que temer, se sube a la cama y se hace un ovillo a mi lado. Y nos dormimos las dos.

Es viernes. Tumbada panza arriba sobre mi sudadera, el ronroneo de Roma me cuenta que necesita volver a confiar. Vivir con miedo un día sí y otro también debe resultar agotador. Me acerco a su oído y le hablo muy flojito. Le cuento lo preciosa que es, como si no lo supiera ya. Le explico que Brow sólo quiere conocerla y por eso ladra y rasca y resopla por la rendija de abajo cuando entro a verla a ella. Cuando se canse, se quedará tumbado cuan largo es, apostado al otro lado de la puerta, suspirando y esperando a que abra para meter el hocico y olfatearla, aunque sea de lejos.

(…)

La historia de Roma es complicada. En su día estuve a punto de escribir un post para buscarle dueño, pero no sabía cómo enfocarlo. Su adopción corría prisa, sí, pero no había manera de explicar por qué sin meterme en camisa de once varas. Porque el hombre que la maltrataba no era un maltratador propiamente dicho, ya que no era dueño de sus actos cuando lo hacía. Pero ese matiz a la mayoría de la gente le habría dado igual. La mayoría habría concluido que si su madre tuvo que amenazarlo con un cuchillo para que no estrangulara a su gata, igual es porque era una hijo de la gran puta. Aclarar que tenía esquizofrenia sólo habría servido para afianzar aún más el estigma sobre las personas con trastorno mental, como si no tuvieran bastantes piedras ya sobre sus tejados.

DSC_0844-002En mis dos años de prácticas trabajando con personas con trastorno mental grave he visto muchas cosas y he conocido a mucha gente. Enfermos con distintas patologías y sus familiares. Madres sobre todo. Las he visto llorar, las he oído desahogarse, he sido espectadora de su rabia, de su impotencia. Y eso sólo es la superficie. Y es que si cualquier otra discapacidad mueve a la empatía, la enfermedad mental provoca miedo y rechazo. Mejor dicho, el desconocimiento sobre la enfermedad mental, esa etiqueta tan amplia, más cada vez, lo provoca.

Estos días junto a Roma pienso mucho en su antigua dueña. Mi veterinaria me cuenta que la llama a menudo para ver cómo está. Y aunque ambas coincidimos en que ha hecho lo mejor, a mí me parte el alma imaginar el vacío que debe sentir en su interior. Su gata era su única compañía. Renunciar a ella y exponer a su hijo al juicio silencioso de unos desconocidos ha debido ser cualquier cosa menos fácil. La imagino echándola de menos desde que se levanta hasta que se acuesta. La imagino preguntándose por qué a ella y acto seguido la imagino sintiéndose culpable por pensarlo. Es su hijo. Que no pueda llegar hasta él, que no logre entender por qué hace lo que hace, no cambia ese hecho. Pero esto… ¿a quién le hablará ahora? ¿a quién acariciará cuando se sienta sola?

(…)

DSC_0872-001Es domingo por la mañana. Un domingo de un azul perfecto que me recuerda que la primavera está ya a la vuelta de la esquina. Pero hoy ni siquiera eso podría estropearlo. En la habitación de Paula, Roma vuelve a ser gata. Escondo mi mano bajo la sudadera y ella la ataca. Maúlla exigiendo mimos. Juega con el cordón de mi pijama. Se enfada cuando decido cortarle las uñas. Tolera la presencia de mis gatos en la habitación, aunque marcando las distancias. Salvo, más confiado, se tumba a su lado y la olfatea. Se lleva un cate rápido y seco. La siguiente vez que se sube a la cama, lo hace dejando medio metro entre ellos. Que corra el aire. Roma lo mira. Con el tiempo, si lo hubieran tenido, se habrían vuelto inseparables. Se habrían lavado mutuamente durante horas y se habrían quedado fritos acurrucados el uno junto al otro.

Ni que decir tiene, ahora me arrepiento de no habérmela quedado cuando podía. Ahora, que está to’l pescao vendío… Ser familia de acogida es muy duro. Ahora lo sé. Aún así, saber que la semana que viene estará en casa de su nueva familia y no necesitará volver a esconderse bajo ninguna cama no parece el peor de los finales posibles. De hecho, parece el mejor los principios.

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Pocas canciones (que yo haya oído) describen mejor ese momento en el que todo cambia y ya no hay vuelta atrás…

Del nuestro hace ya (hace sólo) dos años. Both under influence… eso sí 😉

A veces me pregunto qué habría pasado si no hubiésemos comprado aquella botella de Chianti, si no nos hubiesen dado aquella habitación, si hubiésemos decidido dormir aquella noche…

Te amo, bombón.

Y por si un día de estos quitan el vídeo…

‘Heartbeats’ / José González.

‘Heartbeats’ / José González.

One night to be confused
One night to speed up truth
We had a promise made
Four hands and then away

Una noche para estar confundido
Una noche para acelerar la verdad
Hicimos una promesa
Nos cogimos las manos y nos dijimos adios.

Both under influence
We had divine scent
To know what to say
Mind is a razor blade

Bajo los efectos del alcohol
Los dos nos sentimos inspirados
Para saber qué decir.
La mente es como una cuchilla.

To call for hands of above,
To lean on
Would that be good enough?
For me, no

Rezar para que ocurra un milagro
Depender de ello
Sería eso suficiente?
No para mí…

One night of magic rush
The start a simple touch
One night to push and scream
And then relief

Una noche de mágica precipitación
El comienzo, un simple roce
Una noche para empujar y gritar
Y luego descansar

Ten days of perfect tunes
The colors red and blue
We had a promise made
We were in love

Diez días de sintonía perfecta
En rojo y azul
Hicimos una promesa
Estábamos enamorados

To call for hands of above,
To lean on
Would that be good enough?
For me, no

Rezar para que ocurra un milagro,
Depender de ello
Sería eso suficiente?
No para mí…

To call for hands of above,
To lean on
Would that be good enough?
For me, no

Rezar para que ocurra un milagro
Depender de ello
Sería eso suficiente?
No para mí…

And you, you knew the hands of the devil
And you, kept us awake with wolf teeth
Sharing different heartbeats
In one night

Y tú, tú reconociste las manos del diablo
Y tú, tú nos mantuviste despiertos con dientes de lobo
Compartiendo distintos latidos
En una noche

To call for hands of above,
To lean on
Would that be good enough?
For me, no

Rezar para que ocurra un milagro
Depender de ello
Sería eso suficiente?
No para mí…

To call for hands of above,
To lean on
Would that be good enough?
For me, no

Rezar para que ocurra un milagro
Depender de ello
Sería eso suficiente?
No para mí…


(*) Más traducciones pinchando aquí.

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Escrito por: Bloody el 31 Mar 2008 –

…pero ninguno pasa por el hotel Castelfidardo.

Pues nada, aqui estoy de nuevo, resacosa, cansada (muy cansada) y feliz como una perdiz después de un viaje en el que lo hemos pasado de putísima madre.

Los que estéis dispuestos a leer la crónica de estos días, que nos repartiremos entre los tres –Mariajo, Benno y yo misma- en plan tú-la-llevas, veréis que hemos ido a Italia como podíamos haber ido a Benidorm, porque lo que es museos hemos visto poquitos… pero aunque esta historia podría empezar sin perder ni un ápice de interés por el final, intentaré respetar lo acordado y comenzaré por Roma.

Para leer la continuación, pinchad en el link que os dejo al final. Os llevará al blog de uno de mis compañeros de viaje… y si veis que tardan, dadles caña.

(…)

Tengo que empezar confesando que si creyese en las señales, habría pensado que aquél iba a ser el peor viaje de mi vida, sin duda. Para empezar, por un fallo técnico (mirar mal la hora de salida) estuve a punto de perder el AVE que me llevaba a Madrid, pero a punto de verdad. En mi vida pensé que se podía correr así cargando con una maleta y 3 bolsas, y con tacones de los de ir a la playa. Pero lo conseguí. Y una vez en Madrid dos personas y un bombón, con los que quedé para comer, me llamaron Sevillana, y el camarero, a petición de mis supuestos amigos, me llamó mi arma. Y a mi eso no me lo llama nadie… Ahí fue donde empecé a preguntarme si realmente no estaba de Paco que yo perdiera ese tren…

El caso es que cuando llegué al aeropuerto iba yo pensando: “Qué haces loca? Te vas a ir a Italia con un tío que se pone la gorra pa’trás y las gafas de sol para cantar “El barquito de cáscara de nuez”, y que es el único que se fijó en la foto del Dvd “Jesucristo, el cazador de vampiros” que pusiste en un post? Que hay que ser muy friki para fijarse en eso…”

Aunque por supuesto lo que salía de mi boca era algo asi como : “Jo, qué ilusión, no puedo creerme que en unas horitas estemos en Roma, Bombón!!!” -acompañado de una sonrisa de oreja a oreja… 😀

Pero bueno, ya tenía los billetes y una vez en Italia sólo tendría que darle conversación el primer día. Afortunadamente, en Pisa se uniría Mariajo y podría hablar con una persona normal, como yo, jeje.

Sin embargo, debo reconocer que el vuelo no estuvo mal del todo. Hasta podría decirse que se me hizo corto. Fuimos escuchando música a medias y hablando de esto y aquello -más de aquello que de esto- y antes de darnos cuenta estábamos tomando tierra en el aeropuerto de Campino.

Roma de noche, con lluvia racheada y frío, resultó ser como cuando esperas a alguien en la estación y cuando por fin se baja del tren, te da dos besos sin mirarte a los ojos y te dice “tenemos que hablar”.

La oficina de alquiler de coches estaba a tomar por culo del aeropuerto (y es que al final lo barato sale caro), asi que llegamos mojados (pero contentos), pensando -ilusos- que en un ratito estaríamos en el hotel, descansando.

Nada más lejos de la realidad…

Conducir por Roma a esas horas, lloviendo a mares, sin tener ni puta idea de en qué dirección vas, en un coche con el embrague demasiado corto que hacía que se calase cada 100 metros, es sin duda una experiencia enriquecedora… en dinero del Monopoli, claro.

Aunque lo más dificilillo, sin duda, fue acostumbrarnos al claxon, que al parecer estaba en un sitio poco frecuente y que nos hacía ir dando bocinazos a diestro y siniestro, hasta el punto de preguntarnos “quién coño nos pita así y por qué???”, para darnos cuenta, acto seguido, de que el tal quién éramos nosotros, jeje…

Así, tras aproximadamente una hora de estar dando vueltas sin rumbo por la ciudad eterna (ahora sé por qué la llaman asi), encontramos por fin el hotel Castelfidardo. O más bien, él nos encontró a nosotros.

Podría decir que era un hotelito encantador, con habitaciones acogedoras y detalles de buen gusto… pero mentiría.

La habitación era simple como el mecanismo de un chupete, con una cama, un armario y una tele. Y ante esto debo decir que mi Bombón lo tuvo claro:

“Tenemos tele! A ver si mañana me despierto tempranito y puedo ver la fórmula uno” – (se refería a la calificación, por si alguno estaba pensando que hablaba de la carrera).

Supongo que a esa hora, y estando en Roma, lo suyo hubiera sido ir a una trattoria y meternos una pizza entre pecho y espalda, pero ninguno de los dos teníamos demasiada hambre. Así que nuestra primera incursión en la cocina italiana fueron una ensalada de pera y pecorino y unos champiñones por lo que nos clavaron 40 euros. Creo recordar que ésa fue la única noche en la que no hubo alcohol, a pesar de que habíamos elegido precisamente ese restaurante -y no otro- porque en la carta había Margaritas y la niña tenía antojo…

Llegamos al hotel sobrios perdidos y con el firme propósito de descansar. Pero claro, los buenos propósitos se los lleva el viento cuando duermes con alguien como yo, que siempre tiene que decir la última palabra. Y la siguiente también. Por si acaso…

Al final no sólo no nos levantamos tempranito, no, sino que lo hicimos una hora y media más tarde de la que había que dejar la habitación, y porque nos llamaron por teléfono desde recepción. Así que arriamos velas y nos fuimos de allí en plan digno, jeje. Caminito de Pisa.

Si es que conseguíamos salir de la Ciudad Eterna