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‘Y cuando veo que no puedo seguir soportándolo, aguanto aún un momento más… y entonces sé que puedo soportar cualquier cosa.’ (Out of Africa)

Para haber sido éste mi último finde de vacaciones, no ha sido lo que se dice fiestero

Como ya sabréis los (cuatro gatos) que pasáis habitualmente por aquí, a raíz de la nueva política de goear, de la noche a la mañana me quedé sin música en el blog.

Pero por más que a mí lo que me importen sean las letras, de sobra sé que para la mayoría lo que importa de una canción, principalmente, es la música. Así que durante un par de días o tres moví Roma con Santiago hasta dar (gracias again, Susana) con la forma de volver a poner todas las canciones que había perdido (menos mal que se me ocurrió hacer aquella página, ‘Songs of hate and love’, y al menos las tenía todas localizadas)…

Aún así, no está siendo algo mecánico; no por el trabajo que supone encontrarlas (a pesar de que me han ayudado bastante), subirlas y repostearlas … al final, eso es lo de menos.

No está siendo algo mecánico porque una vez puestas estoy teniendo que escucharlas para asegurarme de que se hayan cargado correctamente.

Y me he dado cuenta de que la inmensa mayoría de las canciones que he ido poniendo a lo largo de estos 3 años, han ido convirtiéndose en pequeñas cajas de Pandora.

(…)

Y pulsar el play, en según qué casos, es como abrirlas. Y una vez abiertas regresas, durante unos minutos, a ese momento en que te sentiste tan triste, afortunada, decepcionada, feliz, vulnerable, utilizada, especial, dolida, enfadada, sola…

Y te sorprendes, delante de tu netbook rosa chicle, sonriendo como una idiota, o aguantándote las ganas de llorar, a veces ambas cosas a la vez…

Y es tan extraño pensar que en ese mismo momento cualquiera, invisible tras su pantalla, pueda estar abriéndolas… tan triste imaginar que las mismas canciones que a ti te siguen revolviendo por dentro, para quien las oye al otro lado no sean más que música…

(…)

Y esta tarde, vuelta al cole. Y a la música de mis cascos mientras hago mi recorrido habitual: casa-kiosko-semáforo-árbol-hotel-metro… las mismas canciones, las mismas letras; ésas que me sé de memoria a fuerza de machacarme con ellas tratando de entenderlas a pesar de todo…

Quién sabe, lo mismo, a base de escucharlas, llegue el día en que aprenda a oír sólo la música yo también. Y ya puestos, que la música tampoco signifique nada.

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Que Bruselas, salvo la Gran Plaza, no tenía nada de particular ya lo habíamos leído por ahí. Pero a pesar de que con las ciudades, normalmente, pasa como con las pelis – que cuando todo el mundo te habla bien de ellas acaban decepcionándote un poco, y cuando te avisan de que son una mierda, sales de allí pensando ‘pues no ha estado tan mal…’– con Bruselas no fue así.

Igual, si me interesaran lo más mínimo los edificios, la Gran Plaza, con sus fachadas recargadas y sus dorados, me habría impresionado, aunque fuera un poquito. No era el caso. Pero allí estábamos y había que hacer tiempo de alguna manera; y ya que la opción A no estaba disponible, decidí sentarme en el bordillo de la acera, paquete de chocolatinas en mano, y hacer lo segundo que más me gusta: observar a la gente…

Supongo que lo mejor de viajar con pareja (incluso si fuera una a tiempo parcial), es que la ciudad en sí pasa a ocupar un discreto segundo plano, por lo que si al final llueve o resulta que no hay nada que ver fuera del hotel (y toca quedarse), no suelen escucharse demasiadas quejas… Sin embargo éste no era uno de esos viajes. En éste, por si llovía -Paco no lo quisiera- traíamos un parchís y una oca.

Afortunadamente no hizo falta sacarlos. Durante los dos días que pasamos en Brujas, todo lo que podía salir bien, salió mejor.

Un tiempo (atmosférico) perfecto – 20 grados, cielos encapotados y un IUV de 3 – me permitió unirme a casi todo: al paseo en coche de caballos por las calles adoquinadas del centro, en el que, entre otras cosas, nos explicaron la finalidad de aquellas caras en las fachadas de las casas (ahuyentar a los malos espíritus); al paseo en barco por los canales (en el que no nos enteramos de nada, pero nos hartamos de reír); a los paseos a pie, cámara en mano, en que lo mismo nos parábamos a comprar chocolate, que nos sentábamos a comer patatas fritas en cualquier plaza, o atravesábamos los frondosos parques llenos de cisnes en pleno centro de la ciudad…

Y al caer la noche, más paseos, más puentes, más fotos. Y es que, sin el apogeo de los caballos, las barcas y las tiendas, Brujas parecía otra ciudad, una que se miraba silenciosa en las aguas oscuras de sus canales tratando de reconocerse. Probablemente el sitio más bonito en el que yo haya estado.

Pero aunque aquello era difícilmente mejorable, aún no lo habíamos visto todo…

Apenas un mes antes, cuando decidimos preguntarle a Paula si quería acompañarnos, me puse a buscar cosas que hacer en Brujas yendo con niños. Y buscando, buscando, encontré un pueblecito, Knokke, un poco más hacia el norte, donde anunciaban una reserva de mariposas.

Según pude entender (porque la información era escasa y estaba, en su mayoría, en flamenco) se trataba de un recinto cerrado donde las mariposas volaban a sus anchas mientras tú paseabas entre ellas. El problema estaba en que las indicaciones para llegar hasta allí eran poco menos que inexistentes, así que acabamos por descartarlo.

Sin embargo, el último día, cuando nuestros planes de ir a Gante se chafaron, a Nacho se le ocurrió preguntar… y a pesar de que el sitio en cuestión no aparecía en ninguna de las guías, en el hotel nos aseguraron que estaba a tan solo 20 minutos en tren. Y pa’llá que nos fuimos, no muy convencidos de encontrarla, en busca de la reserva de mariposas. Y efectivamente, allí estaba…

Ni aunque escribiera mil posts tan largos como éste, sabría describir lo que sentí al entrar en aquella especie de invernadero y ver tantas mariposas, de tantos tamaños y colores (amarillas, anaranjadas, verdes, azules, negras, blancas, transparentes…), pasando por mi lado como si nada…

Durante un buen rato me quedé allí de pie, sin poder hacer nada salvo mirar. Luego, cuando por fin conseguí cerrar la boca y ponerme en marcha, mi cámara miró por mí. Por su parte, las mariposas no sólo se dejaban hacer, sino que incluso se posaban encima tuya a poco que te quedaras quieta (a ésta debieron atraerle los colores de la pulsera que me hizo Paula para darme suerte en los primeros exámenes).

La verdad es que todas eran bonitas, pero había unas en particular, grandes y azules, a las que no conseguía pillar con la cámara. Pasaban por mi lado continuamente, rozándome, pero nunca las veía posarse y parecía imposible pillarlas en movimiento…

Me llevó un rato darme cuenta de que aquellas preciosas mariposas azules eran las mismas que, con las alas cerradas, llevaba viendo posadas por todas partes desde que entré. Y es que, si al volar eran increíblemente hermosas, al cerrar las alas, salvo por el tamaño, pasaban completamente desapercibidas entre tanto derroche de color a su alrededor.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí; más de dos horas, seguro. Sólo después de unos cuantos ‘un ratito más y ya está, de verdad… ‘, Nacho consiguió sacarnos a Paula y a mí a rastras de allí, y entre taxis y trenes volvimos a Brujas primero (a recoger las maletas) y a Bruselas un poco más tarde.

Allí seguía la Gran Plaza, igual de grande, igual de ostentosa, igual de protagonista, llena de turistas, como nosotros, que la fotografiaban desde todos los ángulos posibles y que bebían cerveza en sus terrazas.

Lo que no había era mariposas…

Y de repente, la opción de regresar al hotel y perder al parchís no me pareció tan mala.

‘Bolerish’ / Ryuichi Sakamoto.

(*) Más coplillas pinchando aquí.

(**) Más canales, mariposas y otras cosas por el estilo, en mi otro blog

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A pesar de la lluvia, de Cortilandia, de los atascos, de los petardos, del mensaje de navidad de Juanca, de los villancicos…

A pesar de cuánto echamos de menos a los que no están…

… como dice una amiga, que sabe bien de lo que habla, la vida es maravillosa.

(*) Más música pinchando aquí.