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Anoche, cuando regresaba a casa (después de una semana sin pisar la calle), miré al cielo y vi la luna creciente más hermosa que jamás había visto. Desde donde yo la miraba parecía enorme, supongo que porque estaba muy baja. Era además muy muy delgada y brillaba como si la luz que la envolvía, en vez de ser un reflejo, saliera realmente de su interior.

Por supuesto, en cuanto llegué me faltó tiempo para coger la cámara, el tele, pedirle a Nacho que pillara el trípode, y subir perdiendo el culo a la azotea.

Tarde. Allí no había nada, sólo un cielo oscuro cayendo sobre una ciudad semi-desierta. Así que, tras poner mi mejor cara de porfavor y preguntarle a mi porteador de trípode si no estaba demasiado cansado para ir en su búsqueda, nos pusimos en marcha…

Nos asomamos a la avenida por la que vinimos… nada. Subimos hasta el punto más alto del puente de los bomberos… nada. Deshicimos el camino y comenzamos a andar en sentido contrario, hacia el parque, hasta llegar a la altura desde donde la habíamos visto media hora antes… nada.

Volví a casa arrastrando los pies, aunque sin dejar de mirar hacia el cielo, por si acaso estuviera haciéndose la interesante y decidiera honrarnos una vez más con su presencia en el último minuto. Pero estaba visto que aquella luna era como mi hija, preciosa y empeñada en no dejar que le sacara ni una sola foto.

Cuando llegamos, Nacho guardó el trípode y se fue a la cama, pero yo, dado que me cuesta un poco más que a la media perder la esperanza, decidí quedarme un rato más en el balcón.

Una vez que me di por vencida, me di cuenta de que había estado tan concentrada buscando la luna, que no me había fijado en que aquel cielo de verano estaba cuajado de estrellas. Y apoyada en la barandilla, teleobjetivo en mano, me puse a hacerles fotos a todas aquellas luces diminutas que no se escondían ante mi cámara.

Y aunque mi pésimo pulso y la inexistente luz hicieron que ni una sola estrella saliera reconocible en las fotos, afortunadamente qué es hermoso y qué no lo es, no depende de si la exposición es la adecuada o el encuadre el correcto; tan solo depende de los ojos de quien mira.

Y a los míos, aquellas estrellas habían salido preciosas…

Supongo que, de alguna manera, eso me convierte en afortunada…

‘Stars’ / Simply Red.

‘Stars’ / Simply Red.

Anyone who ever held you
Would tell you the way I’m feeling
Anyone who ever wanted you
Would try to tell you what I feel inside
The only thing I ever wanted
Was the feeling that you ain’t faking
The only one you ever thought about
Wait a minute can’t you see that I

Cualquiera que te haya abrazado alguna vez
Te diría cómo me siento
Cualquiera que alguna vez te haya deseado
Intentaría decirte lo que siento en mi interior
Lo único que siempre quise
Fue sentir que no estabas fingiendo
Respecto a aquél en quien pensabas
Espera un momento, acaso no ves que…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas

For the man who tried to hurt you
He’s explaining the way I’m feeling
For all the jealousy I caused you
States the reason why I’m trying to hide

Porque el hombre que intentó hacerte daño
Está explicando cómo me siento.
Porque todos los celos que te he causado
Explican la razón por la que estoy tratando de esconderme.

As for all the things you taught me
It sends my future into clearer dimensions
You’ll never know how much you hurt me
Stay a minute, can’t you see that I

En cuanto a todas esas cosas que me enseñaste
Hacen que tenga mi futuro más claro
Nunca sabrás todo el daño que me hiciste
Quédate un minuto, no puedes ver que yo…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas

Too many hearts are broken
A lover’s promise never came with a maybe
So many words are left unspoken
The silent voices are driving me crazy

Demasiados corazones se han roto
La promesa de un amante nunca viene acompañada de un “quizá”
Demasiadas cosas se han dejado sin decir
Las voces silenciosas están volviéndome loco

As for all the pain you caused me
Making up could never be your intention
You’ll never know how much you hurt me
Stay, can’t you see that I

Y en cuanto a todo el dolor que me causaste
Nunca tuviste la intención de hacer las paces
Nunca sabrás cuánto daño me has hecho
Quédate, no puedes ver que yo…?

I wanna fall from the stars
Straight into your arms
I, i feel you
I hope you comprehend

Quiero caer desde las estrellas
Directo a tus brazos
Te siento
Espero que lo entiendas.

(*) Más traducciones pinchando aquí.

(**) Esta canción la posteé hace tiempo, pero me gusta tanto y creo que le viene tan bien a este post, que he decido rescatarla…

Escrito por: Bloody el 11 Dic 2007 –

Ser una persona empática -como ser graciosa, ocurrente o inteligente- es algo que viene de serie. Y como todo lo que no se elige, a veces es un regalo y a veces no lo es tanto.

Un regalo porque eres feliz viendo feliz a los demás, porque sus buenas noticias te alegran el día, porque si ayudas a alguien sólo por estar ahí, te sientes genial. Un regalo porque la gente suele responder, y los que entran en tu vida lo hacen para quedarse.

Y a veces no lo es porque no puedes evitar que todo te afecte, ni involucrarte hasta la médula, y haces tuyas las tristezas ajenas, y lo que a otros les duele, te duele a tí, y lo que les hace llorar, te empapa a tí también. Y querrías poder hacer más de lo que haces, y cuando te das cuenta de que eso no es posible te sientes impotente…

Con todo y con eso, yo no cambiaría mi empatía por ninguna otra cosa (y que conste que no me importaría ser más lista, más ocurrente o más graciosa, eh…). Aunque a veces basten unos minutos con un desconocido para que te contagie su tristeza, y luego la lleves a cuestas todo el día.

Cuando fuí al hospital a recoger los resultados de mis últimos análisis, iba muy contenta. Sabía que todo iba a salir bien. Me veía en aquel pasillo donde había estado tantas veces sin poder moverme, y me parecía mentira poder estar ahora de pie.

Estaba esperando a Chema, que había ido a aparcar, cuando llegó una mujer. Debía tener 50 años, pelo corto, canoso, muy delgada, muy bajita, parecía que fuera a escurrirse entre los que estábamos allí.

Me senté a su lado, y en seguida me preguntó si yo tenía lupus. Me contó que ella también lo tenía, pero que ahora estaba bien, sólo venía a revisión…

Yo pensé que no lo parecía. Parecía un perro apaleao, de esos que te acercas para acariciarlos y se encogen. Las manos le temblaban sin que pudiera hacer nada por controlarlas. Su voz temblaba también y parecía que fuera a romper a llorar de un momento a otro.

En 10 minutos sabía más cosas de aquella mujer que de mi cuñada. Ninguna buena. Me contó que tenía una depresión, y que lo estaba pasando fatal. Intenté consolarla, aunque no sabía por dónde empezar. Y la verdad es que no sé qué le dije, pero de repente sonrió. No fue una sonrisa de anuncio, de hecho fue la sonrisa más rara que he visto en mi vida, como la de un payaso. Pero era una sonrisa al fin y al cabo…

Estaba muy nerviosa, sacó un transilium de un pastillero y me preguntó si yo sabía si las enfermeras le podrían dar un vaso de agua. En ese momento llegaba Chema, así que le dije que no se preocupara y le pedí a él que bajara comprar una botella.

También le ofrecí que pasara delante mía si quería, porque he estado allí muchas veces y sé las ganas que tiene una de volver a su casa cuando siente como si el suelo se abriera bajo sus pies. Me lo agradeció y se lo dijo a la enfermera, que me dedicó una mirada entre interrogante e incrédula.

Al tomarse la pastilla, supongo que debido al temblor de manos, se le derramó un poco de agua por el pecho. Y justo entonces llegó su marido, que estaba aparcando también, un hombre enorme, de pelo blanco, cara congestionada, y pequeños ojos azules.

Ésta fue la conversación:

Él- ¿Qué haces?

Ella (con un hilo de voz como si la hubieran pillado infraganti)- Nada, que estaba muy nerviosa y me he tomado un transilium…

Él- No empieces a montar el número, eh!

En ese instante comprendí muchas cosas. Me dieron ganas de intervenir, de decirle a aquel gilipollas que el único que estaba montando allí el número era él. Y supe quién era el que le hacía sentirse tan pequeña.

Pero me callé, me tragué lo que pensaba y los dejé sentados, ella sola, y él leyendo un libro.

Pasó a consulta antes que yo. Y aún tuvo que aguantar a otro hombre, otro energúmeno, protestando a viva voz de que se le hubiesen colado, argumentando idioteces, una detrás de otra, y haciendo aspavientos. Otro gillipollas, pensé. Parecía que ese día se hubieran concentrado en la planta de colagenosis.

Cuando salió de la consulta, temblando como entró, se paró delante mía – a pesar de que el ogro tiraba de ella- y me contó lo que le habían dicho. Buenas noticias, salvo el tema de la depresión, estaba todo bien.

La felicité y le dije que debía alegrarse, y le hablé de una asociación de lúpicos en la que hay una psicóloga que te atiende totalmente gratis. El marido intervino, hablando por ella, explicándome que a su mujer no le pasaba nada, que lo que tenía que hacer era dejarse de tonterías.

¿No ves la cara de felicidad que tiene?- me soltó.

Encajé el golpe, me mordí la lengua (y probablemente me envenené) y me despedí de ella, deseándole mucha suerte, a pesar de saber que hay gente que nace sin ella.

Gente que ha nacido con mala estrella.