Escrito por: Bloody el 05 Nov 2009 –

Tras una tarde larguísima y una noche aún más larga, en la que miré mi móvil unas quinientas veces para comprobar que no tenía ningún mensaje, el jueves amaneció atacando por sorpresa…

‘Gema perdona q t moleste dori esta en tu azotea qedatela ya ablaremos…’

A pesar de la hora (7.30 a.m.) y de que ni siquiera me había tomado aún el primer Red Bull del día, sentí que me despertaba en el acto (no sé si por la noticia en sí, o por ver tantas faltas en tan pocas palabras…) Y no fui la única. En cuanto Nacho, que tampoco se había tomado aún el café, y Paula, que estaba todavía roneando en la cama, supieron que Sugus estaba en la azotea de nuestro edificio, les faltó tiempo para apuntarse a la expedición.

A mí, que nunca antes había subido allí (quizá porque aún no estuviera tan despierta como pensaba, o quizá porque tomo más medicación que el señor Burns) la vista desde la azotea me pareció de lo más surrealista. A lo lejos, el campanario de la Giralda, rodeado por los tejados cercanos, me recordó a una jirafa irguiendo el cuello entre un montón de arbustos. Mientras que en el cielo un trozo de arcoiris casi vertical era devorado por una inmensa nube negra… (lo dicho, no os droguéis o acabaréis como yo!) …

Eso sí, de Sugus ni flores.

Apuramos la búsqueda hasta última hora, pero no hubo suerte. Nacho tenía que irse a trabajar, y Paula y yo a nuestros respectivos coles. La verdad es que me planteé muy seriamente escaquearme y seguir buscándola, pero las prácticas eran obligatorias, y grupales, y las tenía a primera hora.

Por descontado, reanudamos la búsqueda nada más llegar, preguntando por los bloques cercanos y recorriendo las azoteas colindantes. Al final fue Nacho quien, por tercera vez en 4 días, encontró a Sugus (pa’algo tenía que servirle ser espía, digo yo). Estaba maullando, acurrucada en un trastero de la mismísima azotea del bloque donde vivía su dueño, lo que confirmaba lo mucho que querían a su mascota en aquella casa y cuantísimo la echaban de menos…

Igual había vuelto a escaparse precisamente por eso, para que la echaran de menos. O puede que el sentimiento a esas alturas fuera mutuo, y que se hubiera largado porque se había dado cuenta de que no pintaba nada en aquella familia. Muy traumatizada no parecía, desde luego. De hecho, al poco de entrar (una vez más) por la puerta de casa en brazos de Nacho, comió, bebió, se fue a su mantita en el sillón y se quedó frita.

Si seguís mi blog, ya os habréis dado cuenta de que los bichos me pueden, en particular los gatos, sobre todo los grises. Y en ese momento, hecha un ovillo como estaba, y aunque ella no lo supiera, Sugus tenía más poder sobre mí que la mortadela sobre mi madre.

(…)

Por desgracia, al llegar la noche nuestro piso pareció quedársele pequeño. A base de zarpazos, arrancó el perfil protector de la puerta principal, tratando en vano de encontrar un hueco por el que escapar. Los mimos y los juegos no servían de distracción, y que dejara de maullar parecía misión imposible. No se dejaba coger y cuando intentabas acariciarla contestaba con bufidos. Por mucho que me costara reconocerlo, Sugus, acostumbrada como estaba a campar a sus anchas por las azoteas, necesitaba espacio. Y en este piso de 70 metros, cariño el que quisiera, pero espacio…

Entonces recordé algo que me había dicho su antiguo dueño. Antes de que nos ofreciéramos a quedarnos con ella, estaban pensando llevársela a un chalé que tenían en Sanlúcar, donde había gatos a tutiplén y, sobre todo, mucho campo.

Al día siguiente, después de discutirlo con Nacho, hablé con él y le conté lo que pasaba. Me dijo que lo entendía y que su hijo se pasaría a la hora de comer a recogerla.

No se pasó a la hora de comer, sino por la tarde, cuando pensé que ya se habría olvidado. Tampoco vino su hijo mayor (al que ya conocía), sino la chica (como la llaman aquí), con dos niños menores de diez años y una niña de la edad de mi hija, que ni siquiera le dedicaron a Sugus una caricia.

Una vez más tuve que ser yo la que la metiera en la gatera (vista la costumbre de esa familia por meterla a capón). Y una vez más me sentí una traidora. Justo al cerrar la puerta empecé a pensar que me había equivocado, que había tirado la toalla demasiado pronto. Pero ya era demasiado tarde…

Desde que Sugus no está, me siento como una mierda. Y la echo de menos, más de lo que alguien que nunca haya tenido gatos podría llegar a entender.

De hecho, todavía no he quitado su mantita del sofá. Porque nunca se sabe…

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Escrito por: Bloody el 28 Oct 2009 –

– No le pongas nombre. Si se lo pones, seguro que llama el dueño y se la lleva.

– Y no es eso lo que quieres?¡¡

– Psiiii….

En ésas estaba yo, dialogando conmigo misma (definitivamente, tengo que darle la razón a Fer: estoy pa’llá), cuando vi la chapa de Sugus que llevo en la bolsa de la cámara.

– Cielo, qué te gusta más Sugus o Marta?

– Qué??

– El nombre para la gata. Sugus o Marta? Marta, como la gata de McCartney… bueno, en realidad era Martha. Hasta le dedicó una canción, no la conoces?

– Nop… Pero Sugus me gusta.

Y así fue como Sugus se quedó con ese nombre. Al menos hasta el martes a la hora de comer, cuando el dueño me llamó para preguntarme cuándo podía pasarse a recoger a Dori… Al parecer vivía en el bloque de al lado, en el ático, y la gata, que estaba la mayor parte del tiempo en la azotea, se había pasado a la nuestra sin que se dieran cuenta.

Dejé la comida en el plato, y a Chema, a Nacho, a Paula y y a mi padre (que estaba de visita y nos había invitado a comer fuera) plantados a la mesa, y me vine para casa.

En el portal me esperaba un niño de unos 12 años con un trasportín para gatos. Parecía contento, pero no demasiado. No lo suficiente. Y desde luego, no todo lo ansioso que cabría esperar. Entramos en casa y allí estaba ella, en el sofá, encima de su mantita. El niño la llamó ‘Dori¡ Hola, Dori…’. Pero Sugus no sólo no se inmutó, sino que pasó de él una cosa mala…

Malo, pensé yo.

La cogí en brazos y me despedí de ella, diciéndole que no se escapara más. El niño, con más fuerza que maña, intentó meterla en el trasportín, pero Sugus no estaba por la labor. Al final tuve que ser yo la que la metiera, sintiéndome una traidora por hacerlo…

Al cerrar la puerta supe cuánto la iba a echar de menos, aunque sólo la hubiera tenido un día y medio. Nacho también estaba triste, más incluso que yo. Fuimos todo el camino hasta la facultad hablando de ella, tratando de convencernos el uno al otro de que era lo mejor que podía pasar, un problema menos para nosotros y la satisfacción de saber que has hecho lo correcto.

Satisfacción? Una chica polla¡ Los dos sabíamos que nos la hubiéramos quedado encantados, y los dos estábamos seguros de que ella, de haber podido elegir, habría preferido quedarse. Pero así eran las cosas…

Al llegar de clase, me di cuenta de que no tenía ninguna urgencia por subir a casa, así que me entretuve quitando todos los carteles que había puesto por la zona (unos 20). Cuando Nacho llegó estaba aún más triste que a medio día, así que propuse ver cualquier cosa en la tele e intenté no sacar el tema de Sugus.

(…)

Esta mañana la empresa de Nacho estaba en huelga, y él salió una hora más tarde que de costumbre. Cuando oí la llave a los 5 minutos, pensé que habría olvidado algo. Pero no. Más bien era al contrario…

‘Adivina a quién me he encontrado en el pasillo… ‘

Reconozco que durante un buen rato dudé si marcar o no el número del hombre que interrumpió ayer mi comida…

(…)

Hace un momento su dueño (esta vez el padre del niño) ha venido a buscarla. Me contó que desde que la recogieron ayer, estaba loca por irse de nuevo y que esta mañana la mujer se dio cuenta de que lo había conseguido.

– Y resulta que se ha venido aquí, a la puerta de tu casa…

– Sí…

Luego me contó que la gata estaba todo el día sola, que dos de sus tres hijos ni siquiera se habían dado cuenta de que se había escapado, que su mujer, tras haber tenido un aborto, estaba embarazada de nuevo y no quería a la gata demasiado cerca…

No me he andado por las ramas (entre otras cosas, porque no sabría cómo hacerlo). Hemos tenido una breve charla sobre Sugus / Dori, y sobre lo que, desde mi punto de vista, sería lo mejor para ella. Le he pedido que lo hable con su mujer y que me llamen cuando decidan si se la quedan o me la traen de vuelta. Él parece razonable, pero la gata, a fin de cuentas, es suya.

Veremos en qué acaba todo esto…

De momento no voy a contarle nada de este reencuentro con Sugus a mi padre. Bastante lo tuve ya que escuchar el otro día. Y lo peor es que sé que, muy en el fondo, algo de razón tiene…

‘Martha, my dear’ / Fool’s Garden.